La tecnología puede salvarnos

Publicado en El País el 11 de agosto de 2020

La tecnología puede salvarnos del coronavirus y también relanzar la economía. Se puede gastar todo el dinero público que se quiera y nada será más efectivo que una vacuna, un tratamiento o la ubicua disponibilidad de pruebas de diagnóstico. Sin embargo, España y la UE andan bastante descolocadas en el plano tecnológico. Esto tiene una triple implicación. La primera, que dependemos de terceros (en buena medida) para encontrar una respuesta al virus de suficiente magnitud. La segunda, que no pintamos nada en el debate global sobre tecnología, lo que también deja nuestro futuro productivo en manos de terceros y nos obligará a escoger bando (Estados Unidos o China) y pagar las consecuencias. Tercero, no hay un único modelo ni un programa común para una reforma tecnológica europea y eso compromete el crecimiento a largo plazo.

Sobre el desarrollo de una vacuna o tratamiento hay poco que decir. Desde la UE se participa en proyectos, pero con menor liderazgo del deseable. Muchos líderes políticos europeos rezan para que lleguen buenas noticias. En realidad, todos los países oran, pero unos están más cerca del altar que otros para repartir bendiciones.

En cuanto a la disputa tecnológica mundial, ahora está en plena efervescencia por las amenazas de EE UU hacia TikTok y WeChat, que se unen a episodios como el de Huawei. El panorama postcoronavirus va a ser bastante agrio internacionalmente. Por vez primera en mucho tiempo, una guerra fría tecno-comercial en la que Europa no está ni para arbitrar.

¿Pueden España y la UE hacer algo en este contexto? Los fondos aprobados para la reconstrucción son importantes, pero tal vez falle su propia concepción. No se han definido como un esfuerzo conjunto transformativo de la economía europea, con un proyecto tecnológico común. Se pretende que cada país desarrolle su propio gasto, entre otras cosas, en tecnología, lo que parece irónico porque será difícil alcanzar la escalabilidad necesaria para competir globalmente. Parece, más bien, que cada cual juega a rescatar sectores con diferentes grados de obsolescencia y hacerlos artificialmente competitivos tirando del erario. Estrategia de poco recorrido.

Los próximos ciclos de crecimiento serán de nuevas tecnologías o no serán. Ningún país puede obviarlo. En España, por ejemplo, solo se habla de repartir y cuánto le va a caer a cada administración. De qué superestructuras burocráticas crear para lanzar nuevos planes rimbombantes. Falta la chicha de una clara estrategia de innovación, energía y digitalización. Se puede caer en la tentación de descentralizar territorialmente el gasto sin una estrategia común y apostar por inversiones tradicionales y no en capital humano y ciencia. Sería un error histórico. Los fondos aprobados en Bruselas tendrán que tapar agujeros, pero si todo termina ahí, sólo estaremos cavando nuevos.

Ola de calor para los bancos

Publicado en El País el 4 de agosto de 2020

En las civilizaciones antiguas, la alineación de la estrella Sirio con el sol era la señal de los días más calurosos del año. Para algunas, anunciaba también cambios de época, nuevos paradigmas. Estos días, la canícula ha llegado a los bancos. Al contrario que en la crisis financiera, esta vez son termómetro más que fiebre. Han realizado movimientos anticipativos absorbiendo pérdidas. Aun conscientes de que la incertidumbre persiste, los bancos estiman que el otoño-invierno será duro. Los resultados de los bancos españoles, en línea con los de otras instituciones en todo el mundo, han ido significativamente a la baja.

Hay una lectura más allá del sector bancario: quien no ha acumulado recursos va a tener complicado aguantar los golpes. Las entidades financieras españolas han dotado ya 12.000 millones para deterioros, al tiempo que han conseguido que su solvencia siga reforzándose. Aunque en la casa haga mucho calor, los pilares están más firmes que hace una década. Ha habido más señales de prudencia, como dar de baja créditos fiscales que no podrán llegar a aplicarse o reducir el fondo de comercio de algunos negocios internacionales. Al contrario que en la anterior crisis, gran parte del impacto está ahora viviendo de fuera (como Reino Unido o parte de Latinoamérica). No bastará sólo con que las cosas mejoren (si lo hacen) por estos lares. Desde Londres a Hong Kong, los bancos han duplicado o triplicado provisiones.

Las entidades financieras están siendo partícipes en muchos países de programas de financiación oficial para intentar sostener el tejido empresarial y reactivarlo. Se pretende evitar una caída de la actividad aún mayor que la que los confinamientos y la retracción del consumo e inversión han causado, sino también frenar los impagos entre empresas que, al fin y a la postre, acaban llegando también a la morosidad bancaria. En este sentido, por ejemplo, el golpe de la covid-19 a los resultados de los bancos puede acabar siendo mayor en Estados Unidos que en Europa porque hay mucho temor en torno al mercado de deuda corporativa norteamericano, que mueve más de 20 billones de dólares y que en marzo hizo sudar la gota gorda a la Reserva Federal para reducir el miedo a posibles colapsos.

También se están observando diferencias en resultados bancarios derivadas del impacto de la volatilidad en la banca de inversión. La rentabilidad de algunos bonos está en mínimos históricos y ha permitido -con la intervención de bancos centrales- que algunas entidades financieras internacionales maquillen algo sus pérdidas aprovechando movimientos en renta fija y mejorando su posicionamiento en unas bolsas aparentemente desconectadas de la economía real. Asimismo, anda revuelto el mercado cambiario -algo que también reflejan los resultados bancarios- con las tensiones entre China y Estados Unidos en todo lo alto y muchos emergentes sufriendo el impacto de la covid-19 de forma creciente.

Como en otros muchos sectores, lo que el sector bancario va a precisar es la certidumbre de un control sanitario que aún no se observa. Por ahora, los movimientos estratégicos de la banca parecen de precaución y aviso.

 

 

 

Demanda y balas de plata

Publicado en El País el 28 de julio de 2020

Llegó la covid-19 y el confinamiento obligó a cerrar la mayor parte de la oferta. Persianas abajo y a esperar. La demanda se hundió en paralelo. Con la vuelta de la actividad hemos comprendido, sin embargo, que es el virus -y no nosotros- el que marca el paso de la economía. Todos los propietarios de negocios saben que es importante permanecer abiertos ya que otro cierre sería catastrófico. Son conscientes también, no obstante, que si los rebrotes y el miedo se extiende, la demanda permanecerá muy retraída y sus ventas no les llegarán para cubrir gastos. A muchos ya les sucede. La esperanza común es que llegue la bala de plata que acabe con el virus. Hay motivos para la esperanza. También peligros que evitar y gestionar.

La situación actual la marca un número reproductivo básico (número de terceros infectados que puede generar una personada afectada por el virus) que ya viene buena parte del mes de julio superando la unidad. Traducción: el virus se extiende a ritmos similares a los de finales de marzo y abril. Aparentemente con menor fuerza y menos incidencia hospitalaria. De momento. La bala de plata soñada es la vacuna. Llegan noticias alentadoras. En todo caso, la comunidad científica prefiere tentarse la ropa antes de asegurar que pueda acabarse con el coronavirus en un solo golpe. Es más realista pensar en vacunas de incidencia temporal variable y en tratamientos efectivos que permitan una convivencia social e interacción económica más normalizadas. Incluso si llega la vacuna o tratamientos más avanzados habrá una polémica importante sobre dónde, cuándo o cómo implementarlos prioritariamente. Esto puede dar a paso a situaciones sociológicamente lamentables y a desigualdades sociales de consideración.

Hoy por hoy es crucial seguir actuando de manera local. En España, hay muchas balas de plomo propias de cierta efectividad pero no infinitas (ERTEs, créditos con garantía pública, moratorias de préstamos y otras) y otra importante munición que llegará -ojalá unida a reformas consensuadas y potentes- desde la UE.  Hablar de reconstrucción futura no nos da licencia para dejar que la destrucción se abra paso estos meses. En este punto, cómo se cuentan las cosas es trascendental para actuar. Si cada cual tiene (o cree tener) una información distinta, actuará de forma distinta. Esto pasa hoy en día entre comunidades autónomas y dentro de las mismas. Diferente capacidad de detección, diferente procesamiento de la información, diferente celeridad en la actuación. Umberto Eco, que sabía un poco del valor de la palabra, lo resumía tajantemente: “Toda información es importante si está conectada a otra.” En España, hoy parece estar más desconectada que hace dos meses.

Para la economía, la elección del modelo de gestión de la pandemia sigue siendo tan simple como dura. Sigue habiendo dos modelos, el de controlar y el de confinar. Se quiere encontrar un balance entre economía y salud mientras llega un certero disparo del plateado proyectil. Confiar en la buena voluntad y responsabilidad individual no funciona. Ejercer diferentes grados de control en territorios que se interconectan, tampoco. Demasiados problemas antes del otoño.

Números grandes, letra pequeña

Publicado en Cinco Días el 22 de julio de 2020

Me recordaba ayer un amigo una cita del Macbeth de Shakespeare que inspira lo sucedido durante la cumbre europea: “Aquí las sonrisas son puñales, y derraman sangre los que por la sangre están unidos”. Los grandes números del acuerdo presupuestario son incontestables y suponen un cambio importante respecto al pasado en términos de solidaridad entre estados de la UE. La letra pequeña, sin embargo, invita a pensar que ese cambio ha estado motivado por la covid-19 pero que no necesariamente implica una transformación permanente en las actitudes y cohesión europea. Se han dicho muchas cosas. Palabras que no se llevará el viento porque ilustran posturas muy enconadas.

No se puede negar lo histórico de las cifras. 750.000 millones de euros para los países más afectados por la pandemia, 390.000 de los cuales se instrumentan como transferencias directas. Los países del sur, con cierto apoyo latente de Francia y Alemania, querían un importe algo mayor a fondo perdido, pero se trata de unos fondos, finalmente, considerables. Opino que hay matices de orden temporal que son muy relevantes. En primer lugar, se trata de un fondo presupuestario para tres años. Esto implica que se luchará más con los efectos de la pandemia a medio y largo plazo que con carácter inmediato. Se piensa en la reconstrucción (palabra que inspiró el acuerdo) más que en la contención. En segundo lugar, el fondo se integra como parte de un presupuesto comunitario que ha menguado, tanto porque Reino Unido ya no participa como porque algunas partidas van a la baja. Entre ellas, las de la Política Agraria Común (PAC) y las de fondos de cohesión. Tal vez echaremos de menos algunas de ellas, sobre todo las referidas a agricultura, algo que una Europa que quiere ser más verde y sostenible no puede dejar de lado sino, tal vez, reforzar.

En tercer lugar, hay condicionalidad. Tiene su lógica. Que hay que hacer transformaciones estructurales es una obligación. Esta vez no habrá troika ni memorandos que pongan negro sobre blanco. Ni siquiera hay un poder de veto claro de país alguno. Pero algunos como Holanda van a dar mucha batalla para una responsabilidad fiscal más completa. Además, tras su papel en este acuerdo histórico como prestatarios netos, va a ser difícil convencerlos para que modifiquen su tratamiento fiscal a empresas de naturaleza muy anticompetitiva. En cuarto lugar, habrá que ver qué papel juegan Alemania y Francia a la hora de liberar los fondos y de hacer efectiva esa condicionalidad. En la cumbre han sido un importante pegamento. No obstante, la despedida de Merkel está cercana. Durante un tiempo se le acusó de imponer una austeridad que tuvo mucho más de responsabilidad que otra cosa. Ahora, cada vez son más los que saben cuánto la vamos a echar de menos.

En términos prácticos, hay que tener en cuenta que la UE va a financiar las ayudas directas financiándose muy a largo plazo en los mercados, con un calendario de pagos que se prolongará desde 2026 hasta 2058. Más deuda, aunque estirada para no comprometer demasiado futuros presupuestos. Pero con un calendario que ilustra que, si vuelven a venir mal dadas, va a ser difícil volver a articular en mucho tiempo un esquema de solidaridad del calibre del aprobado ahora.

Quedan detalles por pulir sobre las cantidades finales, pero España recibirá unos 140.000 millones, de los que 72.700 serán en transferencias. Esto no implica una elección libre del destino de los fondos. Cuestiones como la digitalización o la transición medioambiental hacia un modelo más verde serán importantes. Habrá que andar avispados porque muchos de los que ahora han jugado el papel de solidarios más al norte, llevan algún terreno ganado al sur. Han aprovechado la ventana de gasto que ha abierto la Comisión Europea para combatir la covid-19 para dar cuantiosas ayudas directas a gran parte de su tejido empresarial, lo que repercutirá artificial pero considerablemente en su competitividad dentro de la UE.

Quedan grandes preguntas sobre cómo debe actuar España. Considero que hay varias cuestiones esenciales para que los fondos tengan efectos significativos en los próximos años. En primer lugar, no tienen aplicación inmediata por lo que sería un error jugar a una estrategia de “esperar al maná”. Hay cuestiones muy urgentes que la UE no va a suplir y en las que cada estado miembro está combatiendo como puede. España necesita prorrogar algunos de sus programas de financiación y de asistencia a autónomos, empresas y hogares. Pero, por encima de ello, debe retomar una acción coordinada a escala estatal contra una pandemia que vuelve a arreciar. Demasiadas asimetrías en medidas preventivas, en detección y en información entre comunidades autónomas. Diferencias de afectación de la pandemia poco creíbles y una cierta pérdida de rumbo. Todo lo que no se haga ahora, reducirá el papel de cualquier ayuda después.

Por otro lado, cuando lleguen los fondos -y, aunque su destino esté en parte, condicionado y orientado- deben enmarcarse en una estrategia de reforma integral que ahora no existe. De hecho, que no existe hace mucho tiempo más allá de las buenas intenciones de varios gobiernos en materias como energía, digitalización o mercado de trabajo. Si no hay planes, el dinero se perderá en subvenciones y gastos poco coordinados. La Europa más agria (y, en parte, más responsable aparentemente) estará vigilando y habrá que llegar con los deberes muy bien hechos.

 

 

 

Lazos rotos

Publicado en El País el 21 de julio de 2020

Nunca una cumbre europea había generado tanta expectación en lo cuantitativo y, sin embargo, deja un amargo gusto en lo cualitativo. Una UE que menosprecia a sus clásicos parece no tener en cuenta la máxima de Horacio: la palabra dicha no vuelve atrás. En Bruselas se ha dicho mucho y muy feo. Con un nivel de descalificación entre países que deja dos cuestiones claras. La primera, no hay una idea común sobre el proyecto comunitario, ni siquiera parece que existan percepciones compatibles. La segunda, hay una fragmentación manifiesta en materia fiscal, tanto en lo que se refiere a qué es frugalidad como en cuestiones impositivas.

Con la emergencia del Covid-19 -que lejos de desaparecer sigue arreciando- parecía que existía un espacio para una nueva percepción de solidaridad. Se ha roto el buen rollo. No se debió llegar a lo sucedido estos últimos días. De un posible plan conjunto -incluso con una suerte de eurobonos- se ha pasado a los cuchillos y a que cada cual saque lo peor de sí. Que exista algo de desconfianza es comprensible. Es un argumento válido para negociar. El problema es que hasta ahora se había mantenido en un plano muy corto: austeros frente a gastosos. Y ese corto alcance ha hecho que países como Holanda fagociten la cumbre y tengan excesivo protagonismo y cerrazón. Sobre todo, porque si se abre la perspectiva, su fiscalidad también es ampliamente criticable. Junto con otros como Irlanda o Luxemburgo, se trata de estados miembros con un tratamiento impositivo demasiado generoso a las empresas allí residentes y poco compatible con un mercado único competitivo. Muchos lo entienden como deslealtad fiscal, aunque estos países lo definen como libre mercado. La reciente sentencia del Tribunal General de la UE liberando a Apple del pago de 13.000 millones en impuestos en Irlanda terminó por destapar las vergüenzas. Tal vez haya sido también motivo de que estos países defiendan su terreno como gato panza arriba.

El irrespirable clima de la cumbre dejaba claro que, con acuerdo o sin él, se habían causado heridas que van a supurar durante mucho tiempo. En un contexto de pandemia y dificultades para el movimiento transfronterizo en la UE, la desconfianza generada lo empeora todo. Hubo posiciones demasiado enfrentadas desde el inicio de la cumbre. Todos saben que mantener niveles y estructuras fiscales tan distintas es insostenible, pero nadie estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

El orden causa-efecto también se ha adulterado. No se tenía que haber dado pie a que se exigiera tan bruscamente que países como España emprendieran reformas para poder contar con los fondos de recuperación. De acuerdo que es obligación española y de otros países haber planteado reformas hace tiempo. Desde la última crisis -y también obligados- no se han realizado transformaciones de calado para aumentar la competitividad y suficiencia fiscal. Sin embargo, también es necesario que el eje franco-alemán -cuya firmeza es voluble- se plantee cerrar un compromiso fiscal de sostenibilidad para unos y de reglas competitivas fiscales para otros. Y, sobre todo, mucho más respeto entre todos.

Equilibrar salud y economía

Publicado en El País el 14 de julio de 2020

Con diferente grado de comprensión y tolerancia, en la mente de todos está una regla no escrita hoy: equilibrar salud y economía. La salud es lo primero. Vivir para preguntarse luego cómo. La estrategia de tratar de controlar brotes es probablemente la única disponible, pero no está exenta de riesgos. Las cifras de contagios (con más de 100 brotes declarados) indican que en muchos lugares se está peor que cuando se decretó el fin del estado de alarma e incluso en algún caso, peor que a principios de marzo. Ahora se hacen muchos más test PCR, por lo que es difícil comparar cifras, pero ninguna autoridad sanitaria lo está aclarando adecuadamente. Parece que algunos territorios hacen test y detectan de forma más rápida y eficaz que otros lo que, paradójicamente, les puede estar acercando a mayores restricciones a la movilidad o incluso confinamientos.

Por otro lado, parece que la covid-19 ha perdido virulencia, al menos, en términos de ingresos hospitalarios y uso de las UCI, pero el contagio aumenta. Parece preocupar el papel de los asintomáticos pero se enfatiza insuficientemente, con lo que siguen los comportamientos irresponsables de algunos. Los números reproductivos —a cuántos casos secundarios puede llegar a infectar un sujeto ya infectado— han vuelto a situarse por encima de 1, como en el mes de marzo. La OMS reconoce que ningún país puede erradicar el coronavirus de momento.

Se precisa información más contrastada y transparente. Entre comunidades autónomas —y dentro de las mismas— hay discrepancias con poco sentido, que generan confusión y pueden empeorar la incertidumbre económica. Parece necesario el uso obligatorio de mascarilla y otras medidas de distancia social y preventivas. El buen funcionamiento de la asistencia primaria y de los sistemas de rastreo, asimismo, serán de vital importancia. Parece que en plena campaña turística (que será mala, sin paliativos) haya miedo a asustar, a tener que cerrar o a ahuyentar al turista con la obligatoriedad de la mascarilla. Estamos solo al principio de la temporada alta y, tal y como van las cosas y si no se actúa desde ya (aunque vamos tarde), todo puede ponerse muy feo en términos de brotes a finales de julio o en agosto. Volvemos a ir por detrás de la curva.

En breve llegarán muchos más turistas extranjeros (por ejemplo, del Reino Unido) y todo puede complicarse aún más si no se exigen tests en origen y tampoco se observan nuestras normas. La paradoja del verano de la covid-19 en España es el corazón operativo —el centro de Madrid— en cuasiparálisis y algunas playas a reventar. También destaca lo poco que se sabe de los planes para el otoño, tanto sanitariamente (vacunación de la gripe, prevención, profilaxis) como en otros términos con mayor impacto económico (enseñanza presencial o virtual en la educación secundaria, universidad…). Parece que hay miedo a ser transparente sobre esos planes.

Si se explican bien los escenarios posibles, nos podemos preparar mejor y con más confianza. Las dudas, la falta de transparencia y actuar con prisa cuando se compliquen las cosas sanitariamente, solamente traerá problemas. Y de los grandes.

Inflación: discurso y realidad

Que viene el coco… Se prodigan los análisis que sugieren que el Covid-19 ha traído un nuevo riesgo de deflación, una espiral de caída de precios que se aprecia ya en el IPC. No obstante, otros creen que, cuando todo esto pase, lo que sucederá es que la inflación subirá de forma más intensa a lo que estamos acostumbrados últimamente. Esta última preocupación se prodiga sobre todo en Alemania, donde las lentes del análisis económico siguen influidas por el problema de hiperinflación de la República de Weimar de entreguerras y ven un paralelismo histórico en los estímulos fiscales para luchar frente al Covid-19, que consideran que relanzarán los precios de forma acelerada. Seguramente, unos y otros tienen motivos para la intranquilidad, pero gran parte del problema reside en una distribución de tiempos que aún no controlamos. Ya hemos observado que el confinamiento -que arrastró tanto demanda como oferta- hundió los precios en abril y mayo. El progresivo avance hacia esta nueva normalidad -coja por ahora, porque sectores como turismo o automoción siguen muy afectados- tampoco parece ofrecer consuelo a los precios. Y el análisis seguirá en un territorio indefinido en tanto en cuanto no se llegue a una normalidad auténtica, algo que sólo se puede alcanzar con un tratamiento médico eficaz o una vacuna.

No sabemos cuánto tiempo transitaremos por esta indefinición. Entre tanto, lo de que los precios bajan (discurso teórico) contrasta con la realidad percibida por los hogares. El INE informó ayer de una caída del 0,3% de los precios en junio, más moderada que la bajada del 0,9% de mayo.  Los precios de algunos servicios (incluidos alquileres de viviendas) caen, pero los de la mayoría de bienes de consumo habitual aumentan en mayor proporción. En estos meses, también le ha tocado improvisar al instituto estadístico, construyendo índices de precios para aquellos bienes para los que, efectivamente, hubo alguna actividad de consumo, aunque fuera mínima. En particular, los precios de lo que el INE llama “bienes Covid-19” subieron un 2,3% en junio, mientras que los de los “servicios Covid-19” bajaron un 2,4%. Como en tantas ocasiones en estos años de tremenda expansión monetaria los bancos centrales nos dicen que los estímulos llegan porque la inflación está por los suelos, pero los bolsillos de los consumidores no lo notan. Muchos bienes que usamos de forma intensiva, desde móviles hasta bienes duraderos, pasando por muchos alimentos no elaborados, no ven reducido su precio, precisamente. Los carburantes (tras el reciente colapso del mercado del crudo) siguen siendo la explicación principal de la persistencia de una reducida inflación y la excusa de las autoridades monetarias para poder alargar su brazo salvador como si fuera “blandiblú”.

Por si faltaban piezas al puzle de la inflación, el coronavirus ha removido unas cuantas para que los dueños de los dos miedos (hiperinflación y deflación) relancen sus profecías. Lo cierto es que serán meses de aplicación de paradojas económicas, con aumentos de tasa de ahorro y mucha intervención pública. El qué pasará después es imposible predecirlo hasta que sepamos cuándo será “después”.

 

Morosidad tardía

Publicado en El País el 23 de junio de 2020

En las crisis hay efectos negativos imparables pero su incidencia puede aminorarse con una preparación y acción adecuadas. Pasa con los tratamientos paliativos y las vacunas en lo sanitario. También con la gestión de la morosidad en el caso del crédito. Aumentarán los impagos entre empresas y, con ellos, de algunos créditos. En la crisis que tuvo como apellido “financiera”, la morosidad fue un detonante al alza azuzado por el colapso del mercado inmobiliario. En el caso de la pandemia, los bancos se presentan más resilientes y con mayor capacidad de absorción de pérdidas. Si se produce un aumento importante de los impagos, parece haber más defensas para combatirlo.

Como otros efectos secundarios del Covid-19 en la economía -paro, restricciones fiscales, procedimientos concursales- la morosidad no suele “asomar” rápidamente. Tarda unos meses en hacerse patente. De hecho, los datos que ayer proporcionó el Banco de España indican que en abril -en pleno confinamiento- la ratio de morosidad de las entidades financieras españolas bajó, hasta el 4,75%, desde el 4,80% de marzo, nivel más bajo desde junio de 2009. En los próximos meses, me temo que tocará subir. Eso sí, el cómo lo haga será importante. En el verano y los meses posteriores se verán los efectos claramente. Ya antes del coronavirus había cierto recelo por cómo pudiera aumentar la morosidad del crédito al consumo. Ahora, poco a poco, toda la economía se enfrentará al trago más gordo, que será la situación financiera de empresas y familias pasados los efectos de ERTEs y otras medidas paliativas. Esta vez no será una morosidad inmobiliaria principalmente. En muchos casos estará ligada a sectores como hostelería y otros servicios turísticos pero no será exclusiva de ellos.

Aunque las acciones extraordinarias de financiación con avales públicos aumentarán el denominador de la ratio (volumen total de crédito), el numerador (mora) probablemente también crecerá con cierta intensidad. Los avales del ICO amortiguarán buena parte de las pérdidas por la morosidad del crédito nuevo concedido a empresas, lo que terminará impactando negativamente en las finanzas públicas. El aumento de los créditos dudosos se reflejará, con cierto retraso, a finales de 2020 y en 2021.

El Covid-19 guarda, por tanto, efectos retardados que golpearán con fuerza. “Lo peor está por llegar para la economía”, dijo Christine Lagarde la semana pasada. Los bancos lo saben y tendrán que lidiar con ello. Esta morosidad que llegará será algo peculiar porque es la resultante de un impacto fuerte, pero de un acontecimiento muy acotado en el tiempo. Tal vez algunas lecciones de la anterior crisis sobre cómo tratar de recuperar préstamos dudosos o ayudar a empresas y hogares puedan servir para los próximos meses. Entre 2009 y 2013 la morosidad no paró de crecer en España hasta superar el 13%. Se ha tardado 7 años en bajarla del 5%. Ahora, la morosidad volverá con fuerza, pero probablemente se podrá revertir de forma más acelerada de lo que lo hizo tras la crisis financiera porque su persistencia y naturaleza es más transitoria. Aún así, será reflejo de los muchos retos que tenemos por delante.

 

¿Espejismo financiero?

Publicado en El País el 9 de junio de 2020

Es importante que exista ilusión frente al miedo, pero también son precisas referencias sólidas para que todo no quede en un espejismo. La última semana, siguiendo la tendencia de las anteriores, destacó por dos acontecimientos financieros. El primero, la favorable evolución de los mercados de renta variable de todo el mundo, del que el Ibex-35 no fue excepción. Parecen haberse superado los peores niveles alcanzados en marzo, en pleno tsunami del Covid-19. Sorprende, en cierto modo, porque la economía real aún está comenzando a reactivarse y tiene pronósticos preocupantes e inciertos. Los mercados siguen yendo por libre en relación con la economía real. El pesimismo no ayuda. Tampoco esperar la recuperación por la pura inercia que generó la caída.

Las acciones del BCE siguen sirviendo para anestesiar las primas de riesgo, pero pocos confían ya en su poder vigorizante para recuperar crecimiento e inflación. Que la autoridad monetaria haya decidido aumentar notablemente volúmenes y alcance de la adquisición de títulos durante la pandemia era necesario e importante pero también indicativo de las negativas previsiones macroeconómicas para la Eurozona que debe estar manejando el banco central. No se conoce aún el verdadero fuelle de la recuperación de los sectores productivos.

Precisamente la segunda referencia financiera que ha llamado la atención recientemente ha sido la notable reducción de las primas de riesgo de los países de la zona euro más afectados por la pandemia, incluido España. Están a niveles pre-Covid. El programa pandémico de compras del BCE parece estar funcionando. En cuanto al tan comentado fondo de recuperación europeo, podría existir la tentación, como sucedió en la anterior crisis -en la que se propuso frecuentemente el rescate completo para España- de que nuestro país haga como hipótesis de partida la necesidad de emplear al máximo las transferencias y créditos “blandos” de esa facilidad europea. Están aún en proceso de negociación y los primeros desembolsos aún tardarían en llegar. Creo que es importante liberarse de cualquier espejismo y entender el papel que España debe señalizar ante la UE ahora. Si Europa está más abierta a ayudar y flexibilizar criterios, hay que situarse como candidato para los supuestos positivos, no los negativos o derrotistas. Todo ello reconociendo que tenemos serias restricciones financieras que impiden mayor contundencia en las acciones públicas para paliar los efectos económicos y sociales de la pandemia. Contar con más recursos facilitaría a España una mayor artillería (desde ya) para ser contundente y eficaz en materia de gasto sanitario y de apoyo a empresas y familias. Eso puedo entenderlo. Sin embargo, en la negociación parece necesario mantener la cabeza fría y no revelar una ansiedad que podría llevarnos con más velocidad de la deseada a tomar decisiones que dentro de unos meses podrían ser contraproducentes. También nos alejaría de nuestra propia responsabilidad y planes de acción. En suma, hay que diseñar y entender todos los posibles escenarios financieros del futuro -sobre todo en un contexto de restricciones fiscales y potenciales tensiones en la deuda soberana- pero creo equivocado posicionarse ya en uno de los escenarios extremos (solicitar toda la ayuda posible).

 

 

 

¿Suficiente crédito?

Publicado en El País el 2 de junio de 2020

En la anterior gran crisis, la financiera, el epicentro eran las entidades bancarias y la falta de crédito fue una limitación esencial para la recuperación. El Covid-19 ha pillado a trasmano a la economía, pero ahora existe la posibilidad de dotar crédito, de actuar rápido. Al menos, mucho más que hace doce años. Tanto los bancos como los gobiernos, en muchos países europeos, han entendido que había que hacer frente común para prestar dinero, compartiendo el riesgo de las operaciones. El problema es precisar cuánto crédito es suficiente, lo que obliga a responder con carácter previo a otra pregunta: ¿para qué se necesita la financiación?

Lope de Vega diría aquello de “por andar la bolsa estrecha, no está la deuda pagada, porque es mejor no dar nada, que dar lo que no aprovecha.” La financiación que ahora se concede, fundamentalmente con avales del ICO, aprovecha realmente. Su destino no es la inversión sino la supervivencia. En los últimos años, el flujo de financiación hacia empresas ha sido moderado y los 100.000 millones de euros que se quieren prestar con ese programa de avales bancarios suponen prácticamente un tercio de todas las operaciones que se concedieron en 2019, que alcanzaron los 348.380 millones de euros. La situación es excepcional. Llegan facturas y nóminas pero no ingresos ¿Cuánto dinero es suficiente para financiar una economía que ha estado un tiempo parada y ahora a ralentí? Demasiado. Ayer el Banco de España informaba de que el flujo de financiación a empresas creció un 3,1% en abril en tasa interanual. El triple de meses anteriores. Si se excluye la financiación con deuda, el crédito de entidades financieras a empresas aumentó un 5,8% en abril.

Los datos que han trascendido del programa de créditos bancarios con avales públicos es que se han concedido 35.832 millones a pymes y autónomos y 53.610 millones a otras empresas. 89.442 millones sólo en este programa. En abril y mayo de 2019, en una situación más normalizada, se habían concedido 57.184 millones de euros, lo que sugiere que la acción conjunta de entidades financieras e ICO está dando, por sí sola, un flujo de financiación muy por encima de lo normal. Cuestión distinta es que sea suficiente. Baste con pensar que, según han señalado anecdóticamente algunas entidades financieras, la demanda de crédito es bastante superior a esas cifras. Esto invita a pensar que sería conveniente extender la financiación con avales durante más meses, incluso entrados en 2021. Claro está, con una monitorización de la calidad de los créditos y su posible impacto en la morosidad. Algo que va a depender de si se producen rebrotes del Covid-19 y en qué medida volverán a exigir detener la actividad o reducirán la confianza. La idea es simple pero articularla con suficiente control del riesgo es más complicado: hay que prestar a las empresas viables que puedan aguantar este trance y relanzarse después hacia la inversión. En la anterior crisis cayeron muchas que estaban en esa disposición pero cuyo crédito se secó de la noche a la mañana. No debe volver a ocurrir.