Desglobalización

Publicado en El País el 11 de febrero de 2020

La economía global parece vivir un proceso de inversión del orden imperante desde la segunda mitad del siglo XX. El mundo se desglobaliza porque la interacción, comunicación e interdependencia se han exacerbado hasta causar un importante rechazo.

La tecnología impone una velocidad en los procesos de oferta y demanda que parece incomodar a muchos ciudadanos. Una epidemia como la del coronavirusmantiene encerrados a millones de personas y aterradas a otras tantas, poniendo en jaque eventos globales como el Mobile World Congress de Barcelona y generando una contestación social dentro de la propia China hasta ahora inusitada. Los nacionalismos vuelven a arreciar y populismos como el Brexit desgajan estructuras económicas que parecían sólidas. Son cada vez más los ciudadanos y empresas que piensan mucho más en la sostenibilidad que en el crecimiento sin más y que se sienten cada vez más incómodos con el daño al planeta que supone la todavía abrumadora presencia de la economía basada en el carbón y las emisiones de gases de efecto invernadero.

Desde la perspectiva macroeconómica proliferan sistemas de valoración que ponderan cada vez más a las empresas que realizan planes de sostenibilidad y en las que impera la racionalidad en el tamaño frente al crecimiento por el crecimiento. El término desglobalización no solo es una convención ya aceptada lingüísticamente para definir nuevos principios filosóficos, sino que toma forma de manera muy concreta en la actualidad como un freno natural. Problemas que venían manifestándose de manera aguda entre un mundo avanzado y otro rezagado se trasladan ahora a las principales economías en forma de descontento social y desafección.

Tecnología y democracia parecen dos de los caballos de batalla de este desmontaje global en torno a un término cada vez más frecuente: el desacoplamiento. Por un lado, la rivalidad entre China y Estados Unidos se comienza a considerar como el fenómeno geopolítico de la primera mitad del siglo XXI, el Great Decoupling o gran desacoplamiento. La ruptura cada vez más clara entre dos modelos que tiene como principal exponente la batalla por quién impone su modelo tecnológico. La guerra es muy profunda y la contienda comercial de los dos últimos años ha sido solo un pequeño preliminar. También se debate si es posible un desacoplamiento económico-medioambiental. En particular, si es posible apostar por modelos de desarrollo que impulsen el crecimiento sin dañar al medioambiente. Y existe, además, otro posible desencaje: la desigualdad que puede generar la tecnología, tanto porque su utilidad se acabe dirigiendo de forma casi exclusiva en determinados estratos sociales como porque su principal poder (el de la información) se concentre en pocas manos que puedan acabar teniendo una palabra casi única sobre qué es la verdad.

Por otro lado, la democracia también trata de redefinirse. No de forma menos paradójica, con multimillonarios como George Soros sugiriendo los beneficios para la transformación social global de las protestas en lugares donde antes era casi imposible. Parece que la organización económica es sólo digerible socialmente si el crecimiento no implica una aceleración destructiva. Puede ser ese término tan cool reacuñado estos días de “economía circular”. O algo mucho más profundo socialmente.

Efectos económicos de una pandemia

Publicado en El País el 28 de enero de 2020

Un cisne negro se pasea por Asia y su impacto global debe aún determinarse. El coronavirus de Wuhan es un ejemplo de manual de acontecimiento inesperado que afecta a la salud y la economía. El consumo de proteínas en los países emergentes se ha disparado a medida que su economía y nivel de vida han crecido. La interacción entre virus animales y enfermedades humanas también. Un riesgo conocido, pero desgraciadamente cada vez más frecuente. Puede que se frene, pero también hay un riesgo de que se convierta en una pandemia mundial. La experiencia anterior más similar fue la del virus Sars en 2002-2003. Desde entonces han mejorado los mecanismos de prevención y la reacción ante alertas sanitarias en todo Asia. En países como Corea del Sur, he podido apreciar personalmente hace unos días que, a pesar de que la incidencia es casi nula, los mensajes públicos en redes y medidas sanitarias son considerables.

Lo que ahora se maneja es una importante incertidumbre que ya tiene un impacto económico negativo significativo. Hasta la fecha, las consecuencias de este tipo de eventos no se han extendido más allá de unos meses. No es un gran alivio, en todo caso, porque si el coronavirus se convierte en una pandemia, los efectos pueden ser graves en un momento de cierto decaimiento. La resistencia de una economía global débil en 2020 pasa por la evolución de la economía china y el coronavirus no ayuda. Los primeros reflejos ya se aprecian. Han llegado por el precio del crudo. La caída de la demanda -entre otras cuestiones por menor actividad industrial y tráfico terrestre y aéreo en China- redujo el precio del barril Brent en un 6% sólo en la semana pasada.

Los índices de valor y volatilidad bursátiles aún no han reaccionado a estos temores de forma apreciable. Pero en los foros de análisis de mercado el riesgo de contagio está en todas las bocas. Si éste y otros peligros geopolíticos -como las tensiones con Irán- no se reflejan más en los mercados es porque estos están más pendientes de los bancos centrales. La laxitud de la política monetaria parece haber mermado la capacidad de emitir señales de alerta.

Si se llega a una pandemia, la experiencia dicta que podrían verse afectados los valores de las empresas emergentes, con caídas de hasta el 20%. El SARS se llevó la vida de 800 personas y tuvo un coste estimado de 50.000 millones de dólares. Ya hay más de 40 millones de ciudadanos chinos aislados pero algunos analistas temen que este círculo de protección haya llegado tarde. Se ha reavivado del debate en la comunidad médica sobre si el uso masivo de antibióticos en granjas animales está teniendo un efecto negativo en los niveles de inmunidad de los humanos. A favor de evitar la extensión pandémica juega la mejora en los mecanismos de prevención. En contra, que este virus tarda cinco días en manifestar sus síntomas y que sobre su origen hay hipótesis, pero no aún una confirmación oficial.

Arranca Davos

Publicado en El País el 21 de enero de 2021

La reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos parece un imán social con un polo que causa atracción por las ideas y otro que emana desafección al boato. En este mundo de la velocidad que no invita a la adecuada reflexión, en Davos se va a insistir en varios conceptos de la partitura política internacional y que se resumen en el leitmotiv “capitalismo inclusivo“. Se trata de cómo hacer que el modelo económico imperante extienda sus beneficios a diferentes capas sociales y sea respetuoso con el medioambiente. En la ciudad suiza se tratan de explicar vías por las que la tecnología y una nueva gobernanza política y empresarial podrían lograrlo. Hay algunos como Boris Johnson que aseguran que discutir estos temas entre copas de champán no parece lo más adecuado.

Tal vez lo importante de la cita es que genera debate más allá de ella. Se extiende la cobertura de dos conceptos que no son nuevos pero que ahora se quieren convertir en la referencia intelectual. Uno es el de economía circular, que es aquella que resulta autosostenible, sin generar más deuda ni dañar el entorno. El otro es el de stakeholder capitalism, que podría traducirse como un capitalismo para todos (o al menos para más participantes), en lugar de uno exclusivo de los accionistas (shareholder capitalism). Que la mayor parte de los ciudadanos vea con buenos ojos estas transformaciones lleva a que muchas empresas quieran hacerlos suyos. Ya sea por imagen o porque se asume que no hay futuro sin esos cambios.

Varios riesgos financieros pueden complicar los avances de esa economía inclusiva en 2020 y más allá. El primero es que gran parte de la financiación mundial se está canalizando por vías no bancarias, con menor control regulatorio y potencial desestabilizador. Asimismo, gran parte del supuesto aumento del valor bursátil se debe, por un lado, a la probablemente excesiva valoración del capital inmaterial de empresas tecnológicas. Y, también desde Estados Unidos, a los más de 5 billones de dólares de beneficios que las compañías han gastado en comprar sus propias acciones para elevar su valor de mercado en lugar de reinvertir o generar nuevos empleos.

Otro hecho que supone un desafío es la ausencia de estándares exigentes de protección del medio ambiente. En Davos, las grandes empresas de auditoría mundiales van a tratar de consensuar principios comunes para una “auditoría verde” de modo que se pueda identificar a las empresas que contribuyen al cambio y a las que no. Será difícil, en cualquier caso, que el cambio llegue si no viene de las propias empresas. Es necesario un activismo empresarial verde.

Finalmente, un tercer hecho que va contra las buenas intenciones es el estado de la revolución tecnológica. Su orientación para una mejora de las condiciones medioambientales y sociales (incluida la salud) es necesaria pero también está en cuestión cuando ni siquiera está clara cuál debe ser la fiscalidad de las grandes empresas como Google, Amazon o Facebook.

Resolver estas contradicciones es el gran reto. Davos puede arrojar luz o esconder la verdad entre las sombras.

¿Y ahora qué?

Publicado en El País el 14 de enero de 2020

El inédito Gobierno de coalición que acaba de formarse en España ha despertado sensibilidades de todo tipo que solo parecen coincidir en preguntarse: “¿Y ahora qué?”. La ciencia política y económica ha mostrado que la estabilidad y eficiencia de los ejecutivos con miembros coaligados depende de la capacidad de cohesión del liderazgo, pero casi siempre cuentan con una ventaja: el control que ejercen unos a otros impiden orientaciones hacia los extremos y obligan a encontrar soluciones más centradas. En España esto no va a ser, en principio, sencillo porque el Consejo de Ministros tendrá muchas sillas y porque el Parlamento va a ser aparentemente hostil. Aun así, los mecanismos de control y mayorías parlamentarias serán esenciales y, por encima de ellos, un anillo adicional de vigilancia desde Bruselas, por los compromisos adquiridos como miembros de la UE.

El autocontrol parece posible porque existe un equipo económico fuerte en algunas carteras, perfectamente alienado con Bruselas. Así, por ejemplo, en materia de pensiones —donde se cuenta con un especialista— convendría que todos los partidos (y no solo los que ahora forman el Ejecutivo) abandonaran el discurso de la actualización de pensiones sin más y retomaran el debate de la sostenibilidad. Siempre son un cierto alivio las declaraciones de los responsables de carteras económicas que están acompañadas de añadidos como “respetando siempre las reglas comunitarias”. Así, en el Consejo de Ministros, algunos probablemente tendrán que olvidar pretensiones expresadas en el pasado precisamente por ser contrarias a esas restricciones impuestas por la UE. Pero en ese Consejo va a ser esencial que se marquen líneas generales de actuación que eviten la sensación de que puedan intentar proliferar 22 proyectos individuales en lugar de una estrategia común. La vía de descentralización de carteras por la que se ha optado debería servir para que algunas de ellas sirvan de control de otras en materia de gasto y responsabilidad (política territorial, medioambiente…).

Finalmente, no puede olvidarse que vivimos una épica en la que los mensajes valen tanto como las acciones, al menos a corto plazo y, por lo tanto, la política de comunicación debe ser firme para evitar disonancias que los mercados, inversores o socios internacionales puedan recibir mal.

Reflexión anual de los economistas

Publicado el 7 de enero de 2020 en El País

La reunión más importante para los economistas académicos agrupa a numerosas asociaciones en torno a la American Economic Association. Se celebra en la semana de Año Nuevo y ha tenido lugar en San Diego (EE UU). La distancia desde California no me ha impedido sentir el enconado debate en España en torno a la investidura y sus posibles implicaciones. En todo caso, muchos de los grandes temas de la economía no se debaten con la frecuencia deseable en nuestro país.

Una preocupación transversal en la profesión económica son los problemas de índole social del capitalismo del siglo XXI. Diferentes planeamientos ideológicos parecen converger a que el sistema debería reducir la desigualdado, de lo contrario, la inestabilidad del sistema aumentará. La inequidad derivada de una excesiva polarización de los ingresos puede agravarse si se produce también una brecha entre avanzados y rezagados tecnológicamente. Esto no requiere solamente, como remedio, políticas redistributivas, sino también anticipativas que presten la atención a la innovación en la educación y el gasto en inversión. No invertir en investigación y tecnología hoy es abonarse a una segunda o tercera división económica en el futuro.

Una señal de que la desigualdad se toma en serio es que surgen alternativas al PIB que más que actividad, resumen el bienestar social. En ello trabajan varias agencias estadísticas, como el Bureau of Economic Analysis estadounidense, pero estamos aún lejos de una aplicación generalizada de las mismas que orienten y evalúen las políticas. En la dimensión social, resulta lamentable también el contraste entre los efectos considerablemente positivos de la inmigración en el crecimiento económico a largo plazo y su tratamiento político. Tampoco hay pedagogía para que no se manipule la percepción de este asunto.

Los efectos de la prolongación de regímenes de tipos de interés reducidos han sido otro tema relevante en San Diego. Sin consenso. Algunos consideran que, si se tolerara algo más el déficit fiscal y el gasto, el crecimiento y la inflación se reequilibrarían y los tipos podrían volver a subir. En todo caso, crecen las voces que señalan efectos colaterales dañinos de los tipos reducidos. A los ya muy comentados relacionados con disfunciones en mercados financieros se unen ahora los que reflejan la preocupación por las distorsiones sobre el ahorro y la estabilidad financiera en países que no están en grandes áreas monetarias integradas. Más madera al fuego de la desigualdad.

Es imposible resumir todos los debates y trabajos, pero no faltaron los relativos al cambio climático. Interesante comprobar cómo los impuestos carbón tienen efectos positivos de largo plazo que reducen, más de lo esperado, los costes fiscales de los países, al reducirse el impacto en los presupuestos de los problemas climáticos.

En España, frecuentemente se habla de desigualdad, bienestar, gasto público, tipos de interés o cambio climático, pero desafortunadamente en una dimensión muy politizada y cortoplacista. Para trascender e incorporar políticas de reforma es necesaria estabilidad interna y participación externa. Veremos si se logra en esta legislatura.

El testigo de la macroeconomía

Publicado en El País el 31 de diciembre de 2019

En las carreras de relevos no importa solo la velocidad, también las condiciones en que se pasa el testigo. Con la macroeconomía sucede lo mismo. Como los relevistas, son cuatro los trimestres para los que se ofrecen datos de crecimiento. Ayer supimos que el tercero de 2019 mostró síntomas de fatiga que van a condicionar, probablemente, la carrera de los tres meses finales del año. En apariencia, la velocidad es la esperada —el PIB creció un 0,4% entre junio y septiembre—, pero el testigo se entrega algo más bajo porque el crecimiento interanual ya no es el 2% previsto, sino que cae al 1,9%.

El desfonde es generalizado, pero particularmente acusado para la demanda externa (que contribuye solo con una décima al avance, frente al 1,8% de la demanda interna). Tampoco hubo especial animación en el gasto privado y, sin embargo, sí que la hubo en el público, a pesar de que las restricciones presupuestarias eran importantes y lo serán más el próximo ejercicio.

El equipo llegará, en todo caso, a la meta, y estará por ver si finalmente el año se cierra por debajo de ese 2% que se antoja barrera psicológica. Lo que sí parece es que los velocistas de 2020 serán algo más lentos y el próximo año el PIB será alrededor de medio punto porcentual menor (1,5%). Se convergerá con la mayor parte de combinados europeos en una actividad económica algo más anémica y será mucho más complicado generar empleo, aunque se espera que se siga creando. ç

Todo esto sucede con unos niveles de precios reducidos. El IPC se elevó ayer al 0,8% (tras el 0,4% de noviembre) pero la subida se asocia al alza de los carburantes porque los componentes subyacentes del consumo siguen adormilados. La inflación sigue perdida y una de las grandes incógnitas de 2020 es si se volverá a encontrar. A ello sigue abonada la política monetaria de muchos bancos centrales.

Respecto a las condiciones externas, ya no se temen zancadillas extraordinarias del exterior por el camino porque se ha disipado, en gran medida, el temor a una recesión global. No obstante, en 2020 seguirá habiendo riesgos a la baja. Estados Unidos celebrará elecciones en noviembre, pero todo el año parece abonado a un embrollo político considerable que, como viene siendo habitual en estos años, tendrá consecuencias en el exterior. En el terreno financiero, se aprecia cierto estrés en los mercados de deuda, una olla en cuya válvula de presión hay muchas manos tocando. Y, sobre todo, el próximo año será de mucho movimiento estratégico.

Entre otras cuestiones, va a haber mucho movimiento en negociación comercial en el año que entra. Se decidirá el nuevo acuerdo entre UE y el Reino Unido y habrá numerosas derivaciones y externalidades de lo que finalmente concreten (o deshagan) Estados Unidos y China. Será un año, por lo tanto, para actuar políticamente con atención y agilidad en el que una economía como la española no puede permitirse quedar en fuera de juego, abotargada por problemas internos que comienzan a eternizarse.

Navidad sin Reino Unido

Publicado en El País el 24 de diciembre de 2019

Qué tiempos estos en los que se acaba celebrando la salida de Reino Unido de la Unión Europea, tal vez cansados tras casi cuatro años de intentos fracasados. No será hasta final de enero, pero está ahí la sensación de estar celebrando estas fiestas con un invitado menos. Una Europa sin uno de los buques insignia de las últimas cinco décadas. Nunca fue una relación sencilla. Harold Wilson, un laborista tecnócrata, quiso refrendar ya en 1975 la pertenencia a la UE “con la cabeza alta y sin arrastrarse por el suelo”. Cinco años después, Thatcher gritaba en una cumbre europea en Dublín: “¡Quiero que me devuelvan el dinero!” Una relación incómoda, pero mucho más provechosa de lo que políticamente se ha querido reconocer.

La abrumadora victoria de Boris Johnson en las últimas elecciones asegura el divorcio, pero queda por definir cómo será la relación posterior. Tres años y medio para la separación, y ahora se quiere negociar el marco de una nueva convivencia en 12 meses. Se lo ha autoimpuesto Johnson, prohibiéndose a sí mismo, por ley, cualquier prórroga al período de transición más allá de 2020. Habrá consecuencias institucionales, humanas, económico-productivas y financieras. En qué medida sean perjudiciales dependerá de la altura de miras de las partes y de si la regulación sigue estando coordinada a ambos lados del canal de la Mancha. Será difícil negociar si los marcos normativos se alejan. Y con eso ha amenazado el pasado fin de semana Johnson, al señalar que no quiere “alinearse con Bruselas”.

Se cree desde Londres que Reino Unido será objeto de deseo comercial y estratégico de grandes socios mundiales. Sin embargo, países como Japón o Canadá han recordado su prioridad por el mercado de la UE, de 500 millones de consumidores. Todo lo que suponga alterar las relaciones con Bruselas, dificultará la capacidad británica de encontrar nuevos socios. Desde Washington, un día se jalea a Johnson y al siguiente se establecen nuevos vetos o aranceles sobre productos británicos. Reino Unido no llega a este nuevo entorno como un imperio. La UE se queda con un pilar menos, en un momento de escasa cohesión institucional y cierta anemia económica.

Preocupa mucho que sucederá con el movimiento de personas, un marco aún no cerrado en el que se prevén nuevos controles aduaneros y restricciones de acceso. Un problema grave para las islas británicas, que han cubierto gran parte de sus carencias de capital humano con talento de la Europa continental (y viceversa). Un desajuste laboral, turístico, intelectual y cultural aún no suficientemente calibrado. La cadena de producción europea, por otro lado, se va a partir en dos salvo sorpresa y las balanzas comerciales y la competitividad exterior de las partes quedarán en entredicho. Cada semana, también, recibimos noticias de que la City y el mundo financiero no están preparados para una ruptura abrupta y la extraordinaria pérdida de profundidad de mercado y liquidez que podría suponer esto para la UE. Que todo esto esté solventado para la próxima Nochebuena es poco probable. La alternativa es un desorden importante.

Del trote al paso

Publicado en El País el 17 de diciembre de 2019

Los aires del caballo de la economía española han pasado del trote al paso. Crecimos con vigor tras los ajustes de la crisis y la fase alcista ciclo económico. Y ahora, resistimos con incertidumbre ante la falta de reformas y la presencia de condiciones exteriores menos favorables. La cosa, de momento, no va a peor. Así lo sugirió ayer el Banco de España en la actualización de sus proyecciones macroeconómicas. No se trota, pero se avanza. Para 2019 se sigue esperando un crecimiento del 2% a cierre de año. De ahí en adelante, pérdida progresiva de fuelle: 1,7% en 2020, 1,6% en 2021 y 1,5% en 2022.

Hacer previsiones a más de un año vista es, hoy en día, una tarea complicada. No porque las herramientas de previsión no sean las adecuadas (tal vez sean las mejores en perspectiva histórica) sino porque el entorno es tan inusual (monetaria y geopolíticamente) como cambiante. Hay, en todo caso, una constante en la mayoría de las previsiones recientes realizadas respecto a España y otras economías occidentales (las del FMI son buen ejemplo): predecir un futuro próximo razonable y esperar un medio y largo plazo más sombrío. La razón fundamental es que el cambio a la baja en las condiciones cíclicas se ha retrasado. Y también se han demorado la subida en los tipos de interés o la delimitación de equilibrios globales como el energético o el comercial.

Con un crecimiento entre el 1,5% y el 2% para los próximos ¿qué incertidumbres surgen en España? La primera me parece de naturaleza cualitativa. Es el riesgo de que esta desaceleración se interprete de forma excesivamente negativa y dañe expectativas de gasto y de inversión. Esto se deja notar, recuerda el Banco de España, en un aumento del ahorro -algo que no es malo de por sí- pero, sobre todo, en una caída del consumo y en el “tono débil de la demanda de crédito”. También hay matices algo más positivos en las nuevas proyecciones, como que el empleo crezca este año un 2% en lugar del 1,8% previsto anteriormente. Esta es una buena noticia teniendo en cuenta que gran parte de lo que estará a prueba en este escenario de menor pujanza de la actividad es si se puede seguir reduciendo el paro con tasas de crecimiento inferiores a los dos puntos. Algo que, antes de la reforma laboral, parecía complicado.

El elemento más preocupante, si todo se mantiene como hasta ahora, es el comportamiento del déficit público. Se estima que en 2019 no variará respecto a 2018 (2,5%). Que mejore en los próximos años se fía más al mantenimiento de tasas de variación del PIB razonables que a la disciplina presupuestaria. Especialmente preocupante resulta un gasto en pensiones que no está fundamentado en la sostenibilidad de su propio sistema.

Todo esto sucede en una España con una bolsa ciclotímica, en la que la relativa “aclaración” del Brexit y la reducción de las tensiones comerciales tras el cuasi secular castigo de gran parte del parqué bursátil durante mucho tiempo.

El nuevo lobo feroz

Publicado en El País el 10 de diciembre de 2019

Hace unos años era habitual encontrar explicaciones sobre la crisis que usaban el cuento de Los tres cerditos. La idea era que la arquitectura del sistema financiero no era de ladrillo, ni siquiera de madera. Más bien, de paja. Hemos avanzado hacia un edificio institucional bancario más sólido, con nuevos principios de gestión financiera y, sobre todo, con una regulación abrumadora. Pero hay nuevos lobos que vienen soplando. La casa tiene un piso bancario sólido, pero se han edificado otros pisos que puede llevarse el aire o el fuego con mucha más facilidad. Se construyen con una financiación apenas supervisada por los reguladores, con potenciales efectos desestabilizadores.

Básicamente es construir un título de deuda basado en los créditos de empresas que ya tienen, de por sí, una deuda comparativamente elevada. Gráficamente es como si algunas empresas de alto riesgo no tuvieran fuerza para tomar impulso en el trampolín de una piscina y se les carga de una mochila para que ganen más peso en el salto. Pueden llegar lejos o pueden romper la palanca. Es “deuda al cuadrado” (deuda sobre deuda), una redundancia peligrosa sobre la que han advertido diferentes instituciones internacionales. Son casi uno de cada cinco contratos con garantía que se negocian en mercados de bonos.

Hay una lectura —lejos de ser consensuada o plenamente convincente— que sugieren que los CLO no entrañan el riesgo de los CDO. Sin embargo, los CLO ya suponen un volumen negociado de 1,4 billones de dólares (trillones anglosajones) y, sobre todo, revelan que, en un entorno de tipos de interés ultrarreducidos, el riesgo escapa del entorno bancario y se encierra en las sombras de productos menos supervisados o regulados. Es como tener un buen tratamiento para los virus y no tenerlo para las infecciones bacterianas.

Esa visión “tranquilizadora” sobre los CLO sostiene que tienen un mayor respaldo en caso de impago del que tuvieron los CDO. Sin embargo, en un mundo inundado con deuda corporativa, es posible que el contagio (la correlación y desboque que puede producirse cuando las pérdidas aparezcan) sea mayor en los CLO que en los CDO. No se ha demostrado que sea así, pero tampoco lo contrario.

S&P, por ejemplo, ha señalado que si el ciclo económico a la baja se prolonga, las bajadas de rating de CLO pueden reproducirse como la mala hierba. Lo que encaja con el mensaje del FMI en su último informe de estabilidad financiera de que el 40% de las empresas con elevado apalancamiento en el mundo podría entrar en impago en un entorno de tipos de interés más elevados, de esos que susurran: “Soplaré y soplaré y la casa derribaré”.

Melé digital y verde

Publicado en El País el 3 de diciembre de 2019

Las principales tendencias que orientan la economía global no son nuevas, pero resurgen con fuerza inusitada. Digitalización y protección del medioambiente son las dos grandes fuerzas de una melé entre la resistencia de la economía del siglo XX y las aspiraciones de la del siglo XXI. Se decide el orden de juego económico y social de las próximas décadas.

Las tensiones geopolíticas y comerciales esconden una lucha por la supremacía tecnológica que, necesariamente, alumbrará un futuro también más verde. En el centro de esas tendencias están, como en los últimos treinta años, las finanzas. Son gran parte de la contienda y evidencian un paradigma económico diferente para las nuevas generaciones. Esas cuya fidelidad a los proveedores es volátil y cuya actividad se inspira en principios colaborativos. Muchos jóvenes no quieren o no necesitan coche, coordinan sus movimientos y se comunican de forma más impersonal pero, al mismo tiempo, más directa. A pesar de las apariencias, creen en un cambio social más humanista y verde. Sus tendencias pueden elevar a una empresa a los altares y, en pocos días, abandonarla. Se mueven a una velocidad asombrosa y piden respeto por su información porque saben que es la moneda de cambio al uso.

Ahora surgen, por ejemplo, nuevos servicios financieros suministrados no ya por bancos sino por Big Tech o por telecos. Como el caso de Orange la semana pasada. En un país como España donde, aunque el 80% de los clientes se mantienen fieles a su entidad financiera, al menos un 40% de los que quieren cambiar considerarían a empresas como Google o Apple como proveedores en un futuro. Se valorará también en qué medida los competidores financieros y los de otras industrias se plantean unos servicios más sostenibles. Al fin y al cabo, las estimaciones apuntan a que la digitalización puede reducir las emisiones contaminantes globales entre un 15% y un 20%.

Las instituciones públicas también deben ponerse a la cabeza de estos cambios para evitar desórdenes en diferentes ámbitos. Así, por ejemplo, bancos centrales introducen ya, en su discurso (la propia Lagarde estos días) la necesidad de inversiones más verdes, incluidas las referidas al programa de compra de activos del BCE. Asimismo, deben tomar una posición más decidida respecto a cuestiones tan esenciales como el futuro de las criptomonedas. No ya por la volatilidad y problemas que siguen mostrando algunas (caso de bitcoin en las últimas semanas) sino porque iniciativas como Libra de Facebook pueden hoy, seguramente, fracasar pero muestran la posibilidad de que en un futuro próximo se desarrollen sistemas monetarios alternativos a los oficiales. Hasta ahora, un billete de 10 euros valía exactamente eso por una cuestión de confianza en el banco central (de ahí que se le llame dinero fiduciario). Para un joven, si mañana Google dice que algo vale 20 googles (por inventar una moneda) puede que ponga más fe ahí que en lo que diga cualquier institución pública.

Para lidiar con estos cambios, es precisa coordinación política y capacidad de liderazgo y anticipación. Justamente algo que ahora se echa en falta.