Economía para las elecciones

Publicado en El País el 19 de marzo de 2019

España se enfrenta a unas nuevas elecciones sin haber realizado reformas de calado desde 2013. Con una deuda pública del 97% del PIB. Sin una política energética o de innovación y desarrollo tecnológico y digital definida. Todos ellos (reformas, deuda, políticas de largo plazo), temas de los que apenas se habla en las campañas electorales. Es paradójico que los partidos sí han reformado sus estrategias, gastado sumas ingentes en reorientarlas y establecido prácticas “innovadoras” para atraer voto. El objetivo es hoy más claro que nunca y no son ajenos a él los especialistas en economía pública, sistemas de voto o diseño institucional: bombardear al votante impresionable. Se trata del ciudadano cuyo voto depende fundamentalmente de la capacidad de que los partidos estimulen un aspecto especialmente sensible, aunque no necesariamente determinante para su bienestar. Este votante, en lugar de maximizar su utilidad esperada —ponderando cuidadosamente los temas que serán importantes a largo plazo para él y su familia—, se deja llevar por la intensidad de las impresiones emitidas por los partidos. Los medios y, sobre todo, las redes sociales y el boca a boca son los principales mecanismos de transmisión. En la experiencia internacional, en algunos casos como el Brexit o las elecciones norteamericanas, estas prácticas podrían incluso haber llegado demasiado lejos.

Es difícil determinar cuántos votantes no-impresionables quedan o cuánto son capaces individualmente de evitar embestir el capote de emociones que les ponen delante una y otra vez. En todo caso, sí que existe evidencia experimental de que unas impresiones cortas pero intensas y debidamente orientadas pueden cambiar muchos votos indecisos. También se ha demostrado una relación estrecha entre las facilidades económicas que encuentra un Gobierno de un ámbito territorial y el signo político del ámbito territorial inmediatamente superior, algo relevante en un contexto como el actual en España donde las citas electorales son varias. Y, lo que es más importante, se ha observado una tendencia creciente en los partidos a ignorar deliberadamente durante las campañas temas que, aun siendo cruciales, puedan tener poca venta electoral entre votantes impresionables.

En España, pocos partidos van a hablar de una verdadera reforma de las pensiones cuando todos han votado a favor de una revalorización conforme al IPC en entornos preelectorales. Carentes de intención pedagógica, tampoco quieren ilustrar la importancia de las políticas medioambientales, energéticas, de innovación o digitalización y traducir para los votantes potenciales sus extraordinarios réditos económicos. Son aspectos que están en los programas electorales como un guión constante pero escasa o nulamente comentado y vendido al ciudadano. Requieren inversiones y sacrificios de corto plazo, pero suponen un cambio total en los hábitos y modos de vida. Para mejor. Tal vez lo importante sea vender la transición, hacer saber que hay sitio para todos en una sociedad más digital, más limpia y más envejecida. Los nuevos empleos (con mayor formación del capital humano y más tecnológicos) tienen que convivir durante un tiempo con empleos que cubran las necesidades de trabajadores menos formados y con una transición intergeneracional más justa.

Riesgo de recaída

Publicado en El País el 12 de marzo de 2019

En Europa aún pesa el recuerdo de aquella segunda recesión que, impulsada por el riesgo soberano, agudizó la crisis en un buen número de países en 2012, castigando de forma particular a los del sur. Desde entonces, la eurozona es un paciente acostumbrado a vivir con un tratamiento médico intensivo. Cuando parecía que parte de la prescripción farmacéutica iba a ser prescindible, nuevas señales de debilidad lo imposibilitan. Las decisiones adoptadas por el Banco Central Europeo la semana pasada sugieren que es necesario evitar una nueva recesión a toda costa. Ponen también de manifiesto la incapacidad para salir de una situación de anormalidad financiera que ya dura mucho tiempo. Saben en el BCE que hay riesgo de recaída de la economía de la eurozona, enganchada a su oxígeno monetario.

Hace un año se pensaba que la eurozona crecería un 1,8% en 2019 y esta previsión se ha rebajado ya hasta el 1,3%. La pérdida de fuelle en otras áreas, como Estados Unidos, ha sido más leve, con un crecimiento esperado (2,4%) que casi dobla al europeo. Sorprende la ausencia de mensajes críticos de los miembros más al norte del área de la moneda única, donde los ahorradores están hasta el gorro de tipos reducidos que no les rinden. Pero Alemania, el máximo exponente, es también uno de los países que más sufren las tensiones comerciales y de los que más agarrotados están por si las cosas se complican con el Brexit. Lejos de la creencia popular, el BCE también apoya a Alemania. El 23,8% (medio billón de euros) de la deuda pública comprada desde Fráncfort es alemana.

La inflación anda de parranda, nadie la encuentra. Y ahí aparece Draghi señalando que las subidas de tipos de interés tendrán que esperar, al menos, hasta 2020. Quedará para siempre como el presidente del BCE de la expansión cuantitativa porque, cuando tocaba desmantelarla, le da otra vuelta de tuerca que abarca temporalmente más allá de su mandato. El reto del verdadero desmantelamiento de la expansión cuantitativa queda para su sucesor. En el BCE no ven claro que la economía europea pueda sacarse del bolsillo los 700.000 millones de euros que ahora tienen los bancos en financiación a largo plazo. De ahí ese nuevo TLTRO-III (liquidez para evitar que se hunda el crédito). Tampoco ven que los países periféricos estén muy preparados para asumir un mayor coste de la deuda, por mucho que fastidie a los ahorradores del norte. Y no hacen falta gafas para apreciar la preocupación en Fráncfort por la situación de Italia y, en particular, de su banca. El del posible aumento del coste de la deuda es un problema global. Es llamativo que las instituciones supervisoras a escala global hayan iniciado un procedimiento de análisis de cuestiones tan delicadas como el riesgo de los préstamos apalancados. Los menos beneficiados de las últimas decisiones del BCE, sin embargo, son los bancos. El crédito que pueden dar es el que permite la liquidez oficial, pero sin apenas rentabilidad. Bajos tipos, bajos márgenes. Puede que no haya recaída, pero tampoco ánimo.

Retos bancarios para un QE persistente

Publicado en Cinco Días el 8 de marzo de 2019

Parecía que el desmantelamiento de la expansión cuantitativa (QE) estaba en marcha y que con el verano comenzaríamos a prepararnos para las subidas de tipos. Sin embargo, en su esperada reunión semanal, el Banco Central Europeo ha recalibrado las expectativas en varios pasos. El primero, la motivación: en consonancia con los principales institutos de previsión, ha rebajado las expectativas de crecimiento de la eurozona para 2019.

Corrección sin drama, en todo caso. Pero es aún más relevante que se haya revisado también a la baja la expectativa de inflación. La historia de los bancos centrales con los precios en los años poscrisis es el de el que la busca y no la encuentra. Que la inflación permanezca baja ofrece la excusa perfecta para hacer que la expansión cuantitativa se vaya más lentamente.

Además, la expansión cuantitativa ha adquirido incluso aires de redención y persistencia, toda vez que se ha vuelto a lanzar un programa de financiación extraordinaria a largo plazo vinculado a la concesión de crédito. Una tercera edición del programa TLTRO que puede cubrir muchos de los vencimientos de anteriores programas que expiran en 2019 (hasta 700.000 millones). Es como si la liquidez oficial dijera: “Me voy, pero sin prisa”.

Que la inflación siga sin repuntar implica también que no habrá mucha prisa para elevar tipos de interés. Así lo ha sugerido el BCE también, que mira ya a 2020 para las primeras subidas, siempre que, en palabras de Mario Draghi, “lo permita la inflación”. Más tiempo de QE. Esto es un problema para la banca, porque va a seguir propiciando que la curva de rendimientos de mercado europea siga muy plana. Implica que los tipos de interés a corto plazo continuarán siendo parecidos a los tipos a largo plazo. Si lo que hacen los bancos es tomar liquidez a corto y prestar a largo, difícilmente puede generar rentabilidad cuando se asume un riesgo temporal sin una prima razonable por ello. De hecho, el BCE lo sabe y esa es la razón por la que el TLTRO-III se va a aplicar, para que el crédito no decaiga aún más. Pero será, de nuevo, un crédito enrarecido por un QE prolongado.

Este reto adicional del entorno monetario para el sector bancario me recuerda al lema olímpico de Pierre de Coubertin. La locución latina citius, altius, fortius encaja con el afán de las entidades financieras por moverse más rápido ( citius) en el entorno digital, aumentar su dimensión para llegar más alto ( altius) en rentabilidad y eficiencia y mejorar su solvencia para fortalecerse ( fortius). Coubertin pensó en el lema olímpico como acicate para batir récords y fomentar el espíritu de superación.

Sin embargo, para la banca el tema de las plusmarcas es mejor dejarlo atrás y pensar en una nueva época con otras metas y otra estructura más realistas. Generar rentabilidad es complicado cuando parte del sector en Europa no se desprende de un halo de incertidumbre.

A pesar de ello, en lo que va de año, los bancos europeos en el índice Stoxx 600 han conseguido elevar su valor de mercado en torno a un 10%-11%. Los españoles que cotizan en el Ibex 35 lo han hecho un 7%-8%. Los resultados de estos seis bancos de nuestro país en 2018 arrojaron un beneficio de 16.676,5 millones de euros, en comparación con los 13.623,5 millones de euros de 2017, lo que supone un crecimiento del 22,4%. Las fuentes de este importante aumento son diversas, pero se aprecia una combinación de una mejora en el negocio recurrente y, sobre todo, de una continuación del esfuerzo de reestructuración. Ya no es una reducción de infraestructura física y de personal consecuencia del ajuste entre oferta y demanda bancaria que la crisis evidenció necesario. Se trata de un cambio muy considerable en los canales de negocio y de una adecuación del capital humano más acorde con una banca digitalizada.

Llama la atención que los bancos españoles lograran un aumento importante de sus beneficios en 2018 cuando, en ese año, se dejaron 50.000 millones en capitalización bursátil. Es la gran paradoja de los resultados y el valor de mercado. La Bolsa tiene incertidumbres que proyectan mal sobre algunos aspectos definitorios del sector bancario español. Siendo algunas de las entidades financieras de nuestro país netamente internacionales, genera cierta tensión la situación del Brexit y la de algunos emergentes.

De igual modo, venimos de donde venimos y se entiende que la protección pública potencial (lo que se llama la garantía implícita en caso de problemas) es menor en España que en otros países. Ahora se habla de megafusiones en Alemania, donde los bancos disfrutan de un apoyo implícito muy considerable a pesar de que su situación financiera no pasa por su mejor momento. También sabemos que los bancos españoles han funcionado bien históricamente con colchones de capital más ajustado que sus homólogos europeos (aunque holgadamente por encima del mínimo regulatorio). Pero ahora se les pide más solvencia.

La buena noticia es que las fuentes de incertidumbre ajenas a la banca pueden reducirse. Al menos las de naturaleza política (como el Brexit), aunque esta es una ruleta en la que siempre puede haber sorpresas. La mala noticia es que el cambio en el entorno monetario se hará esperar, lo cual sigue haciendo complicado el reto de la rentabilidad del negocio. Puede traer tranquilidad a unos mercados no muy preparados para subidas de tipos, pero dificulta un apalancamiento bancario rentable.

 

Dos productividades

Publicado en El País el 5 de marzo de 2019

El empleo global está partido en dos productividades: una alta de ciudadanos cualificados y una baja de otros menos formados. Estas diferencias se acrecientan a medida que la digitalización precisa de más empleos del primer grupo y menos del segundo. Si un país pretende desarrollar una estrategia de empleo definida y acorde con ese reloj “digital”, tiene que cumplir dos funciones.

La primera, preparar la formación para un mayor ajuste con la demanda de trabajo. La segunda, gestionar el destino de los trabajadores de formación más analógica no solo para mantenerlos en el mercado de trabajo, sino para evitar una exclusión social más general. No se trata de que todos los ciudadanos se conviertan en expertos en robótica, sino de actualizar y distribuir adecuadamente las capacidades.

En un país como España, supimos ayer que en febrero hubo más empleo (más afiliados en la Seguridad Social) pero también más paro (incremento de los registrados en las oficinas de desempleo). Claro que si miramos los datos corregidos de estacionalidad (suele hacerse menos de lo que se debería), el paro también bajó (en 10.445 personas). Sea como fuere, hay un dato adicional que revela cómo es la ballesta que rompe la manzana de la productividad en nuestro país: en febrero se realizaron 1.571.017 contratos, pero 1.402.320 fueron temporales y 168.607 indefinidos. La reforma laboral propicia crear empleo con tasas de crecimiento con las que antes no era posible, pero falta una estrategia más amplia de largo plazo relativa a la calidad y estabilidad del trabajo. Desarrollarla es complicado porque los efectos solo se observan en un largo plazo al que no llegan las lentes electorales.

La reforma del empleo tiene que acompañarse por una estrategia más transversal. Para mejorar la cualificación, la primera y más obvia respuesta es generar capital humano bien formado. Sin embargo, en algunos países como España esto se entiende mal. Lo importante es transformar la formación, con menos obsesión por el “todos los universitarios posibles” y más por técnicos bien formados a todos los niveles.

Es una idea desgastada por despreciada. Incluso si se apuesta por una estrategia de cualificación equilibrada, hay un problema adicional: los beneficios de un buen edificio educativo no se ven en el corto plazo. No podemos olvidar que hay un porcentaje de población importante que tiene aún varias décadas de actividad por delante y una cualificación reducida o desfasada. En otros países, como Estados Unidos, hay propuestas para encauzar estos trabajadores a los servicios y sectores donde encaja más su cualificación (turismo y agricultura).

Aunque parezca lógico, suele presentar cierta resistencia en algunos países y entre determinadas edades, especialmente allí donde la movilidad geográfica es menos frecuente. También, en un momento en el que el empleo público no está de moda, hay que apostar por absorber empleo de baja productividad en sectores públicos que venían desapareciendo, como la construcción o, al menos, reorientarla en colaboración público-privada. Se trata de apostar por una inclusión compatible con una transformación de las capacidades. Y ahora que la economía aún crece y genera empleo es el momento adecuado.

Nuevas reglas financieras

Publicado en El País el 26 de febrero de 2019

Obviamos formar parte de cosas que criticamos. Arreamos a los políticos pero son los que votamos. Sabemos que pagamos por los servicios de forma distinta pero lo aceptamos o no según nuestra simpatía por el tipo de negocio, en lugar de por el valor de lo que recibimos. Sería sano ponerse al frente, asumir el papel protagonista. Pensar hasta qué punto las cosas nos pertenecen o nos afectan y, en conformidad, pedir a los legisladores acción.

El del sector financiero es un caso importante de transición desde la crítica a la acción. Claro que hay intereses empresariales pero el dinero es el de nuestros bolsillos. Todos somos parte del sector financiero, queramos o no. Es más constructivo pedir que criticar. Regular que prejuzgar. Con cierto nivel de exigencia, la banca del futuro debe ser más a medida del ciudadano. No solo como servicio sino para responder a la gran demanda poscrisis: que los problemas de estabilidad financiera los paguen los accionistas y bonistas bancarios y no el contribuyente. La bancaria es una industria estratégica: determina gran parte de la inversión, el ahorro y la planificación del ciclo vital y empresarial. Como español cabe preguntarse qué se puede esperar de la banca española y qué pedirle, regulatoriamente hablando.

La confianza es un punto de partida. Encuestas globales como la de Edelman (hay otras con resultados similares) señalan que un 54% confía en otras personas parecidas a ellas tanto como en sí mismas. Sin embargo, un 50% lo haría en un asesor financiero, un 39% en un periodista y un 35% en el gobierno y los reguladores. El castillo de la credibilidad se construye al revés. Aun así, la confianza en el sector financiero está tocada.

En los últimos días se han aprobado disposiciones normativas financieras esenciales, destacando la nueva ley hipotecaria. Aunque su desarrollo reglamentario puede tardar en medio del impasse político, es un capítulo esencial del que, si nos informamos, descubrimos que la mayor colaboración ha venido del propio sector financiero, el más interesado en acabar con tanta incertidumbre en torno a las hipotecas. Un resumen bruto pero tal vez ilustrativo es que no serán posibles cláusulas abusivas pero tampoco hipotecados naif. El margen que un banco obtiene cada año por sus servicios bancarios o una hipoteca es ostensiblemente menor que el de una copa de vino, un taxi o una habitación de hotel, todos ellos servicios de sectores menos regulados.

Resulta también llamativo y trascendental que en un sector tan transversal como el bancario se apruebe un banco de pruebas (sandbox) para que otros actores digitales colaboren y compitan con las entidades financieras. El Gobierno ha aprobado el anteproyecto y aunque las elecciones pueden retrasar su entrada en vigor, existe consenso. Es algo en lo que tecnológicamente Europa va por delante de Estados Unidos (una rara excepción) y en lo que España y su sector financiero se abren como nunca y como pocos sectores lo hacen, teniendo en cuenta la resistencia a la digitalización en un amplio abanico de servicios en nuestro país.

La economía global importa

Publicado en El País el 19 de febrero de 2019

La evolución bursátil, sobre todo tras las subidas del pasado viernes, se presta al análisis facilón, reflejado en distintos medios: “Las Bolsas van al alza tras el adelanto electoral”. En realidad, la subida del Ibex 35 se debió a la expectativa de que China y Estados Unidos limen asperezas comerciales. La realidad hasta el momento es que, como ha recordado la economista jefa del FMI Gita Gopinath, el ciclo ha cambiado más rápido de lo esperado. Esto influye hondamente en España. De nada sirve atribuir demasiados cambios en la economía a los escasos nueve meses que este Gobierno ha estado al mando con las limitaciones que le ha impuesto su representación parlamentaria.

La economía española ha seguido creciendo desde 2015 casi ajena a los distintos avatares electorales. Y ha habido unos cuantos. Los impulsos para el crecimiento han venido de tres fuentes. Una casi agotada y dos en pleno declive. Las reformas estructurales que la economía española acometió en 2012 y 2013 fueron impulsadas por la UE como exigencia por la ayuda financiera. Sin ser perfectas, permitieron acelerar los ritmos de creación de empleo y, sobre todo, recuperar buena parte de la credibilidad fiscal. Tras esos impulsos, las reformas se han ido difuminando. Una vez más no las hacemos creciendo, que es cuando verdaderamente tocan. Los otros dos factores —que ahora están en cuestión— son la coyuntura favorable de la economía mundial y los vientos de cola (petróleo barato y liquidez a chorro del BCE con tipos de interés por los suelos).

Lo que ahora se afronta es una desaceleración porque los motores externos parecen perder fuerza. Es lo que realmente pesa. Eso sí, la coyuntura hoy es distinta a la de 2015 y 2016. No es lo mismo que un país afronte elecciones sin Presupuestos que con ellos. O con desequilibrios presupuestarios sin resolver que encauzados. Aun así, en estos meses hasta la formación de gobiernos a diferentes escalas territoriales, pesarán mucho más factores como el verdadero impulso de economías como la alemana (ahora en cuestión), la capacidad de resolución de un Brexit que huele a larga prórroga (o a caos) o, por último, a la posibilidad de que se resuelvan las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos. España tiene una cuota importante de afectación en algunas de estas materias. Es uno de los países con mayor conexión comercial, turística y financiera con Reino Unido. También es uno de los que mantiene más la atención en los problemas de varios emergentes, en particular (a diferentes niveles) de Venezuela, Argentina y Brasil.

Lo que ocurra en el mundo importa mucho pero hace tiempo que parece que no fuera así. Internacionalmente, 2019 parece un partido con dos tiempos. El de la primera parte del año parece una prórroga de ganancias empresariales en Estados Unidos y de cierto impulso bursátil, sobre todo si el proteccionismo se reduce. Pero los análisis apuntan a una segunda parte del año más sombría si no hay nuevos impulsos. Justo cuando, seguramente, España alumbre un nuevo Gobierno… que debe mirar al exterior.

Apuntalar la economía

 Publicado en El País el 12 de febrero de 2019

A la política económica española quizás le ha faltado bastante sinceridad desde hace años. Honestidad para librarse de la propiedad intelectual o temporal de las ideas y reconocer los puntos de encuentro. Es difícil identificar políticas de izquierdas y derechas cuando la realidad nos ha vinculado, desde la transición, a un entorno de responsabilidad fiscal y apertura europea en el que no se pueden etiquetar ideológicamente determinadas propuestas. Pisamos un terreno en el que lo que llamamos Estado de bienestar ha intentado madurar sin la necesaria solidez.

Cada vez que se acerca una cita electoral, cada vez que son precisos acuerdos para sumar mayorías de gobierno (o de censura), aparecen conjuntos de intersección en las propuestas económicas de partidos de casi todo el espectro político. Resulta incluso ilusionante comprobar que tocan aspectos estructurales que hacen mucha falta en este país, desde el tratamiento de la corrupción hasta la reforma educativa o la sostenibilidad de las pensiones. Cuando llega el momento de pasar a la acción, sin embargo, los conjuntos se alejan y desaparece el espacio común para entregarse a una doble misión destructiva. Por un lado, renegar de las ideas comunes para apropiárselas de forma individual, casi siempre sin mayoría suficiente para implementarlas. Por otro lado, aceptar visiones más populistas con los brazos abiertos, dejando de lado la necesaria reforma de largo plazo en pos de un rédito electoral de corto plazo. Los últimos acuerdos para vincular pensiones al IPC son el ejemplo más claro.

Hoy se debaten los presupuestos en el Parlamento. Una vez más pero ahora suena a definitiva. Si no se aprueban, se esperan acontecimientos de naturaleza política de calado. Lo que le falta a este país es apuntalar la economía en un momento en el que la desaceleración económica europea e internacional aprieta. Curiosamente, ahora que es posible que a la legislatura le puede quedar poco tiempo para emprender grandes reformas, se presenta una nueva agenda reformista. Es, sin duda, un punto de referencia que los ciudadanos no deberían perder de vista. La Agenda del Cambio presentada por la Ministra de Economíaintroduce propuestas estructurales tanto o más importantes que las que se debaten en torno a los Presupuestos del Estado. Pero no es esa Agenda la que parece concentrar la batalla política y el escenario mediático, por lo que lamentablemente podría terminar diluyéndose. Dejando al margen aspectos formales (importantes pero salvables), medidas como la “mochila austriaca” o reformas en materia de ciencia, investigación o energía tienen mucho que ver con propuestas y programas electorales anteriores de otros ejecutivos con distintos signos políticos. Si hubiera la suficiente madurez política se encontrarían muchas posibilidades de avanzar. Sin embargo, el populismo parece un virus demasiado contagioso. Y con frecuencia acaban tomándose medidas completamente contrarias a la lógica anteriormente planteada.

No parece existir un ambiente de solidez institucional y territorial que propicie mirar a lo estructural. La última vez que se abordaron reformas profundas en España, fue obligados por la UE ante la crisis. Sin puntales, el próximo vaivén puede llevarse demasiados cimientos de la economía española por delante.

 

La difícil rentabilidad bancaria

Publicado en El País el 5 de febrero de 2019

Los resultados para 2018 de los bancos españoles se han conocido en la última semana. En su conjunto, han mejorado significativamente respecto a 2017. Paradójicamente, tras unas primeras semanas de enero de evolución bursátil positiva del sector, la reacción del mercado tras conocer los datos de beneficios fue negativa. No se deben sacar lecturas exageradas de un dato coyuntural bursátil, pero parece oportuna una reflexión respecto a la tensión sobre las acciones bancarias desde hace algún tiempo. A pesar de la fuerte reestructuración del sector desde 2012, el mercado sigue entendiendo que hay notables desafíos y amenazas por delante.

Apremia un análisis metodológico. Aunque los resultados totales del sector han mejorado, cuando se emplean indicadores de rentabilidad relativos, que son de más interés para los inversores —como, por ejemplo, el ROE (beneficios sobre recursos propios)—, se observa que la imagen que se obtiene no es tan feliz, ya que no se llega en muchos casos a cubrir el coste del capital. Algo que no es un fenómeno nuevo. La fuerte regulación es determinante en este contexto. Hay buena masa, pero es muy difícil levantar un suflé así. Además, hay una sensibilidad de las Bolsas —con cierta ponderación a corto plazo— a cuestiones corporativas y reputacionales muy puntuales.

El bancario es uno de los sectores económicos más transversales, si no es el que más. Conectado con otras actividades productivas a través de los flujos financieros. Cualquier desaceleración del PIB se hace sentir inmediatamente en el negocio bancario. Es la voz de la banca. Si falla algún instrumento o está mal acompañada, se escucha menos. Es el sector que recibe más impactos cuando la economía muestra debilidades en su crecimiento —entiéndase, ahora— o cuando hay amenazas externas. En este último caso, cualquier duda (o suma de ellas) sobre aspectos institucionales como la resolución del Brexit, la integración europea, la Unión Bancaria o la resiliencia económica y financiera de un país cercano (véase, Italia) repercute en las entidades financieras de todo el continente. Más aún cuando se trata de una banca como la española, con tanta presencia europea y mundial. Los emergentes han hecho también mella más de una vez.

Otros dos factores importantes. Uno, dada la desaceleración de la economía de la eurozona, un número creciente de analistas cree que, aunque el Banco Central Europeo inicialmente podría mantener la subida de tipos de interés hasta final de verano, es probable que, como poco, deba alargar los plazos de la hoja de ruta para sucesivos aumentos de tipos o retiradas de estímulos. Los márgenes financieros se mantendrían muy estrechos. Se prolongaría la presión estructural a la baja sobre los ingresos bancarios. Segundo desafío: la sempiterna digitalización. La competencia de nuevos operadores más tecnológicos, con mucha menos estructura y actividad mucho más “desregulada”, pueden erosionar aún más el negocio y el valor de las acciones bancarias. Curiosamente, no cabe otra respuesta que continuar apostando por más digitalización, pero también demandar una equiparación de la regulación con los nuevos competidores.

Regular la tecnología

Publicado en El País el 29 de enero de 2019

Cambios súbitos en el orden geopolítico y la disrupción tecnológica están alumbrado nuevas relaciones sociales en el siglo XXI. Sucedió en otros momentos de la historia y supuso un reto para los reguladores. Ahora, los gobiernos y autoridades de la competencia andan superados. La tecnología imperante se basa en el manejo de la información y la colaboración, con formas de organización del mercado bastante más complejas de lo que parece por la aparente observación de su actividad.

Muchos ciudadanos conciben Google como un buscador de internet que se ha convertido en parte de su vida… y poco más. Aprecian sólo un lado del mercado. Pero las nuevas industrias no tienen la relación vertical que sigue predominando en nuestras mentes: la de un comprador y un vendedor. Son mercados multilaterales donde cada consumidor aprecia sustantivamente un lado del mercado que, en muchas ocasiones, le parece gratuito. Pero los precios y beneficios de esa misma empresa tienen otros lados y facetas en los que se explota la información y no son, en absoluto, gratuitos. Y silenciosamente dominan –hasta límites insospechados- gran parte de lo que observamos y, lo que es más importante, cómo lo observamos: nuestra vida, nuestras opiniones. Sucede también que compartir datos, bien utilizado, puede traer mucho ahorro y conveniencia al consumidor, al compartir información y servicios. Esa economía colaborativa de la que ahora tanto se discute por sus efectos sobre otros órdenes industriales tradicionales. Sobre todo, en el sector servicios, como el transporte o el turismo, donde conflictos como el del taxi están muy vivos.

Como ha señalado recientemente el premio Nobel Jean Tirole, esta nueva economía digital se debe asentar sobre cuatro pilares regulatorios: competencia, relaciones laborales, privacidad y fiscalidad. Pero el desafío es considerable y se regula “a bulto”. Hay sobrerreacción que eleva -sin la debida reflexión- algunos pilares (impuestos, limitación de la competencia) y no da el adecuado tratamiento que requieren otros (protección de datos y nuevas formas de empleo). Si no se avanza de forma más coordinada entre jurisdicciones y con un mayor entendimiento de cómo funcionan estas industrias, el resultado será un freno a la innovación y la protección de sectores poco competitivos. Se generará desigualdad entre países. Brechas entre los ricos tecnológicamente y los aparentemente protegidos pero empobrecidos en digitalización.

El orden comienza por una adecuada protección de datos, en el uso que hacen las grandes tecnológicas (Google, Amazon, Facebook). Del mismo modo, se debe articular una fiscalidad coordinada que no siempre es sencilla porque no todas estas compañías manejan la información del mismo modo (Amazon vende y Google ofrece resultados de búsqueda). Sin embargo, predomina la obsesión por la fiscalidad sin la suficiente reflexión para ser eficiente (tasa Google). Sin consenso internacional deriva en aislamiento tecnológico. Y una protección de sectores no competitivos que carece de sentido para el bienestar común. Se favorece el monopolio de quien no ofrece ya un servicio adecuado a los tiempos que corren y se ignoran las fuentes del tremendo poder de mercado de los gigantes tecnológicos.

La semana de Davos

Publicado en El País el 22 de enero de 2019

El gran acontecimiento económico de la semana —con permiso de los vaivenes bursátiles y del Brexit— es el Foro Económico Mundial que este martes comienza en Davos (Suiza). El funcionamiento mediático de los últimos años ha sido el siguiente: un tema económico o medioambiental de moda, un planteamiento político falto de compromiso y una crítica generalizada por parte de analistas, sobre todo, por falta de contacto con la realidad.

En la edición de 2019 se habla de Globalización 4.0: definiendo una arquitectura global en la era de la cuarta revolución industrial. El título, que parece un paquete de software, se refiere a cómo el mundo global va a afrontar el nuevo modelo económico a través de las tecnologías de la información, inteligencia artificial y relaciones laborales y sociales. Realmente el tema no es nuevo, pero en las sesiones que se han programado y en la presentación del evento trasluce que puede haber calado algo de la crítica de años anteriores. Parece que en la sociedad de comienzos de milenio existe un hueco grande e incómodo entre unas élites cada vez menos respetadas y más despistadas y un populismo destructivo y engañoso.

Abierta en canal, la economía mundial tiene dos grandes enfermedades cuya solución todavía no se atisba. Por un lado, una gobernanza mundial con la peor reputación desde hace, al menos, medio siglo. Con el agravante de que la comunicación es más fluida pero cada vez menos acertada. Sin importar la veracidad. Las redes sociales y otros canales son máquinas de producción de información no reposada y, en muchas ocasiones, falsa y malintencionada. El daño es muchas veces irreparable y con graves consecuencias electorales y económicas. Por otro lado, hay una acumulación de deuda sin precedentes.

El FMI estima que alcanza los 164 billones de euros, lo que supone un 225% del PIB mundial, un 12% más que en el pico que se alcanzó en 2009, en plena crisis financiera. Parte de este crecimiento del endeudamiento responde a la política monetaria que nos sacó del atolladero, con tipos de interés ultrarreducidos y dinero oficial en abundancia. El camino de vuelta está siendo muy complicado. Para algunos, inasumible.

La conjunción de los dos problemas (pobre gobernanza y deuda ubicua) es un cortocircuito en el mecanismo esencial que rige la sociedad moderna: las redes de confianza. En Davos se va a hablar poco de deuda pero sí de cómo la tecnología, bien usada, puede ayudar a restaurar parte de esa confianza. Bien utilizada, claro. Porque, tal vez, el punto de partida es admitir que es inaplazable una mayor presencia regulatoria en relación con el manejo de la información por parte de las grandes big-tech y redes sociales. Y orientar el avance en esas técnicas a una mejor educación, mayor conciliación de la vida familiar y de la personal, control del cambio climático o uso de la energía, entre otros. En tiempos en los que aumenta el riesgo político, la tecnología debe favorecer la recomposición de la confianza más que convertirse en mecanismo de confusión y herramienta de distorsión política. ¿Se reconectará Davos con la realidad?