Publicado en El País el 25 de junio de 2019
Aunque las reuniones del G20 suelen ser de palabras que se lleva el viento, a veces surgen circunstancialmente como una oportunidad para lo más básico: comunicarse. Como ahora, en un momento en el que Estados Unidos y China andan a la gresca comercial y tecnológica, la situación de Irán eleva el riesgo geoestratégico y el panorama financiero es delicado por excepcional. De hecho, en los mercados lo que más preocupa son los bonos que ofrecen rentabilidades negativas. Siguiendo la estela de la deuda del Tesoro estadounidense o el bundalemán, ya son 12,5 millones de dólares de deuda mundial que ofrece tipos de interés por debajo de cero. Es una vuelta a un terreno que se pretendía dejar de abonar pero al que ahora los bancos centrales echan y van a seguir lanzando toneladas de fertilizante.
La escena financiera internacional es almodovariana, con los mercados al “bono” de un ataque de nervios. Ciclotimia incluida porque, por un lado, las bolsas han pedido a gritos el estímulo de los bancos centrales y, por otro, la gestión de la renta fija está creando un monstruo difícil de domar. Tanto el BCE como la Fed persiguen a la inflación y no dan con ella. Se plantean ahora incluso adoptar objetivos más de corto plazo para justificar estímulos más contundentes con la esperanza de que los precios vuelvan a subir como llevan ya años esperando que lo hagan. El problema es que, si la inflación vuelve, la rentabilidad de los bonos (en términos reales, descontados los precios) será aún más reducida. Y si ese mar se agita tal vez flote gran parte de la deuda pública pero la privada (que marca la sostenibilidad financiera de muchas empresas en todo el mundo) nadaría peor porque se considera de mayor riesgo.
En el G20 de esta semana en la ciudad japonesa de Osaka quizás no se lanzarán muchos mensajes que orienten las acciones de los bancos centrales —cuya independencia sigue sometida a presiones—, pero sí puede aportarse en direcciones positivas. La primera, reducir los riesgos políticos, las tensiones comerciales, las posibilidades de veto y los conflictos alrededor del petróleo. La segunda, recordar, para aquellos que quieran y puedan escuchar, que la política fiscal tiene que recuperar su papel. Al menos, allí donde la combinación déficit-deuda parece más sostenible.
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