Integración con enjundia

Publicado en El País el 27 de marzo de 2021

En esta semana ha culminado la integración de Caixabank y Bankia. Unos la llaman fusión. Otros, absorción de la segunda por la primera. La última junta general de accionistas de Bankia, el dictamen de la Comisión Nacional de Mercados y Competencia (CNMC), el visto bueno del Gobierno, la salida del IBEX de Bankia y la inscripción ayer en el registro como una sola entidad con la consiguiente comunicación al mercado, han sido los principales hitos recientes. 

            Ha sido un proceso de negociación arduo para conformar la entidad financiera española más grande. Se inició en septiembre de 2020, casi por sorpresa. Existían numerosas aristas que tratar, desde la participación accionarial resultante del FROB en Bankia, a la ecuación de canje final, pasando por los diferentes trámites administrativos que una transacción de estas características debe superar. Los procesos de fusiones de grandes empresas son complejos y no siempre salen adelante, más aún cuando se trata de bancos sistémicos, como pudimos comprobar cuando descarriló la que iba a ser otra gran integración del año, la del BBVA y Banc Sabadell. En cambio, la de Unicaja Banco y Liberbank sigue adelante y, si no acontece nada extraño, pronto se cerrará también. Estoy convencido que los reguladores y los supervisores ven con buenos ojos este mayor tamaño medio de los grandes bancos españoles. Esto suele permitir determinadas economías de escala, con una mayor capacidad de generar ingresos unitarios y de reducir los costes de estructura, algo central en la actual situación del sector bancario. El mayor obstáculo parecía estar en la CNMC por las elevadas cuotas de mercado de la entidad resultante en muchos mercados locales. Sin embargo, el dictamen del organismo facilita la fusión imponiendo solamente unas condiciones bastantes razonables para que el poder de mercado no genere condiciones anticompetitivas en 86 códigos postales donde el banco es omnipresente. 

El futuro depara grandes desafíos a la nueva Caixabank, al igual que a la mayoría de bancos europeos. No es nada fácil lograr buenos resultados en el actual contexto de tipos de interés negativos o ultrarreducidos, con unas elevadas exigencias regulatorias y de cumplimiento normativo y con una competencia intensísima en determinados segmentos rentables del negocio -pagos, créditos, inversiones- de Fintech y grandes tecnológicas. Precisamente, el creciente peso de los clientes digitales combinado con las casi inexistentes barreras de entrada para que estas empresas tecnológicas pugnen online en esos segmentos rentables, deben aliviar cualquier preocupación futura por consecuencias negativas de la fusión sobre la competencia y la inclusión financiera. En todo caso, los bancos europeos aún deben apostar con más ahínco por la digitalización, como han hecho los -mucho mejor posicionados- bancos estadounidenses.

Por último, pero no menos importante, una cuestión más allá de lo financiero. Esta fusión genera nuevas complicidades muy necesarias entre Madrid y Barcelona. Cierto que también con otras ciudades españolas, donde se encuentran sus sedes sociales. Como en la película “Casablanca”, ojalá que sea el comienzo de una nueva “amistad”, de un reforzamiento de entendimiento empresarial, entre las dos ciudades más importantes -y más allá- de nuestro país.

Un nuevo hito en el banco malo

Publicado en El País el 16 de marzo de 2021

Las crisis bancarias y las soluciones para salir de ellas tienen repercusiones que se trasladan en el tiempo. A las autoridades de nuestro país de aquel entonces (2008-2012) les costó mucho reconocer la enorme magnitud de los problemas de insolvencia que había en un buen puñado de entidades, muy expuestas al mercado inmobiliario que se hundió en esos años. Finalmente, se acometió la reforma financiera en 2012. Permitió dejar atrás, incluso más rápidamente de lo esperado, con un esfuerzo considerable, lo peor de la crisis bancaria. La constitución de la Sareb fue, sin duda, uno de los ejes fundamentales y, por ello, estuvo reflejada en el Memorando de Entendimiento (MoU) que el Gobierno español firmó para poder recibir la ayuda financiera. 

Crear sociedades que gestionen activos deteriorados es una solución habitual tras grandes crisis financieras. Estas entidades -popularmente conocidas como bancos malos- nacen con una vocación clara de minimizar pérdidas. Al fin y al cabo, cae sobre ellos la complicada misión de reducir el coste con que se financia la adquisición de esos activos y créditos, buena parte de ellos, dañados. La Sareb recibió unos 200.000 activos por valor de casi 51.000 millones de euros. El 80% eran préstamos y el 20% activos inmobiliarios. La mayor parte del capital de esta sociedad (55%) están en manos privadas, mientras que el 45% pertenece al Estado, a través del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB). Asimismo, en el pasivo de la Sareb estaban los bonos avalados por el Estado entregados como contrapartida para las entidades que transferían los activos.

A la Sareb se transfirieron los activos problemáticos para gestionar sus riesgos y liquidarlos en un horizonte de 15 años (hasta 2027). Ha pasado más de la mitad del tiempo y el proceso de venta y liquidación de activos ha ido algo por detrás de lo esperado, completándose solamente en torno a un tercio de las colocaciones. Podría llevar a una crítica fácil. Sin embargo, esta sociedad gestora ha tenido un papel importante como creador de mercado en un contexto muy difícil y cambiante del sector inmobiliario español, incluida una pandemia. Es mejor ir por detrás en los objetivos de venta que realizarlas de forma excesivamente acelerada. Una gestión profesional y prudente, sin ventas precipitadas, son menos quebrantos y deuda para todos. Si se hubieran vendido muchos activos con mayor descuento, tal y como estaba el mercado, habría más pérdidas irrecuperables. Buena parte de ellas son latentes por cambios de valoración. Sin embargo, según se estipuló en el decreto aprobado por el gobierno en diciembre de 2016, las minusvalías generadas en los procesos de revisión de la cartera no deben recogerse contra resultados sino contra el patrimonio. En estos momentos, hay que dar un paso más y convertir en deuda pública aquellos bonos avalados. Es una etapa más para conciliar la espada de Damocles del plazo pendiente de vida del banco malo con la diligencia debida para la minimización de pérdidas. Llegados a este hito y confrontada la realidad, se continúa, de algún modo, reestructurando la institución que nació para eso mismo.

Alargar el puente

Publicado en El País el 9 de marzo de 2021

El debate de política económica en España en las últimas semanas se ha centrado en la conveniencia o no de ayudas directas a empresas, asunto ampliamente superado en la mayoría de los países de nuestro entorno que las emplean con frecuencia. En la UE, el Marco Temporal de las ayudas de estado es la referencia legal. España aparece en la cola de los países que han empleado esa facilidad. Sin embargo, es estéril seguir únicamente insistiendo que hemos llegado tarde en apoyos directos a hostelería, turismo y comercio. Es el momento de maximizar su eficacia, una vez el Gobierno, al parecer, aprobará un paquete de 11.000 millones en el Consejo de Ministros de hoy. Las empresas están teniendo problemas de ingresos. Cualquier medida, a estas alturas, debe ser para reforzarlos, para “alargar el puente” hasta que llegue la ansiada salida de la crisis.

            Vista la magnitud de las dificultades, el paquete puede quedarse pequeño. Habría que intentar aumentarlo en recursos. Sobre todo, si no llega una recuperación intensa en verano. Los problemas de consolidación fiscal de nuestro país limitan los recursos disponibles. Según el Banco de España, en diciembre de 2020 -hace ya tres meses- el 18% de las empresas españolas estaban en situación de insolvencia. Sus previsiones de ingresos no cubrían sus deudas aunque la mitad de esas compañías era recuperable y viable. Con seguridad, el coste fiscal de perder un 18% del tejido empresarial es mayor que el de apoyar a esas empresas. Al final de la pandemia, o sea de ese “puente”, finalizarán los ERTEs. Eso debilitará aún más la posición financiera empresarial. Hay que llegar al punto donde las expectativas positivas y el crecimiento vuelvan. No nos podemos quedar a unos meses de la orilla. De momento, esta es una crisis empresarial. Se han creado sistemas de protección personal y familiar que, aunque no pueden ser infinititos, han contribuido a evitar lo peor en lo social. Sustentar a la empresa ahora es apoyar el empleo y a las personas también en el futuro. Parece haberse entendido mejor en otros países que en España.

            Tres son las vías, al parecer, para canalizar los fondos, cuya diversidad debería aumentar su eficacia, con matices. La primera, ayudas directas a través de las Comunidades Autónomas, que son las que determinan restricciones a los sectores afectados y conocen mejor a sus empresas, aunque puede dar lugar a agravios comparativos entre regiones. El segundo canal es la reestructuración de los más de 120.400 millones de créditos avalados hasta la fecha por el Instituto de Crédito Oficial (ICO), un 98% a pymes y autónomos. Hay que evitar, en todo caso, soluciones dramáticas, como las quitas. El tercero, la recapitalización de las empresas medianas, donde deberían priorizarse figuras como los préstamos participativos -ya puestos en práctica en agencias como el Instituto Valenciano de Finanzas-, que permiten detectar empresas viables con la participación de intermediarios financieros. Hoy se lanzan las ayudas directas en nuestro país -buena noticia- pero quedará mucho por hacer -en materia de mayores recursos y de gestión -en los próximos meses.

Y en esas llegó la inflación

Publicado en El País el 2 de marzo de 2021

Menudo comienzo de 2021. Montaña rusa en toda regla. La tercera ola de la Covid, la vacunación y sus interrogantes o las dudas sobre la recuperación. En esas estábamos cuando llegan señales de una incipiente inflación, sobre todo en Estados Unidos y en algunos países europeos como Alemania. Tras años buscándola, sin saber de su paradero, los actuales crecimientos de precios empiezan a ser preocupantes para muchos analistas, particularmente los más halcones sobre deuda pública (los denominados bond vigilantes). Lo reflejan las recientes turbulencias en los mercados de renta fija, sobre todo de deuda soberana. Comentarios de inversores tan relevantes como Warren Buffett –en su reciente carta a los accionistas de su fondo Berkshire Hathaway- apostando por un “futuro oscuro” para los tenedores de renta fija, crearán más dudas sobre un mercado al borde de un ataque de nervios. No hay alternativas de inversión fáciles. De ahí las fuertes revalorizaciones de materias primas e incluso bitcoin desde 2020. Aumentar el riesgo en las operaciones de crédito, como alternativa, puede ser mala idea. Los datos de financiación a empresas y familias publicados ayer mostraron que la financiación a empresas sigue creciendo, lo que indica que la necesidad de financiación está ahí y no conviene descarrillarla.

            Se viene hablando de posible inflación desde las buenas noticias sobre la vacunación que se iniciaron en noviembre pasado. Los estímulos monetarios y fiscales como respuesta a la pandemia, junto a una “demanda embalsada” (gasto que no se pudo acometer durante este año de confinamiento y limitaciones a la actividad y movilidad) pueden traer un “efecto champagne”, del que ya hablé en estas páginas. Un desbordamiento de compras de los consumidores que, en algunos países, puede llevar a una inflación significativa. Asimismo, los aumentos de los precios de materias primas de los últimos meses – por cierto, otra apuesta de Buffett- son más presión para la inflación. Lo que no se sabe es si ese aumento de los precios será coyuntural o permanente. Si solamente se mantiene unos meses no debería haber cambios reseñables en la acción de los bancos centrales. Están poniendo “paños calientes” declarando -así lo seguirán haciendo mientras puedan- que se mantendrá su estrategia de tipos de interés bajos prolongadamente. Sin embargo, si los fundamentos y las expectativas apuntaran a una inflación más permanente, los inversores descontarían fuertemente un viraje en la política monetaria, con subida de tipos de interés en el medio plazo, más probable en la Reserva Federal de Estados Unidos que en el Banco Central Europeo, todavía con señales menos intensas de futura inflación. Alemania y su círculo reclamarán cambios en la orientación del BCE si las expectativas de inflación se refuerzan.

            Una subida de tipos de interés, con las carteras repletas de deuda con tipos bajos o negativos, puede causar un terremoto en los mercados. Sería inoportuno en momentos de esperanza de recuperación económica. Era algo que se ha estado temiendo después de tantos años de “anormalidad monetaria” -sobre la que nunca hubo una hoja de ruta de salida-y tipos artificialmente bajos. Vienen curvas financieras, en un sentido u otro.

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El mercado tras la Covid

Publicado en El País el 16 de febrero de 2021

Como ha ocurrido en todos los sectores y mercados, el de la vivienda también ha sufrido el impacto de la pandemia. Los datos de compraventa que ayer publicó el INE revelan que en 2020 las compraventas de vivienda disminuyeron un 17,7 por cien, aunque en los últimos meses del año cogieron algo de tono. El mercado inmobiliario español no se ha derrumbado -ni en actividad ni en precios- en esta ocasión, como ocurrió hace una década con la crisis financiera. Antes de la pandemia se había revalorizado a buen ritmo, pero no con la virulencia del comienzo del milenio. Aquello, junto al fuerte crecimiento de la deuda asociada a estos activos y la desmedida apuesta por la promoción inmobiliaria, dieron lugar a una gran burbuja. 

La vivienda ha resistido mejor este último año quizás gracias a los “colchones” de las ayudas temporales al empleo (ERTEs) y a las empresas. Habrá que ver qué pasa con el desempleo cuando se retiren esos estímulos y será importante, como señaló Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo, evitar una fuerte caída de los precios inmobiliarios. Traería consecuencias financieras imprevisibles. Un aumento fuerte del paro podría llevar a la depreciación de algunos activos financieros e inmobiliarios si las familias deben enajenarlos para poder hacer frente a una crisis de empleo. Como contraste, un caso interesante y positivo ha sido Australia, con control ejemplar de la crisis sanitaria, escaso impacto en el empleo y donde los activos financieros e inmobiliarios apenas se han resentido. Desafortunadamente, la gestión sanitaria y económica de la crisis en nuestro país y en otros occidentales está en las antípodas geográficas y conceptuales de esas “buenas prácticas”. Eso se termina reflejando en las cifras de la pandemia, incluidas las del mercado inmobiliario. 

En 2021 y quizás más allá aún se esperan caídas de precios inmobiliarios. Afectan las dudas sobre cuándo será la vuelta al crecimiento económico intenso, a pesar de las esperanzadoras noticias sobre vacunación. Crucial también que vuelva el turismo este verano -tan importante en el mercado inmobiliario costero-, aunque sea de forma moderada. Esta incertidumbre no favorece la estrategia de los vendedores. Pierden terreno en la negociación. Desgraciado efecto pandémico es también el aumento de herencias de vivienda. También suben las ventas de británicos jubilados en zonas costeras tras el Brexit. Y, en el mercado de oficinas, habrá que reinventar el uso de espacios comerciales en centros y barrios periféricos de ciudades, muy afectados por el fuerte incremento de las compras online.

            La accesibilidad a la vivienda, sobre todo entre las generaciones más jóvenes y en las principales ciudades, sigue siendo un serio problema. Los precios suben más que los salarios (aunque 2020 y 2021 sean una excepción) y la seguridad del empleo es excesivamente volátil. Es importante reforzar políticas de vivienda activas que favorezcan la accesibilidad. No se trata de intervenir los precios -una medida política pero estéril- sino por una colaboración público-privada imaginativa. En particular, programas de accesibilidad, incluido el alquiler, que movilicen promociones desocupadas, adquiridas por fondos y otros inversores institucionales. 

Los tiempos de la banca

Publicado en El País el 9 de febrero de 2021

La pandemia va dejando un reguero de impactos y noticias desde marzo de 2020. En las últimas dos semanas hemos podido comprobar los efectos, hasta la fecha, sobre los resultados del sector bancario español. El conjunto del año ha ofrecido pérdidas por más de 5.500 millones para los seis grandes bancos españoles explicadas fundamentalmente por los números rojos del Santander pero en un contexto generalizado de malos resultados.  Aún así, debieron ser bastante mejores de lo esperado por la alegría con la que se lo ha tomado la bolsa de valores que ha llevado sus cotizaciones al alza. 

 No sé cuanto durarán las alegrías -con pocas certezas sobre futuros dividendos-, pero, al menos, se ha ganado tiempo. El sector ha podido reforzar su protección ante lo que pueda venir, aumentando notablemente provisiones y recursos propios. Aún así, los próximos trimestres son pura incertidumbre. La morosidad bancaria hasta ahora apenas ha reflejado el deterioro empresarial gracias a la liquidez de los créditos ICO, cierta flexibilidad temporal de la regulación prudencial y las moratorias junto a otras medidas no financieras como los ERTEs. Sin embargo, los datos más recientes demuestran la vulnerabilidad y dificultades crecientes sobre todo de PYMES y autónomos que pronto se reflejarán en la mora empresarial y el deterioro de activos. Por eso, en estas semanas se habla tanto de apoyos adicionales a las empresas para seguir capeando el temporal. Hasta ahora, las medidas del gobierno también han permitido ganar tiempo, confiando que lo peor de la Covid-19 quedara atrás en 2020. Sin embargo, aún queda al menos un semestre muy complicado y eso ya hace temer daños estructurales en sociedades y negocios, que no se resuelven solamente con más crédito y liquidez. Las ayudas directas y de apoyo a la solvencia, ya presentes en otros países desde la primavera pasada, parecen necesarias y urgentes en nuestro país. Sin duda, habrá dificultades operativas y administrativas que habrá que superar para llevarlas a cabo porque no hay más opciones si se desea mantener, en gran medida, el tejido productivo viable y evitar una nueva crisis financiera.

En esta tensa espera hasta el verano se encuentra la banca, que mantiene los mismos retos que hace un año. Ahora acrecentados por el coronavirus. En el corto plazo, parece que ha podido gestionar razonablemente el tsunami económico de la pandemia. Sin embargo, los riesgos de largo plazo permanecen, con un entorno endiablado de tipos de interés y unos operadores tecnológicos que le erosionan aún más su actividad e ingresos. Hace 20 años, el sector se reinventó promoviendo una expansión internacional admirada por muchos y que le ha permitido, entre otros factores, una rentabilidad saneada hasta hace poco. No obstante, hoy en día parece necesaria otra reinvención, que necesariamente pasará por una apuesta tecnológica muy valiente e imaginativa, más allá de aumentar tamaño, eficiencia o de gestionar riesgos. Sus capacidades como agentes financieros nadie las pone en duda y por eso resisten. Crear valor suficiente a partir de esos sólidos conocimientos financieros con innovadores vehículos tecnológicos es el gran desafío del futuro.

Curva de aprendizaje

Publicado en El País el 2 de febrero de 2021

Los últimos datos de empleo y PIB mostraron que el cuarto trimestre de 2020 fue algo mejor de lo esperado y, sobre todo, que la gestión de la segunda ola de la pandemia ha generado menos destrozos en la economía que la primera. Nada para sentirse satisfechos porque lo que debería importar fundamentalmente son las vidas humanas. Además, sanitariamente se doblegó bastante menos la curva de contagios y eso permitió, junto a la Navidad y la aparición de nuevas mutaciones del virus, que la tercera ola llegara de manera inusitada y muy virulenta. Esos datos económicos menos malos —no exclusivos de España— parecen poner de manifiesto que se va aprendiendo y afinando las decisiones, dando lugar a una estrategia de restricciones a la movilidad y vida social menos dañina para el aparato productivo. Es como si existiera una especie de curva de aprendizaje por la que experiencias anteriores permiten ejecutar algo mejor episodios posteriores. Eso sí, con todo tipo de matices y muchísima incertidumbre para los próximos meses.

Comparar la gestión de las dos olas anteriores no es fácil. Cierto es que la segunda no ha obligado a confinar completamente todo el país varios meses, sino más bien se han aplicado una serie de medidas específicas —más o menos afortunadas— por zonas afectadas, pero que no han supuesto un cierre del comercio y la hostelería tan intenso y generalizado. Esos confinamientos selectivos, quirúrgicos y certeros pueden ser la clave, en el corto plazo, para impedir que se vuelva explosiva esa tercera ola, donde las variantes británica y sudafricana del virus generan tanta preocupación. La economía se debería resentir menos, pero lo sanitario sería lo que primaría.

Asimismo, es el momento adecuado también para planificar mucho mejor la aceleración de la vacunación, donde nuestro país tanto se juega cara al turismo del verano (con perspectivas crecientemente pesimistas). En este caso, más que de aprendizaje, estaríamos hablando de curva de adopción de una tecnología de inmunización que debe producirse con mayor rapidez y efectividad. Aún estamos a tiempo de planificar un proceso masivo de vacunación a partir de marzo o abril, cuando tengamos varias vacunas disponibles y con cierta abundancia. ¿Por qué no se planifica una estrategia 24/7 para vacunar a todo el país a partir de primavera y alcanzar el 70% de la población no en cualquier momento del verano (término temporal sobreutilizado últimamente pero muy impreciso) sino en junio? ¿Qué lo impide? En pocos meses ya no se podrá decir que faltan vacunas, pero podríamos adolecer de insuficientes medios y organización para administrarlas con agilidad.

Por último, la incertidumbre reinará más allá de 2021. Existe preocupación de que las nuevas cepas reduzcan la capacidad de control de las vacunas, que nuevamente habrá que aprender a gestionar, así como otro riesgo de final de 2021 y de 2022: si no se controla el virus mundialmente, el miedo seguirá con nosotros. Cuando los países ricos nos hayamos vacunado, habrá que recuperar el sentido de la solidaridad con terceros países. Por ahora ni se menciona, pero todo llegará.

El BCE en 2021

Publicado en El País el 26 de enero de 2021

La semana pasada el Banco Central Europeo (BCE) reafirmó su compromiso de mantener toda la artillería monetaria y financiera hasta marzo de 2022 o hasta que la crisis termine. Contrasta esta determinación con los titubeos de la misma institución hace ahora diez años. Continuar con todo ese potencial de liquidez ayudará a estabilizar los mercados si vinieran mal dadas en los próximos meses, algo que puede ocurrir visto lo visto. No obstante, una vez pase lo peor, más allá del verano, cabe preguntarse si toda esta liquidez extraordinaria junto al cambio de coyuntura, no obligará a cambiar parte de la acción del BCE, lo que daría lugar a dos estrategias diferenciadas a lo largo de 2021.

La mayor parte de los analistas cree que el BCE va a seguir con una estrategia expansiva similar mucho tiempo. Sin embargo, en esta crisis, el instituto monetario no ha estado solo. Al contrario que en la crisis financiera de 2008, la respuesta de la política fiscal en la UE ha sido muy expansiva, incluso agresiva. Y lo que es más, con un programa conjunto (los fondos NGEU) que, si se aprovecha bien, puede ser muy beneficioso. El resto de bancos centrales también ha contado con fuertes estímulos fiscales. Como la Reserva Federal, que ya con la Administración Trump tuvo un fuerte paquete económico de ayudas, que Joe Biden ha confirmado que va a reforzar significativamente.  Sea como fuere, en el último año -y en el próximo- habrá existido una confluencia monetario-fiscal de gran intensidad y sin precedentes -en unos países más que en otros-, que pueden generar diferentes escenarios en el medio y largo plazo. Una posibilidad, que sobre todo preocupa en Estados Unidos, es que coincidan recuperación económica con un gran volumen de gasto e inversión pública, abundancia de liquidez con tipos de interés ultrarreducidos. Si además, en la segunda parte del año, aconteciera un fuerte tirón de la demanda, una especie de “efecto champagne” después de tanto tiempo sin poder gastar las familias con mayor libertad, podríamos ver crecimiento de los precios en algunos países. Para que ese impulso de la demanda acontezca, el mercado de trabajo no se debe resentir, algo que estar por ver, con los malos datos y previsiones de hoy. De cualquier modo, en la Eurozona, con un mandato más limitado para su autoridad monetaria, cabe preguntarse si se podría compatibilizar un retorno de cierta inflación con el mantenimiento de una estrategia monetaria tan expansiva. No será nada fácil con los países del norte deseando reducir la laxitud monetaria.

Otro escenario distinto sería uno que contara con un elemento deflacionista como es la materialización del deterioro empresarial -en forma de impagos, quiebras y cierres de empresas- tanto en la morosidad bancaria como en el mercado del trabajo, que impidiera ese posible impulso súbito de la demanda tras la pandemia. En este caso, el gorro que más importará al BCE no será el monetario (inflación) sino el de supervisor bancario tratando de frenar una nada descartable crisis financiera. El verano aclarará de que lado cae la moneda. 

Crédito sin recuperación

Publicado en El País el 19 de enero de 2021

Hace en torno a una década, con la crisis financiera global y la posterior de deuda soberana en Europa, hubo un término utilizado por parte de bancos centrales, instituciones internacionales y economistas para explicar lo que estaba sucediendo: recuperación sin crédito (creditless recovery). Una salida a la crisis -a diferentes velocidades, eso sí- con unos niveles muy bajos de nuevo crédito a empresas y familias. Los agentes privados estaban muy endeudados y, además, los bancos tenían suficientes problemas de deterioro de activos como para plantearse conceder nuevos préstamos. Se hablaba de falta de demanda de crédito solvente. Seguramente era correcto, pero era solamente parte de la historia. También había un problema muy serio por el lado de la oferta, con las entidades financieras capeando el temporal y reduciendo sus niveles de riesgo a todo tren. El Banco Central Europeo tuvo que ampliar considerablemente su batería de subastas y facilidades de liquidez, para intentar incrementar la financiación a la economía y acabar con la fragmentación de los mercados de crédito en la zona euro, ya que algunos países -como España- y sus empresas sufrían un cierre de acceso a los mercados.

            Diez años más tarde la historia parece casi contraria. Avanzamos hacia un “crédito sin recuperación”. No es solo un juego de palabras. Los datos lo indican. Las Cuentas Financieras publicadas por el Banco de España el pasado viernes apuntaban a un crecimiento de las deudas de las empresas de casi treinta mil millones en el último año. Asimismo, se siguen destruyendo empresas (un 29,8% más se disolvieron en noviembre respecto a octubre) Si a esto se añade que la deuda pública sigue creciendo de modo preocupante, el panorama no es nada alentador. Las deudas se han multiplicado para empresas y Estado, y no hay una sólida recuperación a la vista. El aumento de ahorro de las familias muestra las dudas sobre la reactivación. Esta vez se ha puesto encima de la mesa una gran cantidad de crédito y deuda para paliar los efectos de la crisis sanitaria, pero, al menos hasta ahora y muy probablemente en los próximos trimestres, el crecimiento económico va a ser tímido.

            Hace falta que la economía real reaccione con más fuerza. Lo primero es mejorar la gestión sanitaria para superar esta tercera ola, acelerar la vacunación y evitar nuevos rebrotes y cierres de actividad. Hay que crear certezas para la primavera y verano, aunque no estén normalizados completamente. Por otro lado, no hacen falta solamente instrumentos de crédito y liquidez, también medidas más directas. Muchas empresas ya tienen problemas de solvencia. Habrá que intensificar programas de recapitalización pero también ayudas directas (transferencias) a las empresas viables, sobre todo las más afectadas por cierres y confinamientos. En breve, si un milagro no lo evita, comenzará a sentirse la morosidad en los balances bancarios y la ejecución de avales del ICO. Nada bueno auguraría si afectara a un gran número de empresas. Hagamos todo lo posible para que esta señal incipiente de crédito sin recuperación no se convierta en nuestra obstinada realidad de los próximos años. 

La era de lo impensable

Publicado en El País el 12 de enero de 2021

El comienzo de año ha sido movidito. Los malos datos sanitarios después de las fiestas se han generalizado en el mundo occidental. La tercera ola de la pandemia, con cepas nuevas del virus incluidas,  está ejerciendo mucha presión nuevamente en el sistema hospitalario. Están siendo necesarias nuevas medidas restrictivas que van a afectar a la economía. En particular, a la hostelería y comercio. Va a llover sobre mojado para muchas empresas. No va a ser suficiente con medidas de liquidez. Los apoyos de solvencia, e incluso ayudas directas, serán necesarios. La vacuna puede mejorar las perspectivas económicas en unos meses, pero, en el corto plazo, la situación es muy preocupante. Para muchas empresas, agónica. 

Curiosamente los mercados financieros han comenzado 2021 al alza. No parecen verse afectados por el ruido exterior, sobre todo por el suceso, inimaginable hasta hace poco, del miércoles pasado con el ataque al Capitolio estadounidense. En 20 años de este siglo hemos vivido el 11 de septiembre -junto a otros ataques terroristas, incluido nuestro país-, una grave crisis financiera, una pandemia y ahora una insurrección en toda regla en la primera democracia del mundo. Este acontecimiento culmina malamente una desgraciada presidencia en ese país. Lo más preocupante es lo que pueda venir después allí y en otros lugares por imitación. La inestabilidad política genera las peores consecuencias financieras normalmente. En países vulnerables incluso conllevan salida de capitales. Y deteriora las expectativas de inversión y consumo. La estabilidad política es un pilar fundamental del sistema económico. Lo más urgente pasa porque haya una transición fluida a la administración Biden, en la que tantas esperanzas hay. Ya crea suficientes dificultades la pandemia. No obstante, en Estados Unidos y más allá, parece aún más importante mantener la paz social. Con empatía, confianza y apoyos públicos donde sea necesario. No puede crecer la desigualdad ni las tensiones sociales, donde también hay que actuar por delante de la curva. Calibrar cómo será el panorama social en unos meses, cuando lo peor sanitariamente haya pasado, pero, en lo económico estemos tocando fondo. Habrá muchas necesidades que cubrir. Si esperamos demasiado tiempo, no nos antepondremos a los problemas. Anecdóticamente (todo suma), así ha ocurrido con la reciente subida de los precios de la luz.

En esta era de lo impensable, también las referencias monetarias y financieras saltan por los aires. La fortísima apreciación del bitcoin es una de las grandes paradojas. Ante la falta de instrumentos financieros que ofrezcan rentabilidades razonables, ha surgido el interés por esta criptomoneda en un mundo con cada vez menos reglas y patrones. Todos hablan del bitcoin como refugio y se sugiere por casas de análisis prestigiosas que puede superar los 100 mil dólares. Los economistas tenemos dificultades para entender las razones de esa valoración, más allá de la especulación y el creciente interés de inversores institucionales. Por eso nos preocupa. Lo que es cierto es que la economía y los mercados, cada vez más, deben gestionar lo inesperado e impensable y parece que hasta el momento, no lo han hecho mal del todo. Que dure.