Globalización desde arriba hacia abajo

Publicado en Cinco Días el 12 de junio de 2021

Ya hay quien compara a Joe Biden con Franklin Roosevelt o Lyndon Johnson por su capacidad transformadora. Sus primeros meses de gobierno han sido un soplo de aire fresco que ni sus 78 años ni las dudas que muchos expresaron sobre su capacidad han estropeado. Claro que Donald Trump había deshecho tantos lazos y hundido tantos puentes que gran parte de lo que el nuevo presidente estadounidense podía hacer era reconstruir. No obstante, ha ido más allá, proponiendo un nuevo marco de convivencia (dentro y fuera de Estados Unidos) y marcando nuevas reglas, más equitativas en materia económica y climática. No le va a resultar sencillo pero se le aprecia arrojo político. Influye también y mucho el papel de Janet Yellen como secretaria del Tesoro, proporcionando un perfil técnico y una capacidad de convicción de altas prestaciones.

A priori podría parecer paradójico que algunos de los países que más han apostado por el libre mercado (Estados Unidos incluido) sean los que pongan sobre la mesa una propuesta sobre reforma fiscal para establecer una imposición mínima a las empresas. Hasta tal punto que una institución que se presentaba tan desgastada como el G7 encabeza ahora un cambio que mete presión a otras organizaciones como la OCDE y, sobre todo, el G20. Recuerda un poco la idea de Montesquieu de que “para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder.” El poder de hoy es global y tiene múltiples formas de escapar al control. Provoca desigualdades e inestabilidades en el sistema capitalista que han impulsado a muchos a la necesidad de reformarlo para evitar que otros acaben por destruirlo y provocando crisis institucionales y económicas irreversibles. El capitalismo tenía algo que devolver a la sociedad. Quizás algo más, pero es un buen comienzo de una redefinición. De momento, los mercados no se resienten por varios motivos. Entre otras cuestiones, ven lejos aún el acuerdo y, además, consideran que puede tener algunos beneficios (como reducir tensiones geopolíticas y comerciales a largo plazo).blob:https://nodisparenaleconomista.wordpress.com/582cf65b-90de-46b2-8a7a-9045c297dabaPUBLICIDAD

En la propuesta que ha lanzado el G7 hay dos pilares para una nueva fiscalidad de las empresas. Simples y poderosos. El primer pilar es que las empresas deberán pagar más impuestos en los países donde venden sus productos y servicios, en lugar de hacerlo donde declaran sus beneficios. Se aplicará a aquellos negocios con un margen operativo de, al menos, el 10%. El segundo pilar es que se establezca un compromiso internacional de al menos el 15% en el impuesto de beneficios para que unos países no compitan por otros por ver quien favorece más a las empresas. La definición del primer pilar asume que algunas multinacionales tienen beneficios muy reducidos en algunos países donde tienen que gran parte de su actividad. Por eso, se espera que el acuerdo se defina de forma aún más específica y siga algunas propuestas de la OCDE para que el requerimiento impositivo se pueda a hacer a divisiones suficientemente grandes de una compañía en lugar de a las matrices. Uno de los casos que más se ha comentado es el de Amazon. Su negocio minorista arroja beneficios inferiores al 10% pero su división más descentralizada con servicios de computación y similares, Amazon Web Services, tiene un margen superior al 30% y, según los principios inspiradores del acuerdo, debería quedar encuadrada en el mismo.

Precisamente son las grandes tecnológicas las que más polémica han suscitado. Muchos países han intentado establecer impuestos (como la llamada tasa Google) o asimilados a cargas arancelarias a las mismas. Como muchos economistas nos hemos pronunciado, estas medidas parecen poco eficaces y hasta contraproducentes cuando se adoptaban unilateralmente. Por eso, uno de los grandes valores del acuerdo del G7 es que es top-down (desde arriba hacia abajo) porque comienza por países líderes que quieren que se aplique de forma generalizada internacionalmente. Yellen ha salido al paso de estas dudas sobre las BigTech señalando que las tasas Google dejan de tener sentido –Estados Unidos las había denunciado como prácticas impositivas discriminatorias– porque ahora serán todas las grandes multinacionales y no sólo las tecnológicas las sometidas al acuerdo.

La pelota (y la presión) pasa directamente a la reunión del G20 que se celebrará en Venecia en julio. Las miradas estarán en Rusia y China. Sucederá en un momento en el que hay tensiones geopolíticas palpables (investigaciones sobre origen de la pandemia, situación de Bielorrusia, responsabilidad en grandes ciberataques a empresas). Causa fatiga pensar lo que puede quedar por delante con precedentes como los acuerdos para luchar contra el cambio climático, pero ilusiona la fuerza y consenso que ha venido de un Occidente que parecía quedarse atrás en el terreno de juego mundial, sobre todo en el caso de Europa. Puestos a soñar, podríamos imaginar un futuro con acuerdos internacionales más amplios que los actuales en derechos laborales mínimos o en una protección de la propiedad intelectual más general y garantizada. Una creciente gobernanza global.

Lo que el acuerdo no dará es igualdad en competitividad ni en I+D ni en modernización. Eso seguirá siendo responsabilidad de cada país y esperemos que España tome nota ya que sigue manteniendo significativas diferencias en esos factores con respecto a los países más avanzados, sin que hayan existido acciones públicas decididas a corregir esas carencias. Por otro lado, algunos países –entre ellos, nuevamente el nuestro– se plantean ahora reformas fiscales en medio del proceso de recuperación tras la pandemia. Parece algo prematuro. Sobre todo, para sumarse ya a ese mínimo del 15% antes de que haya un acuerdo más vinculante y amplio. 

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y director de Estudios Financieros de Funcas

La palabra de moda

Publicado en El País el 11 de junio de 2021

            Se empieza a ver la luz al final del túnel de la Covid-19 y no es la recuperación -evidente en algunos países- el término económico que más se menciona sino la inflación. Eso sí, la reunión de ayer del Banco Central Europeo mostró poca preocupación en el medio plazo por el repunte de los precios y dejó claro que el menor tono de crecimiento de la Eurozona le inquieta más. En Fráncfort se sigue hablando de “puente” para la recuperación porque no es tan palpable, como sí lo es en Estados Unidos. No se esperan grandes cambios en la estrategia monetaria -los tipos de interés no cambian por ahora- y se mantiene con intensidad el programa de compra de activos. La autoridad monetaria ratificó que este programa está para lo que haga falta aún durante bastante tiempo.

El BCE no está muy presionado para hacer virajes porque, aunque la inflación de la Eurozona ha aumentado, sigue estando dos puntos por debajo de la de Estados Unidos y la subyacente en el 0,9% en mayo, aún relativamente contenida. Los más halcones presionan para ir anunciando alguna retirada adicional de estímulos pero no protestan demasiado. No quieren descarrillar la recuperación en sus propios países, aún débil. El retorno a niveles pre-pandemia de empleo y otros indicadores se producirá más bien en 2022 y, en algunos países, en 2023.

El mandato de los bancos centrales marca pautas. En la Fed de los Estados Unidos es amplio, aporta flexibilidad. El del BCE es mucho más limitado. Su presidenta se ve obligada a ampliar la dialéctica, incluso a retorcerla. Aunque no ha cambiado el objetivo de inflación, Lagarde ha afirmado que para que haya un cambio en la política monetaria no bastará con que la inflación llegue al 2% de forma “robusta” sino que se mantenga en ese nivel o por encima de forma “consistente”. Es hacer política monetaria con adjetivos. De momento, funciona. A pesar del menor margen de maniobra, el BCE ha ampliado implícitamente o indirectamente ese mandato con la protección de primas de riesgo, el control de temperatura de mercados de deuda o mimando la recuperación. 

Los próximos meses son cruciales. Presiones inflacionarias más potentes en el segundo semestre podrían llevar a algunos a preguntarse cosas como “si no cambia la política monetaria ahora ¿cuándo lo hará?”. O a plantearse qué sucederá si, en una recuperación algo desigual en Europa y con potentes estímulos, la inflación se mantuviera elevada durante la segunda parte del año y 2022. ¿Sería un año suficiente para hablar de consistencia en la inflación?

            Dos últimos apuntes. Tanto el BCE como la Fed han errado en sus previsiones de inflación en los últimos años. Han esperado subidas que no llegaron. Ahora esperan que no aparezcan esas subidas consistentes. Un “que viene el lobo” que ya no asusta. Asimismo, aunque suene a una dolorosa ironía, el desempleo puede ser aliado de la estrategia del BCE porque con millones de personas que han perdido su trabajo o en riesgo de hacerlo en la Eurozona, un repunte continuado de la inflación parece más improbable.

Coyuntura con fiebre

Publicado en El País el 4 de junio de 2021

Semana con muchos datos de coyuntura que anticipan cambios. Lejos de dejar atrás la crisis, pero con registros prometedores a corto plazo, como el de desempleo de mayo, que mostró el punto de inflexión para la economía que supuso dejar atrás el estado de alarma. Nada que ver con hace unos meses o un año. La vacunación masiva y la menor incidencia de contagios explican el momento favorable, que se trasladará a buena parte del segundo semestre. No se han corregido los grandes desequilibrios de la economía española, pero se recuperan sus constantes vitales.

            Los datos de crédito a empresas y familias de abril son interesantes también. La tasa interanual de la financiación a empresas fue del 3,3%, la más baja desde marzo de 2020 y la de préstamos a hogares fue del 0%, tras marcar tasas negativas ininterrumpidamente desde el comienzo de la pandemia. Las sociedades mercantiles no parecen necesitar tanto crédito nuevo en estos momentos. Las familias, conforme lo peor de la pandemia pasa, retoman una senda de un mayor consumo e inversión. Tendencias aún por confirmar, aunque mejores expectativas para este verano. Mayores ingresos empresariales y menos trabajadores en ERTE -buena parte reincorporándose a su trabajo- como confirman los datos financieros de abril. Probablemente, en los próximos meses esas tendencias serán aún más marcadas.

            Es una recuperación con febrícula en forma de inflación, aunque sea transitoria. El dato del IPC de mayo de España fue 2,7% y el de la Eurozona el 2%. Aunque alejados de los niveles del Estados Unidos, por encima de 4%, apuntan a que, en los próximos meses, el gasto de la “demanda embalsada” durante más de un año, junto a los fuertes estímulos monetarios y fiscales que aún persisten y el estrangulamiento en algunos suministros industriales y energéticos, están llevando la tasa de crecimiento de los precios a niveles que no se observaban desde hace más de una década. Con expectativas de que puedan subir más y mantenerse en niveles elevados hasta 2022. Puede llegar la fiebre.

            En un momento de recuperación, una inflación elevada encarece muchos productos y servicios importantes en la lista de la compra de las familias, muchas de ellas con dificultades para llegar a fin de mes ahora que empezaban a respirar. La sensibilidad ante cuestiones como el recibo de electricidad o la presión fiscal son especialmente comprensibles. Las empresas, a su vez, también se ven afectadas por el aumento de costes de esa “calentura”, a la vez que algunos componentes no llegan. Es la parte más preocupante de la actual evolución de los precios. Los bancos centrales consideran que la inflación no ha venido para quedarse, pero es importante que no se olvide que genera, aunque sea en el corto plazo, distorsiones importantes en las decisiones de gasto e inversión del sector privado. Una razón más para no retirar prematuramente los apoyos a empresas y familias que explican que esta crisis de la Covid-19 – junto a otras razones como su origen sanitario- haya tenido menos daños sociales colaterales que la de 2008-2012, de causas financieras e inmobiliarias.