Por qué este puede ser el año de despegue del FinTech

Publicado en Cinco Días el 8 de enero de 2018

 

Conforme el entorno fintech se va asentando, se perciben nuevas claves que marcan su futuro. Las seguimos muy de cerca desde el Observatorio de la Digitalización Financiera (ODF) de Funcas, en colaboración con KPMG. De esa colaboración han surgido varios informes y, en los dos últimos, se analiza la estructura competitiva y estratégica del fintech en España y el proceso que siguen los españoles para adoptar este tipo de servicios. Una de las conclusiones más importantes que se extraen que algunos de los supuestos que se hicieron no hace mucho respecto a este fenómeno no se están cumpliendo. La principal era que el fintech se trataba de una alternativa a los bancos, que amenazaba incluso con su desaparición y en la que el factor humano iba a tener un papel residual. Más bien, se trata de una transformación para el conjunto del sector financiero, donde las innovaciones se están desarrollando cada vez más en un entorno cooperativo, en lugar de sustitutivo.

También se observa que algunas iniciativas son mera aplicación a las finanzas de las usadas en otros sectores. En ese grupo se encuentran, por ejemplo, las apps que ofrecen comparativas de servicios de terceros o buscadores especializados. Pero la verdadera innovación en este mercado es la que surge de servicios con un carácter transversal. No hace falta que se trate del nuevo Facebook o Apple de los servicios financieros sino de convertirse en una eficiente solución. Tal vez los desarrollos más frecuentes en este ámbito de transversalidad son los relativos a medios de pago pero también se están desarrollando otros muchos de gran interés en otros servicios como los seguros (insurtech), los inmobiliarios (proptech) o el cumplimiento normativo (regtech), por citar unos cuantos. Y ganan cada vez más peso los que permiten manejar grandes volúmenes de información y transacciones con seguridad, un territorio donde reina el blockchain, y en el que la mayor parte de sus posibilidades de aplicación financiera están por explotar. Estas cadenas de bloques son, probablemente, la más transversal de estas innovaciones hasta la fecha. Desde la perspectiva de la demanda, nuestras investigaciones señalan también que la adopción de servicios financieros digitales comienza con actividades de consulta y comunicación, que generan las relaciones de confianza que dan paso a operaciones como las de pago y transferencia de fondos.

En este entorno innovador, estimamos que es precisa una articulación laboral equilibrada. En particular, habrá que estar atentos en la industria financiera es el equilibrio entre las posibilidades de la economía colaborativa y las condiciones laborales. Y aprender de los problemas y soluciones que se están dando en plataformas como Uber o Cabify, en las que las ganancias de eficiencia en el servicio no se trasladan, en algunos casos, a empleos de suficiente calidad en sus términos y condiciones. Esta necesaria protección del trabajador, sin embargo, corre el riesgo de malinterpretarse y llevarse a un ámbito demasiado amplio en Europa, porque la regulación está siendo restrictiva en varios ámbitos. Uno de ellos es, simplemente, el puro reconocimiento de la economía colaborativa como tal. Otro, de gran relevancia, es el excesivo celo en la protección de datos. Siendo esta muy importante, la normativa es, en ocasiones, demasiado restrictiva y no permite desarrollar en la medida en que sería deseable investigación en áreas muy importantes como la inteligencia artificial o que los consumidores europeos no puedan disfrutar de todas las ventajas de empresas como Google o Facebook.

En el ámbito financiero, regulaciones como la segunda Directiva de Pagos (PSD2) se han preocupado fundamentalmente de que las fintech no bancarias puedan compartir recursos informativos de terceros (normalmente de clientes de bancos) y aún está por ver si esta cuestión favorece la competencia a costa de cierta seguridad en una industria donde la estabilidad es una cuestión sistémica. Esta directiva, además, no se ha centrado demasiado en regular funciones sino instituciones. Queda camino por recorrer en el ámbito regulatorio para generar un entorno competitivo igualitario (level playing field) y una acreditación suficiente del ámbito de actuación de algunas fintech.

¿Cómo encaja este entramado de innovaciones y regulación en nuestro país? En lo que se refiere a un sistema financiero como el español, que siempre ha estado a la vanguardia tecnológica, es preciso estar atentos a cómo afecta a las posibilidades de desarrollo fintech el que la apuesta por la innovación y la investigación desde las instituciones públicas sea muy limitada. Los bancos pueden ocupar buena parte de ese espacio –en la medida en que pueden hacerse más tecnológicos que nunca– pero otras empresas e innovaciones financieras alternativas siguen sin tener posibilidades de crecimiento en la medida en que los mercados alternativos (como el MAB) siguen dominados por empresas de mercado carácter inmobiliario. En España existen la formación y los recursos humanos pero hay rigidez presupuestaria en esta materia y numerosos engorros administrativos. Tal vez una vía de salida para ese capital humano (ingenieros informáticos, de telecomunicaciones y formaciones similares) será convertirse en los nuevos solucionadores de problemas en la industria financiera, donde la relación oferta-cliente no se va a dirimir mucho tiempo a dos lados de una mesa sino en un ámbito de interacción mucho más dinámico. Así, por ejemplo, en el sector bancario, la oficina no será la principal unidad de negocio. Y muchos consideraron que esto implicaría una deshumanización de los servicios financieros minoristas cuando, en realidad, es una redefinición de la relación agente-cliente más práctica, con cobertura 24h y en ámbitos de interacción variados, no siempre virtuales pero tampoco circunscritos a un lugar fijo como la sucursal.

En cuanto a la esfera internacional, el movimiento más destacado es el que se refiere a las ofertas iniciales de moneda (Initial Coin Offerings o ICO). Movieron miles de millones de dólares en 2017.

Algunos consideran que el pasado año fue el de una burbuja de criptomonedas que explotará en 2018. Esta apreciación está influida, sin duda, por lo que sucede con el bitcóin. Se trata de una moneda no apta para cardiacos, con un componente especulativo no acompañado de valor añadido en muchos casos y con un uso y un respaldo financiero demasiado opacos. Pero el concepto de emisiones de divisas virtuales es demasiado poderoso. Uno de los ejemplos más claros de su potencial utilidad es el J Coin japonés. En un país donde el efectivo sigue dominando el 70% de las transacciones, sus autoridades y bancos se han lanzado a la promoción de una moneda virtual que esperen que tenga significativa penetración en el país para los Juegos Olímpicos de 2020.

Con los ICO hay que separar el grano de la paja, las iniciativas promovidas por celebridades (el boxeador Mayweather ya ha lanzado al menos dos ICO) de las más serias y respaldadas. Del bitcóin siempre quedará el blockchain y sus derivaciones, como una tecnología que puede representar para las finanzas lo que el papiro fue para Egipto. Resulta difícil pensar que los ICO vayan a la baja precisamente ahora que los inversores institucionales tienen especial predilección por ellos y hasta mercados como el de futuros en Chicago les dan cobertura.

Finalmente, no pueden obviarse los riesgos que sigue afrontando el fintech. En el mundo financiero, la información ha sido siempre un input y output esencial. Sin embargo, como en otras esferas, se está generando una nueva economía de la información y la desinformación porque ambas pueden mezclarse a la misma velocidad, movidas por intereses no siempre edificantes y que implican un riesgo para este negocio y un reto para la supervisión.

El ciberterrorismo y, en general, el fraude son amenazas serias que cuentan con respuestas importantes desde el sector pero, en ocasiones, más reactivas que previsoras. La certificación de seguridad se va a convertir en un sello fundamental para desarrollar actividades financieras. En una cuestión que las autoridades tienen que tomar muy en serio y que debería comenzar por tratar de evitar que algunos proveedores aprovechen un desigual trato regulatorio en diferentes circunscripciones.

Ese que podríamos llamar un arbitraje regulatorio virtual es una amenaza seria para evitar escándalos y amenazas sistémicas. En este ámbito regulatorio existe, además, una importante oportunidad de cooperación entre regulador e industria. Se trata, de hecho, de un terreno en franca expansión, los sandboxesregulatorios. Un campo de pruebas para nuevos modelos de negocio que aún no están bajo normativa vigente, supervisados por las instituciones regulatorias. Se necesitan supervisores financieros ágiles. Tal vez 2018 sea el año del suptech.

Santiago Carbó y Francisco Rodríguez Fernández son Director ejecutivo / Investigador sénior del Observatorio de la Digitalización financiera de Funcas.

Visiones de 2018

Publicado en El País el 4 de enero de 2018

Ahora que el diccionario digital de la RAE acaba de incluir la palabra “posverdad”, uno puede considerar que la económica es una vertiente particularmente manipulada de la realidad. Sobre todo cuando adopta una visión muy politizada. Ahí solo parece caber el “todo va bien sin posibilidad de crítica” o el “esto es un desastre absoluto”.

Están también las visiones más económicas o sociales, que plantean escenarios de acción política , pero se desproveen de la narrativa extrema. La economía española se enfrenta en 2018 a dos visiones. Una es que los datos apoyan una cierta continuidad de un crecimiento notable, con sus riesgos pero con tasas de actividad y de creación de empleo significativas. Las tensiones en torno a Cataluña seguirán siendo un factor de incertidumbre pero la sugiere que deberían ir a menos o, en cualquier caso, a alejarse del abismo.

La otra visión, menos optimista, es la que se inspira en aquellos que no han sentido la recuperación, bien por una situación de persistente o intermitente desempleo, por bajos salarios o, por una percepción general de que sus condiciones de vida han empeorado.

Transitando de lo general a lo específico, un familiar me señaló el aparente tono pesimista de mi tribuna en este mismo diario de la pasada semana sobre los mercados internacionales. En realidad, considero que las perspectivas siguen siendo positivas y que hay menos riesgos. Solo que los que hay son de incidencia potencial importante. Aunque parezca que la economía global pueda estar tocando techo, este año seguirá siendo favorable. Incluso aunque Estados Unidos parece haber perdido parte de ese “piloto automático” que había sido el mejor de sus pilotos, con reformas como la fiscal (pan para hoy y más deuda mañana) o azuzando tensiones geopolíticas.

Pero algunas cuestiones sí que están cambiando fuera y las notaremos en el seno patrio. El turismo tiene sus límites y ha habido circunstancias desgraciadas para otros destinos que han sido un beneficio importante pero no infinito para España. Lo principal, sin embargo, es que ya no queda mucho recorrido para el gran viento impulsor de la política monetaria expansiva. Como mucho, puede durar lo que lo haga Draghi. Poco más. A largo plazo, habrá costes de financiación más elevados y no olvidemos que España sigue muy endeudada.

Cierto es que la inflación no acaba de repuntar pero eso, especialmente en países como España, se debe, en buena medida, a la debilidad del empuje del coste salarial tras la crisis. La relación con la productividad debe ser el marco general donde fijar salarios pero no debe ser como un martillo pilón. Es hora de un pacto de rentas, de retribuciones del trabajo más acordes a la evolución de los recuperados beneficios empresariales. Y es hora de una apuesta más decidida por la inversión (fundamentalmente privada) que permita esas mejoras de productividad. El mundo entero está transformando su modelo productivo aupado en la tecnología y aquí la inversión en I+D+i sigue cayendo. Se puede estar perdiendo la oportunidad de cambiar ahora que se crece.

Un año desigual en los mercados

Publicado en El País el 27 de diciembre de 2017

A dos días para cerrar el año en los mercados, se ha observado un comportamiento muy desigual internacionalmente. No es ya que en EE UU —donde el Dow Jones sigue batiendo récords— las ganancias hayan sido considerablemente mayores que en los índices europeos en los últimos doce meses, es que las perspectivas y los condicionamientos institucionales son también muy diferentes a ambos lados del Atlántico. En Europa se viene observando, además, cierto decaimiento desde verano mientras que en EE UU la efervescencia continúa.

Más recelo existe aún respecto a Europa, donde los reportes de fin de año encuentran las cada vez más evidentemente desastrosas consecuencias del Brexit para Reino Unido y el no resuelto problema de Cataluña como las dos principales y más inminentes amenazas. El ambiente monetario es, además, extraño, porque conforme la inflación sube, el margen para la política monetaria expansiva se estrecha. Y aún es muy necesaria. Existe un foco adicional de inestabilidad europea en Italia, donde el maltrecho sector bancario guarda los juguetes rotos bajo una alfombra cada vez más abultada y las elecciones generales del próximo mes de marzo no apuntan a equilibrio estable alguno.

La tipología de empresas que conforman los mercados también son muy ilustrativas de un desigual dinamismo corporativo. Empresas como Intel, Microsoft, Apple, o Cisco Systems dominan la capitalización en Estados Unidos y el Nasdaq es —casi por definición— un reguero de éxitos tecnológicos (como Facebook, Amazon o Alphabet). En Europa, algunas de estas empresas cuentan ahora con dificultades para ofrecer sus servicios por las crecientes trabas regulatorias, que ahora se extienden a la economía colaborativa. Resulta lógico establecer controles en aspectos como la fiscalidad y las relaciones laborales pero algunas restricciones relativas a los servicios compartidos o la mismísima inteligencia artificial están pudiendo ser excesivas y limitando seriamente la competitividad futura de una economía europea ya de por sí fragmentada y necesitada de un proceso mucho más intenso de innovación.

En España, donde apenas hay dos o tres empresas con marcado carácter tecnológico en el Ibex y bolsas como la alternativa MAB tienen un marcado carácter inmobiliario (con casi medio centenar de socimis) también hay que reflexionar sobre la capacidad para transformar la economía. La clasificación “materiales básicos, industria y construcción” sigue dominando el parqué. Y resulta preocupante que sea así cuando las capacitaciones tecnológicas de España en capital humano son bastante considerables —y muchos marchan fuera— y, desde luego, no se ven reflejadas ni en una decidida apuesta en innovación en los presupuestos públicos ni en su encaje en el mercado de trabajo.

La reducción del riesgo bancario

Publicado en El País el 19 de diciembre de 2017

El Banco de España ha señalado este lunes que la tasa de morosidad del crédito en España cayó un 8,2% en octubre, una décima menos que en septiembre. En toda Europa, la reducción de los activos deteriorados heredados de la crisis, los famosos legacy assets, es tema de debate. En el trasfondo está el futuro de la unión bancaria. Para avanzar hacia un cortafuegos de espectro más amplio y hacia un seguro de depósitos único hará falta seguir corrigiendo esa herencia, especialmente en países como Italia. Si se consigue, una unión bancaria completa —que ya ha realizado progresos considerables— podrá alcanzar mayor poder aún para frenar episodios de inestabilidad financiera.

Lo que los países centroeuropeos pretenden —con Alemania a la cabeza— es que antes de avanzar hacia una mutualización más explícita de los riesgos, estos se reduzcan. El propio BCE baraja propuestas para exigir sacar esos riesgos de balance y dotar provisiones para pérdidas más cuantiosas. Estos planes son ahora estudiados por el Parlamento Europeo, que sería finalmente el que tendría la última palabra. La presión supervisora y política está ahí, y tiene su lógica. Para convencer al votante alemán de las bondades de un proyecto común de protección bancaria, hay que asegurar un punto de partida equilibrado.

En la eurozona, el supervisor único estima que aún quedan 800.000 millones de euros en activos deteriorados con los que lidiar. Ya existen regulaciones que ejercen su propia presión, como la normativa contable internacional IFRS9, que exige dotar provisiones conforme a pérdidas esperadas y no sólo incurridas. Se trata de anticipar cambios en el ciclo económico para evitar cambios súbitos en el riesgo. España la implementará desde enero de 2018.

Pero la cuestión es en qué medida cabe valorar el esfuerzo ya realizado. En España ha sido muy significativo. Los créditos morosos se han reducido en más de 94.000 millones sólo en los últimos tres años. Más que deshacerse de activos deteriorados, se gestionan eficientemente. En las últimas semanas se han anunciado ventas de carteras de activos deteriorados día sí, día no, por miles de millones.

Como ya sucedió con la austeridad presupuestaria, ha sido conveniente hacerlo de forma paulatina. En materia fiscal, sólo cuando se implementó un calendario de consolidación más realista se apreció la compatibilidad de ajuste presupuestario y crecimiento económico. Con los legacy assets pasa lo mismo. En España el esfuerzo más importante ya se hizo y ahora se manejan los restos con el tempo adecuado. El conflicto más significativo parece estar en Italia, donde una buena parte del trabajo está por hacer y el meollo de su crisis bancaria permanece congelado por una falta de reconocimiento suficiente del problema.

Solo con ese último esfuerzo, con la adecuada presión en los países donde queda más por hacer, otros como Alemania podrían aceptar avanzar en un esquema de protección de depósitos común e, incluso, en el llamado «cuarto pilar» de la unión bancaria, una agencia de gestión de activos (banco malo) paneuropea.

¿Brexit es Brexit?

Publicado en El País el 12 de diciembre de 2017

Fue el 11 de julio de 2016 cuando Theresa May dijo aquello de “Brexit significa Brexit”. La frase ha perseguido a la primera ministra británica hasta volverse en su contra. Me recuerda al también tautológico Black is Black de Los Bravos que grabaron en Londres. Solo pudo participar en el estudio el cantante Mike Kennedy porque el convenio laboral británico solo permitía grabar en inglés a nativos. Típica controversia anglosajona que no impidió el primer éxito internacional del pop español.

La intención inicial de la expresión de Theresa May permanece, porque Gran Bretaña dejará la UE, pero el significado es distinto ya. Por mucho que parte de la prensa británica —no exenta de un comprensible orgullo patrio— quiera establecer que el Gobierno conservador ha conseguido fijar los primeros términos del divorcio, lo cierto es que la UE es la que ha llevado y va a llevar el timón. Así será en la segunda ronda de negociaciones, con las guías que la UE va a fijar para posibles acuerdos comerciales.

Las consecuencias de cada anuncio son malas para Gran Bretaña. Bastante menos negativas para la UE. Y esa es la dinámica. La misma que ha generado un tétrico espejo en el que Londres y Barcelona se miran. Los inversores y empresas se van. Y no vuelven fácilmente. A distintos ritmos pero sin remisión. Cualquier intento de levantar la cabeza desde Reino Unido genera indiferencia desde Bruselas. Y al mínimo episodio de inestabilidad financiera, el Gobierno de las islas reculará y confirmará por enésima vez que no lleva la mano en esta partida. Se estima que si no hay un acuerdo de base entre las partes sobre temas comerciales para marzo del próximo año, la angustia crecerá en Whitehall. Lo más patético para los intereses comerciales británicos es que Reino Unido no tiene aún un plan porque el Parlamento no se ha puesto de acuerdo. Comenzará a debatirlo el día 19.

También resulta revelador que aunque Gran Bretaña ha pedido a la UE que fije sus guías de negociación cuanto antes, ha solicitado que no sean demasiado elaboradas, no sea que se les atraganten de partida. Theresa May puede haber aprendido a estas alturas que habrá un Brexit blando con más costes para su país que para la UE o no habrá acuerdo, lo que le dejará en una posición aún más desesperada. Cada paso atrás será una nueva oleada de huidas corporativas por el Canal de la Mancha.

Los defensores un Brexit duro en el partido conservador siguen pensando que en la parte comercial llega su turno de palabra. Hasta la fecha han cedido y ahora reclaman acción. Será complicado. La UE, entre tanto, a lo suyo, cerrando grandes acuerdos comerciales con Canadá y Japón. Theresa May también intentó estas alianzas pero volvió con las manos vacías. Eso es lo que significa el Brexit hoy: la UE es la favorita y la dominante. Pasito a pasito (hacia atrás) el Reino Unido irá caminando hasta el inevitable retorno al acceso al Mercado Único.

No esperar al gran anuncio

Artículo publicado en El País el 5 de diciembre de 2017

 

Los caminos de vuelta de las grandes crisis financieras son heterogéneos internacionalmente. Los patrones históricos se repiten y, aunque los ciclos de recuperación económica puedan acortarse, persisten las diferencias entre países. El «gran anuncio» se produce cuando un determinado gobierno proclama la vuelta a las tasas de paro precrisis. Más aún si se entiende que esas cifras corresponden a pleno empleo.

Sin embargo, tras la salida de la Gran Recesión, países como Estados Unidos o Reino Unido observan con estupor cómo se llega a ese deseado momento en medio de un profundo descontento social. Aunque es importante recuperar empleo, lo es también cómo hacerlo. Y en estos países se ha hecho con salarios significativamente peores que antes de la crisis y con niveles de participación en el mercado de trabajo en mínimos históricos. Cunden los desanimados que no tienen empleo, pero tampoco lo buscan ya.

En España, esa deseada «anunciación» de recuperación laboral completa está aún por llegar. Lo positivo es que puede producirse en un plazo algo más corto que en la experiencia histórica porque con la actual estructura del mercado se generan puestos de trabajo a más velocidad y desde tasas de crecimiento económico más modestas. Pero se comparte la desgracia de otros países en cuanto a caída de la participación, calidad del empleo y salarios.

Los datos del Ministerio de Empleo de este lunes se resumen en un noviembre malo como siempre, pero menos malo que el año anterior. De hecho, en términos desestacionalizados (que pocas veces llegan al titular del momento) el paro ha bajado en 22.744 personas. Del mismo modo, corregida de efectos estacionales, la afiliación a la Seguridad Social aumentó en 43.437 ocupados, lo que reafirma el vigor del crecimiento de la actividad económica. Los datos no fueron buenos en Cataluña, con 7.391 registrados más en las listas de desempleo en noviembre, pero, aunque seguramente tenga que ver con la incertidumbre económica en este territorio, resulta difícil delimitar hasta qué punto. En todo caso, si las cosas siguen igual para Cataluña, es previsible que los datos del mercado de trabajo sigan siendo desfavorables o, en todo caso, menos positivos que en el promedio del territorio nacional.

Lo que sí que resulta inaplazable es una apuesta más decidida por la calidad del empleo. Del lado del diálogo queda pendiente un pacto de rentas. España asumió un ajuste necesario e importante en salarios, pero, a todas luces, parece que ha habido una pasada de frenada. En algunas dimensiones, salarios y formación están vergonzosamente desacompasados.

Tampoco parece conveniente seguir dejando de lado una mayor inversión en innovación, ciencia y tecnología porque los mercados de trabajo más sólidos en la era de transformación digital serán los que cuenten con más empleados en esas áreas. En este capítulo, también entra una regulación más seria de la estructura laboral de la llamada economía colaborativa, donde la innovación no puede confundirse con condiciones laborales precarias. Será fantástico anunciar caídas reiteradas del paro pero, más aún, si van acompañadas de bienestar social.

FinTech sin dueño

Publicado en El País el 28 de noviembre de 2017

Hace años entablé amistad con uno de los mejores economistas financieros que han gozado del raro privilegio de la admiración conjunta en el mundo profesional y en el académico. Y me decía: “En los servicios financieros se hace siempre lo mismo, lo que cambia es el modo de hacerlo. Y eso, a veces, lo es todo”. Creo que eso es lo que sucede con el fintech. En la tradicional división de un sistema financiero entre instituciones, mercados e instrumentos, el fintech no tiene dueño. Hay entidades de diversa naturaleza que entrarían en esa definición en áreas como pagos, préstamos o comparativas de servicios. Hay mercados donde se negocia con tecnologías de este tipo exclusivamente, como las recientes ofertas iniciales de moneda (ICOs), de tan sorprendente crecimiento.

Lo que esto implica para el sector bancario —tradicional dominador ante la irrupción de cualquier innovación en el mundo financiero— es más competencia pero, sobre todo, modos de aprender y mucha colaboración. Inicialmente, hubo una apresurada identificación del fintech como el leviatán de la banca, cuando en realidad era todo un campo de expansión y de nuevas relaciones en el mundo digital. Pocos se atreven a reconocer que, con estas tecnologías, por ejemplo, podremos saber mejor que nunca hasta ahora cómo se construyen las relaciones de confianza entre oferentes y demandantes de servicios financieros. Ningún banco o consultora que se precie obvia el fintech como vía de colaboración y aprendizaje y, poco a poco, se va usando desde la inteligencia artificial hasta la neurología para dar servicios cada vez más personales, aunque sea con menos presencia física. Este martes, por ejemplo, se presentan en el Observatorio de la Digitalización de Funcas, en colaboración con KPMG, las últimas tendencias y cómo los españoles se enfrentan a ellas.

Hace años era difícil pensar en comprar un traje online o encargar por esa vía el vino que beberíamos durante la Navidad. En poco tiempo, negociar algunos tipos de crédito vía telemática será así de sencillo. Pero con lo financiero hacen falta precauciones adicionales, como con la salud. La estabilidad financiera es un animal delicado cuyas riendas no se pueden perder. Y el negocio fintech no puede ser una vía para sortear jurisdicciones ni abusar de la virtualidad. Mientras que las ventas online de vino suponen unos 350 millones de dólares anuales, las emisiones ICO de este año han superado ya los 3.000 millones de dólares. Y las compras online en Europa superan los 600.000 millones. Y, en China, el billón.

No se trata de poner el cascabel al gato sino de ordenar la gatera. Y tampoco se trata de olvidar el componente humano. Los servicios bancarios, los financieros en general, van a necesitar más que nunca la inteligencia emocional que tan difícil es de simular y la capacidad de abarcar diferentes campos para contar con verdaderos solucionadores de problemas y aportadores de soluciones financieras. Entre otras cosas, como guías y delimitadores de lo digital de nuestras finanzas.

El largo Black Friday

Publicado en El País el 21 de noviembre de 2017

Parece que el comercio ya no tiene que cantar I Dont Like Mondays de The Boomtown Rats y tararea Friday I’m in love de The Cure. En la era digital (cualquiera que sea su principio y fin) parece que cualquier referencia estadounidense para adelantar las compras navideñas ha sido incorporada en Asia y Europa a una velocidad asombrosa. Arrasa con las costumbres de varias generaciones y es norma para otras.

El Black Friday que da el pistoletazo a las compras navideñas en Estados Unidos se ha pegado a este lado del Atlántico como el queso a la pizza. Para estupor de los que vieron cómo el día de Todos los Santos fue eclipsado por Halloween, ahora, la campaña navideña casi comienza antes de quitarnos el bañador. En el caso español se va a extender de forma asombrosa hasta después de Reyes. Una astuta combinación de importaciones de tradiciones internacionales que propician un consumo prolongado y que meses anteriormente flojos para las ventas se conviertan ahora en referencia con gran número de aparentes gangas y rebajas.

Aunque son las grandes superficies las que lideran esta estrategia de alisamiento de ventas que debería reducir la estacionalidad y animar meses tradicionalmente más débiles para el gasto, cualquier comerciante de proximidad saca ya sus propias ofertas prenavideñas para competir con el cúmulo de promociones de gran escala.

El terreno donde se dirime esta nueva pujanza comercial es, fundamental y crecientemente, online. Noviembre explotó hace dos semanas con la primera réplica del Black Friday estadounidense. Fue en China, donde el llamado Día del Soltero sorprendió a propios y extraños con cifras abrumadoras. Tan sólo el gigante chino del comercio online Alibaba tuvo ventas de 21.763 millones de euros.

Hay aspectos lógicamente positivos en este tipo de iniciativas. Los más naturales se refieren a una anticipación de compras navideñas que podrían suponer menor gasto, al tiempo que proporcionan una planificación más tranquila a los comercios, al reducir su excesiva dependencia de diciembre. En algunos países, ventas minoristas como las de octubre y noviembre —que hasta la fecha se habían considerado de segundo orden— se han convertido recientemente en un importante indicador adelantado del comportamiento de la economía en el último trimestre del año.

De hecho, la facturación comercial en EE UU y Reino Unido en octubre, siendo buena, no ha satisfecho las expectativas. En España, la campaña de tinta negra de viernes se ha desparramado por el calendario y se espera que, tan sólo en comercio online, las ventas superen los 1.370 millones, un 9% más que el pasado año.

Tras tanto tiempo esperando la vuelta de un consumo vigoroso, todas estas campañas suman pero también conviene tener ciertas precauciones. El gasto responsable es algo más que una máxima moralista. Realizar pagos online tiene muchas ventajas y es muy eficiente pero algunos estudios sugieren que, en determinadas circunstancias, también puede exacerbar el consumo más allá de sus niveles de equilibrio y reducir el ahorro. Queda mucho camino aún hasta Reyes.

 

Juego del ultimátum del Brexit

Publicado en El País el 14 de noviembre de 2017

Será antes de Navidad, los días 14 y 15 de diciembre. Los líderes de la UE decidirán qué están realmente dispuestos a negociar con Reino Unido. Antes, los británicos habrán tenido que especificar cuánto y cómo pagarán por compromisos presupuestarios pendientes. De lo contrario, parece que no habrá más que hablar. El Brexit pasaría entonces de ser un tira y afloja a convertirse en un conflicto serio.

Los empresarios británicos temen ese escenario como a una vara verde. Han venido observando y estimando pérdidas actuales y potenciales y saben que cualquier desenlace desorganizado sólo puede multiplicar el desastre. Han seguido con angustia —a pesar de las obvias diferencias en el planteamiento político— la sangría que ha supuesto para la economía catalana una vía de ruptura unilateral y la asemejan a las consecuencias de una salida de la UE fría y sin paliativos diplomáticos.

El Brexit se ha convertido en ultimátum recíproco descabellado. La teoría económica estándar sostenía que quien ostenta el poder de monopolio lo ejercerá en su propio beneficio en la medida que le sea posible. Sin embargo, la economía del comportamiento ha desafiado a la convencional, proponiendo juegos como el del ultimátum. En el mismo, un proponente ofrece una cantidad de dinero a un potencial receptor. Si éste acepta, cada uno recibe lo propuesto por el oferente. Si el receptor no acepta, ninguno de los jugadores recibe cantidad alguna. La evidencia experimental indica que los jugadores tratarán de acercarse más a situaciones altruistas o, al menos, de menor desigualdad ¿Por qué no parece entonces que en las conversaciones sobre el Brexit se busque evitar el peor desenlace?

Parte del problema está en que Reino Unido camina como un rey desnudo. El gobierno británico cree que es el proponente en el juego pero, en realidad, se ha convertido en el receptor. Comenzaron haciendo temblar los cimientos de la UE y eructando prepotencia y supremacía para darse cuenta —con el tiempo y ante el estupor de los empresarios de las islas y desde la evidencia de la mayor parte de datos y previsiones económicas— de que el barco del Brexit no los llevaba a la ruta de la seda ni de las Indias sino a un Helheim nórdico. A morir entre el fuego.

Para evitar resoluciones tan catastróficas se precisa que Reino Unido reconozca el embrollo en el que está. Aunque gran parte de la clase dirigente británica está por la labor, quienes sostienen a Theresa May (cada vez menos) no contemplan humildad alguna. El actual planteamiento político del Brexit parece un caso en el que la teoría clásica económica se cumpliría y el egoísmo se impondría. No habría altruismo ni deseo de reciprocidad por el bien de los ciudadanos. De momento, el ultimátum de la UE —que da dos semanas a Reino Unido para deshojar la margarita presupuestaria— es mucho más creíble que el de Downing Street, desde donde se sugiere que en marzo de 2019 se activa una independencia comercial de color de rosa: strawberry fields forever.