¿Y ahora qué?

Publicado en El País el 14 de enero de 2020

El inédito Gobierno de coalición que acaba de formarse en España ha despertado sensibilidades de todo tipo que solo parecen coincidir en preguntarse: “¿Y ahora qué?”. La ciencia política y económica ha mostrado que la estabilidad y eficiencia de los ejecutivos con miembros coaligados depende de la capacidad de cohesión del liderazgo, pero casi siempre cuentan con una ventaja: el control que ejercen unos a otros impiden orientaciones hacia los extremos y obligan a encontrar soluciones más centradas. En España esto no va a ser, en principio, sencillo porque el Consejo de Ministros tendrá muchas sillas y porque el Parlamento va a ser aparentemente hostil. Aun así, los mecanismos de control y mayorías parlamentarias serán esenciales y, por encima de ellos, un anillo adicional de vigilancia desde Bruselas, por los compromisos adquiridos como miembros de la UE.

El autocontrol parece posible porque existe un equipo económico fuerte en algunas carteras, perfectamente alienado con Bruselas. Así, por ejemplo, en materia de pensiones —donde se cuenta con un especialista— convendría que todos los partidos (y no solo los que ahora forman el Ejecutivo) abandonaran el discurso de la actualización de pensiones sin más y retomaran el debate de la sostenibilidad. Siempre son un cierto alivio las declaraciones de los responsables de carteras económicas que están acompañadas de añadidos como “respetando siempre las reglas comunitarias”. Así, en el Consejo de Ministros, algunos probablemente tendrán que olvidar pretensiones expresadas en el pasado precisamente por ser contrarias a esas restricciones impuestas por la UE. Pero en ese Consejo va a ser esencial que se marquen líneas generales de actuación que eviten la sensación de que puedan intentar proliferar 22 proyectos individuales en lugar de una estrategia común. La vía de descentralización de carteras por la que se ha optado debería servir para que algunas de ellas sirvan de control de otras en materia de gasto y responsabilidad (política territorial, medioambiente…).

Finalmente, no puede olvidarse que vivimos una épica en la que los mensajes valen tanto como las acciones, al menos a corto plazo y, por lo tanto, la política de comunicación debe ser firme para evitar disonancias que los mercados, inversores o socios internacionales puedan recibir mal.

Reflexión anual de los economistas

Publicado el 7 de enero de 2020 en El País

La reunión más importante para los economistas académicos agrupa a numerosas asociaciones en torno a la American Economic Association. Se celebra en la semana de Año Nuevo y ha tenido lugar en San Diego (EE UU). La distancia desde California no me ha impedido sentir el enconado debate en España en torno a la investidura y sus posibles implicaciones. En todo caso, muchos de los grandes temas de la economía no se debaten con la frecuencia deseable en nuestro país.

Una preocupación transversal en la profesión económica son los problemas de índole social del capitalismo del siglo XXI. Diferentes planeamientos ideológicos parecen converger a que el sistema debería reducir la desigualdado, de lo contrario, la inestabilidad del sistema aumentará. La inequidad derivada de una excesiva polarización de los ingresos puede agravarse si se produce también una brecha entre avanzados y rezagados tecnológicamente. Esto no requiere solamente, como remedio, políticas redistributivas, sino también anticipativas que presten la atención a la innovación en la educación y el gasto en inversión. No invertir en investigación y tecnología hoy es abonarse a una segunda o tercera división económica en el futuro.

Una señal de que la desigualdad se toma en serio es que surgen alternativas al PIB que más que actividad, resumen el bienestar social. En ello trabajan varias agencias estadísticas, como el Bureau of Economic Analysis estadounidense, pero estamos aún lejos de una aplicación generalizada de las mismas que orienten y evalúen las políticas. En la dimensión social, resulta lamentable también el contraste entre los efectos considerablemente positivos de la inmigración en el crecimiento económico a largo plazo y su tratamiento político. Tampoco hay pedagogía para que no se manipule la percepción de este asunto.

Los efectos de la prolongación de regímenes de tipos de interés reducidos han sido otro tema relevante en San Diego. Sin consenso. Algunos consideran que, si se tolerara algo más el déficit fiscal y el gasto, el crecimiento y la inflación se reequilibrarían y los tipos podrían volver a subir. En todo caso, crecen las voces que señalan efectos colaterales dañinos de los tipos reducidos. A los ya muy comentados relacionados con disfunciones en mercados financieros se unen ahora los que reflejan la preocupación por las distorsiones sobre el ahorro y la estabilidad financiera en países que no están en grandes áreas monetarias integradas. Más madera al fuego de la desigualdad.

Es imposible resumir todos los debates y trabajos, pero no faltaron los relativos al cambio climático. Interesante comprobar cómo los impuestos carbón tienen efectos positivos de largo plazo que reducen, más de lo esperado, los costes fiscales de los países, al reducirse el impacto en los presupuestos de los problemas climáticos.

En España, frecuentemente se habla de desigualdad, bienestar, gasto público, tipos de interés o cambio climático, pero desafortunadamente en una dimensión muy politizada y cortoplacista. Para trascender e incorporar políticas de reforma es necesaria estabilidad interna y participación externa. Veremos si se logra en esta legislatura.

El testigo de la macroeconomía

Publicado en El País el 31 de diciembre de 2019

En las carreras de relevos no importa solo la velocidad, también las condiciones en que se pasa el testigo. Con la macroeconomía sucede lo mismo. Como los relevistas, son cuatro los trimestres para los que se ofrecen datos de crecimiento. Ayer supimos que el tercero de 2019 mostró síntomas de fatiga que van a condicionar, probablemente, la carrera de los tres meses finales del año. En apariencia, la velocidad es la esperada —el PIB creció un 0,4% entre junio y septiembre—, pero el testigo se entrega algo más bajo porque el crecimiento interanual ya no es el 2% previsto, sino que cae al 1,9%.

El desfonde es generalizado, pero particularmente acusado para la demanda externa (que contribuye solo con una décima al avance, frente al 1,8% de la demanda interna). Tampoco hubo especial animación en el gasto privado y, sin embargo, sí que la hubo en el público, a pesar de que las restricciones presupuestarias eran importantes y lo serán más el próximo ejercicio.

El equipo llegará, en todo caso, a la meta, y estará por ver si finalmente el año se cierra por debajo de ese 2% que se antoja barrera psicológica. Lo que sí parece es que los velocistas de 2020 serán algo más lentos y el próximo año el PIB será alrededor de medio punto porcentual menor (1,5%). Se convergerá con la mayor parte de combinados europeos en una actividad económica algo más anémica y será mucho más complicado generar empleo, aunque se espera que se siga creando. ç

Todo esto sucede con unos niveles de precios reducidos. El IPC se elevó ayer al 0,8% (tras el 0,4% de noviembre) pero la subida se asocia al alza de los carburantes porque los componentes subyacentes del consumo siguen adormilados. La inflación sigue perdida y una de las grandes incógnitas de 2020 es si se volverá a encontrar. A ello sigue abonada la política monetaria de muchos bancos centrales.

Respecto a las condiciones externas, ya no se temen zancadillas extraordinarias del exterior por el camino porque se ha disipado, en gran medida, el temor a una recesión global. No obstante, en 2020 seguirá habiendo riesgos a la baja. Estados Unidos celebrará elecciones en noviembre, pero todo el año parece abonado a un embrollo político considerable que, como viene siendo habitual en estos años, tendrá consecuencias en el exterior. En el terreno financiero, se aprecia cierto estrés en los mercados de deuda, una olla en cuya válvula de presión hay muchas manos tocando. Y, sobre todo, el próximo año será de mucho movimiento estratégico.

Entre otras cuestiones, va a haber mucho movimiento en negociación comercial en el año que entra. Se decidirá el nuevo acuerdo entre UE y el Reino Unido y habrá numerosas derivaciones y externalidades de lo que finalmente concreten (o deshagan) Estados Unidos y China. Será un año, por lo tanto, para actuar políticamente con atención y agilidad en el que una economía como la española no puede permitirse quedar en fuera de juego, abotargada por problemas internos que comienzan a eternizarse.

Navidad sin Reino Unido

Publicado en El País el 24 de diciembre de 2019

Qué tiempos estos en los que se acaba celebrando la salida de Reino Unido de la Unión Europea, tal vez cansados tras casi cuatro años de intentos fracasados. No será hasta final de enero, pero está ahí la sensación de estar celebrando estas fiestas con un invitado menos. Una Europa sin uno de los buques insignia de las últimas cinco décadas. Nunca fue una relación sencilla. Harold Wilson, un laborista tecnócrata, quiso refrendar ya en 1975 la pertenencia a la UE “con la cabeza alta y sin arrastrarse por el suelo”. Cinco años después, Thatcher gritaba en una cumbre europea en Dublín: “¡Quiero que me devuelvan el dinero!” Una relación incómoda, pero mucho más provechosa de lo que políticamente se ha querido reconocer.

La abrumadora victoria de Boris Johnson en las últimas elecciones asegura el divorcio, pero queda por definir cómo será la relación posterior. Tres años y medio para la separación, y ahora se quiere negociar el marco de una nueva convivencia en 12 meses. Se lo ha autoimpuesto Johnson, prohibiéndose a sí mismo, por ley, cualquier prórroga al período de transición más allá de 2020. Habrá consecuencias institucionales, humanas, económico-productivas y financieras. En qué medida sean perjudiciales dependerá de la altura de miras de las partes y de si la regulación sigue estando coordinada a ambos lados del canal de la Mancha. Será difícil negociar si los marcos normativos se alejan. Y con eso ha amenazado el pasado fin de semana Johnson, al señalar que no quiere “alinearse con Bruselas”.

Se cree desde Londres que Reino Unido será objeto de deseo comercial y estratégico de grandes socios mundiales. Sin embargo, países como Japón o Canadá han recordado su prioridad por el mercado de la UE, de 500 millones de consumidores. Todo lo que suponga alterar las relaciones con Bruselas, dificultará la capacidad británica de encontrar nuevos socios. Desde Washington, un día se jalea a Johnson y al siguiente se establecen nuevos vetos o aranceles sobre productos británicos. Reino Unido no llega a este nuevo entorno como un imperio. La UE se queda con un pilar menos, en un momento de escasa cohesión institucional y cierta anemia económica.

Preocupa mucho que sucederá con el movimiento de personas, un marco aún no cerrado en el que se prevén nuevos controles aduaneros y restricciones de acceso. Un problema grave para las islas británicas, que han cubierto gran parte de sus carencias de capital humano con talento de la Europa continental (y viceversa). Un desajuste laboral, turístico, intelectual y cultural aún no suficientemente calibrado. La cadena de producción europea, por otro lado, se va a partir en dos salvo sorpresa y las balanzas comerciales y la competitividad exterior de las partes quedarán en entredicho. Cada semana, también, recibimos noticias de que la City y el mundo financiero no están preparados para una ruptura abrupta y la extraordinaria pérdida de profundidad de mercado y liquidez que podría suponer esto para la UE. Que todo esto esté solventado para la próxima Nochebuena es poco probable. La alternativa es un desorden importante.

Del trote al paso

Publicado en El País el 17 de diciembre de 2019

Los aires del caballo de la economía española han pasado del trote al paso. Crecimos con vigor tras los ajustes de la crisis y la fase alcista ciclo económico. Y ahora, resistimos con incertidumbre ante la falta de reformas y la presencia de condiciones exteriores menos favorables. La cosa, de momento, no va a peor. Así lo sugirió ayer el Banco de España en la actualización de sus proyecciones macroeconómicas. No se trota, pero se avanza. Para 2019 se sigue esperando un crecimiento del 2% a cierre de año. De ahí en adelante, pérdida progresiva de fuelle: 1,7% en 2020, 1,6% en 2021 y 1,5% en 2022.

Hacer previsiones a más de un año vista es, hoy en día, una tarea complicada. No porque las herramientas de previsión no sean las adecuadas (tal vez sean las mejores en perspectiva histórica) sino porque el entorno es tan inusual (monetaria y geopolíticamente) como cambiante. Hay, en todo caso, una constante en la mayoría de las previsiones recientes realizadas respecto a España y otras economías occidentales (las del FMI son buen ejemplo): predecir un futuro próximo razonable y esperar un medio y largo plazo más sombrío. La razón fundamental es que el cambio a la baja en las condiciones cíclicas se ha retrasado. Y también se han demorado la subida en los tipos de interés o la delimitación de equilibrios globales como el energético o el comercial.

Con un crecimiento entre el 1,5% y el 2% para los próximos ¿qué incertidumbres surgen en España? La primera me parece de naturaleza cualitativa. Es el riesgo de que esta desaceleración se interprete de forma excesivamente negativa y dañe expectativas de gasto y de inversión. Esto se deja notar, recuerda el Banco de España, en un aumento del ahorro -algo que no es malo de por sí- pero, sobre todo, en una caída del consumo y en el “tono débil de la demanda de crédito”. También hay matices algo más positivos en las nuevas proyecciones, como que el empleo crezca este año un 2% en lugar del 1,8% previsto anteriormente. Esta es una buena noticia teniendo en cuenta que gran parte de lo que estará a prueba en este escenario de menor pujanza de la actividad es si se puede seguir reduciendo el paro con tasas de crecimiento inferiores a los dos puntos. Algo que, antes de la reforma laboral, parecía complicado.

El elemento más preocupante, si todo se mantiene como hasta ahora, es el comportamiento del déficit público. Se estima que en 2019 no variará respecto a 2018 (2,5%). Que mejore en los próximos años se fía más al mantenimiento de tasas de variación del PIB razonables que a la disciplina presupuestaria. Especialmente preocupante resulta un gasto en pensiones que no está fundamentado en la sostenibilidad de su propio sistema.

Todo esto sucede en una España con una bolsa ciclotímica, en la que la relativa “aclaración” del Brexit y la reducción de las tensiones comerciales tras el cuasi secular castigo de gran parte del parqué bursátil durante mucho tiempo.

El nuevo lobo feroz

Publicado en El País el 10 de diciembre de 2019

Hace unos años era habitual encontrar explicaciones sobre la crisis que usaban el cuento de Los tres cerditos. La idea era que la arquitectura del sistema financiero no era de ladrillo, ni siquiera de madera. Más bien, de paja. Hemos avanzado hacia un edificio institucional bancario más sólido, con nuevos principios de gestión financiera y, sobre todo, con una regulación abrumadora. Pero hay nuevos lobos que vienen soplando. La casa tiene un piso bancario sólido, pero se han edificado otros pisos que puede llevarse el aire o el fuego con mucha más facilidad. Se construyen con una financiación apenas supervisada por los reguladores, con potenciales efectos desestabilizadores.

Básicamente es construir un título de deuda basado en los créditos de empresas que ya tienen, de por sí, una deuda comparativamente elevada. Gráficamente es como si algunas empresas de alto riesgo no tuvieran fuerza para tomar impulso en el trampolín de una piscina y se les carga de una mochila para que ganen más peso en el salto. Pueden llegar lejos o pueden romper la palanca. Es “deuda al cuadrado” (deuda sobre deuda), una redundancia peligrosa sobre la que han advertido diferentes instituciones internacionales. Son casi uno de cada cinco contratos con garantía que se negocian en mercados de bonos.

Hay una lectura —lejos de ser consensuada o plenamente convincente— que sugieren que los CLO no entrañan el riesgo de los CDO. Sin embargo, los CLO ya suponen un volumen negociado de 1,4 billones de dólares (trillones anglosajones) y, sobre todo, revelan que, en un entorno de tipos de interés ultrarreducidos, el riesgo escapa del entorno bancario y se encierra en las sombras de productos menos supervisados o regulados. Es como tener un buen tratamiento para los virus y no tenerlo para las infecciones bacterianas.

Esa visión “tranquilizadora” sobre los CLO sostiene que tienen un mayor respaldo en caso de impago del que tuvieron los CDO. Sin embargo, en un mundo inundado con deuda corporativa, es posible que el contagio (la correlación y desboque que puede producirse cuando las pérdidas aparezcan) sea mayor en los CLO que en los CDO. No se ha demostrado que sea así, pero tampoco lo contrario.

S&P, por ejemplo, ha señalado que si el ciclo económico a la baja se prolonga, las bajadas de rating de CLO pueden reproducirse como la mala hierba. Lo que encaja con el mensaje del FMI en su último informe de estabilidad financiera de que el 40% de las empresas con elevado apalancamiento en el mundo podría entrar en impago en un entorno de tipos de interés más elevados, de esos que susurran: “Soplaré y soplaré y la casa derribaré”.

Melé digital y verde

Publicado en El País el 3 de diciembre de 2019

Las principales tendencias que orientan la economía global no son nuevas, pero resurgen con fuerza inusitada. Digitalización y protección del medioambiente son las dos grandes fuerzas de una melé entre la resistencia de la economía del siglo XX y las aspiraciones de la del siglo XXI. Se decide el orden de juego económico y social de las próximas décadas.

Las tensiones geopolíticas y comerciales esconden una lucha por la supremacía tecnológica que, necesariamente, alumbrará un futuro también más verde. En el centro de esas tendencias están, como en los últimos treinta años, las finanzas. Son gran parte de la contienda y evidencian un paradigma económico diferente para las nuevas generaciones. Esas cuya fidelidad a los proveedores es volátil y cuya actividad se inspira en principios colaborativos. Muchos jóvenes no quieren o no necesitan coche, coordinan sus movimientos y se comunican de forma más impersonal pero, al mismo tiempo, más directa. A pesar de las apariencias, creen en un cambio social más humanista y verde. Sus tendencias pueden elevar a una empresa a los altares y, en pocos días, abandonarla. Se mueven a una velocidad asombrosa y piden respeto por su información porque saben que es la moneda de cambio al uso.

Ahora surgen, por ejemplo, nuevos servicios financieros suministrados no ya por bancos sino por Big Tech o por telecos. Como el caso de Orange la semana pasada. En un país como España donde, aunque el 80% de los clientes se mantienen fieles a su entidad financiera, al menos un 40% de los que quieren cambiar considerarían a empresas como Google o Apple como proveedores en un futuro. Se valorará también en qué medida los competidores financieros y los de otras industrias se plantean unos servicios más sostenibles. Al fin y al cabo, las estimaciones apuntan a que la digitalización puede reducir las emisiones contaminantes globales entre un 15% y un 20%.

Las instituciones públicas también deben ponerse a la cabeza de estos cambios para evitar desórdenes en diferentes ámbitos. Así, por ejemplo, bancos centrales introducen ya, en su discurso (la propia Lagarde estos días) la necesidad de inversiones más verdes, incluidas las referidas al programa de compra de activos del BCE. Asimismo, deben tomar una posición más decidida respecto a cuestiones tan esenciales como el futuro de las criptomonedas. No ya por la volatilidad y problemas que siguen mostrando algunas (caso de bitcoin en las últimas semanas) sino porque iniciativas como Libra de Facebook pueden hoy, seguramente, fracasar pero muestran la posibilidad de que en un futuro próximo se desarrollen sistemas monetarios alternativos a los oficiales. Hasta ahora, un billete de 10 euros valía exactamente eso por una cuestión de confianza en el banco central (de ahí que se le llame dinero fiduciario). Para un joven, si mañana Google dice que algo vale 20 googles (por inventar una moneda) puede que ponga más fe ahí que en lo que diga cualquier institución pública.

Para lidiar con estos cambios, es precisa coordinación política y capacidad de liderazgo y anticipación. Justamente algo que ahora se echa en falta.

 

Algo se mueve en el BCE

Publicado en El País el 26 de noviembre de 2019

La web del Banco Central Europeo (BCE) denota que algo está cambiando. Tiene que ver con la llegada de Christine Lagarde, pero también con un debate sobre la eficiencia de la política monetaria. En ocasiones desabrido. Se ve en la página una foto de la nueva presidenta con el rótulo Un nuevo enfoque para Europa.Enlaza con su muy comentado discurso del pasado viernes en el Congreso Bancario Europeo, en el que reclamaba para Europa el impulso fiscal de aquellos que puedan hacerlo e iniciativas comunes orientadas a una inversión más digital y verde. Es la parte más amplia y noble de la batalla dialéctica. La apelación sincera la necesidad de que los Gobiernos —y no el banco central— tomen el pulso del crecimiento. Cuenta con opositores firmes, que consideran que el BCE busca que la inflación suba de cualquier manera, lo que incluye la posibilidad de ahondar en tipos más bajos, negativos. Sin embargo, tal vez lo más importante es que Lagarde invita a que se aporte evidencia que ilumine científicamente esta discusión.

En esa dimensión de la evidencia empírica se enfrentan quienes consideran que las políticas monetarias no convencionales siguen siendo necesarias frente a los que sostienen que no sólo han perdido su efectividad, sino que están tornando contraproducentes. La última ráfaga de estímulos bancarios en septiembre —todavía con Draghi a la cabeza— destapó que la crítica al BCE comenzaba en su propio seno. Un conocido rotativo financiero internacional filtró que esas medidas se adoptaron obviando la opinión contraria de informes técnicos del propio Banco Central. Desde entonces, críticas a pecho descubierto y sin tapujos.

Como bien ha recordado desde las redes sociales la que será nueva miembro del Comité Ejecutivo del BCE, la alemana Isabel Schnabel, la crítica es bien recibida, pero con dos precauciones. La primera, pocos ponen en duda que ha sido la política monetaria la que nos ha sacado de la crisis. Y no para beneficiar a los bancos sino a todos, incluyendo los endeudados que han ahorrado decenas de miles de millones en intereses. La segunda, algunos están usando este debate como una nueva fuente de antieuropeísmo, en un momento político delicado.

Lo que se discute son los efectos de la duración de esas políticas. En un estudio de Funcas [la fundación de las antiguas cajas de ahorros] de próxima aparición, por ejemplo, repasamos toda la literatura sobre experiencias de políticas monetarias no convencionales (en particular, de tipos de interés negativos). Se aprecia que esa vertiente crítica es creciente y apoyada por los datos (una política monetaria poco efectiva cuando los tipos son cercanos a cero o negativos). Se aporta, además, evidencia empírica de que los bancos que afrontan tipos negativos de referencia tienen márgenes de intereses hasta un 18,4% menor que los que no lo hacen.

Esto deja a la banca europea en desventaja competitiva respecto, entre otros, a los bancos americanos. Por no hablar de otras distorsiones del dinero barato como anomalías en mercados de dinero o deuda o supervivencia de empresas sin viabilidad que dañan la productividad y el crecimiento.

Forward guidance político

Publicado en El País el 19 de noviembre de 2019

En todo el mundo se observa sobrerreacción de los mercados a cualquier gesto que pueda ser interpretado como generador de inestabilidad económica o financiera. Son frecuentes los desmentidos y aclaraciones tras un anuncio, tuit o rumor político desestabilizador. Tiene mucho que ver con un exceso de ganas de agradar sin suficiente reflexión. Lo escribía Benedetti: “Una cosa es evidente: si, por un lado, las actitudes extremistas provocan entusiasmo, arrastran a los otros, son índices de vigor, por otro, las actitudes equilibradas son por lo general incómodas, a veces desagradables y casi nunca parecen heroicas”. No son actitudes nuevas pero, a la velocidad que viaja la información hoy, si además se retuerce y manipula, se genera una sensación de pérdida de rumbo con efectos perniciosos.

Es tentador pensar que eso deberían ser, por ejemplo, los programas electorales, una guía de acción. Donde un forward guidance político adquiere importancia es en su capacidad de establecer unas pautas básicas o, dicho de otro modo, unas líneas rojas cuando son necesarias coaliciones con diferencias políticas significativas. Sucede ahora en España pero ha ocurrido frecuentemente en Alemania, por ejemplo.

La pérdida del equilibrio es habitual. Pasa en EE UU ya con los mensajes de posibles candidatos para las elecciones de 2020. Pasa en Italia cada vez que se echa un órdago a la UE. Y también en las elecciones del Reino Unido, donde las posturas son más enconadas que nunca y no solamente en términos de Brexit.

En España, respetando todas las opciones políticas, considero que es importante que, al igual que los bancos centrales pueden calmar a los mercados, todos los políticos deberían tener un forward guidance cuando tienen una responsabilidad o la posibilidad de tenerla y así no tomar decisiones que puedan dañar al país y su economía en el medio y largo plazo.

No creo que ningún partido ni ciudadano aspire a una bolsa de valores a la baja, a perjudicar a su sistema financiero nacional o a un mayor riesgo-país. Establecer esos parámetros básicos es una premisa que corresponde a todos los políticos y, más aún, a los que se encargan del Gobierno de un país. Presupone una habilidad para lidiar con un entorno político polarizado donde las propuestas que chirríen son más probables y la necesidad de enfriarlas más importante.

Cuestiones como la sostenibilidad presupuestaria, la estabilidad financiera y la credibilidad internacional deben garantizarse por todos, sin que haya espacio para el rumor o dejar demasiado tiempo abierta la duda. Yo no lo veo como una imposición del mercado, sino del sentido común que requiere una sociedad del bienestar que aspira a seguir siéndolo.

Tirar los dados

Publicado en El País el 12 de noviembre de 2019

Tras el resultado de los comicios (y la posibilidad de una nueva ronda) me invadió la sensación de que en España lo que estamos haciendo es “tirar los dados”, el título del famoso poema de Charles Bukowski. No obstante, no está el patio para recurrir a escritores malditos aunque resulta sugerente eso de “si vas a intentarlo, ve hasta el final, de lo contrario no empieces siquiera”.

No sabemos cuál va a ser ese final y la economía no debe ser un juego de azar sino, más bien, una necesidad. Tras cada reedición de voto hay un desequilibrio más endemoniado. El crecimiento va perdiendo la inercia cíclica, sin motores estructurales que la orienten a largo plazo.

Algo parecido debieron sentir el lunes en la Bolsa, donde el tono fue entre negativo y plano. La dinámica errática de los índices parece que está para quedarse. La interpretación financiera del 10-N es que va a ser muy difícil marcar un rumbo.

Poner propuestas sobre la mesa para superar la línea roja del veto al contrario sería lo más conveniente para la economía, pero ese espacio de posible intersección y entendimiento se ha reducido tras estas elecciones. Y tiende a reducirse con cada nueva convocatoria.

esa más el temor por el potencial castigo que pueda suponer en intención de voto una alianza que el sentido práctico. Hasta qué punto el votante medio valora una coalición en aspectos económicos básicos sigue siendo una incógnita que invita a la economía política. Tal vez el primero que sorprenda tendiendo la mano (con sus condiciones, no iba a ser menos) pueda ganar el doble rédito de la responsabilidad económica y social y de la comprensión del votante, aunque esta llegue más tarde. Que los mercados no reaccionaran negativamente en mayor medida se debe a que ya descontaban un escenario político sin mayorías ni coaliciones claras.

Muchos sectores sometidos a cierta volatilidad en su valor de mercado precisan de un Gobierno con una política más o menos definida, para ajustar sus expectativas y salir del limbo de los rumores. Se espera la definición de cuestiones como la estrategia impositiva, el modelo de innovación o las modificaciones que puedan hacerse en materia laboral. A la espera están energéticas, constructoras y banca, entre otras.

El escenario central es que todo sigue igual. Pero los dados son caprichosos y, de no producirse una reacción política, en otra ronda pueden dar un resultado aún peor. Uno en el que no haya espacio para integrar las políticas que en otras ocasiones han mostrado que existe convergencia en algunos aspectos. No en todos los necesarios ni en la medida que sería deseable, pero sí para mover a este país hacia un terreno más responsable y estable de condiciones institucionales y económicas.

Lo que sí se observa en cada tirada de los dados es más polarización, señal de desesperación y hartazgo. Puede que estemos ante un momento de responsabilidad histórica o ante la continuación de un deterioro peligroso y dañino en lo económico y social.