Apuntalar la economía

 Publicado en El País el 12 de febrero de 2019

A la política económica española quizás le ha faltado bastante sinceridad desde hace años. Honestidad para librarse de la propiedad intelectual o temporal de las ideas y reconocer los puntos de encuentro. Es difícil identificar políticas de izquierdas y derechas cuando la realidad nos ha vinculado, desde la transición, a un entorno de responsabilidad fiscal y apertura europea en el que no se pueden etiquetar ideológicamente determinadas propuestas. Pisamos un terreno en el que lo que llamamos Estado de bienestar ha intentado madurar sin la necesaria solidez.

Cada vez que se acerca una cita electoral, cada vez que son precisos acuerdos para sumar mayorías de gobierno (o de censura), aparecen conjuntos de intersección en las propuestas económicas de partidos de casi todo el espectro político. Resulta incluso ilusionante comprobar que tocan aspectos estructurales que hacen mucha falta en este país, desde el tratamiento de la corrupción hasta la reforma educativa o la sostenibilidad de las pensiones. Cuando llega el momento de pasar a la acción, sin embargo, los conjuntos se alejan y desaparece el espacio común para entregarse a una doble misión destructiva. Por un lado, renegar de las ideas comunes para apropiárselas de forma individual, casi siempre sin mayoría suficiente para implementarlas. Por otro lado, aceptar visiones más populistas con los brazos abiertos, dejando de lado la necesaria reforma de largo plazo en pos de un rédito electoral de corto plazo. Los últimos acuerdos para vincular pensiones al IPC son el ejemplo más claro.

Hoy se debaten los presupuestos en el Parlamento. Una vez más pero ahora suena a definitiva. Si no se aprueban, se esperan acontecimientos de naturaleza política de calado. Lo que le falta a este país es apuntalar la economía en un momento en el que la desaceleración económica europea e internacional aprieta. Curiosamente, ahora que es posible que a la legislatura le puede quedar poco tiempo para emprender grandes reformas, se presenta una nueva agenda reformista. Es, sin duda, un punto de referencia que los ciudadanos no deberían perder de vista. La Agenda del Cambio presentada por la Ministra de Economíaintroduce propuestas estructurales tanto o más importantes que las que se debaten en torno a los Presupuestos del Estado. Pero no es esa Agenda la que parece concentrar la batalla política y el escenario mediático, por lo que lamentablemente podría terminar diluyéndose. Dejando al margen aspectos formales (importantes pero salvables), medidas como la “mochila austriaca” o reformas en materia de ciencia, investigación o energía tienen mucho que ver con propuestas y programas electorales anteriores de otros ejecutivos con distintos signos políticos. Si hubiera la suficiente madurez política se encontrarían muchas posibilidades de avanzar. Sin embargo, el populismo parece un virus demasiado contagioso. Y con frecuencia acaban tomándose medidas completamente contrarias a la lógica anteriormente planteada.

No parece existir un ambiente de solidez institucional y territorial que propicie mirar a lo estructural. La última vez que se abordaron reformas profundas en España, fue obligados por la UE ante la crisis. Sin puntales, el próximo vaivén puede llevarse demasiados cimientos de la economía española por delante.

 

La difícil rentabilidad bancaria

Publicado en El País el 5 de febrero de 2019

Los resultados para 2018 de los bancos españoles se han conocido en la última semana. En su conjunto, han mejorado significativamente respecto a 2017. Paradójicamente, tras unas primeras semanas de enero de evolución bursátil positiva del sector, la reacción del mercado tras conocer los datos de beneficios fue negativa. No se deben sacar lecturas exageradas de un dato coyuntural bursátil, pero parece oportuna una reflexión respecto a la tensión sobre las acciones bancarias desde hace algún tiempo. A pesar de la fuerte reestructuración del sector desde 2012, el mercado sigue entendiendo que hay notables desafíos y amenazas por delante.

Apremia un análisis metodológico. Aunque los resultados totales del sector han mejorado, cuando se emplean indicadores de rentabilidad relativos, que son de más interés para los inversores —como, por ejemplo, el ROE (beneficios sobre recursos propios)—, se observa que la imagen que se obtiene no es tan feliz, ya que no se llega en muchos casos a cubrir el coste del capital. Algo que no es un fenómeno nuevo. La fuerte regulación es determinante en este contexto. Hay buena masa, pero es muy difícil levantar un suflé así. Además, hay una sensibilidad de las Bolsas —con cierta ponderación a corto plazo— a cuestiones corporativas y reputacionales muy puntuales.

El bancario es uno de los sectores económicos más transversales, si no es el que más. Conectado con otras actividades productivas a través de los flujos financieros. Cualquier desaceleración del PIB se hace sentir inmediatamente en el negocio bancario. Es la voz de la banca. Si falla algún instrumento o está mal acompañada, se escucha menos. Es el sector que recibe más impactos cuando la economía muestra debilidades en su crecimiento —entiéndase, ahora— o cuando hay amenazas externas. En este último caso, cualquier duda (o suma de ellas) sobre aspectos institucionales como la resolución del Brexit, la integración europea, la Unión Bancaria o la resiliencia económica y financiera de un país cercano (véase, Italia) repercute en las entidades financieras de todo el continente. Más aún cuando se trata de una banca como la española, con tanta presencia europea y mundial. Los emergentes han hecho también mella más de una vez.

Otros dos factores importantes. Uno, dada la desaceleración de la economía de la eurozona, un número creciente de analistas cree que, aunque el Banco Central Europeo inicialmente podría mantener la subida de tipos de interés hasta final de verano, es probable que, como poco, deba alargar los plazos de la hoja de ruta para sucesivos aumentos de tipos o retiradas de estímulos. Los márgenes financieros se mantendrían muy estrechos. Se prolongaría la presión estructural a la baja sobre los ingresos bancarios. Segundo desafío: la sempiterna digitalización. La competencia de nuevos operadores más tecnológicos, con mucha menos estructura y actividad mucho más “desregulada”, pueden erosionar aún más el negocio y el valor de las acciones bancarias. Curiosamente, no cabe otra respuesta que continuar apostando por más digitalización, pero también demandar una equiparación de la regulación con los nuevos competidores.