Cuentas reveladoras

Publicado en El País el 17 de abril de 2018

Vienen publicándose en los últimos días algunos datos reveladores del esfuerzo que está requiriendo dejar atrás la crisis y el protagonismo de la vertiente financiera de la economía. Cifras mareantes que revelan que el BCE sigue siendo la espina dorsal de una Europa huérfana en capacidad fiscal. Y que la verdadera austeridad en España es la que ha sufrido el sector privado. Las cuentas financieras de la economía española que ha publicado este lunes el Banco de España indican que las empresas y familias españolas han reducido su deuda en medio billón de euros desde 2010.

La economía crece a pesar de que el sector privado reduce su apalancamiento. La lección tantas veces contada y pocas veces asumida de que más que financiar mucho hay que hacerlo eficientemente. En esos siete años en que las economías domésticas y las corporaciones han asumido tal ajuste, el sector público aumentó su deuda en 787.653 millones de euros. Evidentemente, se cubrirán también tarde o temprano con los bolsillos privados.

Entre tanto, los últimos datos de financiación del Eurosistema indican que el BCE sigue manteniendo la maquinaria en funcionamiento de una forma tan abrumadora que resulta imposible divisar una retirada rápida de estímulos. La expansión cuantitativa fue, al principio, algo tímida. Después tuvo dos grandes impulsos que hoy siguen muy presentes. El primero fueron los programas extraordinarios de financiación a largo plazo. España llegó a tener casi un 40% de esos fondos pero poco a poco el sector bancario ha ganado autonomía financiera y hoy dispone de un 22,3% (169.678 millones de euros) del total que esos mecanismos proporcionan a la eurozona. El segundo envite fueron los programas de compra de deuda. Aún más potente. Estas adquisiciones alcanzan los 2,46 billones de euros en la eurozona y España acapara 314.959 millones, el 12,8%. Las entidades financieras de nuestro país se han colocado en una posición acorde a su tamaño relativo en los canales de financiación oficial y esto es positivo.

La progresiva normalización financiera también puede beneficiarse de las subidas de rating de la deuda española —que se traslada a empresas y bancos— que se han venido produciendo y, sobre todo, de la expectativa de las que aún pueden venir. Todas las agencias de calificación apuntan al riesgo político como fuente principal de preocupación pero, en la medida en que el mundo parece una jaula de grillos, ven casi normal que España tenga su propia grillera en Cataluña, aunque sea del tamaño del 20% del PIB.

En todo caso, las favorables perspectivas financieras consiguen movilizar el ahorro familiar y que, por primera vez en años, genere rendimientos considerables. Así, señala el Banco de España que las familias adquirieron activos financieros por valor de más de 30.000 millones en 2017 y que obtuvieron plusvalías de 20.000 millones, fundamentalmente por la mejora bursátil. Los españoles han invertido 317.964 millones en acciones y fondos desde 2010 frente a 48.149 en depósitos. El ahorro vuelve a moverse. La precaución permanece, en todo caso, porque el último hundimiento sigue cerca, muy presente.

Vivienda: foco de desigualdad

Publicado en El País el 10 de abril de 2018

​En el mercado de vivienda del siglo XXI, las condiciones de acceso están ilustrando varias dimensiones de desigualdad. El llamado “boom” inmobiliario que precedió a la crisis se suponía que vendría seguido de fuertes correcciones. Así fue pero, en paralelo, se observaron fenómenos que han generado nuevas distorsiones.
En el prologado entorno de tipos de interés reales negativos, los inversores internacionales han tenido dificultades para encontrar suficientes activos financieros atractivos y la vivienda se ha convertido en una clara alternativa. Más aún cuando, en casos como el español, muchos fondos han recogido los platos rotos del parque inmobiliario, a coste reducido, para devolverlos poco a poco a un mercado en el que los precios vuelven a mirar hacia arriba. Esto explica por qué el pinchazo de la burbuja tardó tan poco en parchearse en ciudades como Londres, Shanghái, o incluso Madrid o Barcelona. O por qué, ahora que suben los tipos en Estados Unidos, caen algo los precios de la vivienda en Manhattan. Fondos soberanos y florecientes Socimis vuelven su mirada a las urbes globales y las convierten cada vez más prohibitivas para el ciudadano que vive en ellas. En este contexto, es ilustrativa la composición del número de transacciones. Los últimos datos del INE, por ejemplo, muestran que en enero hubo 94.060 compraventas de vivienda pero sólo 29.778 hipotecas. ¿Cuántas compran instituciones de inversión? ¿Cuántas se pagan al contado?
​A esto hay que añadir las nuevas dinámicas de un mercado de alquiler con límites poco definidos entre el uso recreativo, turístico y residencial. En España, por ejemplo, a pesar de la llamativa y lamentable carencia de estadísticas oficiales de alquileres (que se une a las deficiencias de las de precios de venta), la ebullición de las rentas del alquiler es palpable. La gentrificación no es ya un aburguesamiento de determinados barrios sino una progresiva expulsión de buena parte de la clase media de las grandes ciudades. ​
​En las últimas semanas se vienen conociendo las primeras estadísticas sobre la evolución de precios de la vivienda en los primeros meses de 2018. Corresponden fundamentalmente a empresas de tasación y portales inmobiliarios. Son ilustraciones parciales de estimaciones de valor y ofertas en Internet pero revelan que, efectivamente, las subidas se concentran en las ciudades más pobladas mientras que otras no sólo no registran aumentos sino caídas. Nunca el precio nacional medio dijo tan poco. Según los datos de TINSA, los precios bajaron interanualmente en el primer trimestre de 2018 en 23 capitales de provincia, lo que contrasta con subidas porcentuales de dos dígitos en Madrid, Barcelona o Palma de Mallorca.
​La desigualdad también es generacional. Según la Encuesta Financiera de las Familias, el 56,2% de los hogares cuyo cabeza de familia tiene más de 65 años dispone de, al menos, dos viviendas en propiedad. Una quimera para generaciones más jóvenes que, aunque formados y con empleo, deben además sostener un nivel de pensiones actuales al que ellos igual no pueden aspirar por la aplastante realidad del cambio demográfico y la ausencia de una reacción suficiente de la clase política al respecto.

Tecnología y graduados en el futuro

Es la era del dato, los países que apuestan por una educación orientada a la innovación son los dueños del futuro. Ya sucedió en el pasado en naciones que renacieron de sus cenizas (Japón, Alemania) o en países donde estar a la vanguardia tecnológica es una obligación competitiva y geoestratégica (Estados Unidos, China). Se trata éste de un tema que, personalmente, me inquieta y al que he querido dedicar una entrada especial en mi blog. La inquietud se alimentó al comprobar varios datos que sugieren que en España hay problemas importantes sin resolver respecto a inversión en innovación -y, buena parte de los mismos de raíz educativa- pero también iniciativas esperanzadoras y encomiables. A todos los niveles.

Respecto a la inversión en I+D, el problema continua. En España innovamos con pocos medios y eso limita la competitividad. En dos años de franco crecimiento económico como 2016 y 2017 esta inversión ha crecido en el entorno del 2% cuando el PIB lo ha hecho al 3%. Por lo tanto, ha existido un retroceso en el gasto relativo en I+D.

Tampoco es un misterio que España cuenta con pocas empresas tecnológicas punteras a escala internacional y que éstas se circunscriben principalmente al ámbito de las telecomunicaciones. Este problema del tamaño e importancia relativa de las empresas con perfil tecnológico es, en todo caso, europeo. Sobre todo, en lo que se refiere a las que manejan información. Las grandes tecnológicas de mayor capitalización (BigTech ) están en Estados Unidos y China y hay dudas sobre si la regulación (junto a un sistema institucional de investigación algo vetusto) limitan este tipo de desarrollos en Europa.

Sea como fuere, la situación puede poco a poco cambiar, sobre todo si la cualificación tecnológica de los españoles se cimenta desde abajo. Esto es complicado porque todavía un tercio de la fuerza de trabajo española es de reducida cualificación lo que, además, coloca sus empleos en situación de riesgo ante la progresiva automatización de amplias de sus funciones actuales. Uno de los informes de referencia sobre los avances tecnológicos en nuestro país, el de la Fundación Cotec, señala, en su última edición que “hay disfunciones en la estructura de cualificaciones de la población española que limitan el desarrollo e incorporación de innovaciones”. En edades tempranas, por ejemplo, aunque las capacidades matemáticas son similares al promedio europeo, poco a poco se va cayendo y perdiendo parte de esa pujanza en tramos superiores de educación secundaria. Aunque progresivamente se hace un esfuerzo en esta área y otras asociadas más directamente a la tecnología, la formación básica tecnológica es aún muy limitada en España.

En la universidad, no obstante, hay iniciativas que son esperanzadoras. Curiosamente, encuentro dos muy significativas en mi entorno personal y más cercano. En la institución donde soy catedrático en la actualidad, CUNEF Business School (en Madrid), se imparte un master en Data Science para Finanzas que incorpora, de forma pionera, lo mejor de la realidad tecnológica y del análisis de inversiones y mercados. Estas iniciativas se extienden por el territorio y prometen un desarrollo integral y local más tecnológico. Así, en la ciudad donde nací, Gandía, y en el ámbito de la enseñanza pública, la Universidad Politécnica de Valencia organiza un campus en el que imparte, entre otros, el Grado en Tecnologías Interactivas donde se diseñan sistemas y aplicaciones interactivas en diferentes ámbitos como la salud, el turismo, la enseñanza, la industria del entretenimiento, la sostenibilidad ambiental o la ayuda en discapacidades.

La idea de este tipo de iniciativas formativas es solventar una de las deficiencias en educación tecnológica que anticipa el Informe Cotec. En particular, que muchas empresas requieren capacidades tecnológicas que el ámbito universitario sólo proporciona de forma bruta, sin el pulimento práctico necesario. Esto supone una importante inversión para las corporaciones y, dada la estructura del tejido empresarial español, lo es también para empresas de todo tamaño. No resulta sorprendente, por ejemplo, que casi la mitad del gasto empresarial español en I+D fue ejecutado por pymes. La idea es combinar la extraordinaria formación técnica que proporcionan muchas de nuestras universidades con otra basada en proyectos y en desarrollos prácticos.

La oportunidad está ahí. Los aciertos educativos proporcionan a los países réditos que duran décadas. Pero las carencias también se pagan por muchos años.

 

Presupuestos: incompletos y a retales

Publicado en Cinco Días el 4 de abril de 2018

Como conjunto de ingresos y gastos previstos para un determinado período, un presupuesto tiene que estar cuadrado. Esto lo hace contablemente completo. Sin embargo, los que el Estado maneja para 2018 parecen incompletos en otras múltiples facetas. La más importante es que no parecen reflejar una estrategia económica de país. No es que las previsiones estatales para inversión y para engordar las cuentas públicas puedan transformarse de la noche a la mañana. Eso no es posible porque gran parte de los presupuestos está comprometido estructuralmente pero hubiera sido deseable ver partidas, variaciones y apuestas más decididas que adivinarían intenciones de girar al país, poco a poco, hacia una dimensión más sostenible en el ámbito financiero, y más moderna y productiva en lo económico. La apuesta en I+D sigue siendo claramente insuficiente, lo que se une a una pobre ejecución de la misma de las anteriores ediciones presupuestarias.

Tampoco son completos en cuanto a coherencia. La economía crece pero el gasto se expande aún más y demasiado, con una clara correlación entre proximidad de confrontación electoral y el anuncio de retales que se añaden para hacer presupuestos más expansivos. Si se discute la sostenibilidad de las pensiones, la solución no es subirlas sin cálculo o previsión posible. Sin una propuesta de pensiones de largo recorrido, dotaciones más generosas de hoy pueden implicar generaciones con pensiones más pobres mañana. Y, aún así, no es que los pensionistas vayan a mejorar mucho su situación.

Tampoco son completos los presupuestos en responsabilidad política. Es normal, no puede negarse, que el tira y afloja entre partidos tenga en la planificación de las cuentas públicas un eje de discusión. Lo que no es tan normal es que, en lugar de discutir partidas y reajustes en áreas particulares, se niegue la totalidad y se busquen minorías para la aprobación que, en sus peticiones, pueden generar desajustes aún mayores. No es, por tanto, responsabilidad única del gobierno sino de todos los que deben responder y apoyar el equilibrio financiero y la ausencia de incertidumbres innecesarias en la economía española. De hecho, persiste aún la duda sobre sí habrá aprobación parlamentaria. Y ya es primavera.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de CUNEF y Director de Estudios Financieros de Funcas

La tecnología y su potencial

Publicado en El País el 3 de abril de 2018

Pocos discuten que la gestión de la información está generando una revolución tecnológica de dimensiones descomunales. No obstante, hay muchas discrepancias sobre la necesidad de regularla. El escándalo del filtrado masivo de datos de Facebook, los accidentes recientes de automóviles de conducción autónoma o los ataques de Trump a Amazon han reavivado la polémica.

Cuando los hermanos Lumière presentaron su cinematógrafo en 1895 muchos de los asistentes abandonaron la sala despavoridos al ver cómo una locomotora de tren se les acercaba desde la pantalla. Al inicio del siglo XX, con la producción en cadena de automóviles, se produjeron aparatosos accidentes. Ni una cosa ni la otra impidieron el extraordinario desarrollo del cine o la ubicuidad de la automoción. Pero muchas modificaciones tuvieron que producirse para que estas industrias avanzaran. Hoy hay mucho en juego, porque una decisión regulatoria en la dirección incorrecta puede lastrar de forma irreparable el desarrollo tecnológico en una jurisdicción o derivar en una pérdida de libertades y derechos de privacidad sin precedentes. No es cuestión de cuánta normativa se precisa sino de cuál es la adecuada. La respuesta no es simple. Es un gran desafío tecnológico de grandes proporciones económicas y sociales.

En el difícil equilibrio entre control de abusos y libertad innovadora, Europa anda algo desequilibrada. Llegó tarde ya hace dos décadas a la irrupción del emprendimiento digital y ahora se nota porque no hay bigtech alguna ni Silicon Valley identificable en el continente. Sin embargo, las autoridades europeas están siendo especialmente profusas en regular aquello que no se ha desarrollado en su territorio. Si se exceden, generarán un retraso aún más acusado. En Estados Unidos, la principal amenaza en la actualidad —más allá del castigo a Facebook o a Amazon— son las propuestas para reducir la neutralidad de Internet. En términos simples, se trata de hacer cada vez más pequeño el espacio de acceso libre a Internet para que los operadores más poderosos (desde la televisión por cable a cualquier otro contenido de alta gama) ocupen cada vez más el ancho de la autopista de la red, lo que hundiría ese precioso principio inspirador de que Internet es para todos. Toda una amenaza de mayor desigualdad.

Parece que la regulación es necesaria en un conjunto amplio de cuestiones que van desde la protección del menor hasta la excesiva acumulación de poder de mercado (en actividad publicitaria, por ejemplo) en algunas de las grandes bigtech. Hay tres posturas enfrentadas. La primera, los que opinan que ya contamos con reglas competitivas y de protección suficientes y lo que falta es el modo de aplicarlas de forma efectiva a estas empresas. La segunda, que la regulación es innecesaria porque, al contrario que otras industrias como la financiera, la tecnológica no tendría efectos desestabilizadores sistémicos. La tercera, que hace falta una normativa profusa y específica para estas empresas. Todas las alternativas tienen sus dificultades porque el digital es un nuevo mundo que no encaja en las reglas existentes, porque sí se están observando potenciales consecuencias sistémicas (electorales, por ejemplo) y porque puede acabar socavándose innovaciones beneficiosas socialmente.

La cuestión del capital

Publicado en El País el 27 de marzo de 2018

Cuanto menos socialmente apreciado es el objetivo, más sencillo es el castigo sin rigor. Las entidades financieras son, en este juego, un objetivo fácil. No parece que se estén aprendiendo todas las lecciones de la crisis bancaria. Hacer evitables los rescates, proteger a los depositantes o recuperar la estabilidad financiera son labores que quedan a medias si no se explica bien qué es un rescate, qué responsabilidad tenemos los clientes o que hay intereses de todos en juego.

Las apreciaciones que me parecen equivocadas han sido, de forma particular, dos. Una, que los 19.000 millones de euros de capital solicitados para Bankia fueron excesivos. La otra —ligada a la primera en algunos comentarios— es que se pidió de más para garantizar el éxito de la gestión de esa entidad. Parece quijotería financiera llevada al extremo por varios motivos. El primero es que parece no entenderse que ya son muchos años en los cuales el mercado pide bastante más capital de lo que exige la regulación. Los colchones de capital son necesarios, más aún cuando la desconfianza e incertidumbre son grandes.

España está haciendo razonablemente bien sus deberes bancarios y el sector ha recuperado una posición competitiva pujante en Europa. Pero los niveles de capitalización, aún siendo holgados, están en promedio aún por debajo de los de otros países europeos de referencia. Lo estaban aún más en 2012. En aquel momento, el pánico solo lo podía frenar una inyección de capital contundente en la que no hubo percepción alguna de que fuera excesiva. Lo de ahora son claros sesgos retrospectivos, una clase de posverdad, tan típica de estos días. Con una menor aportación, muy probablemente el temor no se hubiera marchado. De hecho, —no solo en España, sino en toda Europa— la desconfianza en el sector bancario fue un problema hasta anteayer, excepto en Italia, donde continúa. Hay dos máximas en los rescates bancarios más eficientes: deben llegar pronto y ser contundentes. En España llegó bastante tarde y cubrió las expectativas del momento, nada más.

En cuanto a la garantía de éxito de la gestión, dudo que hubiera cola de directivos dispuestos a asumir el timón de la principal entidad rescatada en 2012, a devolver buena parte de valor a los accionistas o a los preferentistas sus ahorros. A retener a depositantes frente a lo que, en otros casos, hubiera sido una huida masiva. A realizar desinversiones duras y poner el dividendo, en pocos años, en el radar de sus accionistas. Todo muy sencillo. Ya, ya…

A vueltas con la morosidad

Publicado en El País el 20 de marzo de 2018

La herencia de activos deteriorados bancarios (legacy assets) sigue siendo una losa pesada en Europa. Todo a pesar de que en países como España la limpieza ya realizada ha sido ingente. Ayer, los datos ofrecidos por el Banco de España corroboraron que la tasa de morosidad de cierre de 2017 fue del 7,9% y que desde los máximos de 2013, la morosidad ha caído en 99.507 millones de euros para quedarse en 97.691. Solamente en actividades de construcción e inmobiliarias, los créditos deteriorados han caído en 59.562 millones de euros.

En otro grupo de socios comunitarios, como Grecia la tasa de activos no productivos alcanza al 47,7% de los préstamos y en Chipre e Italia está en el entorno del 15%. El caso italiano es el más preocupante porque aglutina casi un tercio de los 910.000 millones de créditos dudosos de la Eurozona.

La cuestión fundamental es que, aunque la herencia de préstamos deteriorados pueda resolverse, el modo y el tiempo en que puede hacerse está poniendo en serias dificultades avanzar en la unión bancaria. A esa estructura le falta, entre otras cosas, un pilar esencial, el fondo de garantía de depósitos común. Alemania sigue mostrando abiertamente su reticencia a un seguro paneuropeo. No está dispuesta a mutualizar riesgos bancarios por varias razones.

Aparentemente, la principal se basa en que consideran que los activos deteriorados aún son muy elevados en otros países del euro y no se puede compartir un seguro cuando algunos socios presentan una incertidumbre considerable. El ahorrador —y votante— alemán asume ya con dificultad la escasa rentabilidad que le ofrece el entorno monetario como para asumir más cargas. Pero puede que aquí no acabe la cosa.

Si se lograra reducir los legacy assets lo suficiente y en tiempo récord, los países del “núcleo duro” probablemente exigirían otras referencias de disciplina más allá de la dimensión bancaria. La fiscal sin ir más lejos. Sigue existiendo una brecha en contención de déficit y deuda entre norte y sur que establece un muro casi infranqueable.

La Comisión Europea y el BCE conviven en la incomodidad de una unión bancaria incompleta y hacen frente común para avanzar en dos fases. La primera es presionar para barrer los activos dañados. La semana pasada, la Comisión anunció que baraja propuestas para aumentar progresivamente las provisiones de los créditos nuevos.

El supervisor único, por su parte, respalda estas medidas y ejerce su propia cruzada para lograr un mercado paneuropeo de activos tóxicos más líquido, que reduzca la negra herencia a mayor velocidad. Pero aquí no encaja el dicho popular de que siempre hay un roto para un descosido. Nadie está contento. Italia se siente presionada. Y los países con menor morosidad se quejan de tener que provisionar más cuando ellos mantienen la calidad crediticia en niveles elevados. Estimaciones recientes sugieren que la nueva normativa se “comerá” el 2% del capital bancario de la Eurozona a largo plazo. Más presión regulatoria. En Europa cuesta cambiar algunas cosas, todos siguen queriendo reglas a medida y esto impide un frente verdaderamente común.

Economía en el impasse político

Publicado en El País el 13 de marzo de 2018

Hay dos formas de mirar la situación de la economía española. Una es sentarse a contemplar la coyuntura favorable. Otra es preocuparse a largo plazo por la sostenibilidad del crecimiento y del empleo ante un entorno político de impasse. No hay iniciativas legislativas que impliquen reformas. Se traspone alguna directiva comunitaria y poco más. No hay Presupuestos. Y no es solo cuestión de Gobierno: la falta de compromiso es generalizada en las facciones políticas. Habría que entonar un “¡políticos, pónganse las pilas!” generalizado.

Hacer reformas en tiempos favorables genera una estructura antisísmica más sólida cuando llegan los terremotos. Sobra complacencia con la bonanza económica y las discusiones irreales para problemas que necesitan soluciones reales. Como sucede con la teatralidad que inunda el problema territorial en Cataluña. O la esterilidad de las propuestas para corregir la insostenibilidad a largo plazo de las pensiones. Debates de cara a la galería con propuestas que no van a mejorar el bienestar de todos. Convendría sortear la trampa electoral y apostar por transformar aquello que sabemos que no funciona. Pero también sería preciso hacer cambios de los que mueven al país a otro nivel, de los que sitúan en posiciones de liderazgo en algún campo crítico (educación, tecnología, energía,…). Requeriría pactos de Estado, aparentemente una utopía hoy.

Se confirma que en nuestro país solo se emprenden cambios estructurales —los que determinan el bienestar de las futuras generaciones— cuando se tiene el agua al cuello. Cuando la exigencia del exterior es abrumadora. Ni siquiera (caso, otra vez, de las pensiones) cuando los números no salen. Las minorías son un problema. Pero ahí tenemos a Alemania en su equilibrismo de coaliciones cada vez más delicado pero con el liderazgo europeo como premisa de todos sus integrantes. O a Macron en Francia logrando, desde minorías aún más incómodas, reformas impensables hace un año en ese país.

Sería interesante que España pudiera dar un paso al frente, no solo para satisfacer la obligación de cumplir con Europa, sino para situarse en el grupo que la lidera. El mundo no para, no espera. Trump pone el equilibrio comercial patas arriba. El entorno monetario se mueve cada vez más rápido hacia mayores tipos de interés e inestabilidad financiera creciente. Europa se abre a una realidad de diferentes velocidades. Y, sobre todo, la nueva economía está ahí. Teniendo nuestro país uno de los mejores capitales humanos en formación tecnológica, no hay propuesta alguna más allá de la de permanecer en posiciones medias en la ya de por sí globalmente retrasada agenda digital europea.

Se escucha también bastante poco sobre las políticas de promoción de los vehículos eléctricos que en países vecinos cuentan con plazos y decisiones firmes. Subir la imposición al diésel es solo un paso previo, aunque sea en la dirección correcta. En todo caso, en política energética se lleva demasiado tiempo sin una estrategia definida. En educación, que es la base más transversal y que determina el éxito de una sociedad, la confusión es considerable. ¿Hay alguien que ofrezca el liderazgo para cambiar todo esto?

Avances en digitalización financiera

Publicado en El País el 6 de marzo de 2018

La revolución tecnológica que presenciamos hace que casi cada dato sea relevante. Sofisticados algoritmos sacan partido a combinaciones de bytes en múltiples dimensiones. La financiera es una de las principales. La digitalización en los servicios bancarios puede suponer ventajas como menores costes, mayor competencia, productos más personalizados e inmediatos e, incluso, mayor inclusión financiera de colectivos desfavorecidos.

 

Paradójicamente, una de las dificultades para conocer cómo avanza la digitalización financiera es que no existen estadísticas recurrentes y sistematizadas. No obstante, algunas iniciativas recientes están permitiendo tomar el pulso a la realidad financiera digital española. La semana pasada se presentó el Barómetro de Innovación Financiera del Observatorio de la Digitalización Financiera (ODF) de Funcas, un proyecto en colaboración con Finnovating, que ofrece datos sobre la ya palpable transición hacia una nueva industria financiera en España. Algunos de los avances se producen a tal velocidad que bastantes usuarios, sin saber que es el FinTech, el blockchain o un iniciador de pagos, los están usando ya casi a diario.

El barómetro muestra que aunque es habitual que los españoles trabajen con más de un banco, el 80% realiza tres de cada cuatro operaciones con su entidad principal. Además, el 87% considera que su banco le proporciona alternativas digitales a los servicios tradicionales. Y parece también que esa percepción negativa de los bancos arrastrada por la crisis se ha relativizado. La nota media que el español concede a su entidad principal es 7,3 sobre 10. Aún así, los cimientos competitivos del mercado se mueven. El 55,7% de los clientes estarían dispuestos a cambiar de banco si otro le ofreciera alternativas más convenientes y señalan a las entidades estrictamente digitales como principal opción de cambio. En todo caso, queda terreno por delante para la transformación de la demanda porque, de momento, solo el 41% de los clientes está dispuesto a realizar una operativa íntegramente digital.

¿Están los bancos respondiendo a ese cambio en la demanda? ¿Se pasará de la banca relacional física a una interacción algorítmica? El barómetro de ODF sugiere que parte de ese cambio está en ciernes pero algunos detalles de la nueva relación banca-cliente están por definirse. Más de la mitad de los directivos encuestados sugieren que dentro de un año la situación del sector bancario español será mejor que la actual y que, a diferencia de lo que podría pensarse, no es la rentabilidad, ni la abrumadora regulación el mayor reto de su banco, sino la transformación digital. Del 1 al 10, consideran que la digitalización de su entidad es aún de un 6. Tal vez lo más relevante es que ya no consideran que otros bancos tradicionales sean sus mayores competidores a un año vista. El 38% apunta a las BigTech como Google, Facebook o Amazon y el 32% a otras FinTech y a bancos estrictamente digitales.

Si esta transformación no se produce más rápido es porque demanda y oferta deben ir de la mano y porque el componente relacional entre un cliente y su entidad financiera debe reprogramarse pero nunca perderse.

El BCE que viene

Publicado en El País el 27 de febrero de 2018

El ruido en torno al relevo en la vicepresidencia del Banco Central Europeo va desapareciendo. Comienzan, no obstante, a lanzarse nuevas quinielas sobre futuras vacantes en el Comité Ejecutivo. Sobre todo —aunque no únicamente— en relación a quién sucederá a Mario Draghi como presidente cuando deje el cargo en octubre de 2019. En un momento en el que no se sabe muy bien si el viento de la inflación soplará fuerte, la apariencia es que, tanto en Europa como en Estados Unidos, el cielo de la política monetaria estará dominado por los halcones. A las palomas les tocaría volar bajo.

Sucede, sin embargo, que la experiencia histórica de la política monetaria muestra que el camino se hace andando y lo que hoy parece cetrería mañana puede ser colombofilia. A muchos economistas de referencia internacional que han ocupado puestos en órganos ejecutivos de instituciones monetarias —y conocidos por la ortodoxia y honda influencia de sus modelos— les ha tocado articular la heterodoxia para salvar situaciones de desequilibrio macroeconómico excepcionales. Así sucedió con Ben Bernanke y Janet Yellen en EE UU. En Europa, se habla ya del legado de Draghi cuando aún le queda año y medio en el cargo. Un tiempo que va a ser fundamental porque, a buen seguro, va a marcar el punto de inflexión hacia un endurecimiento relativo de las condiciones monetarias. Mayor profundidad en la retirada de estímulos y, posiblemente, el inicio o anuncio de subidas de tipos de interés. No será una papeleta fácil.

Leía el pasado fin de semana la distendida entrevista de The Financial Times a Jens Weidmann, el nunca oficialmente postulado pero por casi todos considerado firme candidato a suceder a Draghi. Weidmann no parece ser de los que se sale de su ortodoxia ni esconde su poca intención de cambiar. Y su única defensa de un eventual postulado para el cargo es que un alemán tiene tanto derecho como un maltés o un francés porque al BCE se va a defender los intereses de todo un área monetaria, y no de un país en particular. Esto es, o al menos debería, ser cierto, pero la trayectoria de fuerte crítica a la expansión cuantitativa queda. También dejarán puesto ejecutivo en el BCE el próximo año su economista jefe, Peter Praet y Benoît Coeuré, firmes defensores de las políticas expansivas de los últimos años. Es posible, aunque es pronto para determinarlo, que el BCE acabe adoptando un perfil más de rapaz.

Lo que se encontrará el nuevo Comité Ejecutivo es el reto de recobrar la normalidad monetaria tras años de cañonazos de liquidez. Añadirá dificultad el progresivo desacople de los tipos de interés con Estados Unidos y la apreciación del euro, que resta competitividad a las exportaciones europeas. Recordemos que el mandato exclusivo en Fráncfort es el control de una inflación que aún no está… aunque se la sigue esperando. Cuando llegue —y demuestre cierta continuidad en torno al 2%— se acabaron las excusas. Si el BCE es de perfil más duro, no hará falta ni darlas.