Aprendiendo de Japón

Publicado en El País el 8 de agosto de 2017

He de reconocer que soy un enamorado de Japón, desde donde escribo estas líneas. Cuando estoy aquí no puedo dejar de pensar en muchas cuestiones de índole económica y social de las que este país es prontuario y de cuya experiencia España puede aprender. Son dos naciones muy distintas pero con una relación cultural de mutua admiración. No sería baldío ahondar también en la vertiente comercial e intelectual. Mucho ha cambiado este entrañable país desde que los estadounidenses, con el comodoro Perry a la cabeza, se presentaron en la Bahía de Edo (la Tokio actual) en 1853. Desde aquel shogunato hasta la moderna Japón se han producido extraordinarias transformaciones pero casi siempre se ha conseguido mantener una dignidad y elegancia con escaso parangón.

De la economía japonesa se puede aprender de lo bueno y de lo malo. Precisamente, uno de los rasgos que define la transformación industrial es su capacidad para asimilar los avances de otros y mejorarlos, con seriedad y eficiencia. La educación —incluyendo valores y disciplina— es una virtud de la que hacen gala no solo para prosperar sino para resurgir de grandes recesiones, aunque sea de forma lenta y con extraordinario tesón. Tras la última gran crisis financiera —que afectó más a Europa y EE UU— Japón intenta hacer frente a dificultades que comparte con otros territorios pero que, en su caso, son desafíos de extraordinario calado. Fruto de sus amplios programas de estímulo para tratar de relanzar la economía, su deuda pública dobla a la española, por encima del 200% del PIB. Sus programas de ajuste y los reducidos tipos de interés pueden ayudar a sobrellevar esta carga pero su sistema de protección social presenta serias dificultades de sostenibilidad intergeneracional (como en España). La población es de las más longevas y envejecidas del mundo y los costes del sistema (pensiones, sanidad, dependencia…) recaen de forma abrupta en menguantes generaciones de jóvenes. Los mismos que han sufrido el grueso de duros ajustes salariales, con sueldos a la baja en términos reales. ¿Les suena esta historia?

Ahora el ejecutivo se propone subidas de salarios y fomentar los contratos fijos, que pretenden servir de revulsivo fiscal para aumentar el consumo y la inflación. Pero, de momento, el impulso ha sido tímido. Y el Banco de Japón se ha visto obligado a prolongar hasta 2019 su objetivo de alcanzar una inflación del 2%. Así, se queda junto al BCE como las autoridades monetarias que tratan de mantener los estímulos por un período más prolongado. La diferencia es que, en Japón, el debate sobre la necesidad de política fiscal y sobre las reformas precisas para hacer los sistemas de bienestar sostenibles está mucho más presente.

Asimismo, Japón no se ha arredrado ante el cúmulo de acciones proteccionistas y unilaterales de países como Reino Unido o EE UU. De hecho, para el estupor del mundo anglosajón, ya ha trazado planes contingentes preferentes con la UE. El país más ortodoxo en sus tradiciones es uno de los más heterodoxos en sus políticas económicas hoy en día.

Turisboom

Publicado en El País el 1 de agosto de 2017

Hay dos realidades del turismo en España, la de los grandes números y la de la experiencia social de cada territorio. Se aprecia, mes a mes, el vértigo de la superación de récords de visitantes, pernoctaciones y otro amplio número de indicadores. España vive un auténtico boom turístico. Pero en este turisboom se aprecian opciones muy distintas de desarrollo con diversas implicaciones para su sostenibilidad.

Este lunes conocimos los datos de Frontur que indican que España recibió hasta junio la visita de 36,3 millones de turistas extranjeros, un 11,6% más que en el mismo mes de 2016. Reino Unido, con 8,5 millones de visitantes, es el principal país de procedencia con un incremento del 9,1% respecto al mismo periodo de 2016, lo que sugiere que el impacto del Brexit aún no se ha hecho notar. España ya recibió 75 millones de visitas en 2016 y en 2017 se espera llegar a 84 millones. Las noticias son extraordinarias pero hay que cuidar a la gallina de los huevos de oro.

Las excesivas dependencias del crecimiento económico respecto a un determinado sector no son buenas. Salvando las distancias, la construcción presentaba hace algo más de una década números que nadie quería interrumpir pero una subordinación desmedida del empleo a un sector que no iba a poder mantenerlo a largo plazo. El caso del turismo es distinto pero también entraña riesgos. Es gracias a este sector que España crecerá a finales de año batiendo de nuevo previsiones, holgadamente por encima del 3%. Y también la expectativa de reducción del desempleo por debajo del 17%. Pero como en el deporte, cuando los récords se baten una y otra vez conviene también analizar posibles casos de dopaje. El empleo es excesivamente temporal y los salarios hace tiempo que deberían haber crecido con un poco más de alegría.

Condicionantes como la estacionalidad son consustanciales a la actividad turística pero no impiden que una apuesta por la calidad y la diversificación reduzca su impacto en la sostenibilidad del empleo. El turismo en España es, en general, de gran calidad pero esta ofrece distintas posibilidades según el modelo. Y, en el caso español, predomina el de elevado número de visitantes y con menor ingreso medio frente al de visitas más prolongadas de menos visitantes y con mayor gasto promedio. No es que haya que apostar por un “turismo de ricos” pero la propia experiencia dicta los límites de cierta opciones. En algunas localizaciones el modelo turístico amenaza con hacer desaparecer la esencia propia del territorio. En determinados casos esto ya se ha producido y, en otros, se plantea cómo frenarlo o cómo transformar y diversificar las opciones. Entre Venecia y Montecarlo hay muchas opciones.

Apostar por modelos sostenibles implica que ese adjetivo pueda ser exportable al empleo y al arrastre que el turismo produce en otros sectores. De hecho, la incidencia indirecta en otras actividades hace que se estime que la contribución del turismo al producto interior bruto sea del entorno del 16%. Hay que tratar de que ese pedazo de la tarta no se desmorone.

 

Modelos de sanidad

Publicado en El País el 25 de julio de 2017

La sanidad constituye un ejemplo de la paradoja del aislacionismo e insolidaridad que está emergiendo como respuesta a exigencias globales que resultan incómodas para algunos supuestos líderes mundiales. Los sistemas de salud están indisolublemente unidos a tendencias difícilmente reversibles en algunos países como el envejecimiento de la población. También a la emergencia e intensidad de algunos flujos migratorios. Sería terrible que en un momento en que la computación y los avances de investigación pueden erradicar algunos de los males hasta ahora endémicos relacionados con la sanidad en todo el mundo, se abandone ese camino.

Lo que no debe sorprendernos es que muchos de los mejores sistemas sanitarios del mundo se han basado en modelos públicos con cierto grado de universalidad y preservar ese tipo de modelos puede ser esencial, con los recursos precisos, para dotarlo de solidaridad externa. Y aquí aparecen de nuevo países como Alemania tomando el testigo de esos liderazgos y recordando (como se hizo en la cumbre de Hamburgo de principios de este mes) la urgencia de abordar algunos temas de investigación, inversión y coordinación para combatir ciertas epidemias y crear sistemas de prevención, entre otras cuestiones. Como en otros ámbitos socioeconómicos, lo que hace Alemania es fomentar el llamado “liderazgo de sistemas” que consiste en crear grupos que puedan contrarrestar el aislacionismo de los que hasta ahora han sido los líderes mundiales. Un nuevo modelo ante la amenaza de falta de respuesta a emergencias sanitarias mundiales. Un debate controvertido.

España debe ser parte de ese grupo solidario y reactivo. Siempre aparece en todos los rankings como uno de los mejores sistemas del mundo, aunque la satisfacción vaya por barrios. La fórmula para preservar el modelo y ayudar a la coordinación internacional es sencilla: escuchar a los profesionales del ramo. Y se comprueba que a la eficiencia no se llega con recortes sino con un buen uso de los recursos. Ni los gestores son siempre los adecuados (respondiendo a motivaciones políticas más que profesionales) ni los usuarios somos responsables. Ni la inversión en investigación va en la dirección que debería. Es más fácil culpar a la inmigración u obviar la necesaria coordinación y solidaridad internacional. Pero ese no es el modelo.

Lo que hemos aprendido de los errores de Caja Madrid

Publicado en Cinco Días el 21 de julio de 2017

Difícilmente escribiría un artículo estos días sobre la extinta Caja Madrid y qué hemos aprendido desde aquellos días de no ser por el trágico fallecimiento de Miguel Blesa. No son estas líneas que repasen su trayectoria sino que se refieren a la Caja Madrid de los años de su gestión entre 1996 y 2009.

Caja Madrid fue una de las primera cajas de ahorros fundadas en España, en 1838, y 170 años después dejó de serlo. Con esa prolongada trayectoria resulta difícil argumentar –como se hace de forma excesivamente simple estos días– que los modelos de cajas de ahorros no eran eficientes ni cumplían un propósito especial. Lo que ocurrió, como sucede en otros ámbitos del entorno financiero y empresarial, es que ese modelo se desnaturalizó y lo que debían ser mecanismos de control amplio se convirtieron en instrumentos de gestión política, cada vez más acentuada. Precisamente la segunda parte de la década de 1990 y hasta 2006 fue una época de desarrollo local y explotación del suelo desaforada, con una promoción desorbitada y con un aliento crediticio desproporcionado. Caja Madrid no fue excepción. Y ese fue un error común a otras entidades en España y otros países.

Incluso cuando la crisis ya era evidente, se emprendieron negocios impropios de una entidad que tenía que empezar a pensar en saneamiento y reestructuración, como la compra en 2008 del 83% del City National Bank, con sede en Florida, por 628 millones de euros. Pero esta es solo una anécdota en la maraña de problemas financieros que iba a encontrar la institución. Una de las cuestiones que hizo particularmente agudo el papel de la caja fue la fuerte exposición al crédito hipotecario, pero sobre todo al de promoción inmobiliaria. Pero en este caso particular se agravó por grandes operaciones de concentración de riesgos en alguna de las mayores (y a la postre más problemáticas) empresas de construcción españolas. Buena parte de ellas fue a la quiebra dejando un legado muy pesado para la entidad. Por si este problema no fuera suficientemente agudo, se evidenciaron pronto inadecuadas representaciones de miembros del sector de construcción y promoción inmobiliaria en los órganos de gestión, si bien esta fue una de las cuestiones que más contestación iba a provocar y tuvo que ser pronto corregida.

Cuando su particular burbuja explotó, Caja Madrid se enfrentaba a tasas de morosidad difíciles de remontar sin algún tipo de reconversión. En su cartera de préstamos se conjugaban todos los problemas habidos y por haber del catálogo de sospechosos habituales en una crisis inmobiliaria: préstamos a promoción, hipotecas sin adecuada cobertura. En una proporción significativa de estos créditos –como posteriormente se evidenció– no había garantías suficientes ni aparentemente una evaluación de la capacidad de pago contrastada, lo que convertía muchas de las operaciones en actividades subprime al más puro estilo de la crisis norteamericana.

También fue desgraciada la emisión y circulación de participaciones preferentes, principalmente entre 2005 y 2007, con las disputas y consecuencias que luego se generaron y que ya han sido largo debatidas. Mucho podría decirse también sobre otros ámbitos polémicos de la gestión, con episodios tan funestos como el de las tarjetas black, tan desdichado como poco ético. Pero tomando como referencia el caso de Caja Madrid, la gran pregunta es qué hemos aprendido. Y la respuesta resulta hasta cierto punto satisfactoria. Con la implantación de la nueva normativa de la Directiva sobre Mercados de Instrumentos Financieros (la llamada Mifid II) será complicado que los bancos puedan vender productos inadecuados a sus clientes o que estos puedan alegar desconocimiento de las condiciones. De forma similar, resulta evidente que se está avanzando hacia la consolidación de garantías y mejora de condiciones en contratos hipotecarios.

En cuanto al crédito y su calidad, la morosidad se está reduciendo de forma acelerada en España y en mayo ya se llegó al 8,7% (desde el 13,6% de diciembre de 2003). Se impone el crecimiento prudente del balance porque los españoles aún está devolviendo gran parte de la excesiva deuda acumulada en los años anteriores a la crisis.

También hay más exigencias en materia de gobierno corporativo. Han aumentado los sistemas de control y las garantías exigidas para formar parte de los órganos de administración, así como la información que es preciso reportar de forma continua para evitar problemas de conflictos de interés, entre otros.

Tomando a esa Caja Madrid como referencia, su recuperación dentro de la corporación Bankia está resultando un caso de éxito en el sector bancario, consolidando una de las bases de clientes más importantes de España. Y ahí es precisamente donde se establece el antes y el después: las entidades financieras tienen que lograr recuperar la confianza de los clientes y, tras la crisis, esto debe ser una conjunción de dos factores, principalmente. Por un lado, su propio esfuerzo de transparencia y gestión, aportando de forma competitiva servicios y atención con elevado valor añadido, recuperando el foco sobre productos minoristas, adecuados para cada tipo de cliente, sin sofisticaciones ni venta cruzada de productos inadecuados para el entendimiento o el perfil de riesgo de la mayoría de los clientes.

Por otro lado, el esfuerzo regulatorio, delimitando qué productos y servicios deben ofrecerse, en qué condiciones y con qué garantías informativas. En estas dos avenidas, la propia y la regulatoria, se ha avanzado de forma importante en los últimos años.

¿Aumentará el riesgo país?

Publicado en El País el 18 de julio de 2017

¿Tendrá la mera convocatoria del referéndum en Cataluña una repercusión significativa sobre la prima de riesgo española? Como premisa, hasta el momento, no se contempla (o se otorga una probabilidad casi cero) a una Cataluña independiente. Las agencias de rating e inversores consideran el orden constitucional como algo más que un escenario central. En situaciones como la actual, es para ellos una garantía contra excesivos sobresaltos en Estados Unidos, Reino Unido o nuestro país. Como no lo es en Venezuela. Saben que la pretendida unilateralidad del referéndum, aunque viene de lejos, puede acabar teniendo poca incidencia práctica.

Aun así, hay margen para sobresaltos. Uno de los elementos más controvertidos es la paradoja del equilibrio financiero. Una de las recurrentes quejas de la visión soberanista es que el resto del Estado detrae recursos de Cataluña. No hay espacio aquí para resumir los múltiples análisis que, cuando menos, lo relativizan y que sitúan a otros territorios, como la Comunidad Valenciana, en una situación parecida o incluso aún menos favorable. Pero muchos de los desequilibrios financieros de las arcas públicas catalanas —y de otros territorios— son, en gran medida, achacables a la gestión pública desde antes de la crisis.

Una de las preguntas recurrentes de inversores foráneos hace años era hasta qué punto la administración central respondería por las deudas de las territoriales. Desde 2012, el gobierno ha repartido financiación extra a los territorios de 180.400 millones, de los que 58.800 se han destinado a Cataluña. Esto ha frenado una situación en la que muchas veces se ha temido un default catalán. Aún así, todas las agencias de rating mantienen a Cataluña en perspectiva negativa. Responsables de Moody’s han asegurado, incluso, que el rating de Cataluña “tiene una elevación de cuatro escalones por el apoyo del Estado. Si ese apoyo no estuviera ahí, el ratingno sería Ba3, sino Caa1”. Por supuesto, económicamente, España también necesita a Cataluña para su estabilidad fiscal y financiera, entre otras cosas.

En cuanto a las primas de riesgo en Europa, en estos momentos no observamos las reales, sino las resultantes de una situación monetaria excepcional en la que el BCE compra deuda e inyecta liquidez para mantener el termómetro frío. Cada vez son más los analistas —aunque no lo comparto plenamente, al menos de momento— que sugieren que el BCE podría inclinarse pronto hacia una subida de tipos y un cambio en ese apoyo monetario. Sería mala coincidencia con un aumento del riesgo político en España.

En suma, no está claro que el previsible conflicto en torno a la convocatoria del referéndum eleve mucho la prima de riesgo pero podrá suponer que las agencias de rating se tienten la ropa antes de subir la calificación española, algo que se esperaba desde hace tiempo. Y, si el entorno monetario acaba cambiando, habrá que plantearse escenarios más desestabilizadores. Cada vez hay más propensión a poner los referendos por delante de la gestión, con poca preparación y elevada improvisación. Los efectos económicos son negativos y suelen empezar por el convocante.

Pequeña historia del G20

Publicado en El País el 11 de julio de 2017

El G20 cumplirá su mayoría de edad este año desde la conferencia inaugural que tuvo lugar en Berlín en diciembre de 1999. La cumbre del pasado fin de semanaen la también alemana ciudad de Hamburgo ha arrojado nueva evidencia sobre cómo parece funcionar la gobernanza económica mundial en este siglo XXI de aceleradas incertidumbres. Como sucedió en su momento con la UE, en distintas ocasiones con el FMI, o con el propio G20, la relevancia de estas instituciones multilaterales y su utilidad salen a la luz cuando las tensiones económicas o geopolíticas alcanzan cotas preocupantes. En períodos intermedios, se mueven entre la irrelevancia y la expectativa.

La parábola del G20 para la gobernanza global es que ante las amenazas se pueden generar bloques reactivos. Por ejemplo, en Hamburgo hubo 19 partes formando un todo para tratar de hacer entrar en razón a otra (Estados Unidos) sobre la necesidad de retomar el acuerdo climático de París o de abandonar la senda del proteccionismo comercial. El G20 se ha convertido en un G19+1. Cierto es que EE UU sigue lejos de entrar en razón en estas cuestiones pero tampoco ha dado grandes pasos en sentido contrario. Igual sucede con el acero, con la creación de un nuevo foro internacional que trate de hacer que Washington se retrate respecto a sus planes proteccionistas o, al menos, se atenga a acuerdos. Donald Trump divaga, su comportamiento es errático. No hay avances en sentido práctico. De hecho, resulta casi divertido comprobar cómo algunos medios internacionales consideraban que se habían dado progresos respecto a la protección del clima pero no en el comercio y otros todo lo contrario. Pero, sea cual sea el cambio, sí que han quedado como temas de discusión ineludible.

También resulta importante comprobar cómo distintos bloques desean avanzar en sus relaciones comerciales (la UE y Japón, por ejemplo) ante el enroque de otros (EE UU). Una lección sobre el castigo que recibe el comportamiento fatuo unilateral que también está sufriendo Reino Unido tras el Brexit.

Mi apuesta monetaria

Publicado en El País el 4 de julio de 2017

La reunión de banqueros centrales en la portuguesa Sintra la semana pasada ha dado paso a una ronda de apuestas sobre el devenir de la política monetaria. Muchas de ellas sugieren que al BCE le será imposible desmarcarse mucho más tiempo de la tendencia de otras autoridades mundiales a subidas de tipos de interés. No puedo sustraerme a lanzar una apuesta contraria. No sólo sobre lo que creo que debe hacerse sino sobre lo que no habrá más remedio que seguir haciendo.

Una subida de tipos sería hoy día una medida de la realidad de los procesos de la recuperación económica y de la capacidad de resistencia de los hogares y empresas. Ojalá estuviéramos preparados para ello. Hay partes del sistema, como los bancos, que sufren en la situación actual de tipos porque no reflejan un verdadero equilibrio monetario sino la acción del BCE. Pero la capacidad de resistencia del sector privado (y que no acabe afectando a las finanzas públicas) es considerablemente más discutible. En la economía europea pesa la deuda pública y, sobre todo la privada. Además, a pesar del crecimiento, los salarios son inferiores a los del entorno precrisis. Y no hay que olvidar de dónde se viene: la crisis de la deuda soberana se cerró en 2012 con el doble tapón de un proyecto de unión bancaria —aún con muchos flecos hoy— y de una expansión monetaria con promesa de presente continuo. Para levantar alguno de esos tapones (o si alguno de ellos salta) hay que contar con los resortes suficientes. Sin embargo, una elevación de tipos o una retirada acelerada de estímulos monetarios encarecería la deuda y dejaría a la vista la prima de riesgo real —sin liquidez oficial— de cada país.

En una perspectiva agregada, hoy por hoy sólo es posible pensar en un giro en la política monetaria del BCE si existiera un soporte fiscal que “tirara del carro”. No se trata de ensoñaciones sobre una unión fiscal al estilo de Estados Unidos pero sí de avances significativos hacia medidas de responsabilidad y acción fiscales a partes iguales. La entente de la doble M (Merkel-Macron) es hoy demasiado incipiente y sensible a presiones como para cambiar radicalmente el panorama pero ofrece algo más de esperanza.

También parece oportuno recordar que no es que en Estados Unidos o Reino Unido estén libres de incertidumbre sobre las consecuencias del (relativo) endurecimiento de la política monetaria. Hay dudas importantes. Los mercados asumen que la retirada de oxígeno traerá volatilidad. Muchos traders creen que cierto movimiento puede ser bueno pero otros consideran que también puede haber descarrilamientos. Es lo que tienen los experimentos, hay que ir probando. Los bancos centrales deben evitar el dictado de los mercados pero, sobre todo, los bandazos. Parece que a la eurozona le va a ir mejor esta vez como espectadora. Para bien o para mal, no puede tener otro papel en la función. Siguiente estación para relanzar apuestas, la reunión de Jackson Hole, a finales de agosto.

Unión bancaria adaptativa

Publicado en El País el 20 de junio de 2017

Estos días de sofoco pre-estival hemos recordado otros veranos de bochorno —en sentido amplio— que marcaron la crisis bancaria en España. La caída y posterior venta de Banco Popular suena a último episodio de un largo proceso de saneamiento. Este lunes presenté un informe que he realizado para EuropeG sobre el estado y perspectivas de la unión bancaria europea con sensación de déjà vu e involuntaria actualidad. La unión bancaria que hoy tenemos es un logro importante —que contribuyó a aplacar la crisis de la deuda soberana— pero desigual e incompleto, con un marcado componente adaptativo que afecta particularmente a España. Parte de nuestro sector bancario ya fue banco de pruebas hace cinco años y ahora el Popular ha sido actor destacado en el estreno del mecanismo de resolución

Es difícil asumir la crudeza de la nueva normativa europea para los pequeños inversores. Pero el orden de actuación es fundamental: primero, sufrir las pérdidas (bail-in); después, si procede, reclamar. Y sí, es un fastidio difícil de justificar (sin sonrojo) que en el caso del Monte dei Paschi di Siena (MPS) italiano —el actor secundario en el estreno del mecanismo de resolución europeo— los bonistas asuman pérdidas inmediatamente sufragadas por el banco que, a su vez, las cubre con fondos de un rescate público. También es difícil entender estos días el papel que juegan los test de estrés aplicados a la banca. Mi opinión es que no se trata tanto de un problema de las pruebas como del tempo de su medición y aplicación y, sobre todo, de las acciones correctoras asociadas a los resultados. La diferencia es clara entre las realizadas en Estados Unidos y en Europa ¿hubiera permitido la Reserva Federal que se prolongara tanto tiempo la venta de activos de Popular? Parece que el mercado llevaba tiempo sin entender tanta espera y finalmente se desató la desconfianza.

También surgen dudas (una vez más) sobre la relación entre solvencia y liquidez. Hemos sabido que el Popular recurrió en varias ocasiones en sus últimos días a la asistencia de liquidez de emergencia (ELA) del BCE. Pero fue insuficiente ¿Deben ser la ELA el único y último mecanismo en situaciones de estrés relacionadas con la liquidez? Resulta algo dramático que la puntilla a la situación patrimonial del Popular fuera una cuestión de caja, aunque ello no obviara el vertiginoso descenso del valor de la acción. Parece que el supervisor único y su mecanismo de resolución tendrán que pensar en formas de monitorizar —con velocidad y cuando sea factible— estas situaciones para evitar actuar cuando ya solo toca misa de responso.

Una nota adicional algo más que anecdótica: hemos avanzando en la unión bancaria en unos años en que los bancos de cada país han reducido su exposición inversora a otros países miembros. Es señal de retroceso claro en integración y riesgos compartidos. Solo contando los cinco mayores sectores bancarios europeos, la exposición transfronteriza cayó 1,6 billones entre 2008 y 2016. La resolución única con fragmentación es complicada.

Churras y merinas bancarias

Publicado en El País el 13 de junio de 2017

http://economia.elpais.com/economia/2017/06/12/actualidad/1497292816_925368.html

Varias veces en los últimos años ha habido episodios de contagio en el sector bancario. Se ha tratado, generalmente, de un abrupto tratamiento del todo como la parte. La incertidumbre sobre la solvencia de un banco o varios en un país se extendía, de forma ineludible, al resto.

En el caso de la eurozona, en algunos momentos tuvo incluso connotaciones epidémicas en las que no sólo se veían afectados los sistemas financieros de un buen número de países, sino el propio euro. La causa era fundamentalmente la opacidad informativa. Se sabía por dónde empezaban los problemas de calidad de los activos pero no por dónde terminaban.

Este riesgo de contagio se ha prolongado tal vez demasiado tiempo en Europa pero el esfuerzo de transparencia realizado en algunos países, como España, ha sido significativamente mayor y ha incorporado importantes sacrificios. Ante este argumento, hay quien podría preguntarse cómo es posible que el Popular haya caído. Incluso que se cuestione para qué sirvieron las pruebas de esfuerzo. Aunque la respuesta va a requerir un análisis concienzudo, muchos nos seguimos preguntando por qué no se segregaron antes los activos improductivos de este banco, acabando de este modo con las dudas sobre la pérdida incurrida y el valor de la acción. El banco podría quizás haber sobrevivido pero conviene insistir en que las causas de su destino final precisan un estudio más detallado. Afortunadamente, ahora el sector bancario español cuenta con saneamiento y músculo financiero para resolver el entuerto tal y como se ha hecho.

No obstante, tras la fulminante absorción del Popular, parece que otros valores bancarios se han visto afectados de forma muy concreta y sorprendentemente en lo que a todas luces parece una extrapolación acelerada y equivocada del caso del Popular. Se confunden churras con merinas. Si se analiza, por ejemplo, el caso de Liberbank, se observa una reducción de la morosidad y una cobertura del deterioro de activos muy destacables. Se trata de un banco que ha reducido su morosidad un 38% en tan sólo un año (estará a final del año en torno al 10% y en el 7% el próximo), con una ratio de capital del 12% y una sólida base de depositantes.

Ante estos movimientos especulativos de la parte sobre el todo, la mejor respuesta es la certificación externa y creíble de la calidad de los mismos y es en esa dirección en la que se debe actuar. Prohibir las posiciones cortas ha sido la solución adoptada —y parece tener una justificación por la excepcionalidad y por la ferocidad de los ataques que se podían haber ampliado de otro modo— aunque es un terreno complicado por el que transitar. En todo caso, convendría que cundieran los mensajes públicos de autoridades relevantes que enfatizaran la posición de fortaleza de las entidades financieras potencialmente afectadas, porque si han realizado un esfuerzo de transparencia como el que han realizado, este debe refrendarse siempre que sea preciso.

 

El último gran paso de la reestructuración financiera

Publicado en Cinco Días el 8 de junio de 2017

Ayer se cerraba la última página de la historia de Banco Popular, absorbido de urgencia por Santander. Muchos accionistas y tenedores de bonos han perdido su inversión, pero, desde el punto de vista del conjunto del sistema, se ha absorbido el shock y se ha llegado a la mejor solución posible, dadas las circunstancias. Se puede discutir sobre la viabilidad última y valor de franquicia de Popular (que lo hay, con una gran base de clientes), pero las acciones de la entidad cayeron presa de la fatalidad que se genera cuando la situación del balance no se aclara en tiempo y forma de manera satisfactoria.

El marco actual de la supervisión financiera en Europa es una suerte de relativa coordinación entre el mecanismo único que se gestiona desde Fráncfort y las autoridades nacionales. Y, en términos muy simples, la idea de la nueva resolución bancaria europea (en marcha desde comienzos de 2016) es que, en caso de problemas de viabilidad y/o solvencia, asuman pérdidas accionistas y bonistas antes de que el Estado ponga un euro. Se toca el bolsillo del inversor antes que el del contribuyente, algo que siempre ha tenido una lógica difícilmente rebatible, pero que no ha sido fácil aplicar en todos los países. El comunicado conjunto de la autoridad de resolución española (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, FROB) y de la europea (Fondo Único de Resolución, FUR) tiene tres elementos contundentes respecto a Popular: inviabilidad, asunción de pérdidas y venta.

 Se puede reflexionar sobre si esta situación se podría haber evitado. Está demostrado (la evidencia es contundente) que retrasar las acciones de valoración, transparencia y acción temprana solo hace que las pérdidas sean mayores. Popular pasó de ser motivo de preocupación a objeto de confusión creciente y, finalmente, presa de la especulación. Afortunadamente, el sector bancario español de hoy es lo que deseábamos que fuera tras la dura travesía que sufrieron las entidades financieras en toda Europa durante la crisis de deuda soberana. Hay músculo, gestión y visión para aplicar mecanismos de absorción de pérdidas y relanzar el valor de franquicia del extinto Popular bajo la propiedad de Santander.

Estos días se discutían diferentes opciones, pero el valor de la acción caía en picado. Desde luego, a España no se le pueden atribuir dudas en la aplicación de los mecanismos de bail-in(pérdidas para inversores antes que para depositantes o contribuyentes). Se impusieron como parte del programa de asistencia financiera en 2012 –cuando aún no eran parte de la regulación europea– y se han aplicado ahora en el marco de la nueva resolución bancaria única.

El azar o la necesidad han hecho que la resolución de Popular coincida con la de Monte dei Paschi di Siena (MPS) en Italia. Dos procesos muy distintos en tiempo, forma y repercusiones. El español, contundente, bajo las normas europeas y con el resto del sector saneado y progresando en rentabilidad y solvencia. El italiano, confuso y enormemente condicionado por factores políticos y por la debilidad del conjunto de la banca italiana, en un entorno macroeconómico y financiero deprimente.

Considero que la mejor noticia para el sector bancario español es que con esta absorción parecen despejarse las últimas dudas, algo que pocos países pueden afirmar hoy en Europa.

Una de las diferencias más evidentes respecto a Italia es que en España primero se aplicó el bail-in y luego se depuraron las responsabilidades sobre la distribución de bonos entre minoristas por vías privada, judicial y de arbitraje. En el caso italiano, se han impuesto (solo aparentemente) pérdidas a los inversores pero ya se ha previsto, de partida, que el propio MPS las compensará en buena parte. Por supuesto, tras recibir fondos públicos, lo que es un claro vaso comunicante entre el dinero público y la indemnización a inversores privados. Un rescate disfrazado de bail-in.

Es bastante probable que la opción por la que se ha optado en Italia no sea otra cosa que un tapón en la hemorragia de una entidad que tiene escasos visos de éxito a largo plazo, para frenar el pánico sobre el resto de un sector italiano sobre el que persisten las dudas.

En España, el resto del sector había despejado esa incertidumbre y el riesgo de contagio estaba controlado, pero era precisamente por eso, para refrendarlo, que el último gran paso de la reestructuración y saneamiento del sector, el último foco de dudas, debía resolverse.

Claro que una de las grandes cuestiones pendientes es la gestión de los activos problemáticos de Popular. No es que estos activos no se conocieran, pero la forma de gestionarlos y su valoración exacta requerían más celeridad. Santander cuenta, sobradamente, con la capacidad para segregar y gestionar estos activos de forma adecuada y aprovechar todo el potencial que ofrece la clientela y recursos de Popular. La indigestión inmobiliaria de este último no debe confundirse con el valor de sus depositantes y prestatarios.

Ayer fue un día de malas noticias para sus inversores pero, probablemente, fue un día de alivio para la industria bancaria españolaporque cierra, definitivamente, el ciclo en el que se ha logrado el mayor ejercicio de transparencia aumentada (más allá de los ejercicios comunes de estrés) que se ha realizado en Europa.

Considero que esto beneficiará a los bancos españoles y al conjunto del país porque reforzará la visión sobre la calidad de los activos que ahora están en los balances. El reto de gestionar activos deteriorados es común a una eurozona donde, según el propio BCE, hay un billón de euros bajo esta categoría. En España ya se han segregado, provisionado y vendido buena parte de ellos. Los pendientes de sanear Popular tendrán el mismo destino.

La operación de absorción tiene dos características que se deben apreciar en cualquier contrato financiero: simplicidad y limpieza. Eso de que se vende “por un euro” es una proclama simbólica para absorber de un plumazo las pérdidas, segregar los activos y transmitir tranquilidad a depositantes. Santander ya ha demostrado en territorio nacional y en todo el mundo su capacidad para reestructurar y reorganizar.

Como no podía ser ya de otro modo, la entidad absorbida se integra en la marca Santander. El grupo alcanzará en España 17 millones de clientes. Tendrá una cuota de mercado en crédito del 20% y del 25% en pymes. Podría parecer un aspecto colateral en la nota de prensa emitida ayer por Santander pero, particularmente, me parece muy relevante: la entidad mantiene, con la absorción también, su voluntad de diversificar el negocio dando más ponderación al de pymes.

Si se reflexiona sobre el futuro del negocio bancario, todos los caminos llevan a dos soluciones: tecnología y negocio con empresas de tamaño mediano y reducido. Santander ofreció datos apreciables en una operación de estas características, entre los que cabe destacar, de cara a sus accionistas, tres. El primero, no es preciso modificar el plan estratégico de la entidad. El segundo, se espera que la operación genere un retorno del 13%-14% en 2020. Y el tercero, muy importante, las sinergias en coste habituales en las adquisiciones, que se estiman en 500 millones de euros anuales a partir de 2020.

¿Cómo puede gestionarse un volumen elevado de activos deteriorados sin modificar la calidad del activo y la solvencia de Santander? El banco dotará 7.900 millones de euros de provisiones adicionales para activos improductivos, lo que elevará su nivel de cobertura del riesgo de actividad inmobiliaria del 45% al 69%. Además, se ampliará capital en 7.000 millones de euros, lo que permitirá mantener el objetivo de superar una ratio de recursos propios de la mayor calidad (CET1) del 11% en 2018.

En España, aún será preciso que la sociedad de gestión Sareb y otras entidades financieras sigan dando salida a activos deteriorados, pero el perímetro de estas acciones está ya delimitado. También será necesario que se completen los procesos de privatización de entidades nacionalizadas y de acceso al mercado de otras, cuestiones que se están realizando con apreciable prudencia y responsabilidad.

Pero lo ocurrido con Popular deja la sensación de último gran paso hacia la transparencia para abrir un nuevo capítulo en el sector bancario español. La crisis ha dejado atrás a entidades bancarias históricas en todo el mundo. Lo importante es que hayamos podido aprender más sobre cómo proteger al depositante y al contribuyente.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía de Cunef y director de estudios financieros de Funcas.