Menos morosidad… y menos crédito

Publicado en El País el 23 de julio de 2019

A pesar de la recuperación económica, España sigue sumida en esa cicatrización prolongada que implica una crisis de la magnitud de la que se manifestó hace diez años. Se mide por un conjunto de termómetros cuyo mercurio se disparó y que se han ido enfriando a velocidades muy distintas. La experiencia histórica ya anticipaba que el PIB se recupera relativamente pronto, pero no sucede así con otros indicadores trascedentes, como el empleo. En países como España parecen necesarios entre 10 y 15 años para recomponer el mercado laboral tras una crisis. Y esto tiene una incidencia clara en la calidad del crédito.

Justo hace diez años que se creó en España el que fue el primer referente para hacer frente a la crisis, el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB). Entonces la morosidad no se había disparado, estaba aún en el 4,5%. Acabaría llegando a una cima del 13,8% en diciembre de 2013 para el conjunto de entidades de depósito. Desde aquel momento se ha producido, progresivamente, una caída hasta alcanzar el 5,6% del que el lunes informó el Banco de España para mayo de 2019, último dato disponible. El volumen de préstamos morosos actual de los bancos (64.784 millones de euros) es similar al de 2009 pero el crédito total es alrededor de un 35% inferior. Esto último no es ni bueno ni malo. Es, simplemente, cuestión de oferta y demanda… y de la regulación bancaria. La disponibilidad está ahí y el crédito es barato, pero las posibilidades de endeudamiento son limitadas. Tanto como muestran los datos. España crece pero con una contribución crediticia limitada. Forma parte de un fenómeno de recuperación sin crédito (creditless recovery) que ha sucedido en otras ocasiones y países y que se está produciendo en la eurozona ahora. Otro síntoma de un tiempo abrumadoramente colgado de la liquidez oficial. Es como si, tras una borrachera, fuéramos recomponiendo el cuerpo pero no las ganas de comer.

Detrás de la reducción de las cifras de morosidad hay una intrahistoria de esfuerzos personales, empresariales y bancarios. Daciones en pago, reestructuraciones de deuda, segregación y venta de activos deteriorados… Y siempre una constante muy inspirada en una de las exigencias que marcó desde un inicio del FROB, mantener una cobertura elevada de esa morosidad. En particular, las entidades financieras españolas han venido manteniendo provisiones para eventuales situaciones de impago del 60% de la cartera morosa. La reducción de la mora crediticia está distinguiendo a España en un momento en el que los supervisores piden al unísono menos deterioro y más capital. Que vuelva el crédito dependerá, entre otras cosas, de que éste se demande. Eso sí, hay una determinación supervisora clara a que, sea cuando sea, se produzca con criterios de calidad. Volverán, seguramente, aquellos tiempos en los que la morosidad se acerque aún más a mínimos históricos. Volverán también los de la animación crediticia, siempre que la situación monetaria se normalice. Entonces será el momento de comprobar cuánto de eso que académicamente se llama memoria institucional queda para no repetir los errores del pasado.

¿Hasta aquí hemos llegado?

Publicado en El País el 16 de julio de 2019

Tras la crisis financiera, el sector privado español comenzó una cruzada para reducir su deuda. Puede que parte de esa lucha haya alcanzado un hito. El paisaje tras la batalla muestra que las familias y empresas españolas redujeron su deuda financiera en algo más de medio billón de euros entre 2010 y 2018. Un esfuerzo que ahora parece llegar a su fin, al menos para los hogares. Desde finales del pasado año se venía observando que su desendeudamiento se frenaba. Los nuevos préstamos solicitados comenzaban a superar a los que se devolvían. Se oteaba esa tónica normal por la que el crédito impulsa la inversión y el crecimiento económico. Los datos de las Cuentas Financieras de la economía española que ayer publicó el Banco de España sugieren que es pertinente plantearse si hasta aquí se ha llegado con la reducción de la deuda financiera familiar. Esta se situaba en el primer trimestre de 2019 en 710.058 millones de euros, tan solo 305 millones de euros menos que en el primer trimestre de 2018. De hecho, ha estado oscilando arriba y abajo en el último año, pero ya no hay caídas prolongadas.

Crédito incierto

Publicado en El País el 2 de julio de 2019

Los tipos de interés siguen cayendo por la pendiente del terreno negativo este verano. El tobogán de la anormalidad no parece tener fin ahora que el Banco Central Europeo (BCE) se plantea llevar también sus tipos oficiales por debajo de cero. Este lunes se confirmó que el euríbor a doce meses —al que se suelen vincular los intereses de los créditos variables para vivienda— se situó en el -0,190% en junio, desde el -0,134% de mayo. No es que con ello vaya a aumentar la posibilidad de gastar estas vacaciones para los hipotecados. Les dará, como mucho, para un par de cafés. Los tipos caen, cuando hace unos pocos meses pensábamos que iniciaban la remontada. Coincide con los últimos datos de financiación a empresas y familias que publica el Banco de España y que subrayan que para hipotecas se presta menos y para consumir, bastante más.

¿El poco crédito es un problema de coste? Estos días se ha generado una discusión sobre si la aprobación de la ley hipotecaria ha propiciado una subida en el coste de estos préstamos. El Banco de España así lo ha sugerido. El Ministerio de Economía lo ha puesto en duda. Son visiones quizás reconciliables. Primero, creo que es demasiado pronto para vincular definitivamente la aprobación de la nueva norma con la subida en seis meses del coste de las hipotecas. Ahora el juego de la competencia puede jugar su papel una vez conocida esa información. En todo caso, los bancos, como cualquier otra empresa, ajustan (con lógica pura de gasto asumido) los costes de contratación en un mercado que apenas les deja generar margen. Tampoco se puede olvidar el creciente peso de las hipotecas a tipo fijo que puede estar explicando parte de la subida. En todo caso, creo que hace falta un análisis más pausado para extraer conclusiones más sólidas.

El INE señaló la semana pasada que en abril (último dato disponible) bajó el número de fincas hipotecadas. También se redujo el tipo medio de las hipotecas (hasta el 2,59%). Quienes realmente compran vivienda en España no son los particulares, sino los grupos institucionales. El acceso a la vivienda en propiedad para los mortales sigue complicado. Preocupa. En este entorno de tipos bajos se ahorra poco, los salarios apenas suben y la vivienda es un bien cada vez más inasequible. El BCE quiere que haya más crédito. Pero pide también, porque no es infalible por sí solo, que haya expansiones fiscales que permitan más crecimiento económico, mayores salarios y menor dependencia de políticas monetarias expansivas. Los tipos a la baja generan que gran parte de la deuda se refinancie o renegocie pero la vulnerabilidad sigue siendo elevada para cuando se inicie el camino al alza del precio del crédito. Retrasarlo mucho tiempo no es una buena solución por tres razones. Uno, quienes prestan (los bancos) se están sofocando con esta situación artificial. Dos, se está generando una dependencia del BCE que le coloca ante los ciudadanos como el responsable futuro del coste de sus créditos. Y tres, la subida tiene que llegar (aunque sea en unos años) y pillará a muchos hogares y empresas con el pie cambiando.

Paisaje ante el G20

Publicado en El País el 25 de junio de 2019

Aunque las reuniones del G20 suelen ser de palabras que se lleva el viento, a veces surgen circunstancialmente como una oportunidad para lo más básico: comunicarse. Como ahora, en un momento en el que Estados Unidos y China andan a la gresca comercial y tecnológica, la situación de Irán eleva el riesgo geoestratégico y el panorama financiero es delicado por excepcional. De hecho, en los mercados lo que más preocupa son los bonos que ofrecen rentabilidades negativas. Siguiendo la estela de la deuda del Tesoro estadounidense o el bundalemán, ya son 12,5 millones de dólares de deuda mundial que ofrece tipos de interés por debajo de cero. Es una vuelta a un terreno que se pretendía dejar de abonar pero al que ahora los bancos centrales echan y van a seguir lanzando toneladas de fertilizante.

La escena financiera internacional es almodovariana, con los mercados al “bono” de un ataque de nervios. Ciclotimia incluida porque, por un lado, las bolsas han pedido a gritos el estímulo de los bancos centrales y, por otro, la gestión de la renta fija está creando un monstruo difícil de domar. Tanto el BCE como la Fed persiguen a la inflación y no dan con ella. Se plantean ahora incluso adoptar objetivos más de corto plazo para justificar estímulos más contundentes con la esperanza de que los precios vuelvan a subir como llevan ya años esperando que lo hagan. El problema es que, si la inflación vuelve, la rentabilidad de los bonos (en términos reales, descontados los precios) será aún más reducida. Y si ese mar se agita tal vez flote gran parte de la deuda pública pero la privada (que marca la sostenibilidad financiera de muchas empresas en todo el mundo) nadaría peor porque se considera de mayor riesgo.

En el G20 de esta semana en la ciudad japonesa de Osaka quizás no se lanzarán muchos mensajes que orienten las acciones de los bancos centrales —cuya independencia sigue sometida a presiones—, pero sí puede aportarse en direcciones positivas. La primera, reducir los riesgos políticos, las tensiones comerciales, las posibilidades de veto y los conflictos alrededor del petróleo. La segunda, recordar, para aquellos que quieran y puedan escuchar, que la política fiscal tiene que recuperar su papel. Al menos, allí donde la combinación déficit-deuda parece más sostenible.

Tal vez estemos ante la evidencia palpable de que se está pidiendo demasiado a los bancos centrales y esto les sitúa en una trampa sin salida. Por un lado, si dejan de lanzar estímulos, se nos cae el chiringuito a gran velocidad. Por otro lado, si se quedan como única opción, su papel puede ser cada vez menos efectivo y los efectos colaterales cada vez más negativos. De hecho, tal vez la inflación nunca vuelva en la medida deseable si no retorna también la política fiscal. En Estados Unidos es complicado por los bloqueos políticos pero en Europa lo es aún más, en un momento de incertidumbre política, con la representación de las instituciones europeas a medio construir y con el Brexit enloquecido.

La vivienda ante las nuevas hipotecas

Publicado en El País el 11 de junio de 2019

La economía de un país es un entramado de organizaciones institucionales de cuya eficiencia técnica y social depende el bienestar. Solo puede comprobarse la calidad de un edificio institucional cuando sus cimientos se enfrentan a un seísmo. La última gran crisis, por ejemplo, reveló defectos importantes en el mercado de trabajo o en el sistema financiero. El mercado hipotecario español, que había sido un pilar con un funcionamiento bastante ejemplar durante muchas décadas, también exhibió defectos estructurales. Baste con mirar a los últimos datos de ejecuciones hipotecarias. Aunque han descendido (un 21,3% respecto a 2018), casi dos tercios de las que se siguen produciendo corresponden a contratos firmados entre 2005 y 2008. Años de triste cosecha inmobiliaria.

El próximo domingo entra en vigor la nueva ley hipotecariaen nuestro país y es un hito importante. Se trata de una normativa que ha nacido con el esfuerzo de todas las partes involucradas para su diseño final. Porque la seguridad jurídica iba en interés de todas ellas. Llevamos años de resoluciones judiciales —muchas de ellas a escala europea— y de distinto signo que han dejado en manos de la justicia cuestiones que las leyes debían haber dejado claras hace tiempo. La interpretación de esas decisiones ha sido para todos los gustos y, al mismo tiempo, del gusto de nadie. Ahora, la nueva ley de contratos hipotecarios nace con la idea de reforzar la protección del consumidor, elevar la seguridad jurídica de deudores y avalistas de préstamos y, también, para apoyar la instrumentación de los contratos en la transformación digital. No obstante, como señalaba este diario, una de las mayores dificultades técnicas para bancos y notarios a pocos días de su entrada en vigor es la comunicación telemática a los contratantes con diez días de antelación antes de la firma, para que puedan revisarse con más detenimiento los extremos del contrato.

Esta ley viene a resolver gran parte de los aspectos que generaron inseguridad pero los problemas del mercado de vivienda van más allá de las hipotecas. Empezando por los números. En marzo (último dato disponible) se firmaron 42.091 hipotecas pero se realizaron 89.192 compras de vivienda. Hay un mercado que no es el del español de a pie, dominado por fondos y grupos de inversión. La realidad es dura de asumir. El INE sugiere que los precios de la vivienda subieron en el primer trimestre un 6,8% en tasa interanual. La subida acumulada es del 12,6% desde 2017 y del 29% desde 2014. Los salarios, sin embargo, siguen estancados. Tras el parapeto de la ley hipotecaria está la realidad de necesidades imperiosas como planes de vivienda y alquiler social más ambiciosos que los actuales para los que no existe consenso ni se atisban soluciones.

El resultado matemático de este problema es común a otras latitudes internacionales: consideración de la propiedad inmobiliaria como una quimera y precios del alquiler en alza imparable. Los jóvenes, las principales víctimas y el mercado a 30 años —con envejecimiento poblacional— una incógnita.

Un BCE sujeto al disparo del manco

Publicado en Cinco Días el 7 de junio de 2019

En varios westerns de Sergio Leone, Clint Eastwood interpreta a un hombre sin nombre, al que se refieren sin más como El Manco, porque “dispara con la derecha y todo lo demás lo hace con la izquierda.” Esta distribución de habilidades me recuerda al Banco Central Europeo. Un pistolero monetario con capacidades amplias sería ambidiestro. La Reserva Federal, por ejemplo, tiene un mandato para disparar tanto con la derecha (estabilidad de precios) como con la izquierda (estimular el crecimiento económico). El BCE sólo puede ocuparse (en teoría) del control de la inflación. El manejo del otro brazo para el estímulo económico está muy limitado estatutariamente. Eso sí, mientras los precios permanezcan en zona fría, existe la excusa perfecta para que la expansión cuantitativa, en diferentes manifestaciones, ayude a preservar o relanzar el crecimiento económico.

El BCE ha seguido la tradición de celebrar una de sus reuniones de política monetaria fuera de Fráncfort. Ayer tocó en Vilna. Draghi y los suyos llegaron a la capital lituana con bastante bula inflacionaria. El índice de precios al consumo en la eurozona se situó en el 1,2% en mayo (tras el 1,7% en abril), por debajo de lo esperado. El primer disparo del BCE ha sido claro y contundente: se retrasan las subidas de tipos de interés “al menos hasta el primer semestre de 2020”. Ampliación de la perspectiva temporal de dinero barato. Es una situación no exenta de riesgos. La artillería de estímulos ha sido considerable, llevando los tipos oficiales al 0% y comprando deuda por importe de 2,6 billones de euros. Si con esas acciones los precios siguen bajos, es momento de preguntarse por un riesgo del que pocos quieren oír hablar: que las expectativas de inflación se desanclen o desliguen de la acción monetaria. Esto no es únicamente un temor europeo, pero en Estados Unidos hay más margen por la vía de tipos (porque llegaron a subirlos y ahora podrían bajarlos si lo necesitaran).

El segundo disparo estaba anunciado: el tercer programa de operaciones trimestrales de financiación a largo plazo con objetivo específico (TLTRO-III). Se fijan las condiciones y plazos para tratar de que los bancos concedan préstamos. Para los que más presten (por encima de un umbral) incluso se les remunerará por acceder al TLTRO. Esto sucede en un momento no comparable al entorno posterior a la crisis de deuda soberana. Muchos bancos europeos ya no son tan dependientes de la liquidez (aunque los italianos siguen siéndolo bastante).

Conviene recordar que aunque las compras nuevas de deuda se han frenado, el BCE sigue reinvirtiendo el principal de los bonos comprados que vencen. Aún así, consideran en Fráncfort que toca apostar por un doble o nada, con más TLTRO para ver si se estimula el crédito y, con ello, el crecimiento y la inflación. En el peor de los casos, la autoridad monetaria considera que esta liquidez extra ayudará a que el crédito no se hunda y se mantenga en algún mínimo aceptable.

Desde Australia a Japón, pasando, por supuesto, por Estados Unidos, todo lo monetario se ha tornado de nuevo expansivo. Parece plausible que los bancos centrales reconocieran que, aunque sus acciones han sido las que han propiciado la salida de la crisis, hay errores de previsión (la inflación no ha vuelto) que pueden tener consecuencias a largo plazo.

Las economías avanzadas post-crisis están afectadas por los llamados efectos Amazon (más acceso a productos, pero con más competencia y menores precios) y, sobre todo, por salarios más modestos e incertidumbre laboral. En todo caso, poco tiempo parece que tengan los banqueros centrales para buscar la inflación perdida cuando tienen una guerra comercial e incertidumbre geoestratégica encima. Jerome Powell ha sido taxativo: la Fed actuará si el proteccionismo comercial afecta al crecimiento económico. El BCE no puede hacer ese tipo de anuncio porque su mandato no se lo permite, pero mientras los precios sigan bajos algo podrá ayudar. Europa no es inmune al ritmo de política monetaria que imprima Estados Unidos. A Powell se le considera algo así como el guardián de los bonos. En las últimas semanas turbulentas en los mercados, las curvas de rendimiento de los bonos del Tesoro han vuelto a invertirse. En marzo ya ocurrió durante cinco días, ofreciendo más rentabilidad a tres meses que a diez años.

Pero en aquel momento los datos económicos eran más sólidos y la diferencia entre los bonos más seguros y los de alto rendimiento reducida. Ahora, el spread se ha agrandado y las expectativas económicas se han enfriado. La inversión de la curva ya va para dos semanas. Suele ser una señal para la Fed: puede que no sólo se alejen más las subidas de tipos sino que lleguen bajadas. La recesión o desaceleración severa podría estar llamando a la puerta y hay que anticiparse a ella para que dure poco. Para algunos, estos vaivenes de los tipos de los bonos del Tesoro reflejan, en el fondo, desconfianza y falta de referencias políticas. Por ejemplo, es complicado fijar expectativas cuando un acuerdo comercial (como el de Estados Unidos, Canadá y México) se desmonta en pocos días.

Y también son días difíciles para la independencia de los bancos centrales. El BCE tiene que elegir al sustituto de Draghi en una Europa convulsa políticamente. Y en Estados Unidos, la administración Trump quiere nominar para la Fed a heterodoxos que propugnan cosas tan excéntricas como la vuelta al patrón oro. Nuevos pistoleros para buscar la inflación.

La trama se complica

Publicado en El País el 4 de junio de 2019

La guerra comercial entre Estados Unidos y otros países, fundamentalmente China hasta ahora, llega ya a esa parte de su desarrollo en la que, como dicen los anglosajones, “la trama se complica” (the plot thickens). Los tortazos ya no son bilaterales sino que alcanzan a terceros. México aparece como primera víctima pero no una propiciatoria porque su sufrimiento no va a servir para reducir las tensiones entre los dos grandes contendientes. China también ha respondido a Estados Unidos este fin de semana, anunciando que va a crear su propia “lista negra”de empresas norteamericanas vetadas.

Las pretensiones de Trump de poner un arancel del 5% a los productos mexicanos es una forma de presionar por el lado comercial con un propósito más oscuro: reducir la inmigración mexicana a Estados Unidos. Es, además, un estrangulamiento progresivo porque la amenaza es elevar la carga arancelaria un 5% adicional cada mes, hasta llegar al 25%. Con estas medidas, México iría de cabeza a la recesión. La magnitud de cuánto sufra la economía mexicana depende tanto de cuánto acabe subiendo el arancel como de la evolución de su divisa. Tras el anuncio, el peso ha aumentado significativamente su volatilidad (por encima, incluso, de la de la lira turca) y ha obligado a López Obrador a ofrecerse a negociar sobre cómo reducir la inmigración ilegal a Estados Unidos.

Las noticias sobre México han sido mal digeridas por los mercados. En primer lugar, porque sugieren que los argumentos para justificar hostilidades comerciales pueden ser muy variados. Se sienta un precedente muy negativo sobre cómo esta disputa comercial es un telón con muchos fondos. Está claro que uno de ellos es de primacía tecnológica. Introducir la inmigración como contrapartida es otro. Y cualquier pretensión geoestratégica (posición europea respecto a Irán o sobre armamento) puede hacer que la UE sea la siguiente en el disparadero. En segundo lugar, la noticia ha sido un jarro de agua fría en las plazas bursátiles porque deja el acuerdo comercial entre Canadá, Estados Unidos y México en papel mojado. Podría incluso pensarse —recordando el orden de los factores en las pretensiones de Trump ya anunciado hace meses— que este nuevo zarpazo arancelario es el primero de varios, tras los cuales podrían ir la UE y Japón.

Los efectos de amplificación del problema mexicano han sido considerables porque se han interpretado como el principio de algo mucho peor. Sería deseable cuajar algún acuerdo internacional que frene el guirigay que parece desatarse. Pero, como dice el dicho mexicano, va a salir más caro el caldo que las albóndigas porque la sopa comercial se está quedando seca y va a ser difícil encontrar jugo para reactivarla. Las acciones de compañías manufactureras y automovilísticas —dos de las industrias a las que más daña un conflicto comercial— han sufrido de forma particular. Europa tiembla porque, a pesar de que las expectativas de crecimiento mejoraron algo en mayo en países como Francia o Alemania, el vigor del crecimiento está lejos del de los años anteriores y lo sucedido con México ha enfriado sustancialmente las expectativas.

Retos económicos locales

Publicado en El País el 28 de mayo de 2019

España ha cerrado un ciclo electoral intenso en los últimos años con las votaciones que se celebraron el pasado domingo. Las municipales fueron quizás la principal referencia y cabe preguntarse qué puede cambiar en nuestros Ayuntamientos. No es España un país donde sean frecuentes transformaciones sorpresivas de los entornos urbanos que lleven las ciudades a otro nivel, al estilo asiático.

Tampoco se suelen observar deterioros notables que conducen a algunas urbes al abandono y la consideración de entornos fantasma, como se observa en algunos casos en Estados Unidos. Sin embargo, sí hay experiencias de proyectos que, con el tiempo, han logrado catapultar la imagen y economía de algunos municipios españoles… para bien. Ha sido posible a pesar de que las competencias de un Ayuntamiento son limitadas y, a menudo, desconocidas por los vecinos.

El urbanismo —con una creciente dificultad de acceso a la vivienda en muchas ciudades y las preocupaciones medioambientales a la cabeza— es la referencia central de la política local. Abundan en campaña electoral las propuestas faraónicas. Ese tiempo ya pasó. Son necesarias acciones más realistas y cotidianas.

Hay dos ejes urbanos donde se están dando progresos sorprendentes en experiencias locales internacionales, que son la combinación de “inteligencia digital” y “ecología”. Las llamadas ciudades ecointeligentes (eco-smart cities), con transporte público de calidad y limpio y con conexión rápida y ubicua de redes. Una fuente extraordinaria de capital social.

En un país como España, estas cuestiones pasan por el filtro de la omnipresencia del turismo. Corresponde a los Ayuntamientos articular su responsabilidad turística, apostando por la calidad en lugar de por el récord año a año. Pedimos a los Gobiernos centrales empleo estable y de calidad, pero no podemos hacerlo fomentando a escala local empleos turísticos que se traducen en mayor agotamiento medioambiental.

He tenido la oportunidad de presidir el Consejo Social de Granada —ciudad con peculiaridades por su historia y cultura— y de comprender que no faltan ideas pero sí liderazgos que trasciendan el partidismo. A los alcaldes no les podemos pedir que sean gurús, sino líderes que, con mayoría o con consenso, impulsen el valor histórico y las potencialidades de su ciudad.

A menudo, sacrificando popularidad a corto plazo. Ha habido ejemplos de Gobiernos municipales que han impulsado y transformado ciudades desde puntos de partida muy oscuros. Un elemento común en las experiencias de éxito es evitar la concepción de la ciudad como un ente aislado o único y arrastrar a toda una provincia en torno a economías de gama y red. Cooperación total y rivalidad cero.

Algo aún más trascendente en un momento en el que se habla de acabar con la España vaciada. Hay otros tres rasgos que definen a las ciudades que triunfan económicamente en el siglo XXI. El primero es no solo apostar por lo nuevo , sino también recuperar o regenerar lo perdido industrialmente o lo deteriorado ecológicamente. Segundo, entender la tecnología como un facilitador, como un modo de hacer las cosas en lugar de un fin. Y tercero, y más complicado, la capacidad para involucrar e ilusionar al ciudadano en el proyecto.

La caja de los truenos tecnológica

Publicado en El País (online) el 20 de mayo de 2019

Lo comentaba en esta tribuna el martes pasado: la guerra comercial entre China y Estados Unidos tiene una puesta en escena industrial pero el trasfondo, ya indisimulado, es la batalla por la supremacía tecnológica. El doble zarpazo de la administración norteamericana a Huawei ha destapado la caja de los truenos. Por un lado, decide vetar la venta de productos de la empresa china —a la que coloca en su “lista negra”— en territorio estadounidense. Por otro lado, prohíbe de forma efectiva que los grandes productores de semiconductores —vitales en la producción de smartphones— de Silicon Valley suministren a Huawei.

La consecuencia más inmediata y comentada es que Google deja de proporcionar servicios a Huawei, que es uno de los mayores productores de smartphone del mundo (en Europa vende uno de cada cinco móviles). Quedan huérfanos los usuarios, que no pueden actualizar el software de sus teléfonos ni acceder a servicios y aplicaciones muy comunes. Los daños colaterales son mucho mayores. Entre otras cuestiones, los grandes productores de chips en Estados Unidos (Qualcomm, Broadcom and Intel) andan asustados no sólo por el negocio que pierden sino porque si confirma la guerra en el terreno tecnológico, los vetos cruzados pueden hacer que el fuego “amigo” cause muchas víctimas.

La cuestión es peliaguda porque la actual decisión de la Casa Blanca es aún confusa porque prohíbe la importación o uso de tecnología que “amenace a su seguridad nacional” y empresas como Google han dado por supuesto que Huawei es la primera en esa lista. Sin embargo, en los próximos 80 días, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos va a hacer una lista exhaustiva de empresas y productos que suponen esa “amenaza”. Y 70 días después el Departamento de Comercio hará una lista exhaustiva de “empresas y países” vetados. Por lo tanto, cinco meses por delante para desatar un conflicto tecnológico geoestratégico de primera magnitud.

Es necesario señalar que las precauciones sobre la seguridad de la expansión internacional de algunas empresas tecnológica no es preocupación exhaustiva de Estados Unidos. Otros países como Japón o Australia ya han establecido vetos a Huawei entre sospechas de espionaje. Tal vez, el freno más inmediato al desarrollo de la digitalización sea el temor a la pérdida de control sobre la información. Hay que tener en cuenta que Huawei es la empresa líder mundial en las comunicaciones 5G, la próxima generación de comunicaciones.

En las circunstancias actuales, las restricciones y prohibiciones limitan esa expansión. Algunos expertos en seguridad cibernética internacional aseguraron este fin de semana que las acciones contra Huawei pueden ser una equivalente tecnológico a presionar un botón nuclear en conflictos militares. Tal vez estemos ante el comienzo de una guerra por la información en la que los gobiernos se ponen por delante, por primera vez un mucho tiempo, de las grandes BigTechprivadas. No está claro hasta qué punto estas restricciones aumentarán la seguridad y reducirán el espionaje pero lo que parece cada vez más evidente es que frenarán el avance tecnológico y harán temblar a los mercados.

Estados Unidos y China

Publicado en El País el 14 de mayo de 2019

Se lleva tiempo hablando de la nueva pugna por el liderazgo económico mundial entre Estados Unidos y China. Las capas de esta disputa van, sin embargo, mucho más allá de una tensión comercial en bienes y servicios industriales. Esa es la parte visible en la que se esperaba alcanzar un acuerdo a corto plazo. La expectativa había impulsado a los mercados hasta que todo se ha torcido. EE UU acusó a China de echarse atrás en algunos compromisos y, en consecuencia, anunció una subida sustancial de los aranceles (del 10% al 25%) a exportaciones del gigante asiático cuantificadas en 200.000 millones de dólares. Desde Pekín se aseguró que la Administración americana malinterpretó sus intenciones, pero este lunes respondió con una subida arancelaria a las exportaciones estadounidenses Los mercados sufren estos vaivenes. Ahora más con la desaceleración económica mundial y la evidencia de que el dinero lo siguen moviendo principalmente los bancos centrales.

La bola geoestratégica tiene mucha más profundidad bajo la superficie de la hostilidad proteccionista. En los años que vienen, la vía de pugna por la dominancia será la tecnológica. En ella, los principios competitivos son distintos y las implicaciones globales aún mayores. La cuarta revolución industrial es más de exhibicionismo y control tecnológico que de proteccionismo y guerra comercial. Se trata de dos países que, desde órdenes políticos y sociales bastante distintos, cuentan con los principales avances y grandes empresas de la era digital. Con sus propios mercados, estas bigtech tienen de por sí un poder casi omnímodo. Las estadounidenses (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) extienden además sus redes de forma amplia a otras jurisdicciones. Las chinas (Alibaba, Baidu, Tencent) tienen una penetración y capacidad de crecimiento brutal dentro de su propio mercado de origen, aunque también, poco a poco, llegan a otros países.

La gran baza de la nueva economía global es el control de la información. Hay dos jugadores perfectamente colocados en la tecnología antigua (industria pesada, energía) y que, además, dominan la nueva (información a gran escala). Si se toma como referencia la punta de lanza con mayor potencialidad futura, la inteligencia artificial, tanto EE UU como China van muy por delante en estos desarrollos, pero las limitaciones que puedan establecerse en el caso americano tienen poco que ver con el exhaustivo control de los ciudadanos que se plantea en el caso asiático. Con una sola aplicación de smartphone en China se hace casi de todo (pagar, hablar, enviar mensajes, registros…) y el acceso del Gobierno chino a esa información le otorga un control sin precedentes.
Asimismo, las empresas herederas de la potencia industrial del siglo pasado pueden transformarse en China y EE UU con alianzas con las bigtech. Esto ha propiciado, por ejemplo, que una aplicación de Alibaba como Ant Financial se haya convertido en una fintech con un valor de mercado mayor que el de Goldman Sachs.

Son todas ellas extensiones de la relación digital entre empresas y demanda con nuevas implicaciones y modelos de negocio en la que Europa, de momento, parece no tener mucho que decir o con lo que negociar.