Cuenta atrás del Brexit

Publicado en El País el 2 de abril de 2019

El título de esta tribuna podría parecer atrevido porque el proceso del Brexit se está complicando y puede quedar mucho tiempo para resolverlo. Una serie de estrambóticas votaciones, negaciones y contradicciones en la Cámara de los Comunes ha cerrado el abanico de opciones económicas hasta dejarlas en un terreno peligroso para la estabilidad económica y financiera británica y europea. Ya no se sabe en qué dirección empuja el aire. Los parlamentarios británicos se han abocado a elegir entre dos opciones que, al mismo tiempo, parecen despreciar: una salida sin acuerdo (un no-deal desordenado) o una petición de una prórroga más amplia para la salida de la UE, que les abocaría a participar en las elecciones europeas. Estas dos posibilidades tienen un valor económico en sí. Es negativo y se inyecta en las venas internacionales por la vía de la desconfianza institucional e inversora.

Como en tantas otras ocasiones en este siglo XXI de lo impensable, es posible que un Parlamento exprese querer evitar algo pero conduzca a ello al mismo tiempo. Es lo que pasa con la posibilidad de salida sin acuerdo. Se ha llegado incluso a votar contra esta opción en Westminster, pero sería difícil encontrar a un inversor o analista económico que otorgue una posibilidad cero a un escenario pos-nuclear en el que un 13 de abril (u otro día por el azar del movimiento de fechas) el Reino Unido salga sin orden ni concierto de la UE. Parece que no hayamos aprendido nada de situaciones similares y del pánico financiero (fugas de depósitos y capitales incluidas) que producen este tipo de rupturas o su mera expectativa. El problema es que los ciudadanos y empresas ya no se encuentran cómodos navegando a través de fechas tope improvisadas. La cercanía del desastre puede estar anticipando movimientos con importante incidencia financiera. Por eso, el Brexit está pesando en los mercados cambiarios y de capitales ahora más que nunca.

Es curioso que el análisis económico estándar se esté centrando en las implicaciones comerciales y en cuánto se juega cada país en la balanza de pagos con el Reino Unido (España de los que más). En realidad, a corto plazo, el shockfinanciero puede ser más importante. Y, por encima de todo, generar una desconfianza entre un centro financiero de primer orden y gran parte del mercado europeo y mundial. Los separatismos venden muy mal entre inversores. La amenaza de los mismos es suficiente. Hay que tener en cuenta lo que ya se ha roto y aún no apreciamos. La confianza que ya se ha despreciado en dos años y medio y que puede llevar décadas reconstruir. No se pueden usar los referendos como ruleta del devenir económico que un día cae en el rojo y otro en el negro. Ningún inversor institucional compra ese juego a largo plazo. El propio Banco de Inglaterra reconoce que el PIB británico es ya, hoy, un 2% menor de lo que debería simplemente por haber votado a favor del Brexit. Los próximos son días de triste tensión para elegir entre lo malo y lo peor.

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