Brexit sin dueño

Artículo publicado en El País el 8 de noviembre de 2016

Esperando que las elecciones de Estados Unidos no nos vuelvan a sobresaltar este martes, seguimos asistiendo a los coletazos de la última gran sorpresa, el Brexit. La decisión del Tribunal Superior británico de someter al control parlamentario la activación del artículo 50 del Tratado Europeo para hacer efectiva la salida de Reino Unido de la UE ha causado un notable revuelo. Evidencia que el Brexit no tiene dueño y que —salvo que el Tribunal Supremo de las islas lo impida— el gobierno de Theresa May tendrá que pasar por el Parlamento el proyecto alrededor del cuál quiera activar la salida. Lejos de simplificarse, los escenarios del Brexit se complican. La situación me recuerda uno de los argumentos más poderosos y llamativos de la economía del comportamiento: puesto que es casi imposible educar a los ciudadanos en cuál sería el mejor y más racional modo de decidir en cada caso, puede resultar muy útil reducir el rango de opciones para facilitar una buena elección. A simple vista, parece un argumento excesivamente conductista, casi contrario a la libertad individual. Pero la evidencia es aplastante en cuanto a su utilidad social y económica.

El Brexit está evidenciando cómo es posible que un referéndum puede utilizarse para justamente todo menos la realización de un ejercicio democrático. Porque se trató de una convocatoria en la que los partidarios del “leave” tenían claro contra qué votaba cada uno pero no a favor de qué. Esto no sólo genera un considerable embrollo social sino un tremendo problema económico. La resolución del Tribunal Superior supone un control parlamentario sobre el gobierno que muchos se han apresurado a definir como el fin del Brexit duro… pero esto no está nada claro. La expectativa es que ni los comunes ni los lores votarán contra el Brexit porque ninguno quiere exponerse al escarnio y la indignación de un electorado que ya ha optado por el portazo a Europa. Pero sí que pueden votar qué plan les parece más conveniente. Esto podría generar negociaciones interminables. Además, se va a producir incluso más volatilidad e incertidumbre en los mercados. Y, lo que es peor, la crispación ha crecido entre una población británica cada vez más crispada y dividida, en la que los partidarios del “leave” ven este cirio jurídico-parlamentario como una afrenta a la voluntad de las urnas. Expertos jurídicos aseguran que el Parlamento podría lavarse las manos y convocar un nuevo referéndum sobre la propuesta de salida que haga el gobierno de May.

Lo que nos espera en los próximos meses es aún más volatilidad. Cada anuncio bravucón de los hard brexiters tirará para abajo de la libra, como para arriba tira cada jarro de agua fría que recibe May en los foros internacionales… y en la propia City. Para añadir más zozobra a los mercados, también hay rumores de que puedan convocarse elecciones anticipadas en Reino Unido porque el gobierno actual haya perdido capacidad de interlocución. O, definitivamente, el norte. Porque hoy sabemos aún menos qué ayer quién es el dueño del Brexit

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