La economía del fin de la pandemia

Publicado en El País el 19 de octubre de 2021

No se pueden lanzar las campanas al vuelo en lo sanitario, aunque parece que se empieza a ver luz al final del túnel. La vacunación sigue avanzando. En algunos países más lentamente por la resistencia de buena parte de la población. En otros, con dificultad por falta de vacunas. Los indicadores de incidencia de la Covid-19 globales han mejorado notablemente en las últimas semanas. Esta situación de menor impacto de la pandemia se está dejando notar claramente en algunas zonas del mundo —Unión Europea, Estados Unidos— desde mediados de año, con una intensa reactivación de la demanda, de la producción y de la economía en su conjunto. Las previsiones del FMI de la semana pasada reflejan una perspectiva de recuperación para 2022. Buenas noticias, no sin problemas.

Cabría esperar, tras el impulso de la demanda y de la vuelta a una producción en condiciones cercanas a la normalidad, ciertas tensiones y “cuellos de botella” en muchos suministros trascendentales (energía, semiconductores) y en sistemas de transporte de mercancías. También los consiguientes incrementos de precios. Inicialmente, buena parte de los analistas creyeron que serían transitorias. Existen dudas razonables que puedan ser más persistentes de lo inicialmente previsto. Preocupa sobre todo la inflación. Solamente los bancos centrales, con su tradicional actitud prudente, aún creen que se puede evitar una inflación que genere quebraderos de cabeza.blob:https://nodisparenaleconomista.wordpress.com/3b3b7d8c-a5c5-4772-9dac-93067fd4bca8PUBLICIDAD

Hay una circunstancia adicional que viene de más lejos. Esas tensiones en suministros, costes y precios, esperables con el fin de la pandemia, han coincidido con los cambios en el modelo productivo y energético. En gran parte, de los países desarrollados. La transición energética hacia una menor huella de carbono es un proceso que estaba en marcha desde antes del coronavirus. Implica fuertes inversiones. Tensiona —y seguirá haciéndolo— los suministros de energía y otros productos básicos, con presión sobre los precios. El fuerte impacto sobre estos mercados básicos de la vuelta a la normalidad tras la pandemia puede que pase a mediados del 2022.

Sin embargo, la presión de medio plazo, vinculada a la transición energética, no va a desaparecer. Es conveniente que el factor coyuntural de la demanda pospandemia no permanezca. Hay que evitar que tenga capacidad de retroalimentación en una espiral de crecientes costes, que afecten a expectativas y salarios. Es ahí donde gobiernos y autoridades monetarias se la juegan el próximo año: impedir que una situación de evidente tensión coyuntural se convierta en un problema estructural. Hará falta buena mano y credibilidad para evitar entrar en una espiral inflacionista de costes, salarios y precios.

Las buenas noticias del fin de la pandemia pasan por el relativamente mejor estado en el que está gran parte de la economía en este momento. Mucho mejor que la situación que se vivía después de la crisis financiera global de 2008. Las fuertes medidas aplicadas en 2020 y 2021 para que no se derrumbara la actividad económica y financiera por parte de gobiernos y autoridades monetarias han dado fruto. Los ERTEs, la financiación avalada por los Estados y las compras masivas de bonos por parte de los bancos centrales han sido los principales ejes —que no los únicos— que han ayudado a evitar lo peor. Muy distinto a la tibieza de las medidas en muchos países —la UE, sin duda— en el episodio anterior de la crisis financiera global. Se ha logrado minimizar, al menos hasta ahora, el impacto negativo sobre el mercado de trabajo y la morosidad financiera, dos regueros de pólvora hace diez años. Empresas y entidades financieras están en mejores condiciones. Con excepciones, por supuesto. Hay desafíos y problemas pendientes. Muchos análisis apuntan a cierta corrección en los mercados de valores a corto plazo. Los próximos meses determinarán si la persistencia de la inflación y de las dificultades en el abastecimiento y en la cadena de valor pasa a ser un gran quebradero de cabeza tras la pandemia, o solamente un susto pasajero.

A favor de un presupuesto a la contra

Publicado en Cinco Días el 14 de octubre de 2021

Cervantes recordaba en el Quijote que “el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no debe quejarse si se pasa”. Algo parecido sucede con los Presupuestos Generales del Estado que ayer se presentaron en el Congreso de los Diputados. Ya venían algo trastabillados por las dudas y contradicciones que habían afectado a la evolución del cuadro macroeconómico. En España no aprendemos y el signo político pocas veces tiene que ver. Las economías que mejor protegen su estabilidad presupuestaria y niveles de deuda –que es la de todos y marca buena parte de la protección y el devenir de familias y empresas– tratan de ahorrar en épocas de bonanza para tener un colchón de gasto cuando vienen mal dadas. En España, sin embargo, llevamos tiempo gastando cuando se crece y cuando no.

En la maraña mental, convertida en enfermedad social, que es crear leyendas sobre buenos y malos y difundirlas como si fueran hechos contrastados, el trasfondo de unas cuentas públicas con excesivo gasto es que hay que apoyar para salir de la crisis de la Covid-19 de forma contundente. Para dar mayor soporte a esta consideración, se recuerda que en la crisis financiera la UE y muchos países particularmente afectados –como España– no ofrecieron suficiente apoyo fiscal y eso hizo que la salida de aquel embrollo y sus negativas consecuencias se prolongaran mucho más de lo que hubiera sido preciso. Es una verdad a medias. Por un lado, es cierto que la UE tuvo que haber actuado de forma unida mucho antes y no sucedió, lo que hizo que el Banco Central Europeo acaparara un papel casi exclusivo, aunque algo tarde (a partir del verano de 2012). Sin embargo, es difícil argumentar que países como España estuvieron atados por la austeridad. A pesar del control de Bruselas, venimos registrando déficit por encima del crecimiento del PIB muchos años. Si usted gasta más de lo que genera, está endeudándose, no siendo particularmente austero. A un país le pasa lo mismo.

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Sucede también que precisamente ahora la UE va a dar fondos que suponen un importante apoyo fiscal, en gran parte de manera solidaria y que, por lo tanto, solo van a afectar parcialmente al debe de las cuentas públicas españolas. Sin embargo, el presupuesto se ha subido a esa ola, con una proyección de equilibrio de ingresos y gastos preocupante y con la deuda disparada. Podría haberse aprovechado la circunstancia de un apoyo comunitario inusitado para guardar un poco la cartera, pero no… se ha apostado por aumentar fuertemente el gasto social en un contexto de crecimiento –que soluciona por sí muchos desarreglos–, y que puede quedar en gasto sin contrapartida productiva. Ni tan siquiera con el efecto de apoyo social que se presuponía.

En lo que respecta a la distribución, a los economistas nos gusta recordar cada año una restricción difícil de salvar: hay partidas más que comprometidas porque forman parte de la estructura del sector público y de la cobertura del Estado del Bienestar. Entre las que han engordado y lo seguirán haciendo están las partidas sociales. Aunque las destinadas a desempleo (costes parciales de los ERTE incluidos) reducirán algo su impacto –porque el próximo año debe ser más favorable que éste o el anterior– sigue siendo una buena porción de la tarta, en la que las pensiones son un bizcocho cada vez más grueso. Respecto a éstas últimas ya nadie –en el hemiciclo– parece discutir la inconveniencia de su indexación a la inflación, algo casi imposible años atrás. Hoy cualquier reconsideración de las pensiones parece tener un coste electoral demasiado alto.

Si realmente el cambio está en la innovación y la ciencia –supuestamente habíamos aprendido algo de la pandemia sobre el valor de esas inversiones–, puestos a soltar las riendas del gasto, podría haberse dejado correr algo más a estos caballos. El gasto en investigación y ciencia ha aumentado, pero sigue siendo un invitado de poca categoría en la fiesta. La comunidad científica ya ha advertido que ese objetivo de llegar al 1,25% del PIB en 2030 en gasto en I+D es pírrico. Nos condena a seguir en los vagones de cola.

La gran pregunta es en qué medida el apoyo de la UE podrá paliar los problemas de sostenibilidad y falta de transformación que se traducen de los Presupuestos. La música no sonaba mal porque la implicación del sector privado y la elaboración de proyectos tractores podrían articular algún avance coordinado que elevara la capacidad tecnológica y la productividad. Sin embargo, persisten muchos interrogantes sobre el destino final de los fondos. Los que se van liberando no siempre parecen ir en la dirección esperada y de la parte fundamental que deberá llegar a partir de 2022 hay que esperar más coordinación y trascendencia reformadora. Mala señal sería que parte de los fondos no pudieran gastarse por problemas de articulación y burocracia, una desgracia que, por ejemplo, se observa con el gasto en I+D.

Siempre cabe alabar la parte social de las cuentas públicas. Todos los gobiernos deben aspirar a la equidad y se les presupone, pero se echa de menos la orientación a una verdadera transformación productiva. No obstante, ser anticíclico, o sea, ir a la contra implica ser ahorrador cuando estamos creciendo y gastar más cuando la economía se desacelera. Esto no se cumple con estos presupuestos.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada, Director de Estudios Financieros de Funcas y colaborador de CUNEF

La causa y el efecto

Publicado en El País el 12 de octubre de 2021

Hasta hace unos años, la mayoría de los Premios Nobel de Economía tenían un claro perfil teórico y la inmensa mayoría de sus contribuciones tenían un fuerte componente matemático. Gracias a ellos fue creciendo la teoría microeconómica y macroeconómica. En cambio, en las dos últimas décadas, también se ha concedido a economistas empíricos y a aquellos que emplean los experimentos, la psicología, la sociología e incluso la ciencia política. Era lógico, la sociedad del fin del siglo XX y de lo que va de siglo XXI cada vez es más compleja y requiere de propuestas y soluciones que combinen rigor, una mayor completitud e interdisciplinariedad.

Los Nobel de este año van en esa dirección, con la concesión de la mitad del premio al canadiense David Card (Universidad de Berkeley) y de la otra mitad, ex aqueo, al estadounidense Joshua Angrist (MIT) y al holandés Guido Imbens (Universidad de Stanford). En palabras del Comité de los Nobel, “han revolucionado la investigación empírica en economía”. En particular, han clarificado como entender adecuadamente la relación “causa-efecto” en los estudios con datos. Asimismo, pero no menos importante, tienen notables y clarificadoras aportaciones en cuestiones controvertidas sobre los efectos del salario mínimo, la inmigración y el nivel educativo sobre el mercado de trabajo. En suma, los trabajos de los tres laureados este año son un ejemplo de que se puede responder a las preguntas que se hace la sociedad. 

David Card contribuyó a entender mejor el impacto del salario mínimo sobre el empleo, una cuestión controvertida aún. Los estudios siempre han mostrado la relación negativa entre salario mínimo y empleo. Sin embargo, Card retó la visión convencional que apuntaba a una dirección solamente: los salarios mínimos tienen efectos negativos sobre el empleo. Según el recién Nobel, la relación contraria también podía ocurrir: cuando aumenta el desempleo, las empresas pueden estar en condiciones de fijar menores salarios, con lo que aumenta la presión social a favor de aumentar el sueldo mínimo. Su estudio experimental empleando datos de Nueva Jersey mostró la ausencia de efectos de la subida del salario mínimo sobre el nivel de empleo. Por otro lado, Card también demostró en otra investigación experimental aplicada a la ciudad de Miami, que la inmigración (que en su estudio provenía de los cubanos que huían del régimen de Castro) no afectaba negativamente a los niveles de ingresos de los trabajadores menos cualificados, desafiando la visión tradicional que la llegada de inmigrantes afecta negativamente a sus salarios.

Por su parte, los otros dos premiados, Joshua Angrist y Guido Imbens han contribuido notablemente desde el ámbito metodológico a entender las “causas y efecto” en economía. Sus estudios ayudan a responder bajo qué condiciones un experimento natural puede utilizarse para mostrar los efectos de las decisiones de los individuos. Ellos, por ejemplo, retan la visión tradicional de que, a mayor nivel educativo, mejor salario en el futuro. En muchos casos, ellos demostraron con rigor que no en todos los casos es así y otros factores (ambición personal, capacidad de adaptarse al mercado laboral) pueden influir tanto o más.