Los tiempos de la banca

Publicado en El País el 9 de febrero de 2021

La pandemia va dejando un reguero de impactos y noticias desde marzo de 2020. En las últimas dos semanas hemos podido comprobar los efectos, hasta la fecha, sobre los resultados del sector bancario español. El conjunto del año ha ofrecido pérdidas por más de 5.500 millones para los seis grandes bancos españoles explicadas fundamentalmente por los números rojos del Santander pero en un contexto generalizado de malos resultados.  Aún así, debieron ser bastante mejores de lo esperado por la alegría con la que se lo ha tomado la bolsa de valores que ha llevado sus cotizaciones al alza. 

 No sé cuanto durarán las alegrías -con pocas certezas sobre futuros dividendos-, pero, al menos, se ha ganado tiempo. El sector ha podido reforzar su protección ante lo que pueda venir, aumentando notablemente provisiones y recursos propios. Aún así, los próximos trimestres son pura incertidumbre. La morosidad bancaria hasta ahora apenas ha reflejado el deterioro empresarial gracias a la liquidez de los créditos ICO, cierta flexibilidad temporal de la regulación prudencial y las moratorias junto a otras medidas no financieras como los ERTEs. Sin embargo, los datos más recientes demuestran la vulnerabilidad y dificultades crecientes sobre todo de PYMES y autónomos que pronto se reflejarán en la mora empresarial y el deterioro de activos. Por eso, en estas semanas se habla tanto de apoyos adicionales a las empresas para seguir capeando el temporal. Hasta ahora, las medidas del gobierno también han permitido ganar tiempo, confiando que lo peor de la Covid-19 quedara atrás en 2020. Sin embargo, aún queda al menos un semestre muy complicado y eso ya hace temer daños estructurales en sociedades y negocios, que no se resuelven solamente con más crédito y liquidez. Las ayudas directas y de apoyo a la solvencia, ya presentes en otros países desde la primavera pasada, parecen necesarias y urgentes en nuestro país. Sin duda, habrá dificultades operativas y administrativas que habrá que superar para llevarlas a cabo porque no hay más opciones si se desea mantener, en gran medida, el tejido productivo viable y evitar una nueva crisis financiera.

En esta tensa espera hasta el verano se encuentra la banca, que mantiene los mismos retos que hace un año. Ahora acrecentados por el coronavirus. En el corto plazo, parece que ha podido gestionar razonablemente el tsunami económico de la pandemia. Sin embargo, los riesgos de largo plazo permanecen, con un entorno endiablado de tipos de interés y unos operadores tecnológicos que le erosionan aún más su actividad e ingresos. Hace 20 años, el sector se reinventó promoviendo una expansión internacional admirada por muchos y que le ha permitido, entre otros factores, una rentabilidad saneada hasta hace poco. No obstante, hoy en día parece necesaria otra reinvención, que necesariamente pasará por una apuesta tecnológica muy valiente e imaginativa, más allá de aumentar tamaño, eficiencia o de gestionar riesgos. Sus capacidades como agentes financieros nadie las pone en duda y por eso resisten. Crear valor suficiente a partir de esos sólidos conocimientos financieros con innovadores vehículos tecnológicos es el gran desafío del futuro.

Curva de aprendizaje

Publicado en El País el 2 de febrero de 2021

Los últimos datos de empleo y PIB mostraron que el cuarto trimestre de 2020 fue algo mejor de lo esperado y, sobre todo, que la gestión de la segunda ola de la pandemia ha generado menos destrozos en la economía que la primera. Nada para sentirse satisfechos porque lo que debería importar fundamentalmente son las vidas humanas. Además, sanitariamente se doblegó bastante menos la curva de contagios y eso permitió, junto a la Navidad y la aparición de nuevas mutaciones del virus, que la tercera ola llegara de manera inusitada y muy virulenta. Esos datos económicos menos malos —no exclusivos de España— parecen poner de manifiesto que se va aprendiendo y afinando las decisiones, dando lugar a una estrategia de restricciones a la movilidad y vida social menos dañina para el aparato productivo. Es como si existiera una especie de curva de aprendizaje por la que experiencias anteriores permiten ejecutar algo mejor episodios posteriores. Eso sí, con todo tipo de matices y muchísima incertidumbre para los próximos meses.

Comparar la gestión de las dos olas anteriores no es fácil. Cierto es que la segunda no ha obligado a confinar completamente todo el país varios meses, sino más bien se han aplicado una serie de medidas específicas —más o menos afortunadas— por zonas afectadas, pero que no han supuesto un cierre del comercio y la hostelería tan intenso y generalizado. Esos confinamientos selectivos, quirúrgicos y certeros pueden ser la clave, en el corto plazo, para impedir que se vuelva explosiva esa tercera ola, donde las variantes británica y sudafricana del virus generan tanta preocupación. La economía se debería resentir menos, pero lo sanitario sería lo que primaría.

Asimismo, es el momento adecuado también para planificar mucho mejor la aceleración de la vacunación, donde nuestro país tanto se juega cara al turismo del verano (con perspectivas crecientemente pesimistas). En este caso, más que de aprendizaje, estaríamos hablando de curva de adopción de una tecnología de inmunización que debe producirse con mayor rapidez y efectividad. Aún estamos a tiempo de planificar un proceso masivo de vacunación a partir de marzo o abril, cuando tengamos varias vacunas disponibles y con cierta abundancia. ¿Por qué no se planifica una estrategia 24/7 para vacunar a todo el país a partir de primavera y alcanzar el 70% de la población no en cualquier momento del verano (término temporal sobreutilizado últimamente pero muy impreciso) sino en junio? ¿Qué lo impide? En pocos meses ya no se podrá decir que faltan vacunas, pero podríamos adolecer de insuficientes medios y organización para administrarlas con agilidad.

Por último, la incertidumbre reinará más allá de 2021. Existe preocupación de que las nuevas cepas reduzcan la capacidad de control de las vacunas, que nuevamente habrá que aprender a gestionar, así como otro riesgo de final de 2021 y de 2022: si no se controla el virus mundialmente, el miedo seguirá con nosotros. Cuando los países ricos nos hayamos vacunado, habrá que recuperar el sentido de la solidaridad con terceros países. Por ahora ni se menciona, pero todo llegará.

El BCE en 2021

Publicado en El País el 26 de enero de 2021

La semana pasada el Banco Central Europeo (BCE) reafirmó su compromiso de mantener toda la artillería monetaria y financiera hasta marzo de 2022 o hasta que la crisis termine. Contrasta esta determinación con los titubeos de la misma institución hace ahora diez años. Continuar con todo ese potencial de liquidez ayudará a estabilizar los mercados si vinieran mal dadas en los próximos meses, algo que puede ocurrir visto lo visto. No obstante, una vez pase lo peor, más allá del verano, cabe preguntarse si toda esta liquidez extraordinaria junto al cambio de coyuntura, no obligará a cambiar parte de la acción del BCE, lo que daría lugar a dos estrategias diferenciadas a lo largo de 2021.

La mayor parte de los analistas cree que el BCE va a seguir con una estrategia expansiva similar mucho tiempo. Sin embargo, en esta crisis, el instituto monetario no ha estado solo. Al contrario que en la crisis financiera de 2008, la respuesta de la política fiscal en la UE ha sido muy expansiva, incluso agresiva. Y lo que es más, con un programa conjunto (los fondos NGEU) que, si se aprovecha bien, puede ser muy beneficioso. El resto de bancos centrales también ha contado con fuertes estímulos fiscales. Como la Reserva Federal, que ya con la Administración Trump tuvo un fuerte paquete económico de ayudas, que Joe Biden ha confirmado que va a reforzar significativamente.  Sea como fuere, en el último año -y en el próximo- habrá existido una confluencia monetario-fiscal de gran intensidad y sin precedentes -en unos países más que en otros-, que pueden generar diferentes escenarios en el medio y largo plazo. Una posibilidad, que sobre todo preocupa en Estados Unidos, es que coincidan recuperación económica con un gran volumen de gasto e inversión pública, abundancia de liquidez con tipos de interés ultrarreducidos. Si además, en la segunda parte del año, aconteciera un fuerte tirón de la demanda, una especie de “efecto champagne” después de tanto tiempo sin poder gastar las familias con mayor libertad, podríamos ver crecimiento de los precios en algunos países. Para que ese impulso de la demanda acontezca, el mercado de trabajo no se debe resentir, algo que estar por ver, con los malos datos y previsiones de hoy. De cualquier modo, en la Eurozona, con un mandato más limitado para su autoridad monetaria, cabe preguntarse si se podría compatibilizar un retorno de cierta inflación con el mantenimiento de una estrategia monetaria tan expansiva. No será nada fácil con los países del norte deseando reducir la laxitud monetaria.

Otro escenario distinto sería uno que contara con un elemento deflacionista como es la materialización del deterioro empresarial -en forma de impagos, quiebras y cierres de empresas- tanto en la morosidad bancaria como en el mercado del trabajo, que impidiera ese posible impulso súbito de la demanda tras la pandemia. En este caso, el gorro que más importará al BCE no será el monetario (inflación) sino el de supervisor bancario tratando de frenar una nada descartable crisis financiera. El verano aclarará de que lado cae la moneda. 

Crédito sin recuperación

Publicado en El País el 19 de enero de 2021

Hace en torno a una década, con la crisis financiera global y la posterior de deuda soberana en Europa, hubo un término utilizado por parte de bancos centrales, instituciones internacionales y economistas para explicar lo que estaba sucediendo: recuperación sin crédito (creditless recovery). Una salida a la crisis -a diferentes velocidades, eso sí- con unos niveles muy bajos de nuevo crédito a empresas y familias. Los agentes privados estaban muy endeudados y, además, los bancos tenían suficientes problemas de deterioro de activos como para plantearse conceder nuevos préstamos. Se hablaba de falta de demanda de crédito solvente. Seguramente era correcto, pero era solamente parte de la historia. También había un problema muy serio por el lado de la oferta, con las entidades financieras capeando el temporal y reduciendo sus niveles de riesgo a todo tren. El Banco Central Europeo tuvo que ampliar considerablemente su batería de subastas y facilidades de liquidez, para intentar incrementar la financiación a la economía y acabar con la fragmentación de los mercados de crédito en la zona euro, ya que algunos países -como España- y sus empresas sufrían un cierre de acceso a los mercados.

            Diez años más tarde la historia parece casi contraria. Avanzamos hacia un “crédito sin recuperación”. No es solo un juego de palabras. Los datos lo indican. Las Cuentas Financieras publicadas por el Banco de España el pasado viernes apuntaban a un crecimiento de las deudas de las empresas de casi treinta mil millones en el último año. Asimismo, se siguen destruyendo empresas (un 29,8% más se disolvieron en noviembre respecto a octubre) Si a esto se añade que la deuda pública sigue creciendo de modo preocupante, el panorama no es nada alentador. Las deudas se han multiplicado para empresas y Estado, y no hay una sólida recuperación a la vista. El aumento de ahorro de las familias muestra las dudas sobre la reactivación. Esta vez se ha puesto encima de la mesa una gran cantidad de crédito y deuda para paliar los efectos de la crisis sanitaria, pero, al menos hasta ahora y muy probablemente en los próximos trimestres, el crecimiento económico va a ser tímido.

            Hace falta que la economía real reaccione con más fuerza. Lo primero es mejorar la gestión sanitaria para superar esta tercera ola, acelerar la vacunación y evitar nuevos rebrotes y cierres de actividad. Hay que crear certezas para la primavera y verano, aunque no estén normalizados completamente. Por otro lado, no hacen falta solamente instrumentos de crédito y liquidez, también medidas más directas. Muchas empresas ya tienen problemas de solvencia. Habrá que intensificar programas de recapitalización pero también ayudas directas (transferencias) a las empresas viables, sobre todo las más afectadas por cierres y confinamientos. En breve, si un milagro no lo evita, comenzará a sentirse la morosidad en los balances bancarios y la ejecución de avales del ICO. Nada bueno auguraría si afectara a un gran número de empresas. Hagamos todo lo posible para que esta señal incipiente de crédito sin recuperación no se convierta en nuestra obstinada realidad de los próximos años. 

La era de lo impensable

Publicado en El País el 12 de enero de 2021

El comienzo de año ha sido movidito. Los malos datos sanitarios después de las fiestas se han generalizado en el mundo occidental. La tercera ola de la pandemia, con cepas nuevas del virus incluidas,  está ejerciendo mucha presión nuevamente en el sistema hospitalario. Están siendo necesarias nuevas medidas restrictivas que van a afectar a la economía. En particular, a la hostelería y comercio. Va a llover sobre mojado para muchas empresas. No va a ser suficiente con medidas de liquidez. Los apoyos de solvencia, e incluso ayudas directas, serán necesarios. La vacuna puede mejorar las perspectivas económicas en unos meses, pero, en el corto plazo, la situación es muy preocupante. Para muchas empresas, agónica. 

Curiosamente los mercados financieros han comenzado 2021 al alza. No parecen verse afectados por el ruido exterior, sobre todo por el suceso, inimaginable hasta hace poco, del miércoles pasado con el ataque al Capitolio estadounidense. En 20 años de este siglo hemos vivido el 11 de septiembre -junto a otros ataques terroristas, incluido nuestro país-, una grave crisis financiera, una pandemia y ahora una insurrección en toda regla en la primera democracia del mundo. Este acontecimiento culmina malamente una desgraciada presidencia en ese país. Lo más preocupante es lo que pueda venir después allí y en otros lugares por imitación. La inestabilidad política genera las peores consecuencias financieras normalmente. En países vulnerables incluso conllevan salida de capitales. Y deteriora las expectativas de inversión y consumo. La estabilidad política es un pilar fundamental del sistema económico. Lo más urgente pasa porque haya una transición fluida a la administración Biden, en la que tantas esperanzas hay. Ya crea suficientes dificultades la pandemia. No obstante, en Estados Unidos y más allá, parece aún más importante mantener la paz social. Con empatía, confianza y apoyos públicos donde sea necesario. No puede crecer la desigualdad ni las tensiones sociales, donde también hay que actuar por delante de la curva. Calibrar cómo será el panorama social en unos meses, cuando lo peor sanitariamente haya pasado, pero, en lo económico estemos tocando fondo. Habrá muchas necesidades que cubrir. Si esperamos demasiado tiempo, no nos antepondremos a los problemas. Anecdóticamente (todo suma), así ha ocurrido con la reciente subida de los precios de la luz.

En esta era de lo impensable, también las referencias monetarias y financieras saltan por los aires. La fortísima apreciación del bitcoin es una de las grandes paradojas. Ante la falta de instrumentos financieros que ofrezcan rentabilidades razonables, ha surgido el interés por esta criptomoneda en un mundo con cada vez menos reglas y patrones. Todos hablan del bitcoin como refugio y se sugiere por casas de análisis prestigiosas que puede superar los 100 mil dólares. Los economistas tenemos dificultades para entender las razones de esa valoración, más allá de la especulación y el creciente interés de inversores institucionales. Por eso nos preocupa. Lo que es cierto es que la economía y los mercados, cada vez más, deben gestionar lo inesperado e impensable y parece que hasta el momento, no lo han hecho mal del todo. Que dure.

Cuesta de enero

Publicado en El País el 5 de enero de 2021

El cambio de año y primeros minutos de 2021 estuvieron marcados, en el ámbito televisivo, por las palabras emotivas y llenas de dignidad de Ana García Obregón. En escasos 20 minutos se sintetizaron gran parte de los sentimientos de muchas personas. Aunque hay muchos elementos que las distancian, me recordaron a las palabras de la canciller alemana, Angela Merkel, el mes pasado, cuando señaló a su pueblo las grandes dificultades que se vienen encima. Ha faltado hasta ahora mucha empatía en los responsables públicos. En España se ha echado en falta además una planificación y gestión más eficaz en la terrible crisis sanitaria y económica. Los políticos han priorizado a menudo las batallas por el relato y sus problemas por encima de poner toda la carne en el asador para mejorar un desdichado manejo de la pandemia. No es nuevo.

La historia parece apuntar a que España gestiona solamente regular las crisis. Como referencia, las tres últimas. En la de 1973, el Gobierno creyó que el aumento de precios del petróleo duraría poco. En la de 2008, se pensó que nuestro sistema financiero no era vulnerable ante la mayor burbuja inmobiliaria de la historia. En la actual, la hipótesis inicial era que teníamos el mejor sistema sanitario del mundo, que se podría con todo. Las consecuencias fueron respuestas tardías e insuficientes.

En enero de 2021 hay algo de esperanza a medio plazo porque ya se está vacunando. Hay una avalancha de fondos europeos en ciernes y confiamos en que lo peor haya pasado. Sin embargo, queda mucho por hacer. Por ejemplo, evitar que la típica cuesta con que se conoce este mes se convierta en un obstáculo insalvable para nuestro sistema sanitario y nuestra economía. Es un momento clave. Primero, para ver los efectos de las vacaciones de Navidad y Año Nuevo sobre los contagios e ingresos hospitalarios tras una gestión descoordinada entre comunidades autónomas y comportamientos inadecuados de parte de la población. Si la tercera ola es nuevamente grave, se habrá perdido también buena parte del terreno de la recuperación económica de este ejercicio. Si el panorama no está despejado en primavera, nuestro país no podrá tener la (relativa) normalización económica deseada en 2021.

Un gran parte de nuestro valor añadido se genera en actividades de contacto personal, como el turismo, por lo que además España debe ser al menos tan eficaz como el mejor en la vacunación. Por ahora hay poca información precisa sobre plazos y grupos a vacunar, lo que genera excesiva incertidumbre. Con el mensaje de que estamos siguiendo lo dictado por la Unión Europea se justifica de modo conformista la inexistencia de una clara hoja de ruta propia del proceso de inmunización.

Muchos países ya han vacunado a porcentajes significativos de la población. Con urgencia, hay que acercarnos a esas mejores prácticas para evitar nuevas tensiones hospitalarias y mayores pérdidas a la economía. Se precisan certezas, generación de confianza en nuestro entorno y una amplia mayoría de la población vacunada a mitad de año. Para ello, estas primeras semanas del año serán determinantes.

Las finanzas en 2021

Publicado en El País el 29 de diciembre de 2020

Un deseo recurrente estos días es dejar atrás el año de la pandemia. La esperanza es un 2021 mucho mejor. En lo financiero, los últimos doce meses han venido marcados por una amplísima liquidez inyectada por los bancos centrales, con un potente apoyo a la deuda soberana -que ha crecido notablemente, al igual que la privada- y el mantenimiento de tipos de interés ultrarreducidos o negativos. La renta variable ha sufrido muchos vaivenes con la pandemia, pero se ha recuperado en buena parte, aunque, en el caso del IBEX, las pérdidas en el año se sitúan actualmente en torno al 15 por cien. Todo apunta a que 2021, más aún tras el acuerdo post-Brexit, puede marcar la salida de la crisis y recuperación, pero también pueden reactivarse tensiones aparentemente olvidadas, como la inflación y la sostenibilidad de la deuda. 

            El mayor quebradero de cabeza de los inversores es la posibilidad de un revés en los planes de combate frente a la Covid, como supondrían retrasos en la vacunación o mutaciones significativas del virus. También pesa la inflación en el sentimiento financiero, que ya no aparece descartada tras la coincidencia de políticas monetarias y fiscales fuertemente expansivas. Con un ambiente financiero con exceso de optimismo, la psicología inversora está inundada por la sensación casi inercial de que las cosas sólo pueden mejorar pero el mundo actual tiene demasiadas aristas. En este final de año los mercados ya han descontado parte de esa recuperación. La mano se juega a un trío de ases (vacuna, confianza, recuperación) pero, ojo, llevamos años quedándonos con cara de póker. Faltan referencias para las inversiones más especulativas, lo que parece explicar el éxito reciente de inversiones heterodoxas como el bitcoin, hasta el punto de ser aceptado en círculos de mercado más formales -algunos inversores institucionales y bancos-, en ausencia de referencias como el oro. 

La paradoja podría ocurrir en la segunda parte del año, cuando supuestamente gane más fuerza la recuperación y se esté aplicando más gasto, los mercados empiecen a dar algunas señales de preocupación sobre la sostenibilidad de la deuda. Sobre todo, si cambiaran las perspectivas sobre los tipos de interés ante una subida de la inflación.  Curiosamente, el escenario contrario, que la inflación no vuelva ni con todos esos estímulos, también preocupa. Confirmaría un problema estructural grave tras doce años de políticas monetarias muy laxas.

            En cuanto a la bolsa de valores, las farmacéuticas continuarán teniendo gran atractivo gracias a vacunas y tratamientos. Sin embargo, las grandes tecnológicas pueden sufrir por la penalización regulatoria en materia de protección de datos y de defensa de la competencia que, además, está ocurriendo de manera sincronizada en Estados Unidos y Europa. Otro sector clave como el bancario tendrá noticias mixtas. Por un lado, se liberará de algunas restricciones sobre dividendos. Por otro, habrá que ver el impacto en sus cuentas de resultados del probable aumento de la morosidad. Como para el resto de los mortales, 2021 se abre a emociones descontroladas también para los mercados. Las alegrías y las penas irán, otra vez, por barrios. 

Ciberpandemias

Publicado en El País el 22 de diciembre de 2020

La historia recordará el año que se nos va como el de la Covid-19, con efectos que perdurarán. Al menos 2021 estará marcado considerablemente por la pandemia. Lo vivido estos meses ha dejado ver que, a pesar de los enormes avances de la humanidad, existen riesgos sanitarios, climáticos y digitales de envergadura. Aunque el coronavirus ha acaparado la agenda, otros acontecimientos revelan importantes amenazas para nuestro sistema económico y social. La pasada semana se observaron claras vulnerabilidades de la ciberseguridad del planeta.  Estados Unidos ha sufrió el mayor ciberataque de su historia. Ha afectado a más de 18.000 empresas y agencias del Gobierno (incluyendo Defensa y Energía). Se sospecha que se han filtrado infinidad de datos con implicaciones para la seguridad digital mundial. Más allá de los rifirrafes acusando a China y Rusia de estar detrás de estos ataques –sería bueno aclarar, en todo caso, esta “guerra fría silenciosa”-, el telón de fondo del problema es la enorme vulnerabilidad del los procesos informáticos y digitales globales. Inundados por el coronavirus, este lance nos recuerda el riesgo de ciberpandemias. En tan sólo veinte años del siglo hemos visto amenazada la seguridad personal en formas inusitadas (11-S), una gran crisis financiera y una pandemia. Tal vez el próximo gran evento tenga que ver con los datos. Los costes totales han pasado ya a sumarse cada año en varios billones de dólares.

            2020 ha sido especialmente delicado en ciberseguridad, en parte aprovechando la confusión por la Covid-19. Las empresas han tenido que reinventarse en sus procesos de actividad y con frecuencia, las han pasado “canutas” para garantizar la seguridad en accesos remotos. Los que trabajamos en la Universidad hemos podido comprobarlo. Ya teníamos antecedentes graves como los de episodios del malware NotPetya y Wanancry que ya costaron miles de millones de dólares en 2017. Y cada año están pasando cosas que pueden llegar a ser muy graves. Este año ha habido, además, ataques sobre Twitter, Zoom, Telegram, MGM y a la banca griega, entre otros. 

            Las empresas saben que su futuro pasa por los datos y la computación en la nube pero temen por su seguridad. Habrá que invertir en reforzar la seguridad aún más y hacer el sistema menos vulnerable. En ningún caso existirá el riesgo cero, pero hay que minimizar los posibles problemas que los ciberataques pueden producir. Y eso pasará por más inversión en I+D y una mayor y mejor coordinación entre países y empresas tecnológicas. España va a contar a partir de los próximos meses con los fondos Next Generation EU. En cantidad suficiente como para poder dar, esta vez sí, si no perdemos la oportunidad, un salto hacia delante en digitalización y sostenibilidad. Sería acertado que una parte significativa de esos fondos se destinara a ciberseguridad. Se estima que casi la mitad de las empresas españolas aún no cumplen con el Reglamento General de Protección de Datos y otros aspectos de seguridad digital. Identificado el problema, conocidos los riesgos y contando con fondos disponibles, ya solamente queda tomar las decisiones que reforzarán la ciberseguridad y la competitividad económica.

Más madera

Publicado en El País el 15 de diciembre de 2020

Habrán observado que el título del artículo se ha tomado de la película “Los hermanos Marx en el Oeste”. En una de sus más famosas y desternillantes escenas, Groucho vocifera a sus hermanos que le traigan piezas de los vagones o asientos del tren en el que están montados para que los pueda utilizar como combustible para que el vehículo no se pare. Algo parecido parece estar sucediendo con las últimas decisiones del Banco Central Europeo. Hace unos días decidió ampliar la magnitud del programa de compras de bonos soberanos y privados por motivos de la pandemia en medio billón de euros para intentar que la economía europea no se hunda. Se traduce como más combustible financiero para la economía. A priori y a corto plazo, parece una respuesta lógica al debilitamiento de las economías europeas -sin señal alguna de inflación- en los últimos meses tras la segunda ola del Covid-19. Sin embargo, esta nueva acción del banco central tiene numerosas implicaciones, no todas deseadas.

            Los mercados financieros se encuentran desde hace años con unas referencias imposibles. Con los tipos de interés -por ejemplo, el EURIBOR- en terreno negativo, distorsionando las decisiones de ahorro y endeudamiento de familias, empresas y gobiernos desde hace más de cinco años y con un horizonte que no va a cambiar, al menos, en el próximo año. Asimismo, los intermediarios financieros -bancos, aseguradoras, fondos de pensiones- tienen que operar en un marco que les daña enormemente su rentabilidad y viabilidad. En particular, preocupan los efectos sobre los ahorradores, que llevan años asumiendo gran parte de la carga de esta política monetaria.

            Por otro lado, los gobiernos de la Eurozona -en particular aquellos que reciben más apoyo comparativo en el programa de compras de sus bonos- parecen estar cómodos con un crecimiento preocupante -en algún caso, desbocado- de la deuda pública, ya que la están colocando a tipos de interés negativos, como consecuencia de las políticas monetarias ultraexpansivas, sin tener que hacer reformas ni tener que mostrar compromisos que el mercado valore positivamente. Sin embargo, no se puede olvidar que toda esa deuda habrá que pagarla tarde o temprano y, sin una clara senda de crecimiento, el mercado terminará reflejando nerviosismo. 

            El mandato del Banco Central Europeo es claro, debe actuar solamente guiado por la inflación. Mirando de reojo a la estabilidad financiera, eso sí. El crecimiento de los precios anda desaparecido desde hace una década, lo que ha facilitado la continuidad de las políticas expansivas de compras de bonos y tipos negativos o ultrarreducidos. Sin embargo, muchos empezamos a temer que, en el intervalo de un año, con todos los estímulos fiscales y de los bancos centrales, cuando llegue la recuperación, se produzca un rebrote de la inflación en Estados Unidos y quizás en Europa que nos pillaría con tipos negativos. Una mayor inflación no es el escenario central hoy, pero empieza a ganar peso entre los analistas. No lo olvidemos y empecemos a pensar seriamente como saldremos de este marco imposible de tipos bajos o negativos de la última década si apareciera la inflación.

Economía sin atajos

Publicado en El País el 8 de diciembre de 2020

La economía y la sociedad española se enfrentan a retos de enorme magnitud a corto y largo plazo, tras el brutal impacto de la pandemia. Desde marzo se han tomado muchas medidas para paliar los efectos inmediatos de la Covid sobre familias y empresas. Esas ayudas públicas coyunturales deberían prologarse y reforzarse hasta, al menos, el verano de 2021, o hasta que se haya podido vacunar a buena parte de la población, con una economía más normalizada. No obstante, los desafíos de largo plazo son igual o más relevantes y no hay “atajos”. 

            Nuestro país ya llegó a la pandemia con importantes desequilibrios. Entre ellos, un mercado de trabajo disfuncional y dual, una baja productividad y una delicada evolución de déficits y deuda pública. A pesar de estas vulnerabilidades, se ha echado de menos desde hace muchos años una cierta pedagogía por parte de los políticos. Explicar a la sociedad las potencialidades de nuestro país –las hay y muchas-, pero también enfatizar que hay problemas serios. Por ejemplo, algo tan evidente como la insostenibilidad de las pensiones públicas. Son temas que hay que poner sobre la mesa para buscar soluciones que mejoren la vida de todos. Si uno pasa revista a las medidas de largo plazo que se han tomado este año, no son muchas. No ha habido grandes reformas ni acciones públicas que refuercen la competitividad de la economía. No era un momento fácil para acometerlas. Sin embargo, se han aprobado algunas fundamentalmente para la coyuntura de la pandemia -un “atajo” urgente en aquel momento- pero que van a tener efectos -probablemente no deseados- de largo plazo. De este modo, el Ingreso Mínimo Vital, con toda su lógica para apoyar a las familias más necesitadas en un momento crítico, se ha implantado de modo permanente. Se ha sabido estos días que no ha funcionado bien desde que se implantó ni ha llegado, ni de lejos, a todas las personas que debían recibirlo, lo que requerirá modificaciones, como poco, en su proceso administrativo. Asimismo, tal y como se diseñó, es muy probable que genere distorsiones en los incentivos a buscar trabajo, un importante lastre en la recuperación.

            Y en estas surge la propuesta de la jornada laboral de cuatro días. Todos quisiéramos trabajar menos horas, tener más ocio, y, aún así, aumentar nuestra productividad. Ya ha ocurrido en algunas de las industrias tecnológicas más reconocidas. Sin embargo, en el caso de España, donde todavía no hemos acometido un proceso de digitalización suficiente, se trataría, en mi opinión, de un nuevo “atajo” sin fundamentos económicos que hoy lo sustenten. Acometamos primero esa profunda intensidad digital en todos los procesos productivos e instituciones del país, que refuercen competitividad y productividad y saneen el mercado de trabajo. Cuando se logre, hablemos sin cortapisas de medidas como jornadas de 4 días. Quizás podamos ser algo más optimistas que de costumbre porque, bien empleados, los fondos europeos “Next Generation EU” pueden ayudar a esa necesaria modernización. Pero no pongamos el carro delante de los bueyes cuando aún no hemos salido ni de la pandemia.