Gestión de riesgos sistémicos

Publicado en El País el 27 de octubre de 2020

Los terribles efectos sanitarios, económicos y sociales de la pandemia están abriendo debates que perdurarán. En nuestro país, la respuesta sanitaria, con la descentralización de la gestión a las comunidades autónomas, ha despertado la crítica de muchos por falta de contundencia e insuficientes recursos y coordinación. Es cierto que otros países -como Alemania o Suiza- funcionan, en gran medida, descentralizando por regiones administrativas y les ha ido bastante mejor. Tal vez sea porque su sistema institucional está más engrasado que el español y menos sujeto a estériles tensiones políticas. En todo caso, no creo en absoluto que España sea un estado fallido, término que se ha empleado recientemente dentro y fuera de nuestras fronteras con demasiada frivolidad. Pero hay mucho que mejorar.

            No es la primera vez en la historia reciente que hemos tenido algún episodio de riesgo sistémico donde buena parte de la gestión residía en la Comunidades Autónomas. En la crisis financiera que se inició en 2008, las cajas de ahorros que tuvieron problemas de solvencia estaban sujetas al paraguas supervisor del Banco de España, pero también a las normas y, en algunos casos, por qué no decirlo, las interferencias de las Comunidades Autónomas. Parte de las competencias normativas de las cajas y las cooperativas de crédito en aquel entonces -y aún en algún aspecto anecdótico hoy- estaban en las autonomías. La lentitud con que reaccionaron algunas de las instituciones de ahorro, la imposibilidad de aumentar su solvencia a través de emisiones de capital debido a su carácter fundacional y las interferencias de los gobiernos territoriales constituyeron, entre otros factores, un “cocktail” que empeoró la situación de muchas de esas entidades. El resto de la historia se conoce: reformas legislativas para convertirlas en sociedades anónimas y, al final, procesos de recapitalización, que supusieron finalmente solicitar un programa de asistencia financiera en la UE. Aquel episodio sistémico se resolvió cuando se pudieron tomar decisiones más centralizadas de modo efectivo y se emplearon recursos “por elevación”, en este caso europeos. Se demostró que, para las crisis sistémicas, lo mejor es una gestión más centralizada, juntando fuerzas, con mayor capacidad de coordinación y credibilidad así como un “pool” de recursos disponibles mucho mayor. De hecho, la posterior creación de la Unión Bancaria europea ha propiciado un marco institucional mucho más potente para afrontar futuras crisis financieras.

            Si para riesgos sistémicos de estabilidad financiera fue necesaria la estrategia “por elevación”, para una crisis global de salud pública, como la del Covid-19, esta receta parece también necesaria. Los mecanismos de coordinación sanitaria deben ser reforzados dramáticamente en España -alrededor del Ministerio de Sanidad, con muchos más recursos para estas contingencias-, para alcanzar mayores cotas de efectividad y evitar la sensación de desconcierto que tantos perjuicios ha causado. Asimismo, hace falta algo más: una verdadera estrategia de salud pública paneuropea con recursos, credibilidad y competencias que eviten la evidente y dañina descoordinación -como han sido los cierres unilaterales de fronteras- que se ha producido en la UE. Catástrofes de estas características requieren de un sistema para afrontarlo, no de partes descoordinadas.

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