Globalización desde arriba hacia abajo

Publicado en Cinco Días el 12 de junio de 2021

Ya hay quien compara a Joe Biden con Franklin Roosevelt o Lyndon Johnson por su capacidad transformadora. Sus primeros meses de gobierno han sido un soplo de aire fresco que ni sus 78 años ni las dudas que muchos expresaron sobre su capacidad han estropeado. Claro que Donald Trump había deshecho tantos lazos y hundido tantos puentes que gran parte de lo que el nuevo presidente estadounidense podía hacer era reconstruir. No obstante, ha ido más allá, proponiendo un nuevo marco de convivencia (dentro y fuera de Estados Unidos) y marcando nuevas reglas, más equitativas en materia económica y climática. No le va a resultar sencillo pero se le aprecia arrojo político. Influye también y mucho el papel de Janet Yellen como secretaria del Tesoro, proporcionando un perfil técnico y una capacidad de convicción de altas prestaciones.

A priori podría parecer paradójico que algunos de los países que más han apostado por el libre mercado (Estados Unidos incluido) sean los que pongan sobre la mesa una propuesta sobre reforma fiscal para establecer una imposición mínima a las empresas. Hasta tal punto que una institución que se presentaba tan desgastada como el G7 encabeza ahora un cambio que mete presión a otras organizaciones como la OCDE y, sobre todo, el G20. Recuerda un poco la idea de Montesquieu de que “para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder.” El poder de hoy es global y tiene múltiples formas de escapar al control. Provoca desigualdades e inestabilidades en el sistema capitalista que han impulsado a muchos a la necesidad de reformarlo para evitar que otros acaben por destruirlo y provocando crisis institucionales y económicas irreversibles. El capitalismo tenía algo que devolver a la sociedad. Quizás algo más, pero es un buen comienzo de una redefinición. De momento, los mercados no se resienten por varios motivos. Entre otras cuestiones, ven lejos aún el acuerdo y, además, consideran que puede tener algunos beneficios (como reducir tensiones geopolíticas y comerciales a largo plazo).blob:https://nodisparenaleconomista.wordpress.com/582cf65b-90de-46b2-8a7a-9045c297dabaPUBLICIDAD

En la propuesta que ha lanzado el G7 hay dos pilares para una nueva fiscalidad de las empresas. Simples y poderosos. El primer pilar es que las empresas deberán pagar más impuestos en los países donde venden sus productos y servicios, en lugar de hacerlo donde declaran sus beneficios. Se aplicará a aquellos negocios con un margen operativo de, al menos, el 10%. El segundo pilar es que se establezca un compromiso internacional de al menos el 15% en el impuesto de beneficios para que unos países no compitan por otros por ver quien favorece más a las empresas. La definición del primer pilar asume que algunas multinacionales tienen beneficios muy reducidos en algunos países donde tienen que gran parte de su actividad. Por eso, se espera que el acuerdo se defina de forma aún más específica y siga algunas propuestas de la OCDE para que el requerimiento impositivo se pueda a hacer a divisiones suficientemente grandes de una compañía en lugar de a las matrices. Uno de los casos que más se ha comentado es el de Amazon. Su negocio minorista arroja beneficios inferiores al 10% pero su división más descentralizada con servicios de computación y similares, Amazon Web Services, tiene un margen superior al 30% y, según los principios inspiradores del acuerdo, debería quedar encuadrada en el mismo.

Precisamente son las grandes tecnológicas las que más polémica han suscitado. Muchos países han intentado establecer impuestos (como la llamada tasa Google) o asimilados a cargas arancelarias a las mismas. Como muchos economistas nos hemos pronunciado, estas medidas parecen poco eficaces y hasta contraproducentes cuando se adoptaban unilateralmente. Por eso, uno de los grandes valores del acuerdo del G7 es que es top-down (desde arriba hacia abajo) porque comienza por países líderes que quieren que se aplique de forma generalizada internacionalmente. Yellen ha salido al paso de estas dudas sobre las BigTech señalando que las tasas Google dejan de tener sentido –Estados Unidos las había denunciado como prácticas impositivas discriminatorias– porque ahora serán todas las grandes multinacionales y no sólo las tecnológicas las sometidas al acuerdo.

La pelota (y la presión) pasa directamente a la reunión del G20 que se celebrará en Venecia en julio. Las miradas estarán en Rusia y China. Sucederá en un momento en el que hay tensiones geopolíticas palpables (investigaciones sobre origen de la pandemia, situación de Bielorrusia, responsabilidad en grandes ciberataques a empresas). Causa fatiga pensar lo que puede quedar por delante con precedentes como los acuerdos para luchar contra el cambio climático, pero ilusiona la fuerza y consenso que ha venido de un Occidente que parecía quedarse atrás en el terreno de juego mundial, sobre todo en el caso de Europa. Puestos a soñar, podríamos imaginar un futuro con acuerdos internacionales más amplios que los actuales en derechos laborales mínimos o en una protección de la propiedad intelectual más general y garantizada. Una creciente gobernanza global.

Lo que el acuerdo no dará es igualdad en competitividad ni en I+D ni en modernización. Eso seguirá siendo responsabilidad de cada país y esperemos que España tome nota ya que sigue manteniendo significativas diferencias en esos factores con respecto a los países más avanzados, sin que hayan existido acciones públicas decididas a corregir esas carencias. Por otro lado, algunos países –entre ellos, nuevamente el nuestro– se plantean ahora reformas fiscales en medio del proceso de recuperación tras la pandemia. Parece algo prematuro. Sobre todo, para sumarse ya a ese mínimo del 15% antes de que haya un acuerdo más vinculante y amplio. 

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y director de Estudios Financieros de Funcas

La palabra de moda

Publicado en El País el 11 de junio de 2021

            Se empieza a ver la luz al final del túnel de la Covid-19 y no es la recuperación -evidente en algunos países- el término económico que más se menciona sino la inflación. Eso sí, la reunión de ayer del Banco Central Europeo mostró poca preocupación en el medio plazo por el repunte de los precios y dejó claro que el menor tono de crecimiento de la Eurozona le inquieta más. En Fráncfort se sigue hablando de “puente” para la recuperación porque no es tan palpable, como sí lo es en Estados Unidos. No se esperan grandes cambios en la estrategia monetaria -los tipos de interés no cambian por ahora- y se mantiene con intensidad el programa de compra de activos. La autoridad monetaria ratificó que este programa está para lo que haga falta aún durante bastante tiempo.

El BCE no está muy presionado para hacer virajes porque, aunque la inflación de la Eurozona ha aumentado, sigue estando dos puntos por debajo de la de Estados Unidos y la subyacente en el 0,9% en mayo, aún relativamente contenida. Los más halcones presionan para ir anunciando alguna retirada adicional de estímulos pero no protestan demasiado. No quieren descarrillar la recuperación en sus propios países, aún débil. El retorno a niveles pre-pandemia de empleo y otros indicadores se producirá más bien en 2022 y, en algunos países, en 2023.

El mandato de los bancos centrales marca pautas. En la Fed de los Estados Unidos es amplio, aporta flexibilidad. El del BCE es mucho más limitado. Su presidenta se ve obligada a ampliar la dialéctica, incluso a retorcerla. Aunque no ha cambiado el objetivo de inflación, Lagarde ha afirmado que para que haya un cambio en la política monetaria no bastará con que la inflación llegue al 2% de forma “robusta” sino que se mantenga en ese nivel o por encima de forma “consistente”. Es hacer política monetaria con adjetivos. De momento, funciona. A pesar del menor margen de maniobra, el BCE ha ampliado implícitamente o indirectamente ese mandato con la protección de primas de riesgo, el control de temperatura de mercados de deuda o mimando la recuperación. 

Los próximos meses son cruciales. Presiones inflacionarias más potentes en el segundo semestre podrían llevar a algunos a preguntarse cosas como “si no cambia la política monetaria ahora ¿cuándo lo hará?”. O a plantearse qué sucederá si, en una recuperación algo desigual en Europa y con potentes estímulos, la inflación se mantuviera elevada durante la segunda parte del año y 2022. ¿Sería un año suficiente para hablar de consistencia en la inflación?

            Dos últimos apuntes. Tanto el BCE como la Fed han errado en sus previsiones de inflación en los últimos años. Han esperado subidas que no llegaron. Ahora esperan que no aparezcan esas subidas consistentes. Un “que viene el lobo” que ya no asusta. Asimismo, aunque suene a una dolorosa ironía, el desempleo puede ser aliado de la estrategia del BCE porque con millones de personas que han perdido su trabajo o en riesgo de hacerlo en la Eurozona, un repunte continuado de la inflación parece más improbable.

Coyuntura con fiebre

Publicado en El País el 4 de junio de 2021

Semana con muchos datos de coyuntura que anticipan cambios. Lejos de dejar atrás la crisis, pero con registros prometedores a corto plazo, como el de desempleo de mayo, que mostró el punto de inflexión para la economía que supuso dejar atrás el estado de alarma. Nada que ver con hace unos meses o un año. La vacunación masiva y la menor incidencia de contagios explican el momento favorable, que se trasladará a buena parte del segundo semestre. No se han corregido los grandes desequilibrios de la economía española, pero se recuperan sus constantes vitales.

            Los datos de crédito a empresas y familias de abril son interesantes también. La tasa interanual de la financiación a empresas fue del 3,3%, la más baja desde marzo de 2020 y la de préstamos a hogares fue del 0%, tras marcar tasas negativas ininterrumpidamente desde el comienzo de la pandemia. Las sociedades mercantiles no parecen necesitar tanto crédito nuevo en estos momentos. Las familias, conforme lo peor de la pandemia pasa, retoman una senda de un mayor consumo e inversión. Tendencias aún por confirmar, aunque mejores expectativas para este verano. Mayores ingresos empresariales y menos trabajadores en ERTE -buena parte reincorporándose a su trabajo- como confirman los datos financieros de abril. Probablemente, en los próximos meses esas tendencias serán aún más marcadas.

            Es una recuperación con febrícula en forma de inflación, aunque sea transitoria. El dato del IPC de mayo de España fue 2,7% y el de la Eurozona el 2%. Aunque alejados de los niveles del Estados Unidos, por encima de 4%, apuntan a que, en los próximos meses, el gasto de la “demanda embalsada” durante más de un año, junto a los fuertes estímulos monetarios y fiscales que aún persisten y el estrangulamiento en algunos suministros industriales y energéticos, están llevando la tasa de crecimiento de los precios a niveles que no se observaban desde hace más de una década. Con expectativas de que puedan subir más y mantenerse en niveles elevados hasta 2022. Puede llegar la fiebre.

            En un momento de recuperación, una inflación elevada encarece muchos productos y servicios importantes en la lista de la compra de las familias, muchas de ellas con dificultades para llegar a fin de mes ahora que empezaban a respirar. La sensibilidad ante cuestiones como el recibo de electricidad o la presión fiscal son especialmente comprensibles. Las empresas, a su vez, también se ven afectadas por el aumento de costes de esa “calentura”, a la vez que algunos componentes no llegan. Es la parte más preocupante de la actual evolución de los precios. Los bancos centrales consideran que la inflación no ha venido para quedarse, pero es importante que no se olvide que genera, aunque sea en el corto plazo, distorsiones importantes en las decisiones de gasto e inversión del sector privado. Una razón más para no retirar prematuramente los apoyos a empresas y familias que explican que esta crisis de la Covid-19 – junto a otras razones como su origen sanitario- haya tenido menos daños sociales colaterales que la de 2008-2012, de causas financieras e inmobiliarias.

Los precios que vienen

Publicado en El País el 20 de mayo de 2021

En noviembre pasado se atisbó el fin de lo peor de la pandemia con la irrupción de las vacunas. La economía y los mercados financieros comenzaron a rebotar. Las olas de contagios posteriores ralentizaron ese impulso. Sin embargo, a estas alturas, hay países, sobre todo en Occidente —Estados Unidos, el Reino Unido y en menor medida los de la Unión Europea—, con buena parte de su población inmunizada y que muestran síntomas claros de recuperación.

En España se observa un creciente número de reservas en turismo y hostelería desde el fin del estado de alarma. Si la vacunación mantiene su ritmo y las cosas no se tuercen con mayores contagios, todo apunta a un verano con fuerte demanda interna y externa.

La creciente pujanza del consumo ha avivado el temor a un proceso inflacionario. El IPC de abril de la UE publicado ayer se elevó al 2%. En EE UU llegó al 4,2%, una cifra no vista desde hace muchos años y que ha preocupado a muchos analistas. La inflación podría situarse por encima del objetivo de los bancos centrales (2%) en los próximos trimestres en los países que se recuperen más rápido, eurozona incluida. Hay un sesudo debate sobre si las autoridades monetarias deberían revisar los principios de estabilidad de precios para reflejar condiciones macroeconómicas muy diferentes de las existentes hace 20 años, cuando se fijó ese nivel.

Vuelve la inflación, pero a un mundo diferente. No ha habido espacio para la reflexión sosegada. Los bancos centrales combaten la pandemia en infinidad de frentes, vigilan la estabilidad financiera y afrontan nuevas demandas sociales de sostenibilidad medioambiental y reducción de desigualdades. Su agenda se ha agrandado desde la crisis financiera global.

¿Debería preocupar el repunte de la inflación? El crecimiento de los precios —sobre todo en EE UU— puede alargarse en el tiempo conforme la recuperación y el “gasto embalsado” durante la pandemia se conviertan en consumo e inversión real. Los cuellos de botella en los suministros internacionales de materias primas y componentes tampoco ayudan. Sin embargo, hay serias dudas de que la presión al alza sobre los precios sea estructural. Hay fuerzas subyacentes que probablemente frenarán en el medio plazo las subidas de precios. Entre ellas, la situación del mercado de trabajo, que tras la pandemia no apunta a un crecimiento de salarios. La tecnología disruptiva, asimismo, da acceso a muchos bienes y servicios con costes y precios más baratos y a una creciente competencia que no facilita aumentos de márgenes en circunstancias de demanda fuerte, como parece avecinarse. Paradójicamente, para los países que no se adapten tanto a ese cambio puede haber subidas de precios con escaso crecimiento económico.

Pueden darse momentos de nervios con repuntes inflacionarios próximamente. Requerirán temple y acierto de los bancos centrales. Sin embargo, los fundamentos de una economía crecientemente digital, competitiva y con un mercado de trabajo con vulnerabilidades deberían conducir a una vuelta a la inflación cerca del nivel objetivo. Lo que también aplicaría a las expectativas sobre variaciones de tipos de interés, donde es difícil esperar cambios significativos en el futuro cercano.

Riesgos financieros latentes

Publicado en El País el 4 de mayo de 2021

Esta crisis ha sido hasta ahora, fundamentalmente, de salud pública y de economía real. La caída del PIB del 0,5 por cien en el primer trimestre nos lo ha recordado. Lo peor de los problemas sociales se ha evitado hasta ahora gracias a los numerosos sistemas de apoyo público, aunque el futuro es incierto en este contexto. Asimismo, aun con posible retardo, existen riesgos financieros latentes importantes. El último Informe de Estabilidad Financiera del Banco de España y los resultados de los principales bancos españoles, conocidos la semana pasada, dan pistas sobre lo que puede pasar en unos meses.

            La banca española ha recuperado el tono en sus beneficios en los tres primeros meses del año, tras un 2020 en el que se vieron muy negativamente afectados por las provisiones que se dotaron por la Covid-19. Dieron lugar a fuertes pérdidas -superiores a ocho mil millones de euros- en el conjunto del sector el año pasado. Esas provisiones representaron cautela. Probablemente, el preludio de una morosidad que todavía no ha asomado pero que las principales autoridades supervisoras y analistas dan por seguro que aparecerá. Es buena noticia que los resultados de las entidades financieras hayan mejorado conforme la vacunación avanza. Se atisba una recuperación inminente. Sin embargo, a pesar de la aparente buena evolución de la mora del crédito, hay señales inquietantes que revela el Informe de Estabilidad Financiera.

            Algunos indicadores adelantados muestran un deterioro que probablemente termine impactando en el sector bancario. La crisis sanitaria está dañando los resultados de las empresas significativamente. Ha crecido en ocho puntos porcentuales el número de empresas con pérdidas en la Central de Balances del Banco de España. Ahora son el 34 por cien. Por otro lado, los préstamos dudosos continuaron descendiendo en 2020 (un 3,8%), si bien en menor medida que en años precedentes (19% en 2019 y 29% en 2020). Eso sí, crecieron en segmentos específicos (por ejemplo, crédito al consumo) y particularmente los créditos en vigilancia especial, indicio claro del riesgo latente.

El importe avalado por los programas ICO se situó en torno a los 88 mil millones de euros y la financiación total concedida a empresas y autónomos en torno a los 115 mil millones. Las empresas que accedieron al programa del ICO presentaban un perfil de riesgo más elevado. Probablemente habrá voluminosas pérdidas que también tendrá que asumir el ICO. Las moratorias concedidas han superado los 56 mm de euros, de las que han vencido 22 mil millones de euros en 2020, dejando el volumen vigente en unos 34 mil millones, de los que más del 50% vencen en abril y mayo. Habrá que estar atentos.

Si a este panorama añadimos el fuerte crecimiento de la deuda pública y una situación financiera débil de las familias por la caída de ingresos durante la pandemia, los desafíos financieros son considerables. Mantener la cautela en la gestión de las entidades bancarias y el sostenimiento de los apoyos públicos parecen necesarios para que no se materialicen buena parte de esos riesgos latentes. La clave estará en la fortaleza de la recuperación.

Sinfonía del plan

Publicado en El País el 28 de abril de 2021

    Criticar es deporte nacional. Seguramente hay motivos para ello a menudo y en muchas ocasiones una intención constructiva. Para la economía española, el momento es de urgencia. Existe ya un Plan que ayer aprobó el Consejo de Ministros y que será enviado a Bruselas el viernes para su aprobación, con la vista puesta a que, en verano, lleguen los primeros fondos. Puede que adolezca de falta de concreción pero, en este momento, tal vez nos baste con unas líneas directrices y, sobre todo, que sea ambicioso. Avanzar en torno a un plan no es una cuestión despreciable por dos motivos. En primer lugar, los criterios de gasto vienen marcados por la UE y son distintos a los habituales, más transformativos. En segundo lugar, el sector empresarial español se ha involucrado para promover “proyectos tractores”.  No muy lejos de aquí, otro de los grandes receptores de fondos europeos, Italia, con el muy reputado Mario Draghi a la cabeza, pretende modernizar su país, con un plan que no difiere tanto del español en concreción pero que identifica sin complejos problemas estructurales sin tapujos. En ambos territorios, la credibilidad y profundidad de la acción va a depender de su control y de reformas aparejadas) e incentivos que acompañen al gasto.

El Plan aprobado supone un movimiento muchas veces ansiado y que la aritmética electoral ha hecho casi imposible hasta ahora: poder incrementar partidas de gasto que los economistas han considerado, hasta ahora, más prioritarias que los políticos (investigación, digitalización, formación o sostenibilidad ambiental) sin que esto vaya en detrimento de los gastos habituales (gasto social y sanitario, por ejemplo). Los porcentajes de gasto son como los colores, van por gustos y según cómo cada cuál hubiéramos diseñado el plan. Tal vez hubiera sido preferible poner algo más en I+D, que solamente se lleva un 7% del gasto. Esta distribución se puede mejorar aún si las partidas dedicadas a sostenibilidad y digitalización -que son mayoritarias- estimulan la investigación aplicada.

 Los grandes enunciados del Plan lógicamente suenan bien aunque habrá que esperar a conocer todos los detalles en unos días. Se habla de 110 inversiones y 102 reformas. Los llamados “macroplanes tractores” incluyen el coche eléctrico, la rehabilitación de edificios y el 5G, pero también la preservación de recursos hídricos o la economía de los cuidados. Todos y cada uno de ellos deben tener los incentivos adecuados para que el gasto no sea cosa de un día, sino que perduren y generen su propia inercia. Desde la posibilidad de cubrir energéticamente un parque eléctrico de vehículos hasta la cobertura y coste para el ciudadano de acceder al 5G son cuestiones cruciales.

Por último, España no podrá alejarse de las medidas transversales que ya han tomado otros países con los que competimos en todo (Italia, Portugal), que se han adelantado a anunciar reducción de impuestos a corto plazo y mejores incentivos, como eliminación de burocracia. Las acciones futuras de política económica deben estar coordinadas dentro y fuera del país para que sean un todo sinfónico y no terminen siendo un “collage” algo desafinado, con resultados desiguales.

El empleo en la nueva banca

Publicado en Cinco Días el 22 de abril de 2021

Los procesos de cambio en el mercado de trabajo ligados a revoluciones tecnológicas siempre llevan aparejada la destrucción de algunos empleos y la creación de otros. En la industria bancaria, como en otros servicios, la transformación actual se llama plataforma. La mayor parte de las acciones que realizamos con un número creciente de empresas (buscar en internet, hacer la compra, planificar un viaje, descargar un videojuego o música, o alquilar un piso) se desarrollan en ese ámbito. No es solo una relación más digital entre cliente y empresa. Las plataformas también incorporan interacciones entre varios mercados y una gestión de la información cada vez más a medida del consumidor. Esto entraña un nuevo entorno competitivo. Son los clientes los que demandan servicios a bajo coste y con la mayor calidad. El número de proveedores aumenta y procede de diferentes ámbitos. En los servicios de intermediación financiera esto se ha acelerado con la pandemia y tiene como elemento más visible un ajuste laboral. El que se va a producir tras la fusión de Caixabank –y otros anunciados por BBVA y Santander– está dando que hablar. En todo caso, hay que tener en cuenta de dónde venimos y a dónde vamos para poder valorarlo.

Con datos del Banco Central Europeo se puede comprobar que, desde 2008 –con la crisis financiera– y hasta finales de 2019 –justo antes de la irrupción de la Covid– el número de empleados de las entidades de crédito en la eurozona cayó en 384.489, un 17% acumulado. Ese proceso no ha terminado. La mayor parte de sectores europeos siguen teniendo excesos de capacidad y, en algunos, ha habido una cierta resistencia para solucionarlo. Es particularmente visible en algunos países centroeuropeos. En nuestro país, sin embargo, la herencia de la crisis fue, en parte, una reestructuración y saneamiento más intenso. Según datos del Banco de España, entre 2008 y 2019 el número de empleados cayó en 94.017 personas, un descenso acumulado del 34%. El proceso sigue y el anuncio de Caixabank lo ha recordado. No va a ser exclusivo de España. Entidades señeras de todo el continente habían anunciado expedientes de regulación de empleo tanto o más significativos ya antes de la pandemia. Tanto en España como en otros estados miembros europeos, estos ERE se pospusieron cuando estalló la pandemia, dado lo delicado del momento y la necesidad de aunar fuerzas en un entorno en la que la participación bancaria resultaba esencial para evitar una mayor destrucción de tejido empresarial.blob:https://nodisparenaleconomista.wordpress.com/32400908-6a2d-40f0-9254-2ae0711059a5PUBLICIDAD

No obstante, la necesidad de transformación del empleo bancario parece inevitable. Ya a principios de 2000, la banca europea y estadounidense inició un ajuste tímido que en pocos años se interrumpió por el empuje de la burbuja financiera a inmobiliaria. Eran aquellos años también los que anunciaban un inevitable vuelco hacia la digitalización que la crisis financiera aparcó. Ahora está de vuelta, con varios factores aceleradores que explican y justifican algunas decisiones de las entidades financieras.

El primero es que la rentabilidad está muy ajustada y con los tipos de interés vigentes y previsibles es complicadísimo generarla. La segunda, más estructural y con bastante enjundia, es que hay una competencia creciente de otros operadores para los servicios que más margen pueden dejar (desde los pagos, hasta los seguros o la gestión de inversiones) y que pronto podría llegar de forma intensa también a créditos. Tengo más dudas que llegue a los depósitos, porque entrar en ese negocio trae casi toda la regulación bancaria, que las empresas tecnológicas desean evitar. En ese ambiente, la escala eficiente de operaciones (la necesaria para llegar a la una rentabilidad mínima aceptada por el mercado) ha crecido, porque es un negocio en el que la competencia se centra en gestionar información y hay que competir cada vez más con empresas como Google o Amazon. Por lo tanto, se crece. Muchas veces con fusiones, que evitan recortes más traumáticos que tendrían que hacer las entidades por separado. La competencia aumenta porque, aunque haya más concentración entre bancos, hay nuevos proveedores no financieros y más rivalidad entre todos.

Los ajustes laborales en la industria financiera, hasta ahora, han sido menos traumáticos que en otros sectores. Cabe esperar que sigan siendo así (parece la voluntad de las partes) y que se apueste por el diálogo. No debe perderse de vista que no solo hay destrucción de empleo, sino que se crean otros para nuevas capacidades y serán cada vez más visibles. Durante el confinamiento más duro del pasado año, la banca europea y estadounidense contrató hasta 19.000 personas para puestos de información y telecomunicaciones. De las nuevas contrataciones en el sector, el 50% corresponde a esos empleos tecnológicos, a cumplimiento normativo y a relaciones con el cliente. Esa recuperación del empleo bancario se hace, de hecho, más palpable en Asia y Estados Unidos, donde esa reconversión va algo más adelantada que en Europa. Poco a poco, además, se producen reciclajes en nuevas capacidades para el personal existente. La batalla por el talento dominará pronto a la batalla por la eficiencia en la banca.

Aunque la competencia aumente y la creación-destrucción de empleo del sector dé lugar a situaciones de tensión, la banca tendrá que mantener sus capacidades distintivas, incluso en ese terreno de gestión de la información donde, aunque las empresas tecnológicas sean en principio más competitivas, siguen ajenas a la regulación y exigencias de privacidad que están haciendo a las entidades financieras más seguras en protección de datos y en relaciones con el cliente. Asimismo, es importante que se sigan arbitrando soluciones para que a la población que más le cuesta adaptarse a estos cambios tecnológicos no le falte acceso a los servicios bancarios. Esto lo puede hacer la banca, pero difícilmente un proveedor exclusivamente digital.

Criptoactivos en bolsa

Publicado en El País el 15 de abril de 2021

La salida a bolsa -al NASDAQ concretamente- de CoinBase ayer es la noticia financiera y digital de los primeros meses de 2021. La cotización de una gran empresa de criptografía por vez primera muestra el auge de los activos digitales. Supone también una intersección entre la negociación de criptoactivos y los mercados financieros tradicionales. Tras años de resistencia e incredulidad por parte de los agentes convencionales (incluyendo reguladores) sobre el funcionamiento y riesgos para inversores de bitcoin y otras criptomonedas, se ha llegado a un hito: el “statu quo” (entiéndase los mercados de valores de toda la vida) da carta de naturaleza a la industria criptográfica. El debut fue llamativo, con una valoración de partida que le otorgaba una capitalización de 65.000 millones de dólares, 2,5 veces lo que se valora el propio NASDAQ como plataforma.

Coincide en el tiempo con nuevo “rally” de bitcoin – y similares-, rompiendo récords y sin tope a la vista, y que puede ser un efecto de este estreno bursátil. La fuerte demanda de esa divisa digital junto a la rigidez de oferta, la convierte en un activo relativamente escaso, factor esencial del empuje de su precio. Hay que tener en cuenta que, desde la crisis de 2008, los mercados financieros, con bajos tipos de interés, no han tenido apenas activos -ni de renta fija ni variable, tampoco el oro o materias primas- con rentabilidades atractivas comparables a las cripto. Eso sí, con todas las cautelas. Es un mercado poco vigilado, sobre el que se desconocen los grandes operadores, aunque algunos grandes bancos, inversores institucionales y empresas tecnológicas participan ya en él. Aun reconociéndose la elevada volatilidad de las monedas digitales, no adecuadas para todos los inversores, parecen haberse evaporado algunas connotaciones negativas que han existido sobre estos instrumentos en la industria financiera.

La “oficialización” de Coinbase puede conllevar otros cambios. Puede ser la puerta de entrada para una mayor vinculación entre un viejo mercado (Wall Street, Nasdaq) necesitado de renovación y el nuevo (cripto). No obstante, una creciente regulación llamará pronto a las puertas de esa empresa, que se define (puede leerse en su web) como una plataforma de dinero electrónico para la transmisión de activos. Es probable que el supervisor de mercados de valores americano (la Securities Exchange Commission) acabe sometiendo a Coinbase a otras regulaciones de mercado, incluso a considerarlo como una bolsa más. Eso implicaría mucha más regulación y transparencia y también la necesidad de elevar su capitalización, lo que reduciría su aparente rentabilidad actual.

A pesar del escepticismo con el que se ha recibido a los criptoactivos hasta ahora, el hito de este miércoles obliga a reconsiderar su papel en el futuro y si puede garantizarse una mayor seguridad y transparencia -algo complicado por la estructura con la que operan- en su funcionamiento. Las generaciones jóvenes de personas y empresas han apostado por él. Ahora falta conocer si se convertirá en un modo de invertir u operar más generalizado en el futuro. Ayer parece que se dio un paso importante en esa dirección, aunque los reguladores tendrán la última palabra.

Inteligencia artificial y finanzas

Publicado en El País el 9 de abril de 2021

Imaginen por un momento una situación cotidiana del futuro, pedir a nuestro asistente virtual (llámese Siri, Alexa, Google Now o Cortana) que realice una subasta en Internet de una motocicleta de segunda mano (o de cualquier otro producto o servicio) y, una vez la tenga, realice una segunda subasta de un préstamo para financiarla. Ambas operaciones se harán en segundos, con diferentes ofertas ajustadas al perfil del que da la orden (que el asistente virtual conocerá perfectamente). Habría otros muchos ejemplos tales como “quiero bajar el coste de mis tarjetas”, “quiero cambiar mi seguro de coche”, o “quiero modificar el perfil de mi cartera de acciones”. Siendo una realidad ya hoy, la clave es cuánto se tardará en que sea lo habitual. En ese escenario, los bancos y otros proveedores financieros convencionales participarían meramente ofreciendo sus productos estandarizados a esa plataforma, con la consiguiente pérdida de buena parte de la relación con el cliente y de los ingresos asociados con ella. Ese “cuánto” es una contrarreloj del sector financiero que, además de los desafíos de corto plazo (impacto de la Covid) y de largo plazo (entorno de tipos negativos o ultrarreducidos), necesita responder a las grandes capacidades de inteligencia artificial y experiencia de usuario de las BigTech. Estas empresas hasta hace poco no podían conocer nuestros datos financieros o si habíamos dejado de pagar un recibo de hipoteca. Todo cambió con la llegada de la Directiva de Servicios de Pago conocida como PSD2, por la que podemos autorizar a nuestro banco a que facilite nuestra información a otros proveedores, incluidas FinTech y BigTech. Las entidades financieras pueden estar perdiendo la gran ventaja informativa que atesoraban y que quizás no pudieron o supieron desarrollar con más rapidez y eficacia, por su modelo más basado en relaciones presenciales y por los esfuerzos de reestructuración y normativos tras la crisis financiera.

Sea como sea, las grandes tecnológicas hoy capturan numerosos datos (geolocalización, búsquedas, relaciones sociales) y también tienen ya acceso a los financieros gracias a la PSD2. Combinación que les concede una gran ventaja competitiva y les sitúa en disposición de ofrecer productos más ajustados a nuestras preferencias. La banca está intentando contrarrestar con sus mayores habilidades en la gestión financiera y con crecientes capacidades de inteligencia artificial. En este ámbito, una historia de éxito reciente es Bizum, un producto “tecnológico” de pagos. 

Las finanzas vivirán la paradoja de ser más a medida y, sin embargo, con menor contacto humano. Los bancos tradicionales afrontan competencia horizontal (entre operadores tradicionales) y vertical de otros sectores (tecnológicos, comunicación). El campo de juego no está aún definido ni equilibrado. No existen protocolos regulatorios claros para que las BigTech compartan sus datos, algo necesario para garantizar la pugna competitiva en actividades basados en la información, como la financiera. Los árbitros están ajustando las reglas conforme se juega el partido. La seguridad -riesgos y estabilidad financiera- depende de nuevos factores como la privacidad y la protección de datos. Cada cual cuenta con sus habilidades, pero lo único que parece claro es que el futuro de la banca es incierto.

Ahorro pandémico

Publicado en El País el 1 de abril de 2020

La tasa de ahorro de los hogares ha alcanzado máximos de hace 20 años. No es un fenómeno exclusivo de nuestro país. Renace la idea que Ben Bernanke, expresidente de la Reserva Federal estadounidense, ya introdujo antes de la crisis financiera de la existencia de un exceso de ahorro global (global savings glut). Tras una crisis financiera y una pandémica podría parecer que el ahorro es coto privado del que ha mantenido su trabajo o progresado, algo que desafortunadamente muchas familias no pueden decir.

El ahorro es un vaso con agua que no debe rebosar pero tampoco vaciarse. Es fundamental para generar inversión a medio plazo sin recurrir de forma excesiva al endeudamiento. En la medida en que tanto gobiernos como buena parte del sector privado están ya fuertemente apalancados, estos fondos acumulados pueden ser esenciales para reactivar la recuperación económica. Que eso se produzca e impulse la economía y el empleo -y, en diferentes intensidades, la inflación- es algo que va a depender, entre otras cosas, del grado de confianza de los hogares. Y no andan sobrados de ella por muchos motivos. En España, como en otros países, existe un temor fundado a que la expansión fiscal para luchar contra la pandemia irá seguida de subidas de impuestos en los próximos años. Algunas están ya, de hecho, aquí, cuando aún no se ha salido de la crisis. Eso va a taponar, en alguna medida, las ganas de gastar. Aún así, el “efecto champagne” que libere el consumo retenido durante más de un año tiene que llegar. Su duración, eso sí, va a ser una incógnita. En Estados Unidos y en otros países donde la vacunación ha sido, hasta la fecha, bastante más intensa y esperanzadora que en Europa, la planificación de ese gasto ya puede producirse en condiciones de mayor certidumbre y es palpable en el ambiente.

En España, ese ahorro pandémico es algo ciclotímico. Por un lado, las familias ahorran poco durante las fases expansivas del ciclo económico y eso se nota en la dependencia de financiación exterior y en la inversión no inmobiliaria. Por otro lado, podría venir muy bien un cierto gasto con alegría para la segunda mitad del año pero, al paso que vamos, se va a retrasar. En todo caso, cuando llegue se notará. El problema es que entre la presión fiscal y la persistencia de la desconfianza puede que se descorchen solo unas pocas botellas.

            La forma de gestionar las crisis va a tener mucho que decir en el ahorro y la inversión de los próximos años. Se prodiga en el sector privado una sensación de estar viviendo una época de lo impensable. Dos generaciones están luchando en un mercado de trabajo golpeado por dos crisis y son, casi de forma natural, más desconfiadas. Si a eso se le unen las deprimentes perspectivas sobre las prestaciones de jubilación, la cosa se complica aún más. Tal vez sea por esto, entre otros factores, que a los bancos centrales no les preocupa mucho la presión inflacionista porque parece que gran parte del ahorro previsión está aquí para quedarse.