Tirar los dados

Publicado en El País el 12 de noviembre de 2019

Tras el resultado de los comicios (y la posibilidad de una nueva ronda) me invadió la sensación de que en España lo que estamos haciendo es “tirar los dados”, el título del famoso poema de Charles Bukowski. No obstante, no está el patio para recurrir a escritores malditos aunque resulta sugerente eso de “si vas a intentarlo, ve hasta el final, de lo contrario no empieces siquiera”.

No sabemos cuál va a ser ese final y la economía no debe ser un juego de azar sino, más bien, una necesidad. Tras cada reedición de voto hay un desequilibrio más endemoniado. El crecimiento va perdiendo la inercia cíclica, sin motores estructurales que la orienten a largo plazo.

Algo parecido debieron sentir el lunes en la Bolsa, donde el tono fue entre negativo y plano. La dinámica errática de los índices parece que está para quedarse. La interpretación financiera del 10-N es que va a ser muy difícil marcar un rumbo.

Poner propuestas sobre la mesa para superar la línea roja del veto al contrario sería lo más conveniente para la economía, pero ese espacio de posible intersección y entendimiento se ha reducido tras estas elecciones. Y tiende a reducirse con cada nueva convocatoria.

esa más el temor por el potencial castigo que pueda suponer en intención de voto una alianza que el sentido práctico. Hasta qué punto el votante medio valora una coalición en aspectos económicos básicos sigue siendo una incógnita que invita a la economía política. Tal vez el primero que sorprenda tendiendo la mano (con sus condiciones, no iba a ser menos) pueda ganar el doble rédito de la responsabilidad económica y social y de la comprensión del votante, aunque esta llegue más tarde. Que los mercados no reaccionaran negativamente en mayor medida se debe a que ya descontaban un escenario político sin mayorías ni coaliciones claras.

Muchos sectores sometidos a cierta volatilidad en su valor de mercado precisan de un Gobierno con una política más o menos definida, para ajustar sus expectativas y salir del limbo de los rumores. Se espera la definición de cuestiones como la estrategia impositiva, el modelo de innovación o las modificaciones que puedan hacerse en materia laboral. A la espera están energéticas, constructoras y banca, entre otras.

El escenario central es que todo sigue igual. Pero los dados son caprichosos y, de no producirse una reacción política, en otra ronda pueden dar un resultado aún peor. Uno en el que no haya espacio para integrar las políticas que en otras ocasiones han mostrado que existe convergencia en algunos aspectos. No en todos los necesarios ni en la medida que sería deseable, pero sí para mover a este país hacia un terreno más responsable y estable de condiciones institucionales y económicas.

Lo que sí se observa en cada tirada de los dados es más polarización, señal de desesperación y hartazgo. Puede que estemos ante un momento de responsabilidad histórica o ante la continuación de un deterioro peligroso y dañino en lo económico y social.

Comicios, economía y olvido

Publicado en Cinco Días el 11 de noviembre de 2019

Muchas veces se ha recurrido al “es la economía, estúpido” de la estrategia de la campaña de Bill Clinton de 1992 para tratar de señalar el error de olvidar lo esencial. Tras las elecciones que acaban de celebrarse en España habría que darle una vuelta al lema para decir más alto: “Es estúpido olvidar la economía”.

España se abre a un nuevo reto de construcción de gobierno. Cunde una sensación de tornillo pasado de rosca, de pensamiento viciado. Para determinar cuáles son las posibilidades de generar un espacio de acuerdo económico, hay que repasar algunos condicionantes institucionales. Para empezar, que en nuestro país nos hemos acostumbrado a las noticias falsas y a prender incendios. La aparentemente breve (porque tenemos sensación de disco rallado) campaña electoral ha sido un entorno experimental muy ilustrativo. En materia económica, social o política, el debate entre los candidatos estuvo trufado de medias verdades y contradicciones que la prensa aireó muy detalladamente. Esto, lejos de remover conciencias, se utilizó como un marcador para señalar a posibles vencedores. En realidad, simboliza que todos hemos perdido. Qué cabe decir de utilizar Cataluña –territorio económico y social esencial– como muñeco de pimpampum, en lugar de lo que es, una parte herida e hiriente de nuestro futuro.

El tinglado institucional es un desaguisado aún más amplio. Los medios de comunicación tienen que hacer su propio ejercicio de contrición. Demasiadas veces hemos escuchado y leído que estamos entrando en crisis, que viene una recesión, que el paro de octubre fue horrible. Se insiste también en que los gobiernos que se aúpan a los lomos de ciclos alcistas son la repera y los que tienen que lidiar con ciclos bajistas unos desaprensivos. Si ha habido algo de debate –sería abusar mucho del término– ha sido en dos cuestiones. Por un lado, los impuestos. Básicamente, algo de tanta altura como “ustedes los van a bajar y nosotros a subir” o viceversa. Por otro lado, las pensiones, con una lucha denodada por ver quién sigue más anclado en errores del pasado como vincular su revalorización a la inflación. En materia social hay bastante más desacuerdo. Y alguna apreciación recurrentemente despectiva hacia la inmigración, un hecho que debería ser mucha más solución que problema para la financiación de la Seguridad Social.

La respuesta a este desolador olvido de lo económico es simple: los pactos firmados y olvidados entre partidos en los últimos años –o el simple cruce de datos de estos y otros programas electorales anteriores– demuestran que hay un amplio margen de acción conjunta. El resultado electoral de ayer apunta a más fragmentación y polarización por lo que es difícil esperar acuerdos pero hay que animar a que se logren en ciertos temas porque que seguramente serían muy positivos. En pensiones y en materia impositiva es absurdo engañarse, es una cuestión técnica palmaria de sostenibilidad y responsabilidad intergeneracional. En investigación se trata de revertir una carencia alarmante de recursos que lastra nuestra competitividad futura. En empleo no hay consenso en muchos aspectos tan esenciales como tipologías de contratos o salarios pero sí podría haberlo en modos de mejorar el reciclaje profesional y un mejor encaje entre cambio en el sistema productivo y necesidades de formación.

Dado que es evidente la existencia de un escaso margen para ampliar el gasto (la deuda pública está en el 98% del PIB), parece conveniente también establecer cómo puede mejorarse la eficiencia de las Administraciones. Aunque aquí las propuestas son muy variadas y no siempre prácticas (por ejemplo, proponer la eliminación de las autonomías), hacer más eficientes las estructuras administrativas. Esto lo sabemos desde los que trabajamos en la universidad hasta los que gestionan servicios hospitalarios. Faltan medios, pero también es preciso aprovechar bien aquellos de los que disponemos.

Existían pactos también entre los partidos para mejorar la calidad del entorno político y luchar contra la corrupción. Y también sobre limitación de mandatos y aforamientos. Cuestiones que no son meramente políticas, sino de una honda incidencia económica a medio plazo. Todos los días que pasan sin que nos recuerden los aspectos en los que hay consenso, son días perdidos. De sobra sabemos dónde no lo hay. Un Gobierno en minoría -como parece apuntar el resultado electoral- no implica necesariamente un país endeble y una economía menos resiliente.

 

La herencia de Draghi para la era Lagarde

Publicado en Cinco Días el 6 de noviembre de 2019

Dice un refrán italiano: “o mangiar quella minestra o saltar quella finestra” (o te comes la menestra o sales por la ventana). Parece que los designios de la política monetaria del Banco Central Europeo han sido esos: o comíamos QE o la economía saltaba por los aires. El protagonista, Mario Draghi. Cuando accedió a la presidencia del BCE, afrontaba un panorama complicado. En pocos meses, la crisis de la deuda soberana se iba a recrudecer. No le tembló el pulso. Pero le ha temblado menos aún la voz. Su “haré lo que sea posible y, créanme, será suficiente” es ya el ejemplo más claro de cómo las señales sobre la guía futura de acción (forward guidance) pueden bastar para restaurar la calma. Carisma, independencia y sobriedad formal han sido rasgos de su presidencia. Como él mismo insistió antes de su salida, la búsqueda de consenso en el seno del Comité Ejecutivo del BCE ha sido también un empeño con resultados generalmente satisfactorios. Excepto en el tramo final del mandato. Ha crecido la disensión. Que decaigan los estímulos está llevando mucho tiempo y el romano, aunque estoico, deja tras de sí un debate abierto sobre si el QE está durando ya demasiado.

En medio de este tenso clima llega Christine Lagarde. La parisina es un icono del mundo económico-financiero. Antes lo fue del político. Comparte con Draghi prestigio y carisma. Pero tal vez le vaya a costar más a la nueva presidenta envolverse de ese blindaje tan propio de los bancos centrales. No tengo duda de que lo hará en las cuestiones más dogmáticas propias de su cargo, como la prudencia a la hora de medir las palabras sobre el entorno financiero y las decisiones de política monetaria. Pero le será más complicado separarse de su arraigado planteamiento crítico sobre la política económica en los estados miembros del euro. Tiene Lagarde, por lo tanto, dos herencias que gestionar, la de Draghi y la suya propia.

Pocos días después de tomar posesión, la nueva presidenta del BCE ya ha dejado su impronta al lanzar una ácida crítica para que haya expansión fiscal en aquellos países de la eurozona que cuenta con “espacio para maniobrar”. Se refirió en particular a Alemania y Francia, para señalar que sus superávits fiscales les permitirían hacer muchos más estímulos de los actuales. Y fue más lejos, al acusarles de “falta de solidaridad”. No es una sorpresa que los banqueros centrales pidan en los últimos años que los gobiernos hagan su papel para relanzar el crecimiento y la inflación. Se pueden encontrar referencias en casi cada comunicado de Draghi o Powell en los últimos años.

Lo que ahora hace Lagarde es dar un paso más que parece bastante astuto. En particular, si se pretende avanzar hacia una normalización financiera y económica es importante que el foco se vaya retirando, progresivamente, de los bancos centrales y se oriente a los gobiernos. Aunque la receta parece ser la misma menestra de QE de Draghi, Lagarde parece optar por un dicho más francés: “Autre temps, autres mœurs” (otros tiempos, otros modos). Los críticos del lado de los halcones, como Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, han respondido señalando que la nueva cabeza visible del BCE debe ceñirse a su “estrecho mandato”. No parece que Fráncfort esté ahora para hacer muchos amigos. Economistas del prestigio de Olivier Blanchard han lanzado dos advertencias. La primera, que el grado de disensión no va a reducirse. La segunda, que los bancos centrales se están quedando sin munición, pero tienen que disimularlo para evitar que se extienda el miedo.

Lagarde también ha comenzado respondiendo a los críticos. Ha indicado que ha sido (y sigue siendo) importante proteger el crecimiento de la economía y la búsqueda da la inflación para evitar el colapso… y que eso es más crucial que proteger los intereses de los ahorradores. No obstante, hay que recalibrar si los efectos positivos siguen dominando sobre los negativos (véase, por ejemplo, el número 272 de Cuadernos de Información Económica de Funcas).

El desafío técnico actual es de dónde sacar margen de maniobra cuando con las herramientas actuales queda poco. Puede que el BCE se plantee cambiar su objetivo de inflación para que haya más espacio para estímulos, o como mera señal a los mercados de que las subidas de tipos de interés tardarán en llegar.

No será sencillo seguir ese camino. También se sugiere que la confrontación dialéctica iniciada por Lagarde –exigiendo más acción de los gobiernos– es adecuada. Sin embargo, no está exenta de riesgos porque puede exceder su mandato y enviar señales de disensión a los mercados.

Al complicado entorno de dimes y diretes en los órganos de gobierno del BCE se añaden ahora otro tipo de debates que Lagarde va, seguramente, a incorporar, porque así lo ha sugerido. Entre otros, el de realizar una política monetaria “más verde”, vigilando que las inversiones que realiza el BCE (o que puedan realizarse a partir de sus instrumentos de liquidez) no se dirijan a actividades que contribuyan al cambio climático. Demuestra valentía en este frente (por la que ya ha sido criticada, entre otros por Weidmann) al sacar a la palestra un debate inevitable en el mundo financiero. Más política y más valentía en el BCE. Mezcla interesante y también arriesgada.

¿Investigación? Sí, gracias

Publicado en El País el 5 de noviembre de 2019

A cinco días de unas elecciones, si alguien me pidiera relatar un síntoma de las carencias de España diría que es la deficiencia de la inversión en investigación científica. Es un problema que compromete nuestro futuro como país, el de nuestros jóvenes y el de las oportunidades y distribución de la riqueza. Se refleja en pilares críticos como la educación, la estructura del mercado de trabajo o la productividad.

Ya hace casi una década que investigadores del MIT y Harvard, al lanzar el Atlas de la Complejidad Económica, demostraron el viejo dicho de que los países que investigan no lo hacen porque son ricos. Son ricos porque investigan. España ha disfrutado en cierta medida de las ventajas de un sistema nacional de ciencia e investigación vertebrado en los años ochenta, pero, pese a contar con investigadores reconocidos mundialmente, no ha engrosado la primera división.

En España nos congratulamos si la inversión en I+D sobre el PIB sube del 1,19% al 1,20%. El promedio de la UE es prácticamente el doble, y la ratio de los países punteros, en torno al 3%. Decía Severo Ochoa que “la ciencia siempre vale la pena porque sus descubrimientos, tarde o temprano, siempre se aplican”.Los hechos van más allá: los rendimientos suelen multiplicar la inversión de forma considerable. Eso sí, los beneficios pueden tardar una o dos décadas en producirse, lo que lo convierte en un tema intergeneracional. De esos que —como las pensiones o la educación— en España no se ven con gafas de a más de uno o dos años vista. En los países maduros económica e intelectualmente, no es necesario motivar este tipo de inversiones. Se piden responsabilidades si alguien intenta reducirlas.

Parece claro que en España sabemos formar, que hay talento investigador. Falla la materialización. Las noticias hablan por sí solas. Fármacos creados en España comercializados por empresas de otros países, investigadores que denuncian el colapso del sistema de transferencia a empresas, fuga de cerebros…Para que algunos centros de investigación no cierren, despiden a investigadores o cierran proyectos. Los Gobiernos, uno tras otro, vienen concediendo sistemas de financiación basados en créditos que son inaccesibles en la práctica y, además, la mitad del presupuesto no se puede ejecutar por las rigideces burocráticas y tiene que devolverse. Esto sugiere que la inversión efectiva es mucho menor de ese 1,2% del PIB. Aquellos objetivos del Horizonte 2020 de elevarla al 2% del PIB el próximo año son ya inalcanzables. Un fracaso sin paliativos que tendrá consecuencias. Generará desigualdad y pobreza relativa respecto a otros países en 10 o 15 años.

Se precisa un pacto de Estado, con planes plurianuales gestionados por científicos, conocedores de la aplicabilidad presupuestaria en cada momento. Por supuesto, con transparencia, control y responsabilidad. Es importante también no rehuir la colaboración público-privada, lo que está ligado a la necesidad de cambios en la gobernanza, despolitización y eficiencia de las universidades. Y dirigir más inversión a los sectores más innovadores y productivos. En investigación científica, España está lejos de jugar en la Champions League.