Incendiando la sostenibilidad

Publicado en El País el 14 de agosto de 2018

Los grandes incendios son un síntoma de nuestro tiempo y lógicamente de nuestra economía. En parte, producto de acciones de uso del suelo y cambio climático con nefasta incidencia a largo plazo. En parte, también, resultado de incentivos mal definidos sobre recuperación del paisaje y reforestación. Son, asimismo, paradigma de este era de lo impensable en la que contamos con más medios que nunca pero también más capacidad destructiva.

En España hay unos 20.000 incendios al año. El terrible fuego que ha asolado Llutxent, junto a mi querida Gandía, ha afectado a 3.270 hectáreas. Ha tomado el triste relevo de los de Galicia el pasado año que arrasaron 49.000 hectáreas. Sin que sirva de consuelo —sino todo lo contrario— el fenómeno es planetario. En el norte de California se habla ya de 250.000 hectáreas quemadas este verano. Siempre ha habido grandes incendios y muchos han sido fortuitos —como el rayo que inició el de Llutxent— pero otros muchos —y la capacidad de propagación— coinciden con la expansión urbana por zonas litorales y de monte de los últimos 50 años, así como el aumento medio de las temperaturas con rápidos cambios climáticos y estacionales.

En casi todos los ámbitos de organización económica se tiende a la exageración, a la explotación desaforada de recursos que impiden su sostenibilidad. En España esto ha ocurrido con el turismo o con la construcción, con escaso respeto al paisaje y a la correcta ordenación del territorio. En algunas localizaciones se acaban por destruir otros modos de vida (con la agricultura entre las principales damnificadas) y se llega a pensar que no existen otras formas de desarrollo que las que impone la expansión turística y urbanística. Las leyes de protección han llegado tarde y son insuficientes. La sostenibilidad anda quemada.

Los índices medios de peligro —combinación de variables meteorológicas y condiciones del territorio— no dejan de crecer. Algunos estudios señalan que el aumento de la temperatura en el Mediterráneo tiene relación con la proliferación de lluvias con aparato eléctrico, sobre todo en zonas altas de monte, más abandonadas y donde más se producen los incendios.

Se han mejorado muchas cuestiones relativas a la predicción y gestión de incendios pero el aumento de la magnitud del fenómeno excede los recursos disponibles y se trata de una cuestión grave que requiere educación, colaboración, medios y una mayor capacitación a escala local. Mientras que los sistemas de vigilancia y prevención deben estar coordinados de forma centralizada, cada municipio debe tener los suficientes conocimientos y se le debe dotar con los recursos necesarios para gestionar los usos recreativos del monte y una inclusión exhaustiva de los riesgos de incendio en todos los planes urbanísticos.

El fenómeno es tan complejo que incluye, incluso, dimensiones psicológicas delicadas. Se estudia ahora la relación entre fuegos provocados en Huelva en diferentes años pero con demasiadas coincidencias. Y en Australia, uno de los países donde la cuestión es más preocupante, la mitad de las incidencias siguen siendo provocadas. Desolador y complicado este fenómeno. Y sin duda, una ruina económica.

¿Qué hacemos con nuestros bancos?

Publicado en El País el 7 de agosto de 2018

Tal día como hoy hace una década conocíamos que la producción industrial se desplomaba en España, con los materiales destinados a la construcción liderando los descensos. No se hablaba de crisis aquí todavía, mientras que en el resto de países faltaba poco tiempo para intervenir y recapitalizar un amplio número de entidades financieras.

Con algo de retraso pero al final en España también nos vimos en una situación parecida. Los rescates acabaron hundiendo los índices de confianza en la banca. Hoy, sin embargo, los servicios bancarios han recuperado una posición intermedia en las comparaciones internacionales de confianza.

No obstante, aún parecen verse señales de cómo “castigar” a la banca que merecerían una reflexión más sosegada. Hace un par de años, un colega de una universidad británica me envió un trabajo que estudiaba la imposición de un impuesto a la banca en Japón que solo afectaba a algunas instituciones del sector. Las entidades que debían afrontar el impuesto acababan concediendo menos crédito, cargando mayores precios y dedicando menores recursos a preservar su solvencia. Hay otros tantos estudios similares.

En España, se discute ahora establecer medidas de este tipo y se han repetido análisis que sugieren su futilidad. Por falta de fundamentos y por su previsible impacto negativo. En mi opinión, a los bancos hay que exigirles ininterrumpidamente porque constituyen la espina dorsal de la estabilidad financiera. No caben mimos ni concesiones. Pero tampoco tiene sentido fustigarlos como si se tratara de algo ajeno al resto de la sociedad. En ellos está nuestro ahorro y la mayor parte de la capacidad de financiación.

La banca española ha mejorado y el cliente tiene mucho que ver en ello porque ha aprendido a exigir más que nunca. No solo para pedir las mejores condiciones en sus contratos, sino para saber cuál es la salud de su banco. Todos sabemos un poco más sobre estabilidad financiera tras la crisis. O, al menos, nos interesa más. Es un hecho que en estos últimos años la banca española ha acometido un saneamiento de su balance muy intenso y ha aumentado significativamente su solvencia.

Un tema relacionado con la confianza es saber qué condiciones ofrecen a sus clientes los bancos españoles. Un reciente estudio comparativo de Deloitte muestra a España como el segundo país con servicios bancarios más baratos tras Reino Unido. El coste medio anual es de 38 euros para el cliente no digitalizado y 20 euros para el digital. También se observa que la banca española ofrece un mayor número de servicios bancarios a sus clientes, hasta 115 distintos, frente a los 82 del promedio europeo. El 75% de esos servicios son gratuitos. Y las comisiones representan, de forma estable y desde hace años, un 20% del total de ingresos.

La banca es una de las actividades que mejor sabemos hacer en España y en el resto del mundo lo saben, donde hay una gran presencia en sus mercados de nuestras entidades financieras. Malos tiempos hubo, desde luego. Pero no solo por estos lares. Siempre debemos exigir más. Pero también comparar y valorar.