Estrés bancario a la europea

Publicado en El País el 6 de junio de 2017

Resulta algo inoportuno y desgraciado lo que está ocurriendo con el Banco Popular, una de las entidades españolas con mayor raigambre institucional y un importante valor de franquicia, al menos hasta hace poco. Como en tantos otros casos documentados de estrés bancario, se vuelve a poner de manifiesto la dificultad de ejercer una resolución temprana que evite males mayores. Los vaivenes en el precio de la acción son un escaparate del juguete especulativo en el que nunca debe convertirse un valor bancario, por el desasosiego que transmite al conjunto del sector. Algunos hablan de una resolución “abrupta” desde Fráncfort lo que sorprendería después de otras soluciones adoptadas en la Eurozona últimamente.

Ironías del destino —u oportunidad para reivindicar una cierta autonomía española para resolver esta situación— la intensidad que ha adquirido el castigo a la acción del Popular coincide con el acuerdo para la resolución del italiano Monte dei Paschi de Siena (MPS). Comparar estas dos entidades sería tentador, pero desacertado. Más aún, cuando MPS no ha sido, en puridad, intervenido, sino que el supervisor único parece que se ha acabado sumando a un plan eminentemente italiano.

A diferencia de Popular, en el caso de MPS el agujero es (sigue siendo, en parte) difícilmente abarcable. Una segunda diferencia es que el camino seguido por el sector bancario español en términos de sacrificio —tanto autoimpuesto como infringido, y que quizás haya que continuar— es mucho mayor que el italiano. El problema de los activos deteriorados allí es mucho mayor que el de España.

En nuestro país se ha realizado un esfuerzo de reestructuración y de transparencia aumentada, por lo que la diferencia puede ser aún mayor. Asimismo, la economía española ofrece un soporte macroeconómico y un crecimiento que en Italia no se divisa desde hace muchos años y que compromete aún más el balance del sector bancario transalpino. Incluso teniendo en cuenta todas estas diferencias, se ha tardado dos años en llegar a un acuerdo visado por el BCE para la resolución de MPS, con un plan que se supone que infringe pérdidas a accionistas y bonistas aunque, de partida, prevé que el propio banco compense a buena parte de ellos. Esto deja gran parte del bail-in (que paguen los inversores antes que los contribuyentes) disfrazado de bail-out (se inyecta dinero público finalmente).

Las opciones del Popular parecen pasar inevitablemente por una solución privada. Para cerrarla, se está ultimando una nueva tasación de los activos. Hay diferentes opciones. Eso sí, hacen falta noticias (del ámbito público y privado) que reduzcan la incertidumbre, que sirvan de certificación. Si hay una adquisición, el uso de instrumentos de deuda para amortiguar pérdidas transformándolos en acciones (CoCos) podría ser más limitado pero, si no, lo cierto es que ese es su propósito llegados al extremo. En España ya se impuso el bail-in cuando no era norma europea. Hay que acotar las posibles soluciones y decidir pronto para no perder el control totalmente.

No nos quedará París

Publicado en El País el 30 de mayo de 2017

http://economia.elpais.com/economia/2017/05/29/actualidad/1496072255_250134.html

No parece que Donald Trump y Angela Merkel puedan ser los Rick Blaine e Ilsa Land de Casablanca. En esta ocasión, no nos quedará París. Dos años después del histórico acuerdo para la reducción de emisiones contaminantes alcanzado en la capital francesa, Estados Unidos sugiere que podría dar uno o varios pasos atrás. Se sabrá en unos días. Así se ha revelado en la cumbre del G7 en la siciliana ciudad de Taormina. Las implicaciones de resquebrajar los progresos en la lucha contra el cambio climático son enormes para la economía a largo plazo pero también para la cohesión internacional.

Con sus (numerosos) defectos, el orden económico internacional que siguió a la Segunda Guerra Mundial propició numerosos acuerdos comerciales y la formación de áreas económicas que han generado avances importantes. Ahora se ha hecho patente que no solo es necesario revisar ese orden —entre otras cosas, porque ha habido un cambio sustancial en el peso de los liderazgos— sino que, de hecho, se está rompiendo de forma acelerada por varios frentes. El estilete “anglosajón” es el que más está cuarteando el equilibrio comercial y político, con propuestas rupturistas que apelan al unilateralismo (Brexit, por ejemplo). La era de los grandes acuerdos parece dar paso a la del individualismo, con dosis importantes de proteccionismo. Y Europa, como recuerda Merkel, debe mantener el tipo.

A duras penas, Estados Unidos aceptó incluir en el comunicado de este G7 una declaración a favor del multilateralismo que propicia la Organización Mundial del Comercio. Sin embargo, no es descartable que se tomen medidas proteccionistas, especialmente tras las declaraciones de los delegados estadounidenses de que el superávit que mantiene Alemania con su país les parece inaceptable.

El G7 y el G20 presentan algunas similitudes, como la lista de declaraciones reactivas ante acontecimientos recientes. En esta ocasión, se ha hecho eco del ciberterrorismo como amenaza para la que los líderes mundiales llaman la Próxima Revolución Productiva. Un cambio orientado por la tecnología que estos mandatarios reconocen que tendrá (está teniendo) consecuencias importantes para el empleo. Las llamadas a la cooperación en estos campos (ciberseguridad, planes de formación e innovación para los trabajadores,…) tienen poca credibilidad en un entorno en el que, cuando se desciende al terreno comercial y a rascarse el bolsillo, la tendencia es que cada uno cuide el suyo.

Parte del problema reside también en la resistencia a asumir cambios. La geopolítica ha estado siempre influenciada por factores como la energía y este es un mundo en el que el equilibrio energético está cambiando de forma dramática. Con más o menos intensidad, la tendencia imparable es que se reduzca el peso del petróleo, pero esto casa mal con algunas estrategias proteccionistas. Y, de paso, amenaza con llevarse por delante acuerdos como el de París sobre emisiones.

En un momento en el que la información fluye y crece por todo el mundo como no lo ha hecho nunca antes, otras barreras parecen levantarse.

La geopolítica en los mercados

Publicado en El País el 23 de mayo de 2017

La política ha sido siempre una dimensión relevante en la valoración de escenarios y proyecciones macroeconómicas. Sin embargo, en los últimos años, la influencia potencial de shocks geopolíticos —como resultados electorales inesperados, tensiones diplomáticas y bélicas, terrorismo en diferentes manifestaciones— ocupa un lugar central en el análisis y en los foros de debate sobre coyuntura económica, con un peso que, probablemente, no ha tenido desde la Guerra Fría. El Informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial muestra que, en 2017 fenómenos como condiciones climáticas extremas o la inmigración masiva e involuntaria se ven acompañados por otros como ataques terroristas a gran escala o vulneraciones masivas de ciberseguridad como los focos de incertidumbre con mayor probabilidad de ocurrencia.

La inestabilidad política ocupa un papel destacado en la indigestión que sufren mercados y divisas con frecuencia. No son necesarios desastres naturales, los riesgos geopolíticos se están convirtiendo en una incómoda constante. La falta de liderazgos sólidos y los devastadores efectos de la corrupción hacen temblar los cimientos del orden económico internacional. La semana pasada fueron la perspectiva de una moción de censura al gobierno brasileño o los mensajes diplomáticamente mejorables emitidos desde el gobierno estadounidense. El “índice del miedo” VIX registró varios repuntes. La ruptura del bipartidismo y la previsión de gobiernos u oposiciones inestables también ocupa un lugar destacado en muchas localizaciones. La mayor parte de los medios especializados colocó ayer a España nuevamente en un terreno político deslizante tras este fin de semana.

Hay, incluso, mercados como PredictIt en los que se invierte en la probabilidad de que Trump afronte un impeachment. En tan sólo dos semanas la probabilidad de que ocurriera en 2016 pasó del 16% al 26% en ese mercado, y todo apunta que para 2017 podría ser superior al 60%. Y un gran número de estimaciones valora el efecto de los conflictos. En países como Corea del Sur se demuestra que la proliferación nuclear en su vecino del norte tiene un impacto significativo y duradero en la bolsa y la inversión internacional. Muchas de estas tendencias proceden de la generación de un nuevo orden político-económico y de la constatación de la escasa resistencia de éste a fenómenos de elevado estrés como la última crisis financiera. Algunos fenómenos como la rapidez del cambio tecnológico o la polarización social y cultura van a complicar aún más las cosas. Incluso el tratamiento de la información en la era de la posverdad —donde pesa más una mentira sonada y acelerada que un sosegado y contrastado análisis— tiene una incidencia económica que debería estimarse. La receta para gobiernos estables y economías resistentes sigue siendo impulsar un crecimiento inclusivo, que reduzca la desigualdad y favorezca las oportunidades. Un entorno en el que las reformas permitan salarios acordes con la recuperación y donde las nuevas generaciones, aunque se enfrenten a un mundo más complejo, puedan pensar en un futuro igual o mejor que el de sus padres.

 

Ciberataques y la nueva economía

Publicado en El País el 16 de mayo de 2017

Hay que reconocer que los que pusieron nombre al virus que está causando tanto daño y preocupación (Wannacry, “Quiero llorar/gritar”) dieron en el clavo. La información es una de esas cosas de las que realmente no podemos decir que valoramos suficientemente hasta que la perdemos o su privacidad es violentada. La cuestión es potencialmente aterradora y con consecuencias económicas muy considerables.

Con el respeto y precauciones oportunas, me gusta a veces comparar el carácter sistémico del riesgo de epidemias con el de las crisis financieras. No obstante, lo que ocurre con los ciberataques es aún más tenebroso porque afecta a cualquier ámbito de nuestra vida. Hemos optado por las ventajas de la nueva economía colaborativa pero esta cuenta con dos riesgos importantes: la candidez y vulnerabilidad de buena parte de los usuarios y la ferocidad y habitual anonimato de los ciberterroristas.

Tal vez parte de la solución esté en comprender y asumir todas las implicaciones de la economía de la información y de la digitalización. El año pasado se detectaron hasta 4.149 vulnerabilidades en sistemas de información (data breaches) que afectaron a 4.200 millones de registros informativos en todo el mundo, según Breach Live. Cada minuto se ven afectados más de 3.000 registros. Más de la mitad de estos problemas de seguridad se producen en las empresas. Vivimos abrumados y enganchados a cantidades ingentes de datos (big data) y ello no implica, necesariamente, inteligencia empresarial. Desgraciada y casi inevitablemente los ciberterroristas parecen haber entendido más rápido los beneficios de la economía colaborativa que las empresas. Comparten sistemas de forma mucho más rápida y abierta de lo que las corporaciones comparten sus mecanismos de seguridad. Invertir en protección tiene un coste pero, si no se generaliza el aprendizaje, se produce un aislacionismo económico inútil.

El sistema financiero, por ejemplo, trata desde hace ya algún tiempo de prevenir estos problemas para poder generar confianza en nuevos sistemas de pago y en digitalización financiera. No es sencillo cuando partes del sistema de seguridad dependen necesariamente del propio usuario (claves de acceso, por ejemplo). Y, a mayor escala, se está generalizando el uso de ciberseguros. Porque, aunque no se comente mucho, este tipo de eventos sucede con frecuencia. Así, algunos ciberataques lograron colapsar algunas fundiciones de acero en Alemania o la conducción de algunos oleoductos en Turquía.

El problema de estos episodios está en que no solo tienen un potencial desestabilizador sistémico sino que pueden también erosionar la confianza y retrasar o dañar considerablemente los avances de la nueva economía. Cuando los ciudadanos observan que grandes corporaciones son atacadas, es difícil convencerlos de que ellos están a salvo. Las crisis de confianza son el germen de grandes crisis económicas. La solución parece pasar por la colaboración y la educación y por mantener registros personales y un margen de nuestra vida sin compartir, que tampoco pasa nada. También debe haber responsabilidad de las grandes agencias de seguridad, como la NSA americana, en el centro de la polémica por haber usado variantes de wannacry para sus propios propósitos en lugar de volcarse en la protección de los usuarios. Colaborativo significa “hecho en colaboración”. Cosa de todos.

Suflé francés para la economía

Publicado en El País el 9 de mayo de 2017

Alice Roosevelt Longworth, hija mayor del vigesimosexto presidente de los Estados Unidos hizo célebre la frase “no se puede hacer crecer un suflé dos veces”. Aunque por motivos bien distintos de los de la celebridad norteamericana del siglo pasado —que se refería a la relación entre el vigor sexual y la edad— la economía francesa parece un suflé que puede crecer y quedar consistente pero que corre también el riesgo de desmoronarse si Macron no puede poner en práctica su receta. Pero la oportunidad está ahí.

Los mercados europeos le dan la bienvenida desde que se adivinaba su victoria porque esperan que la economía de la eurozona se vea fortalecida, tanto en su gobernanza como en su estructura. A pesar de las diferencias que pueden persistir entre Francia y Alemania en temas como las políticas de inversión de la Unión Europea (UE) o el papel del Banco Central Europeo, hay una oportunidad de oro para fortalecer el eje París-Berlín y que toda la UE se beneficie.

En lo que se refiere al futuro económico de la Unión Europea, Francia ha pasado de ser un motivo de preocupación a una esperanza. Es, tras Italia, uno de los grandes países europeos donde más difícil era esperar que se produjeran reformas. Ahora, siendo complicado, lo es algo menos. Europa vive anclada en el recuerdo y la experiencia de dos fenómenos seguramente malinterpretados: la sostenibilidad de los estados de bienestar y la vigencia del liderazgo y dominio de las viejas economías occidentales en las décadas que siguieron a las postguerras desde mediados del siglo pasado. En Francia se reúnen ambas percepciones.

Le Pen ha echado la culpa de la pérdida de ese liderazgo a Europa y a la inmigración, ignorando que las consecuencias de la ausencia de reformas y la evidencia de que el mundo es hoy distinto son realidades abrumadoras. Algo parecido suceden en Reino Unido, donde los partidarios del Brexitvenden irresponsablemente una vuelta al poderío imperialista del pasado.

En cuanto al futuro del estado del bienestar, las reformas son la única respuesta pero sus sacrificios tienen poca venta electoral a corto plazo. No puede decirse que una reforma laboral que flexibilice algunos aspectos del mercado de trabajo francés vaya contra la calidad del mismo.

Con el sistema actual, el 60% de los contratos realizados a jóvenes en Francia son temporales frente al 12% de Reino Unido, a pesar de que este último cuenta con un sistema más flexible. También es un mito que la inmigración tiene “demasiado peso en Francia”, ya que llega al 12%, por debajo del 13% que se mantiene en Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos. Son, sin embargo, los inmigrantes, a los que no llega buena parte de un sistema educativo de calidad considerable, que hace que la productividad se mantenga entre las mayores de Europa.

La desigualdad aumenta porque las oportunidades no son las mismas. Y porque fallan los incentivos para la generación de la crisis: el 17,2% de los franceses que tienen entre 15 y 29 años ni estudian, ni trabajan, ni siguen programas de formación y reciclaje. Ellos son la base del suflé que Macron quieren cambiar. Es un centro político y económico prometedor pero débil.

Un banco promocional para la Comunidad Valenciana

Publicado en eldiario.es el 28 de abril de 2017

 

Desde finales de 2014 la Unión Europea ha tratado de impulsar la financiación de los sectores con más dificultades para obtener fondos y desarrollar proyectos de fomento y desarrollo dentro de un gran plan de promoción de las inversiones. Hasta la fecha, el éxito ha sido sólo relativo pero la idea y su estructura de funcionamiento permanece. Uno de los objetivos principales es articular una red institucional sólida que fomente y participe activamente en la financiación del emprendimiento, especialmente para las pequeñas y medianas empresas, que son las más proclives a sufrir déficit de financiación. Así, la Comisión Europea considera que los llamados “bancos promocionales” pueden ser los agentes que vertebren buena parte de la financiación de estos proyectos e insta a su creación y desarrollo a las escalas nacional, regional o local.

Según indica el artículo 2 de la regulación del Fondo Europeo de Inversión Estratégica (EFSI, por sus siglas en inglés), un banco promocional es una entidad financiera a la que un organismo público le otorga el mandato de desarrollar actividades de promoción y desarrollo, de diferentes formas y con diferentes productos, de acuerdo a las necesidades específicas de cada caso. Y sugiere, además, que son los propios estados miembros de la UE los que pueden impulsar sus propias entidades promocionales. A nivel europeo, la más conocida –y una de las principales articuladoras en conjunción con otras a escala nacional- es el Banco Europeo de Inversiones (BEI). En España, hay diferentes iniciativas de esta naturaleza fundamentalmente impulsadas por las carteras ministeriales de economía e industria, entre las que destaca el Instituto de Crédito Oficial (ICO).

Parece lógico que, en un entorno de mercado en el que es complicado impulsar el emprendimiento y siendo la Comunidad Valenciana un territorio de especial sensibilidad en cuanto a la innovación y el desarrollo de nuevos proyectos empresariales, se cuente en la misma con un banco promocional. Desde el gobierno de la Generalitat Valenciana se ha pensado en el Instituto Valenciano de Finanzas (IVF) como posible esqueleto para albergar tan importante cuerpo. Claro que, las cosas tienen que empezar por el principio y, por lo tanto, es necesario ahondar en el porqué y explicar el cómo. En cuanto a la motivación, la racionalidad de la creación de un banco promocional surge de los fallos de eficiencia del mercado, cuando la acción de los operadores privados es insuficiente para cubrir y resolver los fallos de ese mercado que pueden resultar de información asimétrica (por ejemplo, al delimitar quién es merecedor y quién no de financiación en función de su riesgo), externalidades (por ejemplo, cuando se genera algún tipo de catástrofe o accidente con consecuencias para un número importante de empresas y puestos de trabajo), o por problemas de poder de mercado (por ejemplo, cuando la competencia entre entidades financieras es o muy reducida o excesiva). La idea no es de sustituir ni completar al sector privado, sino complementarlo.

Explicar cómo el IVF se convierte en un banco promocional requiere también dar un paso atrás porque exige una reconversión de este instituto. Una transformaciónque ya está, de hecho, avanzada y que ha implicado sanear deuda y reestructurar con un objetivo de funcionamiento y de eficiencia que se basa en separar la actividad de política pública del capítulo de inversión financiera privada. El saneamiento y recapitalización del IVF permitirán crear una entidad nueva sin reminiscencias ni cargas del pasado. Precisamente, el nuevo IVF nace para cubrir ese hueco de mercado que se señalaba anteriormente, estableciendo mecanismos de control corporativo desde la acción pública, de manera que ésta última sea la primera en exigir su control y transparencia, aunando así lo mejor del mundo privado y de la supervisión y control públicos. Pretende el nuevo IVF nutrirse de consejeros independientes que acompañen en la gestión a los representantes de las diferentes instituciones públicas y aseguren una gestión y un control de la institución bajo criterios de estricta eficiencia y responsabilidad. Se pone en marcha, además, una web de transparencia para seguir, casi en tiempo real, las acciones emprendidas, así como la publicación de informes de evaluación ex – ante y ex – post de cada una de las actividades. Incluso, para poder evaluarlas con el mayor rigor y de forma externa, -y para poder sacar un conocimiento que permita mejorarlas- se creará una base de datos abierta a centros de investigación sobre estas actividades. Por supuesto, no faltarán los controles ordinarios propios de su condición de empresa pública, incluido el de la Sindicatura de Cuentas, el parlamentario y el de supervisión a través del acuerdo voluntario alcanzado con el Banco de España.

El renovado IVF nace con una amalgama de funciones que pretende separar la iniciativa política de la gestión privada, empezando por los perímetros que para ambas funciones marca el sistema europeo de cuentas (SEC), lo que permite separar funcional y contablemente cada una de las actividades. En la Comunidad Valenciana esas funciones son hoy muy necesarias y lo serán aún más en el complejo mercado financiero del futuro. Así, por ejemplo, es conveniente corregir fallos de mercado en la provisión de servicios públicos, dar alguna viabilidad financiera a empresas supuestamente más opacas por su propia naturaleza de pyme o, simplemente, por ser de nueva creación. Parece conveniente también ayudar a empresas de éxito a superar perímetros y alcanzar nuevos mercados. Y hacer todas estas funciones mediante una colaboración público privada.

En este modelo de negocio, el IVF adopta de forma completa la naturaleza de banco, que fundamentalmente cubriría huecos en la financiación de las pymes, con plena funcionalidad como entidad financiera para acceder al entramado de financiación del BEI. Se trata, por tanto, de insertar a la Comunidad Valenciana en un sistema de financiación promocional de primer nivel. De este modo, se puede favorecer la utilización del crédito como herramienta de política económica utilizando fondos reembolsables en lugar de subvenciones. Y no sólo en el ámbito de las políticas económicas sectoriales, sino también en el ámbito de las políticas sociales. Además, el IVF puede ayudar a reducir el impacto de la prociclicalidad del crédito (más financiación en las fases alcistas del ciclo económico y menos en las recesiones), reduciendo el racionamiento de crédito en entornos económicos desfavorables. Los instrumentos serán, fundamentalmente, líneas de crédito y canalización de financiación europea y de otros ámbitos promocionales. Esas líneas son préstamos participativos con cierto riesgo para fomentar el emprendimiento, en la idea en que es mejor participar en proyectos de inversión que subvencionarlos.

Se trata de un proyecto ambicioso, aunque pertinente. No exento de riesgos, en el que las fases iniciales son fundamentales para evitarlos. Porque radican principalmente en esa necesaria y estricta separación de la política pública del criterio independiente, motivado y transparente en la ejecución de las políticas de financiación. El proyecto está ahí avanzando hacia su concreción. La crisis ha evidenciado la existencia de huecos e ineficiencias en el mercado del crédito. La austeridad y la transparencia en las cuentas públicas ha sido y seguirá siendo necesaria pero el fomento de la actividad empresarial y su co-financiación desde la acción pública parece también necesaria, tal y como se ha evidenciado estos años. La Comunidad Valenciana tiene un proyecto para ser parte de la red europea que articula esa acción.

*Santiago Carbó Valverde és Catedràtic d’Economia de CUNEF i director d’Estudis Financers de Funcas

Rally Macron ¿hasta cuándo?

Publicado en El País el 25 de abril de 2017

La primera vuelta de las presidenciales francesas ha traído un rally a los mercados, el de Macron. No es que los sondeos no previeran el resultado. Esta vez lo han clavado. Pero los mercados esperaban una confirmación de que esta vez no habría sorpresas. Porque las posiciones “cortas” respecto al euro estaban otra vez alcanzando cotas preocupantes y porque la previsible victoria de Macron frente a Le Pen el próximo 7 de mayo sería un resultado a favor del futuro de Europa, el de un proyecto que compatibiliza las reformas con la necesidad de una mayor protección y solidaridad común. Lo curioso y preocupante es que los franceses puede que no estén votando por un programa económico y de reformas distinto —que necesitan como agua de mayo— sino que puede que se hayan quedado con la opción más limpia y nueva ante el desolador panorama de las opciones tradicionales, entre la indefinición ideológica y la corrupción.

Este apoyo a Macron, a medias intencionado y a medias accidental, tiene una significación muy importante para el futuro de la economía europea. Para lo que no ha existido suficiente gallardía en los últimos años es para explicar que el modelo de bienestar europeo no se sostiene en sus parámetros actuales, ni en términos económicos ni generacionales. La crisis solo ha acelerado el deterioro pero no es su causa. El proyecto en torno a la UE tampoco es el culpable, sino parte de la solución. La inercia en el papel del Estado, la destrucción de los sistemas de incentivos y la falta de reformas tiene mucho más que decir respecto a la situación en la que nos encontramos.

Francia sigue estancada y Macron ha ofrecido algunas recetas para comenzar a engrasar la maquinaria. Pero le va a resultar tremendamente difícil ponerlas en práctica. Su partido es liberal, un concepto que se está pervirtiendo hasta la extenuación por sus críticos, para los que no existen grises ni matices y solo prefijos como neo o ultra. La primera medida que se quiere adoptar es una reforma laboral que, en distintas versiones, ya ha dinamitado gobiernos aparentemente más sólidos que el que puede ahora conformarse. Y, por supuesto, un plan de inversiones y de compromiso con Europa, que los dos extremos a izquierda y derecha de la política francesa desprecian. Todo, con un partido que es más un hombre que un grupo, a medio hacer. Un problema común para la política europea: el centro es débil y los lados tienden al populismo.

Era difícil esperar que Francia pudiera reimpulsar el proyecto europeo en su estado de negación pero ahora, entre el miedo al abismo y la obviedad de ciertos deterioros, ha surgido una oportunidad. Dependerá del resto de fuerzas construir un proyecto común y un posible liderazgo para la reconstrucción económica europea que, nos pese o no, hasta ahora solo había sostenido Merkel. La responsabilidad es compatible con la solidaridad. Las políticas sociales son compatibles con las reformas. Europa es incompatible con el populismo. Los referendos deben dejar de ser momentos de temor para convertirse en referencia de equilibrios y oportunidades. Los gobiernos deben retomar el liderazgo porque el BCE no puede ostentarlo eternamente.

El crédito que comimos

Publicado en El País el 18 de abril de 2017

En el primer capítulo del famoso libro de Raghuram Rajan Fault Lines —editado en español como Grietas del Sistema—, se describe el principal detonante de la crisis financiera en muchos países con la expresión “que coman crédito”. Tipos de interés reducidos, estándares de concesión laxos y una burbuja inmobiliariaconstituyen una bomba de relojería de la que hemos conocido y sufrido sobradamente las consecuencias. Que perduran. En España el banquete no fue pequeño. Hubo incluso una pasada de frenada porque mientras que la crisis era ya una oscura realidad en muchos países, en estos lares el sector privado siguió engullendo deuda hasta 2010. En aquel año, las empresas y hogares españoles llegaron a contar con crédito y valores negociables —distintos de acciones—, por importe de 2,33 billones de euros, un 216,7% del PIB. Las Cuentas Financieras publicadas este lunes por el Banco de España señalan que ese endeudamiento se redujo hasta 1,85 billones en 2016 (166,1%).

Se trata de un esfuerzo encomiable que, en no pocos casos, encierra desenlaces desagradables tanto corporativos como familiares. El sector privado ha reducido su deuda en 482.645 millones de euros en tan solo seis años, prácticamente un 50% del PIB. Son las empresas (con una caída de esta deuda de 296.694 millones) y los hogares(que devolvieron 185.551 millones) los que están permitiendo reequilibrar financieramente el país. En el mismo período, las administraciones públicas han aumentado su deuda en 739.085 millones de euros. Aunque alguien tiene que gastar para que la nave no se hunda, la sostenibilidad es importante en todos los sectores.

Mucho tiene que ver con este desendeudamiento privado la acción del Banco Central Europeo, porque los tipos de interés reales negativos han reducido de forma sustancial la carga financiera de los préstamos. Es el ahorro el que más se resiente. Las llamadas operaciones financieras netas de las familias como porcentaje del PIB, lo que comúnmente se denomina “ahorro financiero neto” disminuyó del 3,2% en 2015 al 2,6% en 2016. Esto sucedió, principalmente, porque aunque se adquirieron activos financieros por importe de 39.000 millones de euros, las inversiones tuvieron una caída de valor de 11.000 millones de euros en el conjunto del año, fundamentalmente por el negativo comportamiento de la bolsa durante la mayor parte del ejercicio.

El perfil del ahorrador español se ha vuelto más conservador tras la crisis. A finales de 2016 el 41% del ahorro se materializaba en depósitos y efectivo, aunque las participaciones en capital cuentan con un nada despreciable 25%. En todo caso, el componente que más aumenta su peso en el balance financiero de las economías domésticas son los fondos de pensiones privados, que ya representan el 17% del total de activos. Otra historia —para no dormir— es dónde se concentra esa riqueza financiera por tramos de edad, lo que requiere un análisis distinto. Desde luego, no es en los jóvenes, ni sus perspectivas en este sentido son las más halagüeñas. Muchos de ellos comieron crédito en unas supuestas perspectivas de renta y empleo favorables que ahora, no son tales.

Ahora, poco a poco, se compatibiliza engullir crédito de forma más moderada y sostenible con devolver el existente. Un equilibrio complicado y no siempre controlable.

 

La euforia tras los datos

Artículo publicado en El País el 11 de abril de 2017

Detrás de la euforia suele haber alegría por la sorpresa positiva y una cierta exageración de las emociones, impulsada por el optimismo. Pero también se esconde el peligro de alejamiento de la realidad. Algo parecido le está ocurriendo a la economía española. 2017 lleva camino de ser un nuevo año en el que los datos de crecimiento y empleo superen las previsiones. De hecho, estas ya se están revisando al alza. Así lo hizo el Banco de España hace pocos días con la variación estimada del PIB, que elevó del 2,5% al 2,8%, volviendo de nuevo a situarla cerca de ese 3% que ha sido referencia media del avance de la economía española en los últimos años y al que se había dicho prematuramente adiós. Y los datos de empleo de marzo han sido tan destacados que sugieren que todo se está moviendo a un ritmo mayor del previsto y han llevado al ejecutivo a afirmar que el desempleo bajará hasta el 16,6% a finales de año. La ocupación hotelera en Semana Santa, en el entorno del 90%, es otro síntoma de animación.

Incluso en el diseño de determinadas políticas, como la presupuestaria, hay cierta euforia. Mientras que la mayor parte de los analistas sugieren que la estimación de ingresos fiscales es exageradamente optimista, el Gobierno espera que el crecimiento económico les aporte realismo. Seguramente, la previsión oficial de variación del PIB cambiará más pronto que tarde. El ejecutivo viene siendo prudente a la hora de revisar al alza las previsiones. Suele ser de los últimos en hacerlo. Pero así se aprovecha más el poder que tiene aumentar el denominador en las ratios del cumplimiento, cuando una sorpresa positiva en el PIB se convierte en una ayuda para cumplir con los compromisos de deuda y déficit.

Se esperaba que los vientos de cola se retirasen. No obstante, aunque menos, siguen soplando. El precio del crudo permanece estable y, aunque la inflación asoma, los estímulos monetarios seguirán siendo importantes durante un tiempo considerable. El Brexit, la incertidumbre internacional y otros huracanes parecen haber perdido fuerza al tomar tierra, aunque su poder destructivo y capacidad de sorpresa se deben seguir teniendo en cuenta.

Parece justo reconocer que algo ha cambiado en la estructura productiva española, que se puede crear empleo con menos crecimiento que antes y que la competitividad exterior ha mejorado más de lo que podríamos esperar. Pero cualquier incómodo observador advertirá del peligro de la inercia. La realidad es que el ritmo de reformas se ha reducido de forma significativa, en un país en el que la educación, la innovación, la energía o la eliminación de privilegios de algunos sectores sigue siendo absolutamente necesaria. Si algo debe enseñarnos la crisis —que aún está muy presente— es que hay que mejorar la capacidad de resiliencia. No podemos considerar aceptable que cuando arrecien vientos de cola se genere la inercia contraria a la actual. Una en la que el crecimiento y el empleo se resientan más de lo esperado. Los castillos de naipes llevan mal las euforias. Es preciso edificar sobre bases más sólidas que las coyunturas favorables.

Señales de diáspora

Publicado en El País el 4 de abril de 2017

http://economia.elpais.com/economia/2017/04/03/actualidad/1491237416_272695.html

El inicio de las negociaciones del Brexit está marcado por los nervios, disputas estériles en estos momentos sobre cuestiones demasiado específicas (Gibraltar, por ejemplo) en el marco global y las primeras señales de diáspora. Aunque es prematuro concluir algo de modo definitivo, se están comenzando a producir algunas salidas significativas de personas, empresas, bancos y hasta de ideas del Reino Unido. Este lunes informaba Bloomberg, en un interesante artículo, que son, al menos, cuatro millones de expatriados —tres millones de la UE y uno de británicos— los que se verán más directamente afectados. Solo un dato sobre la importancia de España en el proceso: un tercio de los británicos que viven en la UE lo hace en España, sin olvidar que, al menos, 132.000 españoles residen en el Reino Unido.

Hay señales inequívocas de que la diáspora del Brexit está en marcha. Con libros blancos o sin ellos, el grado de improvisación y unilateralidad con que el Gobierno de las islas está procediendo resulta desconcertante. Se va perdiendo el rastro de la flema británica. Muchos abandonan ya la disyuntiva entre Brexit duro y blando para referirse, simplemente, al Brexit vacío, a la realidad de que las promesas de un futuro mejor fuera de la UE tenían muy débil sustento. Se ha generado un clima de incertidumbre en el que ni el dinero ni las personas se sienten cómodas (“we feel unwelcome”). Y las segundas irán detrás del primero por el Canal de la Mancha. En los últimos días han sorprendido los movimientos de bancos como Lloyds, que va a montar delegaciones considerables en Bruselas y Berlín. JP Morgan ha comprado ya un edificio en el centro de Dublín con capacidad para más de mil trabajadores con propósitos similares.

La mayor parte de los grandes bancos tiene planes de contingencia que afectan a un gran número de sus empleados y que, en la mayoría de los casos, supone el traslado, como mínimo, de entre un 25% y un 35% de su actividad fuera de Londres. Este es solo el primer paso. Muchas de estas instituciones consideran que puede ser más barato convertirse en un banco con licencia única en la UE que pagar los costes de supervisión y regulación que Londres les impondría por mantener su sede británica y colocar subsidiarias en territorio de la UE (los llamados costes del ring-fencing). Muchos trabajadores de la UE en Reino Unido también se están planteando hacer las maletas. Y han caído significativamente las peticiones de trabajo por parte de ciudadanos de la UE en sectores sensibles como la sanidad —a pesar de que el sistema nacional de salud británico necesita profesionales cualificados en áreas como enfermería y ofrece más de 20.000 vacantes—, la ingeniería o la universidad. Puedo atestiguar que, además, la percepción de incomodidad por la inseguridad legal y, simplemente, por el ambiente, es creciente.

La situación de la universidad y las artes es particularmente llamativa. El capital humano extranjero ha sido una tremenda aportación de competitividad para la ciencia y la cultura británicas y la huida es cada vez más significativa. Incluso muchos profesores británicos se plantean trasladarse a territorios más abiertos y colaborativos. En el fondo, una de las ideas más hirientes del Brexit es la percepción de que se hacen mejor las cosas solo que acompañado, que hay poco que aprender del resto. La diáspora puede dejar las vergüenzas al descubierto.