El difícil de imaginar tiempo medio bancario

Publicado en Cinco Días el 23 de octubre de 2017

Entre el largo y el prestissimo hay muchos tempos para la música bancaria. Buena parte de las dificultades e incertidumbres que siguen afectando al sector bancario europeo tienen que ver con la ausencia de tempo medio. ¿Existe un andante o un moderato para esta industria? Debería, porque se evitarían muchas tensiones cada vez que se lidia con las (cada vez más) circunstancias imprevisibles que afectan al sector financiero.

Difícilmente alguien podría haber soñado hace cinco años que el sector bancario europeo estuviera hoy en la posición generalizada de estabilidad y crecimiento en la que se encuentra. Algo se ha debido de hacer bien pero las sorpresas y sobresaltos continúan y la arquitectura creada para sostener estos pequeños seísmos se muestra a veces deficiente.

El ejemplo más reciente es el intento frustrado de certificar las etapas que debían concluir con un fondo de garantía de depósitos único en 2024 y que Alemania, principalmente, ha bloqueado. El esquema de protección común queda en el limbo.

Entre tanto, nos tendremos que apañar con otros dos pilares que tampoco están cimentados en la perfección: la supervisión y la resolución única. Ya se ha podido observar la relativa flaqueza de los mismos en el caso de la crisis bancaria italiana, con un remiendo cuyas costuras no están del todo cerradas y podrían saltar en cualquier momento. El apaño seguramente no puede abarcar el peso de la morosidad de las entidades financieras transalpinas.

En España, muy lejos ya de la crisis bancaria, ha habido también algunos sobresaltos. La situación de Banco Popular pasó del allegro (ma non troppo) al infarto en muy poco tiempo. Fue afortunado –algo que en futuros casos podría no ocurrir– tener un comprador solvente que pudo ofrecer una salida en una situación crítica. Las arterias estaban muy presionadas y se perdió, tal vez, mucho tiempo para un posible tratamiento dilatador.

También era impensable una turbación como la que se ha producido con la crisis institucional generada en torno a Cataluña, que ha supuesto tensiones importantes en algunas entidades financieras catalanas, que han tenido que tomar medidas drásticas como el cambio de sede.

La llamada hace unos días de algún grupo independista a hacer retiradas de efectivo de algunas entidades financieras catalanas es un disparate potencialmente muy dañino para todos que revela lo inimaginable de algunos retos a los que se enfrenta la banca.

Tal vez sea solamente un síntoma de este nuevo tiempo en el que lo impensable es costumbre pero es obligación cuestionarse qué más se puede hacer para evitar estos cambios súbitos. Esas aceleraciones que, a veces, acaban en accidente.

La banca europea camina ya erguida transformando su modelo de negocio con un componente más digital (sin perder el humano) y con una renovada apuesta por la rentabilidad, aunque sea una más orgánica y sostenible que la de antes de la crisis. Para que ese camino continúe, las vías intermedias deben proliferar.

Entre los instrumentos de supervisión debe promocionarse aquellos que permitan algún cruce de caminos entre la alerta temprana (early warning) y la liquidación de una entidad. En términos de liquidez se dan situaciones de anormalidad que hacen que incluso la asistencia de emergencia (ELA, en inglés) se torne insuficiente y casi estigmatizadora. La supervisión única debe articular mecanismos informativos y de certificación que eviten situaciones de estrés en entidades que no presenten problemas de solvencia. Las dudas hacen del conato incendio.

También debe existir algún intervalo razonable entre un fondo de garantía de depósitos descentralizado y desestructurado en Europa y la amenaza de la suspensión de convertibilidad (precioso eufemismo de corralito).

Alemania puede tener motivos para evitar el tránsito hacia la mutualización completa de los riesgos bancarios pero también se aprovecha de una subvención implícita a sus entidades financieras. Algunas, entre otras muchas pequeñas, aprovechan la extraordinaria generosidad contingente del esquema de protección germano.

Esto se traduce en que el rating de esos bancos es seguramente mayor del que debería ser porque incluye el apoyo circunstancial que podría dar el potente tesoro alemán en caso de ser necesario. Con una protección de ese calado –y mecanismos de información potentes– se evitan pánicos fantasmas como los que suceden en otros territorios. Un fondo de garantía de depósitos común es una aspiración legítima para que la unión bancaria no ande coja.

Una cuestión transversal en la búsqueda del camino intermedio de la banca europea es qué grado de regulación es el adecuado. La entrada en vigor de la Segunda Directiva sobre Mercados de Instrumentos Financieros (Mifid 2) es un buen ejemplo. Prácticamente ninguna entidad bancaria del continente pondrá pegas a iniciativas que mejoren la información financiera y la protección del cliente. Pero querer hacer de la comercialización de productos financieros un manual rígido, pesado y soporífero de procedimientos estandarizados puede no ser la solución. Puede que se esté incluso llegando a querer cuadrar el círculo y podría incluso llegarse al absurdo de que el cliente contrate productos que son de riesgo pero –por las garantías ofrecidas en la comercialización del mismo por la entidad financiera– el cliente no se arrogue parte alguna de ese riesgo.

En un plano regulatorio más general, también convendría evitar solapamientos y excesiva burocracia en los requerimientos regulatorios a la banca. Los equipos de cumplimiento normativo se parecen cada vez más a ejércitos y el coste de oportunidad en capital humano y creatividad puede estar siendo importante. Entre una regulación escasa y ese compliance omnipresente también debe existir algún punto más equilibrado.

Todas las iniciativas que propicien un tránsito en tiempos medios, de crecimiento sin aceleración, ayudará a cumplir la misión más importante que sigue teniendo el sector bancario tras la crisis: recuperar la confianza del cliente y del proyecto de negocio propio.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía de Cunef y director de Estudios Financieros de Funcas.

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