Salvar el invierno

Publicado en El País el 15 de septiembre de 2020

Las últimas noticias sanitarias y económicas sobre el impacto del Covid-19 en nuestro país son crecientemente preocupantes. Pocas dudas hay de que España se encuentra entre los países con mayor incidencia de la pandemia. En contagiados, hospitalizados, UCIs y fallecidos, tanto en la primera ola en primavera como en lo que ya parece ser un segundo rebrote desde hace semanas. Es cierto que no parecen comparables ambos períodos. Se realizan muchos más PCR y esfuerzos de rastreo ahora y hay tratamientos -aunque incompletos- más exitosos, y se protege a los grupos poblacionales más vulnerables. Sin embargo, los datos van empeorando paulatinamente. Las próximas semanas alumbrarán cifras cada vez más negativas. La desazón crecerá. La esperanza de una vacuna próxima puede ayudar a cambiar percepciones hacia finales de año, pero esa fecha a día de hoy parece quedar muy lejos. La mayor incidencia de esas dos olas en España pone de manifiesto una gestión de la pandemia comparativamente más deficiente que los países de nuestro entorno. Algo habremos hecho mal. Hoy día, ni se ofrecen cifras coherentes ni hojas de ruta -ni sanitarias, ni educativas ni en relaciones sociales- con credibilidad suficiente. Y, desde luego, la idea de que nuestro país contaba con el mejor sistema de salud del mundo -algo repetido por muchos políticos durante años- se ha desvanecido rápidamente. Tenemos magníficos profesionales en la sanidad, con gran capacidad de sacrificio y resiliencia, pero nuestro sistema sanitario ha hecho agua en recursos, planificación y adecuada preparación para pandemias y emergencias.

Todo esto ha tenido terribles consecuencias sobre la actividad económica y el empleo. Nuestro país depende de sectores muy afectados por la Covid-19, como todo lo relacionado con la hostelería. En junio, se quiso “salvar el verano” para el turismo y el fiasco han sido considerables con efectos devastadores para el turismo. El descontrol de cifras de la incidencia sanitaria a escala nacional y por Comunidades Autónomas -y una gestión francamente mejorable en prevención- ha echado al traste el verano. La imposición de cuarentenas a los que visitaran nuestro país por parte de nuestros socios europeos ha hecho el resto.

Lo peor de las cifras económicas parece que está por llegar. Es probable que veamos un número creciente de empresas que cierran, un aumento notable del desempleo -a pesar del mantenimiento de buena parte de los ERTEs-, y un incremento de morosidad y otros indicadores de tensión financiera. Ojalá me equivoque. En todo caso, es prioritario “salvar el invierno”, primero mejorando notablemente España todo lo relacionado con la incidencia, prevención e información de la pandemia para generar credibilidad y confianza en nuestro entorno. Y, en segundo lugar, convenciendo a nuestros socios europeos que el cierre de fronteras e imposición de cuarentenas a visitantes no impide la expansión de la pandemia entre países, y lo único que logra en la práctica es el desastre económico de todos. Si logramos solamente esas dos cosas, se podrá evitar lo peor en términos económicos· en los próximos meses, tanto para el turismo invernal -importante en nuestro país- como para el resto de la actividad económica.

Inspiraciones de una fusión

Publicado el 8 de septiembre de 2020

La integración que están emprendiendo Caixabank y Bankia es catalizadora en la medida en que se inspira en un proceso de cambio más amplio en el sector bancario y lo alimenta. La estructura del mercado financiero ha cambiado aceleradamente. Los elementos que podían motivar una fusión diez o veinte años atrás son muy distintos a los actuales por varios motivos. El primero es que las ganancias de eficiencia con el tamaño han vuelto a aparecer. En un entorno más digital, se puede funcionar con una dimensión operativa más elevada sin necesidad de multiplicar infraestructuras. Es más, éstas pueden reducirse. Lo que se gana es una mejor gestión del factor esencial para competir en intermediación financiera, la información. Incluso los bancos de inversión más señeros en el mundo están girando hacia la banca minorista en el entorno digital, incluyendo alianzas con grandes tecnológicas para hacerlo. Entre los dos bancos españoles pueden generar un nuevo competidor para aprovechar las ventajas informativas porque, además, hay “química” entre ellos y los equipos gestores, ya que surgen de modelos de negocio minoristas de ahorro y con culturas corporativas muy arraigadas y compatibles.

En segundo lugar, el sentido geográfico de las integraciones ha cambiado. Pasó ya el tiempo en el que la discusión era casi exclusivamente cómo crecer con adquisiciones internacionales. Estando esa opción abierta para el futuro tras la fusión que ahora se está cerniendo, la ventaja más apreciable es la posibilidad de ganar balance en euros, una divisa fuerte comparada con las emergentes, en años en los que la estabilidad cambiaria está siendo un gran desafío.

El tercer elemento inspirador es la propia presión del supervisor y el mercado. Nunca se habían lanzado tantas opiniones favorables desde múltiples instancias públicas para instar a fusiones. En el sector hay sobrecapacidad, sobre todo en estructuras. Hay que ser más alto, pero no más ancho. Y hay que crecer con un mayor acceso a los mercados de capital y deuda para reforzar la solvencia y liquidez. En todo caso, sigue siendo muy difícil generar márgenes cuando la política monetaria impone tipos de interés negativos. Esto ha afectado, sin duda, también a las valoraciones bursátiles de la banca en los últimos tiempos. De forma dramática.

Por supuesto, también hay retos propios de la operación. En muchos servicios se están produciendo pérdidas de peso del factor trabajo o cambios hacia otros más innovadores o digitalizados, así como reciclaje de capacidades. Los ajustes laborales llevan años produciéndose en el contexto de la reestructuración bancaria con acuerdos amplios y es previsible que se intensifique. En el caso de esta fusión también aparece el debate de la participación accionarial del FROB en Bankia. Si este capítulo se cierra ahora o lo hace más tarde debería ser en beneficio tanto de la entidad resultante como de la participación pública porque lo que el mercado acoja positivamente se reflejará en todas las acciones.

Todo sucede rápido porque así son las cosas ahora y porque las ventanas de oportunidad del mercado para lanzar una operación de estas características son cada vez más estrechas.

 

 

 

 

Despiértame cuando todo esto termine

Publicado en El País el 1 de septiembre de 2020

Era la canción más popular del malogrado DJ sueco Avicii: “Wake me up when it’s all over”. Es lo que parecen decir ahora la economía y los ciudadanos. Los mensajes de los observatorios más reputados apuntan a que las dificultades se prolongan. Al afirmar el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, que “tolerará” más inflación y que habrá tipos de interés ultra-reducidos para unos cuantos años, parece que la política monetaria súperexpansiva se “cuasi eterniza”, con sus efectos positivos, pero también con las numerosas distorsiones que genera. Un sueño anestésico demasiado largo y profundo.

Powell hizo estas potentes declaraciones la semana pasada en una de las grandes citas económicas anuales, el simposio de Jackson Hole que, como cabía esperar, se celebró de forma virtual. Los mercados están aún ajustando la incidencia potencial de este redoble de tambores monetario. Por si fuera poco el somnífero que supone la pandemia, los banqueros centrales siguen anticipando la necesidad de anestesia.  El anuncio de la Fed muestra a las claras que se espera una recuperación más lenta y con más problemas de los que se creían hace unos meses. La política monetaria está haciendo todo lo posible por ayudar a evitar lo peor. Sin embargo, debido a la situación estructural de incertidumbre económica desde hace 12 años, agravada y mucho por la pandemia, las distorsiones (que se han eternizado) que genera esta política monetaria pueden acabar suponiendo más componentes de pesadilla que de sueño. Se prefiere recalibrar el modelo a cambiarlo. No faltaron las voces críticas en el simposio, dentro de la pulcritud académica, pero con acidez. Con una doble interpretación, en mi opinión. La primera, que la política monetaria y estos tipos de interés tan reducidos no permiten los “ajustes empresariales dinámicos” (creación, innovación, destrucción) que en otros tiempos favorecieron el crecimiento económico. Me referí a ellos en esta tribuna la pasada semana. La segunda, que, aunque controlemos la Covid-19, es muy probable que persista en los consumidores y empresas una importante retracción porque crean que fenómenos antes considerados extremos e improbables son ahora amenazas de ocurrencia frecuente.

Parte del problema está en los mercados. Sobre todo, los de bonos, que están muy “desnaturalizados”. Esta política monetaria ayuda a sobrellevar la situación y reducir el coste de la deuda y sus vaivenes, pero también revela la dificultad de revertir la situación. Se están viendo también las tensiones euro/dólar, muy relacionadas con las estrategias monetarias, pero también las incertidumbres a ambos lados del Atlántico. La debilidad del dólar -más ligada a debilidades coyunturales y temores institucionales que a un cambio en la primacía de la divisa- está siendo la comidilla del verano.

Este es el terreno macroeconómico por el que va a discurrir la lucha de la economía por superar la pandemia. Comienza septiembre con demasiada incertidumbre, con la esperanza de que la incidencia hospitalaria sea menor, pero con demasiadas incógnitas sobre la salud pública y la economía en todo el mundo. Aunque hiciéramos caso al canto de la banda Green Day (“Despiértame cuando termine septiembre”), aún faltaría mucha luz.

 

Renovación de empresas

Publicado en El País el 25 de agosto de 2020

Los datos de coyuntura turística publicados ayer muestran la debacle de una perturbación vírica. También conocemos, aunque sea más anecdóticamente, cómo parte del sector sobrevive con nuevos canales de comercialización online, turismo de interior y otras opciones a las que las circunstancias obligan. La pandemia acelera los procesos de destrucción y creación empresarial. En un entorno proclive al gasto y la financiación, gobierno, sector financiero y empresas se sitúan ante la encrucijada de confrontar dónde se estaba antes de marzo y dónde se quiere ir a partir de ahora. Antes de la covid-19 se esperaba una corrección cíclica que se habría manejado de forma más o menos controlada. Pero la epidemia ha desatado la furia de un shock de oferta y demanda de grandes proporciones en tan sólo tres o cuatro meses.

El bofetón quizás no deja reconocer suficientemente que hace tiempo que sobrevuela la necesidad de una renovación productiva guiada por la innovación, la digitalización y nuevas referencias energéticas. Está claro que hay que destinar fondos a tapar agujeros, pero muchos más -la mayoría, si es posible- a impulsar al que innova o se reinventa. Schumpeter reinterpreta la máxima shakespeariana de que “no basta levantar al débil, hay que sostenerlo después” para dirigir la mirada también al que propone una nueva fortaleza para la economía. La lección más dura a la que nos enfrentamos es dejar caer aquello con escaso o nulo futuro. Aunque no ocurrió en todos los sectores, en España, hace diez años, se entendió a la fuerza que una parte del sector de la construcción debía salir del mercado y que los que quedaban debían “reinventarse”, por ejemplo, hacia la obra pública o la licitación internacional. Ese proceso está también pasando ahora con otros negocios (y llegará al turismo también).  Los recursos públicos (deuda, ayuda europea) y privados (financiación bancaria) deben emplearse para apoyar nuevas estructuras y proyectos empresariales competitivos y de alta demanda. Podemos seguir debatiendo de ello diez años o ponernos las pilas, organizarnos y acumular recursos en los sectores pujantes. La pandemia ofrece oportunidades también.

Hay que intentar transitar rápido el camino que va del puente a la lanzadera. Gobierno y bancos han tendido pasarelas para los que podían tener dificultades transitorias por los efectos del confinamiento y la caída de la demanda. Algunos no han llegado a cruzarlas y otros lo han hecho replanteando sus formas y canales de comercialización. Es hacia ahí donde fundamentalmente deberían ir los recursos mientras se logra un mayor control sanitario. En otros países europeos también acontecen estos desafíos, pero se observa que las industrias que fueron punteras y sufrían cierto declive aprovechan un aluvión de recursos públicos para reorientarse en la nueva economía (como la automoción en Alemania).

Es pertinente preguntarse si en España procederemos al habitual reparto administrativo del pastel o si, alternativamente, propiciaremos verdaderos proyectos de renovación empresarial. No hay que abandonar radicalmente turismo o construcción o muchos otros servicios asociados. Lo que se debería hacer es renovarlos, reinventarlos y complementarlos con otros, mientras en paralelo se propician actividades de la nueva economía.

 

Fatiga en la deuda soberana

Publicado en El País el 18 de agosto de 2020

Que la acción de los bancos centrales está anestesiando gran parte de las primas de riesgo soberano no es nuevo. El rescate de las autoridades monetarias, sin ser una solución óptima a largo plazo, es lo mejor que se ha tenido a mano. En tiempos de pandemia lo sigue siendo. No obstante, es apreciable que la miopía temporal que puede generar el apoyo monetario en la sensación de riesgo de los inversores puede estar convirtiéndose en una vista algo fatigada para la que no se tienen (o no se quieren usar) las gafas oportunas. Hasta tal punto que sólo tomamos la parte de los proverbios y de la sabiduría histórica que más nos conviene, olvidando el resto. De aquello de “espera lo mejor, prepárate para lo peor y acepta lo que venga” queda solamente la parte de la esperanza. Así son los mercados en el 2020 pandémico.

Los bancos centrales son rápidos francotiradores ante cualquier movimiento en caliente de la deuda pública. Sin embargo, hay amplios motivos para la preocupación y para no perder de vista las primas de riesgo. Existe escasa diferencia entre la rentabilidad de un bono americano a tres meses o a tres años. Lo mismo ocurre con los bonos europeos. El mercado tiene la misma (poca) habilidad para estimar lo que va a pasar en noviembre de este año que en agosto de 2023. Al mismo tiempo, los gobiernos no tienen más remedio que seguir endeudándose para combatir la pandemia. Encuentran demanda en sus colocaciones. Eso sí, gran parte de los compradores son las entidades financieras nacionales de cada jurisdicción y, en mucha menor medida, los inversores internacionales, ya muy retraídos.

Aunque muchos lectores no lo puedan creer -no se les puede culpar- en los mercados hay cierto optimismo. Radica en la esperanza de que la vacuna para la covid-19 llegue pronto, la interpretación de que hay controles suficientes para estabilizar el virus en Estados Unidos y otros países avanzados y la apreciación de ciertas mejoras en el consumo y producción industrial. Tal vez la trampa interpretativa es que venimos de tan abajo (confinamientos) que entusiasma cualquier indicador que mes a mes o trimestre a trimestre muestra mejoras.

Incluso si esos escenarios positivos acontecen, hay importantes riesgos soberanos por efectos distributivos. El control de la pandemia en los países emergentes es dispar. Afortunada paradoja que Argentina haya salido del “default” en un momento como el actual, pero existen expectativas mucho menos favorables para otros países, como Brasil. En general, para cualquier país que haya gestionado mal la pandemia o se sitúe demasiado atrás en la carrera para acceder a una vacuna. Aunque medidas como el crédito oficial internacional puedan actuar como potentes paliativos en el futuro para asistir a los rezagados, no existe ningún seguro o sistema de ayuda que cubra una pandemia desigual a largo plazo. Muchos países afrontan ya, de hecho, problemas de movilidad de personas, de bienes y de capital. La extensión del brazo monetario tiene límites económicos, conceptuales y hasta intergeneracionales. La anestesia del riesgo soberano no es eterna.

 

 

La tecnología puede salvarnos

Publicado en El País el 11 de agosto de 2020

La tecnología puede salvarnos del coronavirus y también relanzar la economía. Se puede gastar todo el dinero público que se quiera y nada será más efectivo que una vacuna, un tratamiento o la ubicua disponibilidad de pruebas de diagnóstico. Sin embargo, España y la UE andan bastante descolocadas en el plano tecnológico. Esto tiene una triple implicación. La primera, que dependemos de terceros (en buena medida) para encontrar una respuesta al virus de suficiente magnitud. La segunda, que no pintamos nada en el debate global sobre tecnología, lo que también deja nuestro futuro productivo en manos de terceros y nos obligará a escoger bando (Estados Unidos o China) y pagar las consecuencias. Tercero, no hay un único modelo ni un programa común para una reforma tecnológica europea y eso compromete el crecimiento a largo plazo.

Sobre el desarrollo de una vacuna o tratamiento hay poco que decir. Desde la UE se participa en proyectos, pero con menor liderazgo del deseable. Muchos líderes políticos europeos rezan para que lleguen buenas noticias. En realidad, todos los países oran, pero unos están más cerca del altar que otros para repartir bendiciones.

En cuanto a la disputa tecnológica mundial, ahora está en plena efervescencia por las amenazas de EE UU hacia TikTok y WeChat, que se unen a episodios como el de Huawei. El panorama postcoronavirus va a ser bastante agrio internacionalmente. Por vez primera en mucho tiempo, una guerra fría tecno-comercial en la que Europa no está ni para arbitrar.

¿Pueden España y la UE hacer algo en este contexto? Los fondos aprobados para la reconstrucción son importantes, pero tal vez falle su propia concepción. No se han definido como un esfuerzo conjunto transformativo de la economía europea, con un proyecto tecnológico común. Se pretende que cada país desarrolle su propio gasto, entre otras cosas, en tecnología, lo que parece irónico porque será difícil alcanzar la escalabilidad necesaria para competir globalmente. Parece, más bien, que cada cual juega a rescatar sectores con diferentes grados de obsolescencia y hacerlos artificialmente competitivos tirando del erario. Estrategia de poco recorrido.

Los próximos ciclos de crecimiento serán de nuevas tecnologías o no serán. Ningún país puede obviarlo. En España, por ejemplo, solo se habla de repartir y cuánto le va a caer a cada administración. De qué superestructuras burocráticas crear para lanzar nuevos planes rimbombantes. Falta la chicha de una clara estrategia de innovación, energía y digitalización. Se puede caer en la tentación de descentralizar territorialmente el gasto sin una estrategia común y apostar por inversiones tradicionales y no en capital humano y ciencia. Sería un error histórico. Los fondos aprobados en Bruselas tendrán que tapar agujeros, pero si todo termina ahí, sólo estaremos cavando nuevos.

Ola de calor para los bancos

Publicado en El País el 4 de agosto de 2020

En las civilizaciones antiguas, la alineación de la estrella Sirio con el sol era la señal de los días más calurosos del año. Para algunas, anunciaba también cambios de época, nuevos paradigmas. Estos días, la canícula ha llegado a los bancos. Al contrario que en la crisis financiera, esta vez son termómetro más que fiebre. Han realizado movimientos anticipativos absorbiendo pérdidas. Aun conscientes de que la incertidumbre persiste, los bancos estiman que el otoño-invierno será duro. Los resultados de los bancos españoles, en línea con los de otras instituciones en todo el mundo, han ido significativamente a la baja.

Hay una lectura más allá del sector bancario: quien no ha acumulado recursos va a tener complicado aguantar los golpes. Las entidades financieras españolas han dotado ya 12.000 millones para deterioros, al tiempo que han conseguido que su solvencia siga reforzándose. Aunque en la casa haga mucho calor, los pilares están más firmes que hace una década. Ha habido más señales de prudencia, como dar de baja créditos fiscales que no podrán llegar a aplicarse o reducir el fondo de comercio de algunos negocios internacionales. Al contrario que en la anterior crisis, gran parte del impacto está ahora viviendo de fuera (como Reino Unido o parte de Latinoamérica). No bastará sólo con que las cosas mejoren (si lo hacen) por estos lares. Desde Londres a Hong Kong, los bancos han duplicado o triplicado provisiones.

Las entidades financieras están siendo partícipes en muchos países de programas de financiación oficial para intentar sostener el tejido empresarial y reactivarlo. Se pretende evitar una caída de la actividad aún mayor que la que los confinamientos y la retracción del consumo e inversión han causado, sino también frenar los impagos entre empresas que, al fin y a la postre, acaban llegando también a la morosidad bancaria. En este sentido, por ejemplo, el golpe de la covid-19 a los resultados de los bancos puede acabar siendo mayor en Estados Unidos que en Europa porque hay mucho temor en torno al mercado de deuda corporativa norteamericano, que mueve más de 20 billones de dólares y que en marzo hizo sudar la gota gorda a la Reserva Federal para reducir el miedo a posibles colapsos.

También se están observando diferencias en resultados bancarios derivadas del impacto de la volatilidad en la banca de inversión. La rentabilidad de algunos bonos está en mínimos históricos y ha permitido -con la intervención de bancos centrales- que algunas entidades financieras internacionales maquillen algo sus pérdidas aprovechando movimientos en renta fija y mejorando su posicionamiento en unas bolsas aparentemente desconectadas de la economía real. Asimismo, anda revuelto el mercado cambiario -algo que también reflejan los resultados bancarios- con las tensiones entre China y Estados Unidos en todo lo alto y muchos emergentes sufriendo el impacto de la covid-19 de forma creciente.

Como en otros muchos sectores, lo que el sector bancario va a precisar es la certidumbre de un control sanitario que aún no se observa. Por ahora, los movimientos estratégicos de la banca parecen de precaución y aviso.

 

 

 

Demanda y balas de plata

Publicado en El País el 28 de julio de 2020

Llegó la covid-19 y el confinamiento obligó a cerrar la mayor parte de la oferta. Persianas abajo y a esperar. La demanda se hundió en paralelo. Con la vuelta de la actividad hemos comprendido, sin embargo, que es el virus -y no nosotros- el que marca el paso de la economía. Todos los propietarios de negocios saben que es importante permanecer abiertos ya que otro cierre sería catastrófico. Son conscientes también, no obstante, que si los rebrotes y el miedo se extiende, la demanda permanecerá muy retraída y sus ventas no les llegarán para cubrir gastos. A muchos ya les sucede. La esperanza común es que llegue la bala de plata que acabe con el virus. Hay motivos para la esperanza. También peligros que evitar y gestionar.

La situación actual la marca un número reproductivo básico (número de terceros infectados que puede generar una personada afectada por el virus) que ya viene buena parte del mes de julio superando la unidad. Traducción: el virus se extiende a ritmos similares a los de finales de marzo y abril. Aparentemente con menor fuerza y menos incidencia hospitalaria. De momento. La bala de plata soñada es la vacuna. Llegan noticias alentadoras. En todo caso, la comunidad científica prefiere tentarse la ropa antes de asegurar que pueda acabarse con el coronavirus en un solo golpe. Es más realista pensar en vacunas de incidencia temporal variable y en tratamientos efectivos que permitan una convivencia social e interacción económica más normalizadas. Incluso si llega la vacuna o tratamientos más avanzados habrá una polémica importante sobre dónde, cuándo o cómo implementarlos prioritariamente. Esto puede dar a paso a situaciones sociológicamente lamentables y a desigualdades sociales de consideración.

Hoy por hoy es crucial seguir actuando de manera local. En España, hay muchas balas de plomo propias de cierta efectividad pero no infinitas (ERTEs, créditos con garantía pública, moratorias de préstamos y otras) y otra importante munición que llegará -ojalá unida a reformas consensuadas y potentes- desde la UE.  Hablar de reconstrucción futura no nos da licencia para dejar que la destrucción se abra paso estos meses. En este punto, cómo se cuentan las cosas es trascendental para actuar. Si cada cual tiene (o cree tener) una información distinta, actuará de forma distinta. Esto pasa hoy en día entre comunidades autónomas y dentro de las mismas. Diferente capacidad de detección, diferente procesamiento de la información, diferente celeridad en la actuación. Umberto Eco, que sabía un poco del valor de la palabra, lo resumía tajantemente: “Toda información es importante si está conectada a otra.” En España, hoy parece estar más desconectada que hace dos meses.

Para la economía, la elección del modelo de gestión de la pandemia sigue siendo tan simple como dura. Sigue habiendo dos modelos, el de controlar y el de confinar. Se quiere encontrar un balance entre economía y salud mientras llega un certero disparo del plateado proyectil. Confiar en la buena voluntad y responsabilidad individual no funciona. Ejercer diferentes grados de control en territorios que se interconectan, tampoco. Demasiados problemas antes del otoño.

Números grandes, letra pequeña

Publicado en Cinco Días el 22 de julio de 2020

Me recordaba ayer un amigo una cita del Macbeth de Shakespeare que inspira lo sucedido durante la cumbre europea: “Aquí las sonrisas son puñales, y derraman sangre los que por la sangre están unidos”. Los grandes números del acuerdo presupuestario son incontestables y suponen un cambio importante respecto al pasado en términos de solidaridad entre estados de la UE. La letra pequeña, sin embargo, invita a pensar que ese cambio ha estado motivado por la covid-19 pero que no necesariamente implica una transformación permanente en las actitudes y cohesión europea. Se han dicho muchas cosas. Palabras que no se llevará el viento porque ilustran posturas muy enconadas.

No se puede negar lo histórico de las cifras. 750.000 millones de euros para los países más afectados por la pandemia, 390.000 de los cuales se instrumentan como transferencias directas. Los países del sur, con cierto apoyo latente de Francia y Alemania, querían un importe algo mayor a fondo perdido, pero se trata de unos fondos, finalmente, considerables. Opino que hay matices de orden temporal que son muy relevantes. En primer lugar, se trata de un fondo presupuestario para tres años. Esto implica que se luchará más con los efectos de la pandemia a medio y largo plazo que con carácter inmediato. Se piensa en la reconstrucción (palabra que inspiró el acuerdo) más que en la contención. En segundo lugar, el fondo se integra como parte de un presupuesto comunitario que ha menguado, tanto porque Reino Unido ya no participa como porque algunas partidas van a la baja. Entre ellas, las de la Política Agraria Común (PAC) y las de fondos de cohesión. Tal vez echaremos de menos algunas de ellas, sobre todo las referidas a agricultura, algo que una Europa que quiere ser más verde y sostenible no puede dejar de lado sino, tal vez, reforzar.

En tercer lugar, hay condicionalidad. Tiene su lógica. Que hay que hacer transformaciones estructurales es una obligación. Esta vez no habrá troika ni memorandos que pongan negro sobre blanco. Ni siquiera hay un poder de veto claro de país alguno. Pero algunos como Holanda van a dar mucha batalla para una responsabilidad fiscal más completa. Además, tras su papel en este acuerdo histórico como prestatarios netos, va a ser difícil convencerlos para que modifiquen su tratamiento fiscal a empresas de naturaleza muy anticompetitiva. En cuarto lugar, habrá que ver qué papel juegan Alemania y Francia a la hora de liberar los fondos y de hacer efectiva esa condicionalidad. En la cumbre han sido un importante pegamento. No obstante, la despedida de Merkel está cercana. Durante un tiempo se le acusó de imponer una austeridad que tuvo mucho más de responsabilidad que otra cosa. Ahora, cada vez son más los que saben cuánto la vamos a echar de menos.

En términos prácticos, hay que tener en cuenta que la UE va a financiar las ayudas directas financiándose muy a largo plazo en los mercados, con un calendario de pagos que se prolongará desde 2026 hasta 2058. Más deuda, aunque estirada para no comprometer demasiado futuros presupuestos. Pero con un calendario que ilustra que, si vuelven a venir mal dadas, va a ser difícil volver a articular en mucho tiempo un esquema de solidaridad del calibre del aprobado ahora.

Quedan detalles por pulir sobre las cantidades finales, pero España recibirá unos 140.000 millones, de los que 72.700 serán en transferencias. Esto no implica una elección libre del destino de los fondos. Cuestiones como la digitalización o la transición medioambiental hacia un modelo más verde serán importantes. Habrá que andar avispados porque muchos de los que ahora han jugado el papel de solidarios más al norte, llevan algún terreno ganado al sur. Han aprovechado la ventana de gasto que ha abierto la Comisión Europea para combatir la covid-19 para dar cuantiosas ayudas directas a gran parte de su tejido empresarial, lo que repercutirá artificial pero considerablemente en su competitividad dentro de la UE.

Quedan grandes preguntas sobre cómo debe actuar España. Considero que hay varias cuestiones esenciales para que los fondos tengan efectos significativos en los próximos años. En primer lugar, no tienen aplicación inmediata por lo que sería un error jugar a una estrategia de “esperar al maná”. Hay cuestiones muy urgentes que la UE no va a suplir y en las que cada estado miembro está combatiendo como puede. España necesita prorrogar algunos de sus programas de financiación y de asistencia a autónomos, empresas y hogares. Pero, por encima de ello, debe retomar una acción coordinada a escala estatal contra una pandemia que vuelve a arreciar. Demasiadas asimetrías en medidas preventivas, en detección y en información entre comunidades autónomas. Diferencias de afectación de la pandemia poco creíbles y una cierta pérdida de rumbo. Todo lo que no se haga ahora, reducirá el papel de cualquier ayuda después.

Por otro lado, cuando lleguen los fondos -y, aunque su destino esté en parte, condicionado y orientado- deben enmarcarse en una estrategia de reforma integral que ahora no existe. De hecho, que no existe hace mucho tiempo más allá de las buenas intenciones de varios gobiernos en materias como energía, digitalización o mercado de trabajo. Si no hay planes, el dinero se perderá en subvenciones y gastos poco coordinados. La Europa más agria (y, en parte, más responsable aparentemente) estará vigilando y habrá que llegar con los deberes muy bien hechos.

 

 

 

Lazos rotos

Publicado en El País el 21 de julio de 2020

Nunca una cumbre europea había generado tanta expectación en lo cuantitativo y, sin embargo, deja un amargo gusto en lo cualitativo. Una UE que menosprecia a sus clásicos parece no tener en cuenta la máxima de Horacio: la palabra dicha no vuelve atrás. En Bruselas se ha dicho mucho y muy feo. Con un nivel de descalificación entre países que deja dos cuestiones claras. La primera, no hay una idea común sobre el proyecto comunitario, ni siquiera parece que existan percepciones compatibles. La segunda, hay una fragmentación manifiesta en materia fiscal, tanto en lo que se refiere a qué es frugalidad como en cuestiones impositivas.

Con la emergencia del Covid-19 -que lejos de desaparecer sigue arreciando- parecía que existía un espacio para una nueva percepción de solidaridad. Se ha roto el buen rollo. No se debió llegar a lo sucedido estos últimos días. De un posible plan conjunto -incluso con una suerte de eurobonos- se ha pasado a los cuchillos y a que cada cual saque lo peor de sí. Que exista algo de desconfianza es comprensible. Es un argumento válido para negociar. El problema es que hasta ahora se había mantenido en un plano muy corto: austeros frente a gastosos. Y ese corto alcance ha hecho que países como Holanda fagociten la cumbre y tengan excesivo protagonismo y cerrazón. Sobre todo, porque si se abre la perspectiva, su fiscalidad también es ampliamente criticable. Junto con otros como Irlanda o Luxemburgo, se trata de estados miembros con un tratamiento impositivo demasiado generoso a las empresas allí residentes y poco compatible con un mercado único competitivo. Muchos lo entienden como deslealtad fiscal, aunque estos países lo definen como libre mercado. La reciente sentencia del Tribunal General de la UE liberando a Apple del pago de 13.000 millones en impuestos en Irlanda terminó por destapar las vergüenzas. Tal vez haya sido también motivo de que estos países defiendan su terreno como gato panza arriba.

El irrespirable clima de la cumbre dejaba claro que, con acuerdo o sin él, se habían causado heridas que van a supurar durante mucho tiempo. En un contexto de pandemia y dificultades para el movimiento transfronterizo en la UE, la desconfianza generada lo empeora todo. Hubo posiciones demasiado enfrentadas desde el inicio de la cumbre. Todos saben que mantener niveles y estructuras fiscales tan distintas es insostenible, pero nadie estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

El orden causa-efecto también se ha adulterado. No se tenía que haber dado pie a que se exigiera tan bruscamente que países como España emprendieran reformas para poder contar con los fondos de recuperación. De acuerdo que es obligación española y de otros países haber planteado reformas hace tiempo. Desde la última crisis -y también obligados- no se han realizado transformaciones de calado para aumentar la competitividad y suficiencia fiscal. Sin embargo, también es necesario que el eje franco-alemán -cuya firmeza es voluble- se plantee cerrar un compromiso fiscal de sostenibilidad para unos y de reglas competitivas fiscales para otros. Y, sobre todo, mucho más respeto entre todos.