Inteligencia artificial y finanzas

Publicado en El País el 9 de abril de 2021

Imaginen por un momento una situación cotidiana del futuro, pedir a nuestro asistente virtual (llámese Siri, Alexa, Google Now o Cortana) que realice una subasta en Internet de una motocicleta de segunda mano (o de cualquier otro producto o servicio) y, una vez la tenga, realice una segunda subasta de un préstamo para financiarla. Ambas operaciones se harán en segundos, con diferentes ofertas ajustadas al perfil del que da la orden (que el asistente virtual conocerá perfectamente). Habría otros muchos ejemplos tales como “quiero bajar el coste de mis tarjetas”, “quiero cambiar mi seguro de coche”, o “quiero modificar el perfil de mi cartera de acciones”. Siendo una realidad ya hoy, la clave es cuánto se tardará en que sea lo habitual. En ese escenario, los bancos y otros proveedores financieros convencionales participarían meramente ofreciendo sus productos estandarizados a esa plataforma, con la consiguiente pérdida de buena parte de la relación con el cliente y de los ingresos asociados con ella. Ese “cuánto” es una contrarreloj del sector financiero que, además de los desafíos de corto plazo (impacto de la Covid) y de largo plazo (entorno de tipos negativos o ultrarreducidos), necesita responder a las grandes capacidades de inteligencia artificial y experiencia de usuario de las BigTech. Estas empresas hasta hace poco no podían conocer nuestros datos financieros o si habíamos dejado de pagar un recibo de hipoteca. Todo cambió con la llegada de la Directiva de Servicios de Pago conocida como PSD2, por la que podemos autorizar a nuestro banco a que facilite nuestra información a otros proveedores, incluidas FinTech y BigTech. Las entidades financieras pueden estar perdiendo la gran ventaja informativa que atesoraban y que quizás no pudieron o supieron desarrollar con más rapidez y eficacia, por su modelo más basado en relaciones presenciales y por los esfuerzos de reestructuración y normativos tras la crisis financiera.

Sea como sea, las grandes tecnológicas hoy capturan numerosos datos (geolocalización, búsquedas, relaciones sociales) y también tienen ya acceso a los financieros gracias a la PSD2. Combinación que les concede una gran ventaja competitiva y les sitúa en disposición de ofrecer productos más ajustados a nuestras preferencias. La banca está intentando contrarrestar con sus mayores habilidades en la gestión financiera y con crecientes capacidades de inteligencia artificial. En este ámbito, una historia de éxito reciente es Bizum, un producto “tecnológico” de pagos. 

Las finanzas vivirán la paradoja de ser más a medida y, sin embargo, con menor contacto humano. Los bancos tradicionales afrontan competencia horizontal (entre operadores tradicionales) y vertical de otros sectores (tecnológicos, comunicación). El campo de juego no está aún definido ni equilibrado. No existen protocolos regulatorios claros para que las BigTech compartan sus datos, algo necesario para garantizar la pugna competitiva en actividades basados en la información, como la financiera. Los árbitros están ajustando las reglas conforme se juega el partido. La seguridad -riesgos y estabilidad financiera- depende de nuevos factores como la privacidad y la protección de datos. Cada cual cuenta con sus habilidades, pero lo único que parece claro es que el futuro de la banca es incierto.

Ahorro pandémico

Publicado en El País el 1 de abril de 2020

La tasa de ahorro de los hogares ha alcanzado máximos de hace 20 años. No es un fenómeno exclusivo de nuestro país. Renace la idea que Ben Bernanke, expresidente de la Reserva Federal estadounidense, ya introdujo antes de la crisis financiera de la existencia de un exceso de ahorro global (global savings glut). Tras una crisis financiera y una pandémica podría parecer que el ahorro es coto privado del que ha mantenido su trabajo o progresado, algo que desafortunadamente muchas familias no pueden decir.

El ahorro es un vaso con agua que no debe rebosar pero tampoco vaciarse. Es fundamental para generar inversión a medio plazo sin recurrir de forma excesiva al endeudamiento. En la medida en que tanto gobiernos como buena parte del sector privado están ya fuertemente apalancados, estos fondos acumulados pueden ser esenciales para reactivar la recuperación económica. Que eso se produzca e impulse la economía y el empleo -y, en diferentes intensidades, la inflación- es algo que va a depender, entre otras cosas, del grado de confianza de los hogares. Y no andan sobrados de ella por muchos motivos. En España, como en otros países, existe un temor fundado a que la expansión fiscal para luchar contra la pandemia irá seguida de subidas de impuestos en los próximos años. Algunas están ya, de hecho, aquí, cuando aún no se ha salido de la crisis. Eso va a taponar, en alguna medida, las ganas de gastar. Aún así, el “efecto champagne” que libere el consumo retenido durante más de un año tiene que llegar. Su duración, eso sí, va a ser una incógnita. En Estados Unidos y en otros países donde la vacunación ha sido, hasta la fecha, bastante más intensa y esperanzadora que en Europa, la planificación de ese gasto ya puede producirse en condiciones de mayor certidumbre y es palpable en el ambiente.

En España, ese ahorro pandémico es algo ciclotímico. Por un lado, las familias ahorran poco durante las fases expansivas del ciclo económico y eso se nota en la dependencia de financiación exterior y en la inversión no inmobiliaria. Por otro lado, podría venir muy bien un cierto gasto con alegría para la segunda mitad del año pero, al paso que vamos, se va a retrasar. En todo caso, cuando llegue se notará. El problema es que entre la presión fiscal y la persistencia de la desconfianza puede que se descorchen solo unas pocas botellas.

            La forma de gestionar las crisis va a tener mucho que decir en el ahorro y la inversión de los próximos años. Se prodiga en el sector privado una sensación de estar viviendo una época de lo impensable. Dos generaciones están luchando en un mercado de trabajo golpeado por dos crisis y son, casi de forma natural, más desconfiadas. Si a eso se le unen las deprimentes perspectivas sobre las prestaciones de jubilación, la cosa se complica aún más. Tal vez sea por esto, entre otros factores, que a los bancos centrales no les preocupa mucho la presión inflacionista porque parece que gran parte del ahorro previsión está aquí para quedarse.