Aprendiendo de Japón

Publicado en El País el 8 de agosto de 2017

He de reconocer que soy un enamorado de Japón, desde donde escribo estas líneas. Cuando estoy aquí no puedo dejar de pensar en muchas cuestiones de índole económica y social de las que este país es prontuario y de cuya experiencia España puede aprender. Son dos naciones muy distintas pero con una relación cultural de mutua admiración. No sería baldío ahondar también en la vertiente comercial e intelectual. Mucho ha cambiado este entrañable país desde que los estadounidenses, con el comodoro Perry a la cabeza, se presentaron en la Bahía de Edo (la Tokio actual) en 1853. Desde aquel shogunato hasta la moderna Japón se han producido extraordinarias transformaciones pero casi siempre se ha conseguido mantener una dignidad y elegancia con escaso parangón.

De la economía japonesa se puede aprender de lo bueno y de lo malo. Precisamente, uno de los rasgos que define la transformación industrial es su capacidad para asimilar los avances de otros y mejorarlos, con seriedad y eficiencia. La educación —incluyendo valores y disciplina— es una virtud de la que hacen gala no solo para prosperar sino para resurgir de grandes recesiones, aunque sea de forma lenta y con extraordinario tesón. Tras la última gran crisis financiera —que afectó más a Europa y EE UU— Japón intenta hacer frente a dificultades que comparte con otros territorios pero que, en su caso, son desafíos de extraordinario calado. Fruto de sus amplios programas de estímulo para tratar de relanzar la economía, su deuda pública dobla a la española, por encima del 200% del PIB. Sus programas de ajuste y los reducidos tipos de interés pueden ayudar a sobrellevar esta carga pero su sistema de protección social presenta serias dificultades de sostenibilidad intergeneracional (como en España). La población es de las más longevas y envejecidas del mundo y los costes del sistema (pensiones, sanidad, dependencia…) recaen de forma abrupta en menguantes generaciones de jóvenes. Los mismos que han sufrido el grueso de duros ajustes salariales, con sueldos a la baja en términos reales. ¿Les suena esta historia?

Ahora el ejecutivo se propone subidas de salarios y fomentar los contratos fijos, que pretenden servir de revulsivo fiscal para aumentar el consumo y la inflación. Pero, de momento, el impulso ha sido tímido. Y el Banco de Japón se ha visto obligado a prolongar hasta 2019 su objetivo de alcanzar una inflación del 2%. Así, se queda junto al BCE como las autoridades monetarias que tratan de mantener los estímulos por un período más prolongado. La diferencia es que, en Japón, el debate sobre la necesidad de política fiscal y sobre las reformas precisas para hacer los sistemas de bienestar sostenibles está mucho más presente.

Asimismo, Japón no se ha arredrado ante el cúmulo de acciones proteccionistas y unilaterales de países como Reino Unido o EE UU. De hecho, para el estupor del mundo anglosajón, ya ha trazado planes contingentes preferentes con la UE. El país más ortodoxo en sus tradiciones es uno de los más heterodoxos en sus políticas económicas hoy en día.

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