La banca diez años después

Publicado en El País el 18 de septiembre de 2018

Tras la caída de Lehman hubo una primera crisis que fue de clases. No de aburguesamiento sino de recepción de la información. Una sensación de apocalipsis entre los inversores que los ciudadanos aún no sentían. De Wall Street a la City los gestores, traders y analistas sabían que existía un riesgo de que el mundo financiero se desmoronara. Deshicieron sus posiciones inversoras y diversificaron sus depósitos. Cuando en muchos países se rescataron grandes bancos, surgió la primera copla de la crisis: “Se da el dinero a los bancos que bien habría venido a otros”. Esa música es casi cultura popular pero encierra cierto desconocimiento. Cuando se rescató a los bancos —algo que ya es hoy mucho más difícil que ocurra— se preservó buena parte del ahorro y se evitó un tenebroso pánico.

Para un ciudadano representativo, la banca es un ente indisoluble. Un concepto grueso donde no caben matices y la considera una “mimada” de las finanzas públicas. Una década después hay a quien Lehman no le resulta muy distinto de cualquier otro banco, no importa su orientación minorista o mayorista, de banca de inversión o comercial. Es cierto que se vendieron productos inadecuados a muchos clientes. Unos inconscientes del riesgo; otros más informados pero convenientemente subidos al carro de la indignación. En países como España, esa polémica por las pérdidas de productos de ahorro es importante pero ínfima en comparación al cataclismo inmobiliario y sus herencias sociales y patrimoniales. Entidades financieras que poco tenían que ver con Lehman pero quedaron al desnudo en medio del tirón de la manta mundial. La reacción regulatoria fue descomunal. Los bancos ahora necesitan un ejército para lidiar con el cumplimiento normativo.

Otra copla que se repite es la de que “siguen los mismos en banca”. Pero han cambiado multitud de bancos y gestores. Y algunos de los que están, de hecho, han aportado la tranquilidad necesaria para retomar una senda de estabilidad financiera. En España, con cierto retraso, el temor fue tal que se hizo necesaria una “transparencia aumentada” que, finalmente, ha sido un “striptease” completo de los riesgos del sector. En algunos casos, cuando se han detectado irregularidades, el FROB los ha enviado a los tribunales.

Frecuentemente se discute si la regulación es mucha o poca. Lo importante, en mi opinión, es que sea acertada y regule funciones en lugar de instituciones. Por dos motivos principalmente. Primero, si se centra exclusivamente en los bancos puede propiciar una desviación de la incertidumbre a sectores no regulados (está sucediendo con los malos resultados con el peer-to-peer lending —préstamos online entre proveedores no oficiales— en otras jurisdicciones) porque el riesgo no es sólo cosa de oferta, sino también de demanda. El segundo motivo es que una regulación orientada de forma errónea hacia “esa banca que se quiere castigar” puede generar un sistema menos competitivo en algunos segmentos de negocio y una acumulación de riesgos fuera del perímetro vigilado más intensamente por el supervisor. Diez años después, buena parte del riesgo se va de la banca pero los ojos continúan demasiado encima de ella.

Lehman y Europa

Publicado en El País el 11 de septiembre de 2018

Nada hubo más aparentemente estadounidense en la crisis bancaria internacional que la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008. Y nada hubo más europeo que sus consecuencias. Fue un yoyó que se alargó por el Atlántico para golpear el rostro del sistema financiero de la UE con rescates de diversas instituciones financieras que se dieron, principalmente, durante el año siguiente. Pero eso fue sólo una primera entrada en la hondonada. Cuando Estados Unidos había recogido bien el hilo —iniciando una recuperación económica prolongada que hoy bate récords—, el yoyó volvió a golpear a Europa de 2010 a 2012, cuando se descubrió una de las realidades más tristes e inabordables de la economía global del siglo XXI: la deuda pública es aceptable allá donde se piensa que siempre se pagará (desde Alaska hasta Florida) y da miedo allá donde unos no quieren responder por otros (entre Cádiz y Upsala).

Hay lecciones de la crisis aprendidas. Otros resultados son inquietantes. Tenemos bancos más solventes, pero no un sistema financiero necesariamente más seguro. Esto no significa que la próxima crisis esté a la vuelta de la esquina pero sí que hay riesgos persistentes. Las turbulencias vividas han supuesto tanto control y prudencia en la industria bancaria europea que se ha reducido la interconexión que otrora se defendía como elemento esencial de integración financiera. Si tomamos los bancos alemanes, españoles, franceses, italianos y holandeses en conjunto, la exposición inversora de los de cada país a los otros se ha reducido en 1,5 billones de euros entre 2008 y 2018, según los datos del Banco de Pagos Internacionales. Entonces curiosamente la UE avanzaba hacia un sistema financiero integrado sin mecanismos de protección común y ahora que estos se están creando —con la unión bancaria— la desconfianza mutua parece mayor a la hora de estas inversiones cruzadas.

Mientras Europa debate estérilmente con frecuencia, el dólar sigue siendo el oráculo de los mercados. Respecto a la divisa estadounidense se da una paradoja de complicada digestión: durante la gran expansión cuantitativa, la liquidez oficial en billetes norteamericanos inundó los mercados emergentes, que casi no se enteraron de la crisis y obligaron a quitarle ese apellido tan manido de global. Pero ahora que el experimento terminó y suben los tipos de interés en EE UU, faltan dólares en los emergentes. Aunque buena parte de la moneda americana está fuera de EE UU, se mueve a una velocidad pasmosa y abandona los territorios donde la disciplina fiscal es dudosa (dolor que se siente en Argentina). El euro, sin embargo, sigue en la edad del pavo, poderoso en su territorio y aún adolescente en la escena internacional.

En definitiva, 10 años después de Lehman tenemos entidades financieras más seguras pero un sistema financiero que mantiene signos de inestabilidad. Hay menos apalancamiento en los bancos pero más en los gobiernos y en algunos fondos de inversión. Como si fuera energía, el riesgo se transforma pero no se destruye. El objetivo es estar en la parte buena de la historia pero Europa está en el limbo.

Turismo bien avenido

Publicado en El País el 4 de septiembre de 2018

En todas las industrias se puede morir de éxito si se pretende batir récords año tras año. Diez millones de turistas son muchos. Son los extranjeros que visitaron España en julio. Siendo una buena cifra, supone un descenso respecto al mismo mes del año anterior del 4,9%. Sabemos por datos anteriores que los residentes están compensando en alguna medida (aunque cada vez menos) esta caída. No se trata de apostar por pocos visitantes, pero sí por que los que vengan sean bien avenidos (más gasto, gusto y duración de la estancia).

Aunque el descenso del turismo foráneo implicó una bajada del 0,9% del gasto total, el gasto medio diario ha aumentado un 9,5% y el gasto medio por turista, un 4,2%. Estas son mejores noticias para un número importante de territorios que desean mayor sostenibilidad y calidad, dejando atrás experiencias etílicas non stop y despedidas de soltero para olvidar. Se trata de una industria estratégica nacional, pero con responsabilidades a todos los niveles territoriales. En muchos lugares se están poniendo las pilas para cambiar desparrame por disfrute equilibrado. No es cuestión de elitismo, sino de integrar el turismo en las ciudades en lugar de desgarrarlas y desgastarlas.

En la parte del descenso de visitantes sufren los tres principales destinos, pero algunos más que otros: en Baleares y Andalucía caen un 2,2% y en Cataluña un 6,7%. Es pronto para hacer una lectura política de las variaciones relativas, pero hay tendencias que conviene vigilar. Por otro lado, las incertidumbres del Brexit siguen temiéndose —más aún con la amenaza velada, aunque aún parezca improbable, de que no haya acuerdo—, pero el turismo británico cae menos que otros. Un 5,6% en julio, comparado con el descenso del 11,4% de Francia o del 6,2% de Alemania. En este punto, otra buena noticia relativa para el reequilibrio y mayor gasto es que aumenta la llegada de estadounidenses (un 12,7%).

La diversificación —que suele ser buena en todos los sectores y también en el turístico— también se extiende a las vías de entrada. Aunque descienden avión y ferrocarril, aumenta un 22% por puerto.

No está claro que el cambio de los alquileres vacacionales a través de plataformas web esté siendo clave en estas transformaciones. El turista es hoy otro. Los costes de búsqueda y transacción se han reducido de forma significativa en los últimos años en este y otros servicios. Más del 70% de los visitantes llegan sin paquete contratado y ha disminuido la entrada tanto en turismo de mercado (hoteles y alquileres) como de no mercado (estancias con amigos o familiares).

Lo que prima, si se persigue la calidad, es que sea cuál sea la forma de contratar, viajar y pernoctar se haga con garantías contractuales y con las exigencias fiscales precisas. No solo para crear un campo de juego competitivo en condiciones de igualdad, sino para garantizar que no cambiamos un deterioro (turismo de baja calidad) por otro (mal servicio). Con intención o sin ella, tal vez no venga mal un cierto reequilibrio, aunque es otra nota que apunta hacia cierta pérdida de fuelle en el crecimiento económico.

Baño de realismo en Jackson Hole

Publicado en El País el 28 de agosto de 2018

El simposio que el Banco de la Reserva Federal de Kansas City organiza cada agosto en Jackson Hole (Wyoming) es una cita de referencia en la que no cuelan los discursos de compromiso. Quien participa en este encuentro se ve obligado a hablar de desafíos, de límites y transformaciones. Este año la reunión ha sido un baño de realismo. Si venimos observando que algunos parámetros estándar de la economía monetaria y fiscal convencional parecen no seguir las pautas esperadas (inflación, salarios, mercados), los principales responsables de los bancos centrales y algunos estudiosos han dado algunas claves de por qué es tan complicado hoy realizar predicciones económicas y de la falta de instrumentos para controlar estos cambios.

Comenzó Jerome Powell, presidente de la Fed, con un discurso explícito que podría resumirse en un “esto es lo que hay y hasta aquí llegamos”. Powell no ve excesivos riesgos de sobrecalentamiento de la economía estadounidense y considera que las subidas de tipos de interés están siguiendo una pauta adecuada. Sin embargo —en una cita dedicada a los cambios estructurales de la economía— indicó algunas transformaciones preocupantes que están “fuera del alcance de la política monetaria”: los salarios reales crecen poco, los déficits públicos se están descontrolando en países donde la población envejece (y las pensiones futuras se ven comprometidas) y solo un aumento de la productividad podría invertir estas tendencias.

Parte de esa falta de alcance de la política monetaria se debe a que su principal objetivo, la inflación, está siendo impulsada por nuevas fuerzas. Entre ellas, se ha destacado que los precios se ajustan ahora más rápido a cambios agregados porque los consumidores pueden comprar en más lugares y rápidamente online y las empresas pueden comparar y cambiar precios de forma más ágil. Esto hace a la economía más vulnerable a los shocks agregados y la acción de la política monetaria, más lenta y menos anticipativa. También preocupa la excesiva concentración que algunos grandes proveedores de la nueva economía están alcanzando a escala global, con un poder de monopolio hasta ahora inédito.

No pudo abstraerse la reunión del tenebroso influjo de los movimientos proteccionistas y de los riesgos que acechan a los países emergentes. Se determinó sin paliativos el “elevado precio” de una guerra comercial. Uno de los pocos economistas que vio venir la crisis, Raghuram Rajan, afirmó que se repiten dos de los ingredientes de la anterior, endeudamiento y sobreprecio de activos financieros, en un contexto en el que el enfrentamiento comercial puede ser como un “botón nuclear”. Y todo, en un momento en que un predictor habitual de recesiones —el del aplanamiento de la curva de rendimientos (diferencia entre tipos de interés a corto y largo plazo)— ha alcanzado mínimos históricos.

El volátil agosto

Publicado en El País el 21 de agosto de 2018

Agosto es habitualmente un mes raro en los mercados. Algo más volátil pero sin grandes movimientos de volumen. Más agitado, además, en años en los que en Estados Unidos hay elecciones de mitad de mandato, como este. Lo curioso es que en estos momentos el S&P 500 bordea su máximo histórico. Estados Unidos instiga el nerviosismo comercial pero su Bolsa sigue al alza. Son los emergentes y, en menor medida, Europa los que más lo notan. Los nervios crecen por los problemas de Turquía, donde ya se aconseja el recurso al FMI para evitar una caída sin frenos. Si no es así, puede ser la espoleta que desate la tensión contenida mucho tiempo en los mercados de deuda.

El sector financiero no comparte los principios de las ciencias físicas. No existe una fórmula exacta ni ensayos de tracción que determinen la tensión de rotura, como si se tratara de acero o polipropileno. Lo que sí parece evidente es que hay muchos indicadores cambiando a la vez para hostigar la volatilidad: renta fija con más riesgo, oro y petróleo algo a la baja y mercados cambiarios saltando como palomitas. No es que más volatilidad sea necesariamente extraña este año, puesto que el anterior fue inusualmente calmado. Sin embargo, el mundo financiero vive pendiente de que el camino de vuelta hacia la normalidad monetaria se haga sin grandes sobresaltos y la renta fija es el principal termómetro. Lo de Turquía es sólo un aviso que inquieta a otros emergentes porque pueden afrontar por sí mismos por diferentes vías (cambios en el dólar, pérdida de interés inversor, indisciplina fiscal) su propio calvario, sin necesidad de un contagio directo turco. Por eso, si el Gobierno de Ankara adoptase medidas más ortodoxas que hasta ahora (probablemente con el concurso del FMI) podría cerrarse este capítulo de tensión asiática pero podrán aparecer otros, por sus propios méritos.

Lo que el mercado mira no es tanto la exposición a Turquía sino cómo puede navegar cada cual en un entorno que va a exigir sacrificios para evitar riesgo soberano al alza. El mundo emergente anda como pollo sin cabeza. En casos desesperados como Venezuela con una mezcla explosiva de devaluación monetaria y aumento de salarios. En países con mayor capacidad de maniobra, como China, con una petición explícita a los bancos para apoyar a sus exportadores. Cada día, un ansiolítico distinto. Por ello, en Europa se teme más un castigo a Italia que a otros países. Un fastidio para la diplomacia europea ahora que se cerraba el programa de rescate a Grecia. El gobierno de Roma está en el top de los riesgos a la baja de los analistas.

Lo que venga en los mercados de deuda y en posibles correcciones de crecimiento económico mundial podrá ser más o menos significativo según el punto de partida de cada cual y la imagen que transmita. La señal más clara de estabilidad es, o ha sido y (especialmente) parece que será la disciplina fiscal, factor peliagudo de vender a la sociedad. Se complica la cosa.

Incendiando la sostenibilidad

Publicado en El País el 14 de agosto de 2018

Los grandes incendios son un síntoma de nuestro tiempo y lógicamente de nuestra economía. En parte, producto de acciones de uso del suelo y cambio climático con nefasta incidencia a largo plazo. En parte, también, resultado de incentivos mal definidos sobre recuperación del paisaje y reforestación. Son, asimismo, paradigma de este era de lo impensable en la que contamos con más medios que nunca pero también más capacidad destructiva.

En España hay unos 20.000 incendios al año. El terrible fuego que ha asolado Llutxent, junto a mi querida Gandía, ha afectado a 3.270 hectáreas. Ha tomado el triste relevo de los de Galicia el pasado año que arrasaron 49.000 hectáreas. Sin que sirva de consuelo —sino todo lo contrario— el fenómeno es planetario. En el norte de California se habla ya de 250.000 hectáreas quemadas este verano. Siempre ha habido grandes incendios y muchos han sido fortuitos —como el rayo que inició el de Llutxent— pero otros muchos —y la capacidad de propagación— coinciden con la expansión urbana por zonas litorales y de monte de los últimos 50 años, así como el aumento medio de las temperaturas con rápidos cambios climáticos y estacionales.

En casi todos los ámbitos de organización económica se tiende a la exageración, a la explotación desaforada de recursos que impiden su sostenibilidad. En España esto ha ocurrido con el turismo o con la construcción, con escaso respeto al paisaje y a la correcta ordenación del territorio. En algunas localizaciones se acaban por destruir otros modos de vida (con la agricultura entre las principales damnificadas) y se llega a pensar que no existen otras formas de desarrollo que las que impone la expansión turística y urbanística. Las leyes de protección han llegado tarde y son insuficientes. La sostenibilidad anda quemada.

Los índices medios de peligro —combinación de variables meteorológicas y condiciones del territorio— no dejan de crecer. Algunos estudios señalan que el aumento de la temperatura en el Mediterráneo tiene relación con la proliferación de lluvias con aparato eléctrico, sobre todo en zonas altas de monte, más abandonadas y donde más se producen los incendios.

Se han mejorado muchas cuestiones relativas a la predicción y gestión de incendios pero el aumento de la magnitud del fenómeno excede los recursos disponibles y se trata de una cuestión grave que requiere educación, colaboración, medios y una mayor capacitación a escala local. Mientras que los sistemas de vigilancia y prevención deben estar coordinados de forma centralizada, cada municipio debe tener los suficientes conocimientos y se le debe dotar con los recursos necesarios para gestionar los usos recreativos del monte y una inclusión exhaustiva de los riesgos de incendio en todos los planes urbanísticos.

El fenómeno es tan complejo que incluye, incluso, dimensiones psicológicas delicadas. Se estudia ahora la relación entre fuegos provocados en Huelva en diferentes años pero con demasiadas coincidencias. Y en Australia, uno de los países donde la cuestión es más preocupante, la mitad de las incidencias siguen siendo provocadas. Desolador y complicado este fenómeno. Y sin duda, una ruina económica.

¿Qué hacemos con nuestros bancos?

Publicado en El País el 7 de agosto de 2018

Tal día como hoy hace una década conocíamos que la producción industrial se desplomaba en España, con los materiales destinados a la construcción liderando los descensos. No se hablaba de crisis aquí todavía, mientras que en el resto de países faltaba poco tiempo para intervenir y recapitalizar un amplio número de entidades financieras.

Con algo de retraso pero al final en España también nos vimos en una situación parecida. Los rescates acabaron hundiendo los índices de confianza en la banca. Hoy, sin embargo, los servicios bancarios han recuperado una posición intermedia en las comparaciones internacionales de confianza.

No obstante, aún parecen verse señales de cómo “castigar” a la banca que merecerían una reflexión más sosegada. Hace un par de años, un colega de una universidad británica me envió un trabajo que estudiaba la imposición de un impuesto a la banca en Japón que solo afectaba a algunas instituciones del sector. Las entidades que debían afrontar el impuesto acababan concediendo menos crédito, cargando mayores precios y dedicando menores recursos a preservar su solvencia. Hay otros tantos estudios similares.

En España, se discute ahora establecer medidas de este tipo y se han repetido análisis que sugieren su futilidad. Por falta de fundamentos y por su previsible impacto negativo. En mi opinión, a los bancos hay que exigirles ininterrumpidamente porque constituyen la espina dorsal de la estabilidad financiera. No caben mimos ni concesiones. Pero tampoco tiene sentido fustigarlos como si se tratara de algo ajeno al resto de la sociedad. En ellos está nuestro ahorro y la mayor parte de la capacidad de financiación.

La banca española ha mejorado y el cliente tiene mucho que ver en ello porque ha aprendido a exigir más que nunca. No solo para pedir las mejores condiciones en sus contratos, sino para saber cuál es la salud de su banco. Todos sabemos un poco más sobre estabilidad financiera tras la crisis. O, al menos, nos interesa más. Es un hecho que en estos últimos años la banca española ha acometido un saneamiento de su balance muy intenso y ha aumentado significativamente su solvencia.

Un tema relacionado con la confianza es saber qué condiciones ofrecen a sus clientes los bancos españoles. Un reciente estudio comparativo de Deloitte muestra a España como el segundo país con servicios bancarios más baratos tras Reino Unido. El coste medio anual es de 38 euros para el cliente no digitalizado y 20 euros para el digital. También se observa que la banca española ofrece un mayor número de servicios bancarios a sus clientes, hasta 115 distintos, frente a los 82 del promedio europeo. El 75% de esos servicios son gratuitos. Y las comisiones representan, de forma estable y desde hace años, un 20% del total de ingresos.

La banca es una de las actividades que mejor sabemos hacer en España y en el resto del mundo lo saben, donde hay una gran presencia en sus mercados de nuestras entidades financieras. Malos tiempos hubo, desde luego. Pero no solo por estos lares. Siempre debemos exigir más. Pero también comparar y valorar.

El misterio de la inflación

Publicado en El País el 31 de julio de 2018

Tal vez para algunos lectores la inflación no parezca precisamente un dato apasionante, pero, en determinados momentos, condiciona la vida hasta extremos insospechados. Que se lo digan a los venezolanos que, según proyecciones del FMI afrontan una inflación de hasta 1.000.000% este año. Sin llegar a estos extremos, la evolución de los precios contiene algunos misterios sin resolver desde hace unos años. Se ha hablado de “inflación perdida” porque tras las medidas de estímulo monetario más extraordinarias que se han conocido, no ha aumentado significativamente el nivel de precios ni en Estados Unidos ni en la eurozona. Si ha subido algo, ha sido precisamente por los componentes que escapan al control monetario, como la energía y los alimentos no elaborados. Si estos se excluyen del índice, queda la inflación subyacente, que poco se ha movido. En España está desde hace bastante tiempo en el entorno del 1%. También en la eurozona. Draghi ya se refirió la semana pasada a ella como ensordecida o muda (muted).

El IPC adelantado que hemos conocido este lunes sitúa la inflación del mes de julio en el 2,2%, una décima menos que en junio. No es que sea una intriga que pueda nutrir una novela de Dan Brown pero, hoy por hoy, que la inflación esté cercana al 2% en España y el conjunto de la eurozona tiene más que ver con el petróleo que con otras cosas. Esto lo reconoce igualmente el BCE. También sucede en Estados Unidos. Se esperaba que los precios hubieran subido más y hace tiempo.

Uno de los miembros más conocidos de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal que abandonaron la institución con la llegada de Trump, Daniel Tarullo, afirmó poco después de su salida que “en la actualidad no contamos con una teoría de la dinámica de la inflación que funcione suficientemente bien para realizar una política monetaria efectiva en tiempo real”.

Una de las explicaciones más recurrentes a esa falta de empuje de los precios es que, aunque hay empleo, los niveles de salarios son peores que antes de la crisis, lo que implica un consumo más moderado.

No todo son arcanos respecto a la inflación. Los datos desde el inicio del verano en España informan sobre algunos aspectos coyunturales de interés para la economía que llegan en un momento en el que el paro ha bajado al 15,28% y el PIB sigue manteniendo su pujanza. Esto parece aplazar ese agotamiento del crecimiento económico que las tensiones comerciales internacionales, el petróleo o unas expectativas empresariales algo a la baja parecían augurar. Sea como fuere, se observa una moderación en los precios de alimentos y bebidas no alcohólicas. También se han moderado en sectores clave como el turismo, en parte por la rebajas aplicadas a los paquetes turísticos respecto al año precedente. A pesar de ello y de la reducción de demanda extranjera, sigue siendo un año turístico bueno y el crecimiento, en general, sigue sorprendiendo al alza. En todo caso, el próximo año, con la retirada de estímulos monetarios, comenzará el gran test.

El empleo en la era digital

Publicado en El País el 24 de julio de 2018

A principios de siglo andábamos los economistas aún conmovidos por los efectos que los atentados del 11-S podrían tener sobre los usos económicos y sociales. Crecía también la atención por la “nueva economía”, a pesar de que el estallido de la burbuja “puntocom” en 2001 fue calificada por algunos como el fracaso de las empresas de base tecnológica. No podían estar más equivocados. Ese mismo año, en la famosa reunión de Jackson Hole, los economistas Bradford DeLong y Lawrence Summers señalaron, con igual grado de precaución y acierto, que la revolución digital apuntaba más a un hundimiento de los costes y los márgenes que a un fiasco tecnológico. El progreso de empresas como Google, Facebook o Amazon así lo ha refrendado.

Tras dos décadas de una extraordinaria expansión de este tipo de negocios sería absurdo obviar los múltiples beneficios que han traído, incluso desde la perspectiva del empleo, que era y es uno de los aspectos más controvertidos. En muchos casos, han propiciado la revitalización de áreas deprimidas, la posibilidad de acceso mediante teletrabajo para compatibilizar la vida familiar y una considerable flexibilidad horaria. Sin embargo, han surgido también fenómenos contestatarios, principalmente en lo que se refiere a la concentración de poder monopolístico, el tratamiento fiscal y las condiciones laborales en algunas de estas compañías en un contexto de enorme generación de beneficios. En este último frente, la huelga que se ha producido estos días en Amazon, extendida de forma progresiva por diferentes enclaves europeos, ha sido un buen exponente. También las protestas de trabajadores de empresas de reparto como Deliveroo o Glovo así como en empresas con modelos low-cost como Ryanair. Y, como no, la multa de la UE contra Google por abuso de posición dominante.

Cada caso es diferente. Algunos se están resolviendo. Pero se revelan usos que conviene desterrar y que, además, no son exclusivos de las BigTech ni de otras compañías digitales. Destaca la explotación de la figura del trabajador autónomo. El mercado laboral está plagado de acuerdos en los que el trabajador parece un asalariado, actúa como un asalariado… y se le contrata como autónomo. Es innegable que la progresiva automatización de la actividad económica elimina algunos vínculos entre oferta y demanda de empleo. No obstante, la relación de dependencia y constancia existe y, como mínimo, debe comparecer una aseguración por parte del empleador.

Cada caso debe vigilarse y tratarse de forma separada pero hay elementos comunes en los que conviene apostar ante el imparable avance del cambio en las relaciones económicas hacia un modelo más digital. Sería conveniente una educación más flexible, en el sentido de que la calidad en la formación de nuevas competencias y la exigencia de un aprendizaje continuo se extendiera a la mayor proporción de la población posible, siguiendo modelos que han funcionado, por ejemplo, en algunos países escandinavos. A esto debe sumarse una formación integrada en las empresas, con mayor inversión en información. Entre tanto, es interesante observar cómo los propios trabajadores adoptan su propia coordinación digital, con una sindicalización cada vez más transnacional.

Riqueza financiera más frágil

Publicado en El País el 17 de julio de 2018

Hablar de riqueza sin adjetivos es complicado. La vertiente real tiene como componente principal la propiedad inmobiliaria. La financiera se ocupa más de dónde se materializa el ahorro y la deuda. El Banco de España ha publicado este lunes las Cuentas Financieras de la Economía Española del primer trimestre de 2018. Sugieren cambios en la estructura financiera del sector privado. En los años de la crisis y los que siguieron la acumulación de endeudamiento —primero— y cómo reducirlo —después— acaparó el protagonismo. Desde 2010 hasta marzo de este año el sector privado en España ha devuelto préstamos y valores de deuda por valor de 497.169 millones de euros. Un esfuerzo denodado que parece agotarse. En los primeros tres meses del año la deuda privada se redujo en 3.000 millones de euros, un ritmo netamente inferior al de los últimos años.

A pesar de que ese desendeudamiento supone un coste de oportunidad en términos de inversión, ha sido crucial para el saneamiento de la economía. Además, tras la crisis de deuda soberana, el comportamiento positivo de la Bolsa permitió recuperar buena parte del terreno perdido y aumentar los activos financieros y (deducidos los pasivos) la riqueza neta de economías domésticas y empresas. Sin embargo, se observa otro elemento de fragilidad. Sobre todo, porque la riqueza financiera neta de los hogares cayó en el primer trimestre hasta los 1,36 billones de euros un 116% del PIB pero 4,6 puntos porcentuales inferior al de diciembre de 2017. Parte del problema ha estado en la caída de valor de los activos, sobre todo los de renta fija y variable. En el primer trimestre, los instrumentos financieros en poder de las familias españolas cayeron en 4.000 millones de euros. Aunque las adquisiciones aumentaron un 19%, el precio de mercado disminuyó un 24%. Esto sucede en un año difícil para los fondos de inversión, donde los hogares mantienen un 15% de su inversión financiera.

Estos no son elementos de debilidad exclusivos del sector privado en España. Reducir la deuda privada y enfrentarse a un panorama de mercado incierto son factores de incertidumbre internacionales en la actualidad. El cambio en las políticas monetarias a ambos lados del Atlántico también puede acelerar una transformación de la estructura financiera. Aunque los depósitos constituyen hoy el 40% del balance financiero familiar en España, gran parte son transaccionales o a corto plazo. Si finalmente acaban subiendo los tipos y la incertidumbre en los mercados no se disipa, las imposiciones a plazo pueden ganar terreno, sobre todo en la medida en que el nerviosismo pueda instalarse en los mercados de renta fija.

A pesar de las relativas flaquezas de la riqueza familiar (magnitud stock), el ahorro financiero de la economía (flujo) se mantiene en ese 2% en el que se mueve en los últimos años. Eso sí, merced más a la contención del gasto público que de una mejora de hogares y empresas. En las familias, el ahorro financiero ha caído del 2,4% del PIB en el primer trimestre de 2017 al 0,4% en el primero de este año. El esfuerzo financiero postcrisis no puede ser eterno.