Los problemas crecen

Publicado en El País el 23 de marzo de 2021

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Aunque en enero estábamos en plena incidencia de la variante Omicrón y ya la inflación presionaba, los pronósticos para la economía en 2022 eran, en general, bastante optimistas. Mucho más de lo que lo son hoy, con guerra de Ucrania de consecuencias imprevisibles, una inflación que no para de crecer hasta la fecha y con la pandemia que aún deja su triste huella. Como en China, que tiene confinada a decenas de millones de personas en ciudades industriales relevantes. Esta confluencia de dificultades ha encarecido brutalmente los combustibles y la electricidad. En paralelo, ha cortocircuitado las cadenas de suministro a escala global, con particulares dificultades en Europa.

            Esa multiplicación de obstáculos va esparciéndose como una mancha de aceite. El encarecimiento de la energía y la falta de suministros se han convertido en un quebradero de cabeza para transportistas y sectores como la agricultura y la pesca, que dependen de un coste asumible de la energía. Serias dificultades que afectan a producciones básicas y generan tensión social. Aunque las cuentas públicas salen debilitadas de la pandemia, es probable que sea necesario hacer esfuerzos (fiscales) adicionales para superar la segunda crisis en dos años, la tercera en algo más de una década. Todos estamos agotados. Las finanzas del sector público no paran de recibir golpes, pero es peor no hacer suficiente. En la crisis de 2008, se tardó años en actuar. En la pandemia, se reaccionó rápidamente. 

            En la crisis actual, con la agudización de los problemas en pocas semanas, una respuesta gradual no será suficiente. Una parte significativa del sistema productivo puede quedarse paralizada súbitamente. Ya sucede en algunos casos. Con efectos en cadena si las decisiones son insuficientes. Conviene plantearse medidas contundentes, poner más carne en el asador por parte de las administraciones implicadas y así parar la espiral de “stress” en la que se ha embarcado la economía española. Eso sí, nada ayudan las profecías catastrofistas que solamente generan más presión social. 

Parece que se apuesta por esperar a mandatos de la Unión Europea, que se reúne esta semana. Tienen la ventaja de poder contar con medidas que sean verdaderos “game changers” porque permitan acometerse con mayor comodidad fiscal o con cambios en los mecanismos de precios -electricidad- avalados por las autoridades comunitarias. Sin embargo, hasta que se materialicen esas decisiones -si así ocurriera-, las propuestas deben ayudar a disminuir la tensión. Bajar impuestos -como el IVA, que al final pagan los consumidores, no los productores- tiene poca efectividad. A corto plazo, parecen necesarias adicionalmente ayudas fiscales específicas que compensen a los sectores más impactados -transporte, agricultura y pesca, entre otros- ya que, de otro modo, no podrán enjugar sus pérdidas. Se trabaja en ello, aunque hay urgencia para que lleguen de modo inmediato y no en unas semanas. El dinero en metálico puede ayudar a reducir la tensión, como ha ocurrido en otros países. Y eso sí, a medio plazo, tras un exhaustivo debate, la UE debe reformar determinadas políticas transversales -agricultura y pesca, energía- con un doble objetivo: reducir la dependencia exterior de los suministros y proteger mejor las rentas de estos sectores.

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